"Los comunes como práctica tradicional, resistencia en el presente y estrategia hacia al futuro desde el feminismo nos permite otras miradas hacia la enorme cantidad de tiempo, energía y conocimiento que las mujeres dedican al cuidado de la vida", entrevista a Miriam Nobre*

July 26, 2018

Imagen: Cintia Barenho

 

 

Hemisferio Izquierdo (HI): ¿Qué debemos entender por bienes comunes y cuál es su relevancia? ¿Lo común y lo público son la misma cosa?

Miriam Nobre (MN): Entendemos por comunes los bienes materiales e inmateriales que en su conjunto no son pasibles de apropiación privada – como son la naturaleza y los conocimientos acumulados por la humanidad – y las prácticas que las comunidades desarrollan para disfrutarlos de manera compartida. Como se dice, no hay común sin comunidad.


La fragmentación y el cercamiento de los comunes de modo de permitir su apropiación privada están en la base de la acumulación capitalista, como lo aprendimos de Karl Marx en “Los debates sobre la Ley acerca del robo de leña”, de Karl Polanyi en “La Grand Transformación” y de Silvia Frederici en “El Calibán y la Bruja”.


El debate actual en torno a los comunes no permite reconocer que este proceso es continuo: tierras, genes o deseos son recortados, encerrados y privatizados cada día en la sociedad capitalista que es además patriarcal, racista y colonialista. Las formas de apropiación van del robo más cínico como es la falsificación de documentos de tenencia de tierra o la biopiratería, hasta mecanismos más sofisticados como son las patentes por secuenciación del ADN o el ocio apropiado por la industria del entretenimiento.

 

Los comunes también nos permiten reconocer que las respuestas a las necesidades cotidianas que tenemos como seres humanos de abrigo, alimento, afecto, deseo de transcendencia pueden ser organizadas en otra esfera, que no sea únicamente el Estado, el mercado o la familia. Aunque planteen muy fuerte la necesidad de desprivatizar la vida, los comunes presentan una alternativa al binomio público/privado.


Los comunes como práctica tradicional, resistencia en el presente y estrategia hacia al futuro desde el feminismo nos permite otras miradas hacia la enorme cantidad de tiempo, energía y conocimiento que las mujeres dedican al cuidado de la vida. Sabemos que cuanto más diversos los ecosistemas son más estables, sabemos que el manejo del territorio que realizan las comunidades tradicionales recrían continuamente esta diversidad. Sin embargo, poco hablamos de que en la mayoría de estas comunidades son las mujeres quien domestican especies, experimentan combinaciones entre especies, guardan e intercambian semillas de plantas y pequeños animales. Mujeres indígenas mayas compartieron un sentimiento común a muchas campesinas, indígenas o de comunidades rurales afrodescendientes: el de que las humillaciones y violencias que golpean a las mujeres en relaciones patriarcales sacan su energía y debilitan su continua labor de defensa de los territorios [1].


Muchas mujeres todos los días se preocupan y trabajan para que las personas bajo su responsabilidad puedan comer de modo sano y con gusto. Esta responsabilidad no es considerada un trabajo o reconocida en su aporte económico, más bien es tratada como una manifestación natural del ser madre y compañera. Todas las veces que las mujeres sacan esta responsabilidad del ámbito privado de la familia y lo comparten en espacios comunes muchas posibilidades se abren. En el ámbito de las ciudades están las experiencias de ollas comunitarias, de huertos urbanos o de compostaje de basura doméstica. Estas experiencias crean espacios de relación que fortalecen a las mujeres y permite a muchas dejar relaciones abusivas, recuperan espacios de la especulación inmobiliaria o de las bandas armadas ilegales o legales, rescatan memorias de gustos y sabores destrozados por la industria alimenticia. Y como el común presupone comunidad también incluye a conflictos y contradicciones. La decisión política compartida de organizar la vida de otra manera renovada en cada nuevo desafío y las alianzas en diferentes niveles crean mejores condiciones para resistir a los intentos de instrumentalización por parte del Estado o del mercado.  

 


HI: ¿Cómo evaluar el llamado ciclo progresista en América Latina tomando en cuenta su vínculo con los bienes comunes?

MN: Ahora que estamos bajo un contra-ataque de la derecha y de los sectores conservadores podría parecer contraproducente tratar de los vacíos y errores de nuestros gobiernos. Pues me parece justo al contrario. No podemos olvidar que el ciclo progresista aunque ha logrado distribuir ingresos monetarios y reducir la pobreza no ha tocado en el padrón de división internacional del trabajo ni en la estructura de la propiedad – manteniendo o mismo reforzando el poder del agronegocio, de la industria extractiva y de las corporaciones transnacionales en estos sectores. Frente a la premisa de la gobernabilidad y de no que no tendríamos correlación de fuerzas para hacerlo de otra manera, habría que preguntarnos qué podemos hacer ahora no sólo para resistir, pero para proyectar otro campo de posibilidades. La premisa es por lo tanto reconocer que está puesto un conflicto capital X vida y que no se trata de administrarlo, sino de enfocar en la sustentabilidad de la vida sin temor a que el conflicto se visibilice.


Habría mucho que hacer en cuanto a los derechos de uso y propiedad sobre los territorios (tierra, agua, biodiversidad) por las comunidades tradicionales (indígenas, afrodescendientes, …) y como esto se maneja a servicio de los pueblos. Además se esperaba acciones más fuertes para desconcentrar la propiedad y uso de la tierra en el campo y en la ciudad, que contradictoriamente en este ciclo progresista pasaron por procesos de acaparamiento, como han sido la incorporación de extensas áreas al monocultivo de agrocombustibles o los procesos de gentrificación acelerados por grandes eventos deportivos.


