Movimientos sociales y “mundo-otro” en América Latina: conversación con Raúl Zibechi

 

 Foto: Raúl Zibechi (por Andrés Lobato, Milenio.com)

 

“Los movimientos sociales son claves para romper la hegemonía”, esa fue la principal enseñanza que Raúl Zibechi compartió conmigo cuando en 2018 me acerqué a su casa en Montevideo para que me ayudara —con su reflexión, experiencia y conocimiento— a comprender el papel que podrían desempeñar los movimientos sociales, y sobre todo los estudiantiles, en las transformaciones profundas, estructurales y/o revolucionarias de las sociedades latinoamericanas. Un ámbito de reflexión, el de los movimientos estudiantiles, comparativamente poco desarrollado dentro de su quehacer intelectual, pero que, como se reveló en la conversación, es sumamente relevante.

 

Para poder aprovechar a cabalidad las contribuciones de Raúl Zibechi lo primero es detenernos en dos distinciones fundamentales. Primero, no es lo mismo un estallido social, lo que se vivió en Venezuela en 1989, en Argentina en 2001 o en Chile en 2019, que un movimiento social, es decir, lo experimentado con los estudiantes en Chile el 2011 o con las mujeres en Argentina el 2018. No son lo mismo porque difieren, entre otros aspectos, en su temporalidad —el estallido es por lo general más acotado— y en su entramado social —el movimiento descansa necesariamente en una densa red organizacional—. Segundo, tampoco es lo mismo movimiento social y “mundo-otro”. Un concepto, este último, acuñado por Raúl Zibechi para referir a aquellos procesos o experiencias sociales donde se realiza un trabajo de base permanente en pro de construir una realidad donde impere la justicia social. Siendo el Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra, en Brasil, y el Zapatismo, en México, algunas de sus expresiones más consistentes. Por esto, mientras los movimientos sociales, también los estudiantiles, son más bien fenómenos sociales donde se canalizan críticas y descontento, el “mundo-otro” se distingue por su dimensión propositiva o performativa, es decir, por la dimensión constructiva o práctica que lo atraviesa.

 

Hechas estas precisiones, es posible retomar el hilo argumentativo. Los esfuerzos intelectuales de Raúl Zibechi se han concentrado en visibilizar las experiencias de “mundo-otro” en América Latina. Es por esto que preguntarle por los movimientos estudiantiles era un asunto tan original, como provechoso. No obstante, ¿Por qué desde hace más de treinta años que viene poniendo su atención en el “mundo-otro”? Por varias razones, según me confidenció, por juzgar que a la luz de la historia los procesos transformadores liderados desde el Estado solo han dejado como saldo una invariable sensación de frustración/desilusión, y por entender “que hay otras posibilidades, que son los pequeños cambios impulsados colectivamente que van surgiendo e impactando en la vida cotidiana, las germinaciones como tú la llamas, las que van transformando la sociedad”. Esto no significa, como más de alguien quizá podría pensar, que las experiencias transformadoras deban desentenderse del Estado o que las organizaciones sociales tienen que trabajar de espaldas a él. Significa, más bien, que solo se deben establecer relaciones con el Estado cuando dicho vínculo contribuya a la consecución de los objetivos de las organizaciones y, ciertamente, cuando ello no ponga en riesgo la autonomía organizacional. En sus palabras: 

 

“El sujeto de los cambios es la gente común organizada. Si yo estoy en Valparaíso, por ejemplo, lo que se debe hacer es fortalecer y mantener en el tiempo el entramado social o comunitario. Entonces, el Estado puede jugar a favor o en contra de este propósito. Si el Estado juega en contra, si te manda a la policía, tienes que defenderte de él, pero si más o menos colabora, puedes tomar dicho apoyo. Es como cuando vas en un velero y hay viento a favor, sin duda va a ser más rápido. Entonces, si el Estado dice ‘ahh, a esta huerta, a este emprendimiento comunitario, nosotros lo vamos a financiar, le daremos una ayuda’, no hay que negarse, para nada. Sí hay una línea roja que no debemos traspasar, en el sentido que hay que plantear, ‘está bien que tú como Estado nos apoyes, lo que significa que vas a controlar algo porque nos das dinero, pero las decisiones —y ahí está la línea roja— las tomamos nosotros. Si ese dinero lo usamos para esto o lo otro, o el cómo nos organizamos internamente, eso es asunto nuestro’. Creo que ahí debe imperar el pragmatismo en el sentido más general del término, o sea, si hay un Estado que más o menos nos ayuda sería un sinsentido rechazar ese apoyo. Pero hay otra línea roja más, otro aspecto delicado, que tiene que ver con que siempre el grueso de nuestros/as activistas los/as debemos colocar en función de fortalecer el campo social o comunitario, no jugarse, como lo hace un partido político, por meter a los/as mejores activistas, a los/as más preparados/as, en el aparato estatal. Por esto es que pienso que, si el Estado apoya, bienvenido. Ahora, no se debe debilitar lo social o comunitario para incrustarse en el aparato estatal solo porque a corto plazo se podría obtener ‘algo’, pues sabemos que a largo plazo lo social o comunitario se debilita. Por todo esto, yo no diría ‘nada con el Estado, ni todo con el Estado’, porque ambas opciones en el campo de lo social generan situaciones complejas, tensas y desgastantes.”

