Nosotras ¿el cuarto propio o el cuartito del fondo? Feminismo, izquierda y democracia en Uruguay

July 30, 2019

Caricatura: La Hora, 20 de noviembre de 1988.

 

 

En 1984, la feminista chilena Julieta Kirkwood, una referencia para el feminismo del Cono Sur, publicó su ensayo titulado “Feministas y Políticas”. En aquel texto que partía de una dicotomía arbitraria pero a la vez vigente, Kirkwood reflexionaba sobre los espacios y las prácticas para la intervención feminista. Señalaba las dificultades para el reconocimiento de los espacios exclusivos de mujeres y su legitimidad para politizar temas asociados al registro de lo personal por un lado, y las dificultades de los espacios “mixtos”, vinculados a la política tradicional, para generar un nivel de profundización que permitiera ir a las raíces de la opresión de género, por otro. Esta tensión teórica se nutría además de las propias trayectorias de las feministas, aquellas que arribaban a esta nueva causa con un repertorio de prácticas heredadas, respecto a las cuales algunas se orientaban a contestarlas y otras a continuarlas. La estrategia del feminismo se bifurcaba en dos opciones:

 

“una) Defender lo propio. Cerrar, cerrarse en encuentros reducidos, exclusivos feministas, donde pueda avanzar en la elaboración de una política, de unas estrategias y de unas tácticas.

 

otra) No caer en el grupo cerrado y getto: amplitud de la convocatoria y la llegada a muchas mujeres que conjuguen los verbos dialogar, polemizar, participar.. Correr los riesgos de toda amplitud (¿acaso no era yo una de ellas?)” (Kirkwood, 1984:19). 

 

Como Kirkwood, muchas feministas de izquierda en el Uruguay de los ochenta se enfrentaron a este dilema: el de apostar a la amplitud, llegar “a las otras” y crecer, o el de la profundización del debate feminista. Esta discusión estuvo atravesada por el contexto histórico-político de la época, por las discusiones de la izquierda y por las experiencias personales de las feministas. Para el feminismo de izquierda qué praxis desplegar, no fue ni es una discusión sencilla, pero su revisita permite justamente reconocer unos de los aportes del feminismo que es el señalamiento sobre los límites de la política tradicional para abordar ciertos asuntos y aceptar otros modos de intervención política. 

 

A mediados de los ochenta, el feminismo de izquierda no fue la única corriente, pero sí la más visible y con mayor alcance. Esta vertiente incluyó a mujeres que así se autodenominaron y corresponde a quienes tenían pertenencia orgánica a estructuras partidarias o a organizaciones sociales feministas. En los partidos se conformaron grupos que aunque se denominaron “comisiones de mujeres”, estuvieron liderados por quienes se autonombraban feministas y tenían amplia circulación por las organizaciones sociales. Las dos organizaciones sociales feministas más importantes – GRECMU y Cotidiano-, al menos por su visibilidad y capacidad de divulgación de las nuevas ideas, estaban integradas – y lideradas – por mujeres directamente vinculadas al campo de la izquierda o muy cercanas a él. Así el feminismo de izquierda fue desplegado por algunas que militaban en los partidos, otras que lo hacían en las organizaciones sociales y otras que participaban en ambos espacios, lo que en la época se denominaba “doble militancia” (1).

 

Entre las mayores novedades de este feminismo de “segunda época” que lo diferencian del de principios de siglo, debe señalarse su preocupación por explicar y denunciar al género como una construcción social y las consecuencias de comprender el mundo social desde una perspectiva generizada que naturalizaba diferencias donde no las había. Lo femenino y lo masculino eran así construcciones sociales, lo mismo la división del mundo de lo público versus lo privado, divisiones que no sólo establecían una escisión sino una jerarquía, con consecuencias negativas para toda la sociedad pero sobre todo para quienes quedaban recostadas, recluidas y destinadas al mundo de lo femenino y lo privado. La denuncia y la pretensión de revertir la divisoria arbitraria vino de la mano de una famosa consigna de la época, aún vigente: “lo personal es político”.