Está también la timidez de nuestros gobiernos en acciones para compartir espacios en las ondas electromagnéticas por radios comunitarias, implantar redes de comunicación comunitarias, expandir el uso y creación de software no propietarios. En este ciclo poco resistimos a la expansión de la internet controlada por las corporaciones y la telefonía celular se ha difundido pegada a una red social privada, el Facebook (que además, por medio de algoritmos direcciona mensajes que terminan por moldar nuestras subjetividades y nuestras manifestaciones).


El cuidado de las niñas y niños y personas mayores ha sido muy poco considerado en la agenda de los gobiernos progresistas. En general el cuidado ha sido tomado en la clave de la conciliación asumida por las mujeres en sus familias extendidas. La transferencia directa de ingresos monetarios en muchos casos ha aliviado las condiciones en que las mujeres pobres ya se ocupan del cuidado y en algunos países se ha dado el reconocimiento de los derechos de las trabajadoras domésticas. Sin embargo, perdimos la posibilidad de avanzar en procesos colectivos que cambien paradigmas. Por ejemplo, el paradigma de que el cuidado de las niñas y niños es trabajo femenino y mal remunerado, que las casas de acogida de personas mayores no logren permitirles seguir desarrollándose como personas, o que la familia nuclear sea el espacio por excelencia de la socialización de las personas. En realidad el cuidado como común no ha estado en la agenda de buena parte de los movimientos sociales.

 


HI: ¿Qué desafíos organizativos y programáticos tiene una izquierda que tome la defensa de los bienes comunes como bandera? ¿Es posible avanzar hacia un programa que desmercantilice los mismos?

La defensa de los comunes tiene una dimensión fundamental que es su construcción en el presente, o sea desmercantilizar ahora mismo y al máximo el sustento material e inmaterial de nuestras vidas. Obviamente este no es un proceso individual, es construir comunidad donde el capitalismo nos individualiza.


Pero, ¿cómo es construir comunidades donde las y los individuos puedan manifestarse como son, con sus deseos e inquietudes? Aunque necesitamos un mayor rescate de experiencias y reflexiones, los estudios que tratan del respeto a los derechos de las mujeres por los sistemas de justicia comunitaria – reglamentos de los comunes por comunidades tradicionales - no son muy animadores. Además la socialización de las mujeres hacia responder las expectativas de los otros hace que muchas veces su capacidad de sostener procesos colectivos se dé a costo de una sobrecarga y un permanente sacrificio de sus propias prioridades. Sin contar que mismo entre las mujeres hay diferencias, las mujeres negras e indígenas cuidan más que las mujeres brancas, sobre todo las de mayor ingreso. De hecho el trabajo de cuidado realizado por las mujeres pobres, negras e indígenas crean las condiciones para que algunas mujeres ocupen espacios en la sociedad tal como está hoy organizada. Así que un desafío es reconocer que nosotros seres humanos somos intrínsecamente vulnerables, necesitamos de cuidado en varias etapas de nuestras vidas y que compartir el cuidado de forma equilibrada entre todas y todos es un tema político y urgente. Puede ayudarnos tomar el cuidado como un común.


Otro tema es que en la resistencia a los megaproyectos y corporaciones que atacan a los comunes crece la estrategia de organizar a las comunidades como sujetos políticos por la identidad de "afectadas". Esto ha permitido una visión más profundizada del impacto. Por ejemplo, en el caso de la siderúrgica TKCSA en Rio de Janeiro, implicar a las mujeres como sujeto ha creado espacios para que relatasen la tensión, dado las constantes lluvias de partículas que les demandaba limpiar la casa y volver a lavar platos y ropas, además de la sensación de impotencia frente al riesgo de contaminación de sus niñas y niños [2]. Lo mismo nos han relatado mujeres indígenas que tienen sus aldeas afectadas por la pulverización aérea de agrotóxicos. Habría que seguir identificando lo que hay de común entre diferentes ataques y de diferentes corporaciones en espacios de alianza de movimientos sociales que se constituyen por identidades múltiples. Por lo tanto, estos espacios de alianza deben estar abiertos a entender las formas “sutiles” de afectación que son como fronteras invisibles de la desposesión.


Los movimientos, o mismo parte de las y los activistas de un movimiento, que ponen su energía en la construcción del común lo construyen como zonas autónomas o zonas liberadas y tienden a un distanciamiento en relación al Estado. Al mismo tiempo las y los activistas que enfocan en el Estado están bajo el riesgo de organizar sus análisis y expectativas en los límites de las instituciones y de la correlación de fuerzas dada. El desafío es una contaminación entre estas experiencias que pueda alargar las posibilidades concretas de establecer comunes por la movilización de los recursos bajo administración del Estado y por una reorientación de las políticas que tenga en el horizonte la superación del conflicto capital X vida.

 

 

* Miriam Nobre es activista de la Marcha Mundial de las Mujeres (MMM) en Brasil. Fue coordinadora del secretariado internacional de la MMM entre 2006 y 2013. Integra el equipo técnico de SOF-Sempreviva Organização Feminista y el Grupo de trabajo de mujeres de la ANA – Articulación Nacional de Agroecología.

 

[1] Korol, Claudia (org.). Feminismos populares. Pedagogías y Políticas. Buenos Aires: El Colectivo, 2018.

[2] www.paretkcsa.org

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