 

Antes de la conversación que tuve con Raúl Zibechi pensaba que la escasa atención que le daba a los movimientos estudiantiles tenía que ver de una u otra manera con que los subvaloraba, con que los entendía como poco relevantes a la hora de propiciar mejoras sustantivas en el plano de la justicia social. Pensaba que quizá los entendería como ajenos a ese sujeto popular —obrero/a, campesino/a u otro/a— capaz de llevar adelante los procesos revolucionarios (tal como se entendió por largos períodos del siglo XX en una parte importante de la izquierda latinoamericana). Sin embargo, con el correr de los minutos me di cuenta que para él los movimientos sociales en general, y estudiantiles en particular, no solamente tenían importancia, ellos eran, inclusive, fundamentales. Tres razones, según me explicó, eran las que lo llevan lo llevan a valorarlos de esta manera:

 

“Uno, porque desnudan una injusticia, el caso del movimiento por pensiones dignas en Chile o el mismo movimiento estudiantil refrendan esta idea. Dos, porque en la misma movilización se van generando procesos de aprendizaje colectivo sobre lo que es el poder, los mecanismos políticos, la realidad social y, ciertamente, sobre ellos/as mismos/as en tanto manifestantes. Y tres, porque abren grietas o brechas en la sociedad a través de las cuales es posible fundar o fortalecer experiencias constructivas, de mundo-otro.”

 

Al adentrarnos en nuestra conversación pude darme cuenta, a su vez, que él no ha sido ajeno al movimiento estudiantil. Por ejemplo, fue desde su militancia estudiantil que se involucró en las luchas sociales del Uruguay de fines de la década de 1960, y comienzos de la de 1970, y ya en el siglo XXI ha seguido atentamente algunos movimientos estudiantiles, como el chileno de 2011. Cuando reflexionábamos sobre esta última experiencia me entregó algunos elementos que ayudan a sopesar mejor la importancia de las movilizaciones sociales para la transformación de nuestras sociedades y que permiten, a su vez, detenernos en un aspecto hasta ahora no advertido: la memoria histórica.

 

“Luego del último movimiento estudiantil de Chile han empezado a surgir unas cuantas iniciativas de educación autonomista, impulsadas por profesores/as, muchos/as de ellos/as antiguos/as estudiantes que participaron del movimiento, como Diatriba [Organización de Educación Popular] y otras experiencias afines. Con esto quiero subrayar que el movimiento estudiantil fue importante por lo que decía, porque denunció, enseñó y abrió grietas para que germinen experiencias emancipatorias. Pero el movimiento estudiantil también fue importante porque activó otras memorias. Y es ahí donde hay una clave de lectura a explorar: cómo los movimientos activan otros mecanismos de protesta y de memoria social. Esto tiene que ver con que, aunque no sea una relación directa o causal, el movimiento estudiantil de 2011 activó memorias, es decir, de alguna manera impulsó al movimiento por un sistema de pensiones más justo, el “No + AFP”, y de alguna manera impulsó a un movimiento que tiene larga data en Chile pero que, en estos últimos años, ha estado especialmente activo, el movimiento feminista.” 

 

Al seguir profundizando en la en el análisis de la importancia que tienen los movimientos sociales Raúl Zibechi no solo enfatizó lo importante que era entender que los movimientos sociales y el “mundo-otro” eran fenómenos complementarios y, en determinadas circunstancias, convergentes. También reparó en que el los malos entendidos al respecto pueden tener que ver con que, en el ejercicio de pensar la realidad, sobre todo cuando uno se encuentra muy encima de ella, a veces se alientan impresiones erróneas, como por ejemplo que el movimiento social y el mundo-otro serían asuntos mutuamente excluyentes. En sus palabras: 

 

“Cuando uno nombra las cosas a veces se genera un problema, en este caso puntual pareciera que estamos creando un muro entre el ‘mundo-otro’ y el movimiento social, y eso no es así. El movimiento social es la clave para romper la hegemonía pues abre brechas para que surjan otras experiencias, para que vaya floreciendo el ‘mundo-otro’. No podría ser de otra manera, esas experiencias no podrían surgir de la nada, tiene que surgir necesariamente desde el movimiento social.”

 

Desnudar injusticias, apuntar sin sentidos, sistematizar indignaciones, en fin, afinar la crítica, son tareas propias de todo/a intelectual preocupado/a por contrarrestar los problemas e injusticias que aquejan a la gran mayoría de la población. Lo que está haciendo Raúl Zibechi, y como él muchos/as pensadores/as latinoamericanos/as que están poniendo a la autonomía en el centro de sus comprensiones, es visibilizar esperanzas, ilustrar ejemplos, analizar caminos, es decir, enriquecer la crítica con un lenguaje de posibilidad. Y aunque no es un ejercicio fácil, de hecho, superar malos entendidos es parte del mismo proceso de construcción, es una labor imprescindible. Toda persona atenta al devenir de nuestras sociedades concordará en que la transformación social es una cualidad inherente a toda colectividad humana, lo que significa que ocurre, para bien o para mal, independientemente de las disquisiciones ocurridas en el plano intelectual. No obstante, sin aportes como los de Raúl Zibechi, más allá de las discrepancias que pudiéramos tener —diferencias que no solamente se comprenden como normales, también como deseables—, sería más difícil intentar perfilar, orientar o conducir dichos cambios hacia la consecución de sociedades más justas.

 

 

* Antropólogo, Centro de Estudios Avanzados de la Universidad de Playa Ancha (Valparaíso, Chile).

 

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