 

Desde esa consigna que arribó del norte, se buscó politizar los mandatos de género e imaginarios que restaban un estatus político a un amplísimo repertorio de asuntos. Las relaciones interpersonales ‒entre padres, madres, hijos, jefes, parejas, amigas‒, la sexualidad y la administración del deseo, las prácticas reproductivas, la crianza y los cuidados de terceros, las expectativas que orientaban destinos profesionales y personales, las emociones, entre tantas otras, comenzaron a ser consideradas no como producto de decisiones individuales y naturales, sino como adquiridas socialmente y por tanto, sujetas a revisión y contestación. La divisoria entre lo público y lo privado fue así impugnada para señalar como su construcción desestimulaba discutir una gran cantidad de temas y, por ende, habilitaba a su reproducción “natural”. Los nombres de las dos principales publicaciones feministas de la época – La Cacerola y Cotidiano – expresaban claramente este sentido (2).

 

Politizar asuntos que tradicionalmente habían quedado fuera de la discusión pública y que abrió el camino para otorgar un estatus político a ciertos temas que hoy son parte de la agenda política – pensemos simplemente en la violencia contra las mujeres, las practicas reproductivas y los cuidados ̶ fue toda una transgresión. Un repertorio de temas no ingresaban, ni ingresan, a la arena de discusión pública, y ese fue un desafío principal, el de politizar nuevos asuntos y el de los modos de dar dicha batalla discursiva y política. “Lo personal es político”, fue una consiga que surgió del feminismo radical de Estados Unidos y de la discusión de los grupos de autoconciencia como espacios legítimos de la discusión política ya que quienes los criticaban sólo los consideraban espacios “catárticos” (3).

 

Estos grupos que fundaron el “consciousness-raising” estuvieron integrados principalmente por aquellas cansadas de las lógicas masculinas de los grupos de izquierdas, el movimiento contra la guerra de Vietnam y el de los derechos civiles (Hanisch, 1969) y que optaron por construir espacios exclusivos de mujeres. En ellos buscaron construir un conocimiento no mediado por teorías y generalizaciones abstractas androcéntricas, en donde lo principal era revisar la propia experiencia y construir desde ahí el conocimiento para luchar contra la opresión antes de luchar por “otras mujeres” (Sarachild, 1978).

 

La consigna en cuestión fue ampliamente recepcionada en los feminismos del sur, pero no tanto así la praxis feminista desde la que había emergido. Es que en aquellos ochenta, la reflexión feminista había nacido de “los residuos de insatisfacción” (Costa, 1988), de la revisión de las militancias anteriores dentro de parámetros patriarcales, de los exilios y cárceles como procesos en los que la condición de género había quedado al descubierto, pero no existía un enojo con la izquierda fundante del feminismo, ni una desilusión con los espacios políticos. Más bien lo contrario, ya que el contexto era el la de recuperación de los canales de participación, de una izquierda sobreviviente que de alguna manera reconocía las dificultades para reconciliar la política con la vida cotidiana, y de la resignificación de la democracia. No era momento para el pequeño grupo, sino para volver salir a la calle. 

 

En este sentido, aún con lo subversivas que fueron las iniciativas feministas (reunirse entre mujeres, desarrollar una prensa feminista, utilizar un lenguaje más llano, liberar un repertorio emocional para contestar el antifeminismo desde el humor o permitirse discutir sin pedir permiso o poner la otra mejilla, entre tantas otras), el feminismo de izquierda se tradujo en una praxis que aunque innovadora contestó en el límite la cultura de la izquierda. En las organizaciones sociales feministas no se desplegó una prédica en oposición a los partidos, no contestaron de forma radical las prácticas políticas tradicionales y desplegaron un discurso feminista dentro del campo de las ideas de la izquierda. Desde ninguna organización o figura que integraba esta corriente del feminismo, aún cuando se buscó politizar el registro de lo personal, se instó a una práctica exclusiva de pequeño grupo. 

 

Este feminismo tuvo un carácter cooperador con la política de izquierda de la época y lejos quedaron las uruguayas de algunas de sus colegas latinoamericanas, que en un proceso similar a las del norte occidental también se cansaron de las izquierdas. Las “independientes” que participaron del Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe realizado en Bogotá en 1981 reivindicaron por ejemplo un feminismo fuera de los partidos políticos (4), instancias de las que provenían y a las cuales cuestionaban: “seguíamos a los varones, obedecíamos, apoyábamos, admirábamos, competíamos, pedíamos aprobación, imitábamos, servíamos, nos dirigían, nos decían qué pensar, nos promovían” (ISIS, N° 9, marzo 1982: 6). Su experiencia les había demostrado las dificultades de una praxis feminista en estructuras machistas de las que habían salido “buscando otra posibilidad”. “No estábamos ya dispuestas a continuar la discusión demandando una vez más aprobación y discusión sobre nuestros problemas” (ISIS, N° 9, marzo 1982: 6).

 

Entonces la discusión fue cómo llegar al feminismo: “desde afuera” [partidos, sindicatos, academia] o “desde adentro” [grupos feministas de autoconciencia]. Para aquellas que impugnaban la política tradicional, llegar “desde afuera”, nunca permitía revisar bien “el adentro” [la experiencia concreta de las mujeres] (Taxco, Memorias, 1987: 126). No había que “irle a llevar conciencia a las mujeres”, “bajar a los sectores populares”, cuando al único lugar al que se debía bajar era “al interior de nosotras mismas” (Taxco, Memorias, 1987: 27). El cuestionamiento a las concepciones de lo político y a las estrategias de las izquierdas fue explícito: “No queremos movimientos de masas, el único movimiento de masas que queremos es el baile” (Taxco, Memorias, 1987: 48).

 

Para quienes no se sentían atraídas por el pequeño grupo y sí realizaban doble militancia esta era una tarea válida e imprescindible ya que la participación en los espacios mixtos permitía llegar a las otras, y esta estrategia, decían, era la verdadera praxis feminista. “Más allá de las etiquetas”, era mejor “ejecutar cambios” que “sólo detentar un sistema de ideas”. Algunas sostenían que era más importante implementar un trabajo en salud, vivienda, derechos reproductivos, violencia, etc., desde una óptica feminista que denominarse así” (Memorias V Encuentro, 1991: 37). Cabe destacar que entonces eran las dobles militantes las que denunciaban el feminismo de pequeño grupo como elitista por no realizar un feminismo hacia los sectores populares. 

 

Las feministas de izquierda en Uruguay en general optaron por esta estrategia de “ampliar la base”. En aquel contexto se rechazó la idea del ghettoasociada al feminismo radical estadounidense, que visualizaban como responsable de la “guerra entre los sexos” (5), y se priorizó el “llegar a las otras”. Esta fue una opción que no sólo desplegaron aquellas feministas que fundaron los grupos de mujeres en los partidos políticos, sino también la de aquellas que abocaron sus energías a las organizaciones integradas exclusivamente por mujeres. 

 

Llegar a aquellas mujeres aún no feministas fue central, las doblemente explotadas en términos de clase y género. En esta estrategia la palabra “feminismo” se usaba con cautela en charlas sobre “la condición de la mujer”. La centralidad que ocupaba el “llegar a las otras”, tomaba distancia de la práctica de la autoconciencia, la amplitud pagaba los costos de la profundidad al decir de Kirkwwod, pero también pretendía trabajar con las mujeres de los sectores populares no reconocidas feministas, que en América Latina eran un contingente muy importante (6). Lo que hoy se denomina “feminismo popular” debería reconocer cierto legado de aquel feminismo que no quiso recostarse en la práctica del pequeño grupo. 

 

Esta estrategia perdió apoyos cuando la democracia comenzó a aparecer como “canceladora de rebeldías” (7) y sobre todo cuando la izquierda partidaria resultó poco tolerante al feminismo. La democracia no había traído tantas oportunidades de participación y discusión de nuevas agendas, sino más bien la restauración de viejos liderazgos y formas de hacer política tradicional.Las uruguayas militaron el feminismo como militaban en la izquierda: salían al terreno, a formar a otras, a intervenir en la prensa, a movilizar y concientizar, a llevar la agenda feminista en un contexto hostil del que no retornaba casi nada bueno. Este fue un esfuerzo político, intelectual y afectivo no menor. Un esfuerzo consciente y no el resultado de la cooptación e instrumentalización que las organizaciones partidarias desarrollaron sobre las feministas. Como tal, también fue revisado.

 

La decepción con los partidos políticos fue fundamentalmente con la izquierda, con aquel espacio al que se le habían destinado tantas energías y parecía comportarse de forma similar a los partidos “reformistas”. Aquel discurso que señalaba que sólo la izquierda podría alojar las ideas feministas y que se debía apostar al diálogo constante fue suspendido y se dio paso a la denuncia de la exclusión, las lógicas patriarcales, el machismo de los compañeros, la doble moral y los discursos oportunistas en torno a la cuestión de la mujer sin mayores transformaciones. 

 

Primero habían luchado por tener un espacio donde reunirse, luego reconocieron que ese espacio había sido desde sus inicios un lugar menor para los otros. El sótano de CIESU donde se comenzaron a reunir las integrantes de GRECMU; el cuartito donde se juntaban las del FA; el del PIT-CNT al que se le derrumbó el techo; el “saloncito” de la Casa del Pueblo del PS, son sólo algunos ejemplos que ilustran que las condiciones materiales y subjetivas fueron bastante inhóspitas. Tener un cuarto propio como había inspirado Virginia Woolf parecía algo muy difícil en estructuras que se parecían al Club de Toby (8).

 

Entonces luego de esa experiencia comenzó una mayor aceptación respecto a la estrategia de pequeño grupo, a reunirse en encuentros y no en seminarios, a buscar formas de reflexión y de construcción de unnosotrasque había quedado suspendido con la estrategia cooperadora. Cabe señalar que el cansancio era con la democracia, con las estructuras partidarias y con una praxis que las había hecho olvidarse también de ellas mismas. Las “feministas fuertes” hicieron un esfuerzo enorme, trabajaron “a brazo partido”, dando todas las discusiones en todos lados, buscando educar a compañeros y compañeras, estrategia reñida justamente con la idea de reconciliar la política con la vida. 

 

Esta es una discusión absolutamente vigente que implica un desafío tanto para el feminismo como para la izquierda y que afecta a cómo pensamos y actuamos para subvertir el orden patriarcal. La experiencia pareciera indicar que si se apuesta a una estrategia amplia, que busca llegar a quienes aún no conocen las ideas feministas ni comenzaron lo que suele denominarse “deconstrucción” de ideas patriarcales naturalizadas, la profundidad de los cambios será menor o avanzará más lentamente. En este proceso seguramente se tenga que contar con quienes tengan energía suficiente para educar a los compañeros (y las compañeras) postergando un proceso de revisión personal en un ambiente bastante hostil.

 

Las feministas de izquierda de los ochenta hicieron un “esfuerzo testarudo”, y hoy otra generación de feministas lo vuelve hacer. Estas son las que pelean por la paridad, por feministas en las listas, por hacer ese hackeo feminista en estructuras patriarcales. Si estos espacios continúan existiendo bajo las lógicas de la política tradicional, otorgando legitimidad sólo a los asuntos de la “gran política” y reconociendo sólo a quienes hablen claro y fuerte, ofrezcan certezas y sepan “dar pelea”, probablemente las energías de estas nuevas generaciones se desvanezcan y otra vez comience un repliegue a un lugar más protegido. 

 

A diferencia de los ochenta, para las feministas de izquierda la opción ya no es sólo entre las “estructuras de masas” y la casa, porque cada vez se piensan y despliegan formas de subvertir el orden patriarcal capitalista en otros espacios. La praxis feminista actual del pequeño grupo − grupos de autoconciencia, de autocuidado, círculos de lecturas, espacios de autoformación – junto con las estrategias barriales y autónomas de los feminismos populares, hacen evidente que mientras unas aguantan en el cuartito del fondo, a otras esto les resulta intolerable.

 

Las diversas feministas tienen absolutamente claro estas opciones, todas son conscientes y deciden dónde y cómo militar el feminismo. La interrogante es si la izquierda lo tiene claro, si puede reconocer lo cooperadora que fue – y es – la estrategia de las que hacen feminismo adentro, si podrá solidarizarse con el esfuerzo de las obstinadas, si continúa creyendo que a pesar de todo las feministas van a aguantar adentro porque afuera nadie las va a querer más y si es capaz de visualizar que hay otros modos de hacer política que cada vez más suceden en la periferia de la izquierda. 

 

 

* Ana Laura De Giorgi es Doctora en Ciencias Sociales, investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República. Algunos de los temas planteados en esta nota son el resultado de la investigación doctoral “Democracia en el país, en la casa y en la cama. Izquierda y Feminismo en el Uruguay de los ochenta”. 

 

 

Notas

 

1) No integran el feminismo de izquierda aquellas que eran de organizaciones que trabajaban por la “cuestión de la mujer” pero que rechazaban la denominación de feministas, ni aquellas organizaciones que sí lo hacían pero no integraban a mujeres vinculadas a la izquierda partidaria ni adscribían a cierta interpretación marxista del lugar subordinado de la mujer. Las principales organizaciones que integran al feminismo de izquierda en el Uruguay de los ochenta son: el Grupo de Estudios de la Condición de la Mujer (GRECMU); Cotidiano Mujer; la Comisión de Mujeres Uruguayas (CMU); la Comisión de Mujeres del Partido Comunista (PCU); la Comisión de Mujeres del Partido por la Victoria del Pueblo (PVP); la Comisión de Mujeres del Partido Socialista (PS); la Comisión de Mujeres del Partido Socialista de los Trabajadores (PST); la Comisión de Mujeres del Partido por el Gobierno del Pueblo (PGP), la Comisión de Mujeres del Frente Amplio (FA) y la Comisión de Mujeres del PIT-CNT. Todos estos agrupamientos fueron liderados por quienes se autodenominaban “feministas” y desplegaban una interpretación de la subordinación de género en clave marxista.

 

2) La columna de Silvia Rodríguez Villamil “Lo personal es político” en el diario La Hora también tuvo este propósito.

 

3) Carol Hanisch, militante del feminismo radical, escribió en 1969, en New York, un ensayo defendiendo los grupos de autoconciencia como espacios legítimos de discusión ante la crítica que circulaba sobre ellos como espacios vacíos de política que sólo fungían como oportunidades catárticas. Cuando se publicó su ensayo en 1970, las editoras, Shulamith Firestone y Anne Koedt, sugirieron el título de “Lo personal es político”, según relata la propia Hanisch (2016).

 

4) Las autodenominaciones de “autónomas” con la consecuente señalización de las otras como “institucionalizadas” es parte de un debate que continúa hasta la actualidad y que tuvo su expresión inaugural en los noventa. El VI Encuentro realizado en El Salvador en 1993 y luego el VII en Chile en 1996 fueron instancias claves de esta discusión en la que se debatió en torno a la autonomía respecto al Estado y los organismos internacionales, aunque también el grupo autónomo en Bolivia Mujeres Creando nacido a principios de los noventa fue especialmente crítico con los partidos.

 

5) En el artículo de la Revista Estudiosdel Partido Comunista, N° 100 (1987), Silvia Rodríguez Villamil convocó a un feminismo que buscara “vías de diálogo, discusión y acción conjunta con los compañeros”. En la Revista Cotidiano, la figura de Simone de Beauvoir fue una referencia para un feminismo que se diferenciaba del radical estadounidense por predicar “un feminismo humanista, integracionista, fraterno en relación al hombre, no radical”, a la que le “repugnaba la idea de encerrar a la mujer en un ghetto femenino” (Cotidiano, Año 1, N° 3, junio, 1986: 7).

 

6) Las feministas de izquierda lideraron una enorme cantidad de talleres, fundamentalmente utilizando la estructura territorial del Frente Amplio y en esas instancias se buscó politizar los mandatos de género siendo un tema central la “doble jornada laboral”, pero estos talleres fueron un mecanismo para llegar a a las otras y no una instancia central en la que todas las mujeres participaban en igualdad de condiciones de un espacio de autoconciencia.

 

7) En los apuntes sobre un intercambio en aras de la conmemoración de un 8 de Marzo, posiblemente de 1987 o 1988, una de las propuestas para la proclama –que finalmente no logró apoyo– consignaba lo siguiente: “Repudio a esta democracia que nos quiere hacer tragar esta rebeldía”.

 

8) Varias notas publicadas por Fany Puyesky ironizaron sobre el Parlamento como el Club de Toby de la historieta de La pequeña Lulú, en la que los varones no le permitían el ingreso al juego.

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