Género en El capital. Diálogo con Silvia Federici*

March 15, 2018

Ilustración: Flabia Fuentes

 

Agradezco la invitación (hecha al Grupo de Estudios del Trabajo) a participar de esta actividad. El GET es un grupo que ha abordado la temática del Trabajo desde la perspectiva ontológica marxiana, a partir de 1998 (algunos nos sumamos más recientemente). Lo integran docentes de Trabajo Social de esta facultad pero también otras disciplinas (Geografía, Ciencia Política).

 

Esta exposición es únicamente de mi responsabilidad. Se centra en la actualidad del marxismo y particularmente de El capital, en el pensamiento feminista. Mi intención es discutir tres asuntos: primero, ¿qué claves de análisis marxianas recoge el feminismo marxista hoy? Luego, ¿qué elementos de la teoría de Marx el feminismo cuestiona? Y por último, ¿qué relecturas de Marx podrían hacerse para enriquecer un feminismo marxista?

 

Me propongo esta discusión en base a dos apreciaciones. Una es que la “cuestión de género” está instalada como problema. La desigualdad de género aparece en sus diversas expresiones: violencia de género, trabajo doméstico no remunerado, diferencias salariales y de estatus laboral, y otras tantas manifestaciones cotidianas. Está vigente como esfera de resistencia y protesta, a partir de múltiples organizaciones y tendencias. Emerge en la prolífica producción académica existente, en los discursos y programas políticos, en las legislaciones recientes, etc.

 

La segunda apreciación es que aparentemente existe un renovado interés por el marxismo desde el campo de la teoría social y en particular, el campo feminista. Un ejemplo de ello es la lectura que de Marx hace Silvia Federici. Ella es una profesora en Filosofía y activista feminista, ítalo-estadounidense, de larga trayectoria, que recientemente y de manera consecutiva ha estado en Uruguay difundiendo sus obras, entre las que se destacan “Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria” (2004) y “Revolución en punto cero: trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas” (2013).

 

Para la última edición de Herramienta. Revista de debate y crítica marxista (Nº 60, Buenos Aires, invierno de 2017, pp. 169-186), Federici escribió un artículo titulado “Notas sobre género en El capital de Marx”. Es con ella que pretendo discutir. Y es una discusión incipiente para mí, porque tengo poca aproximación al feminismo y algo más al marxismo.

 

Empezando con la primera intención de identificar qué claves de análisis aporta Marx, vale la aclaración de Federici acerca de que Marx no elaboró una teoría de género. Al igual que sus contemporáneos, de distintas vertientes ideo-políticas (conservadores, liberales, socialistas), Marx participa de los debates sobre el “problema” de la mujer trabajadora. En El capital expone las brutales condiciones de trabajo de las mujeres en las fábricas inglesas de mediados del siglo XIX. Ilustra la división sexual del trabajo que obliga a mujeres (y niños/as) a ocupar los puestos menos calificados y peor retribuidos. Constata las tendencias estructurales de la producción capitalista: la extensión de la jornada de trabajo (con el ejemplo paradigmático del trabajo a domicilio que encabezan las mujeres); la intensificación de la jornada (que extrae el máximo de trabajo del mínimo de trabajadores/as); la devaluación de la fuerza de trabajo (y claramente de la mano de obra femenina). Develando la dinámica de explotación del trabajo por el capital, Marx aporta a la comprensión del “problema de la mujer trabajadora”, entendido como el trabajo femenino en las fábricas.

 

Sin embargo, como apunta la historiadora feminista Joan Scott (cuyo aporte Federici recoge), la industria textil no era el principal espacio de inserción laboral de la mujer (en relación a otras áreas, como servicios, comercio o manufactura en pequeña escala). Tampoco puede decirse que la mujer no trabajara antes de la Revolución Industrial; ni que fuera la primera vez que trabajaba fuera del hogar y ello marcara un punto de inflexión. El trabajo femenino en su forma asalariada fabril adquiere un estatus de problema público, que no se arraiga en la realidad de la mayoría de las mujeres de la época. (1)

 

Luego volveremos sobre esta paradoja. Pero avancemos en la segunda intención de identificar qué elementos de la teoría de Marx el feminismo cuestiona, teniendo como interlocutora principal a Silvia Federici.

 

Uno de los cuestionamientos centrales es que Marx deja en la sombra el trabajo de reproducción, al privilegiar el trabajo fabril en el conjunto de su teoría. Al decir “trabajo de reproducción”, las feministas se refieren al trabajo doméstico no remunerado de las mujeres. Desde Mariarosa Dalla Costa y Selma James en 1972, Heidi Hartmann en 1979, entre otras, las feministas retoman la teoría del valor de Marx para situar el trabajo de reproducción. Entienden el trabajo reproductivo como una “forma enmascarada de trabajo productivo”, pues se encarga de (re)producir la fuerza de trabajo. (2)

 

En Marx, la reproducción del trabajador es evidentemente parte esencial y condición de la acumulación del capital. Pero el asalariado aparece como reproductor de sí mismo. La reproducción de la fuerza de trabajo es concebida en términos de consumo, es decir, de obtención de los medios indispensables para su subsistencia.

 

¿Qué dicen estas feministas? Dicen que la reproducción de la fuerza de trabajo supone el trabajo doméstico de las mujeres. Y por lo tanto, los capitalistas se apropian de un trabajo no remunerado aún mayor al descubierto por Marx, pues no solo explotan un tiempo de trabajo excedente dentro de la jornada laboral del trabajador (plusvalía), sino también el trabajo doméstico no retribuido y necesario para su reproducción.

 

De esta manera, las feministas analizan el trabajo reproductivo a la luz de la categoría marxiana de plusvalía y van más allá de esta. Aún más, analizan la “cuestión de la mujer” en el siglo XIX a partir de la distinción de Marx entre plusvalía absoluta y plusvalía relativa. Si en la primera mitad del siglo XIX, el capital se sirvió de la prolongación de la jornada laboral como forma predominante de explotación del trabajo (plusvalía absoluta), en las últimas décadas del siglo XIX, amplió las formas de extracción de plusvalía relativa (intensificando la productividad del trabajo). Este cambio se explica por el avance de la legislación “protectora” que limitó la extensión de la jornada en la fábrica, pero sobre todo, por la gestación de una nueva fase del capitalismo (monopolista), que se cristalizaría en el modelo fordista-taylorista de acumulación. Para Federici (y las feministas que cita), el “problema de la mujer trabajadora” cumple un papel fundamental en ese pasaje. El capital pasaba a requerir un nuevo tipo de trabajador: más sano, mejor cuidado, más disciplinado, más apto para hacer suyos los valores burgueses. De ahí que el trabajo reproductivo femenino pasara a ser central en dotar y formar la nueva fuerza de trabajo. Si el problema era el trabajo femenino fabril, las soluciones no fueron abordar las condiciones que devaluaban el trabajo de las mujeres; sino, limitarlo. Las soluciones dadas a la “cuestión de la mujer” se tradujeron en mejoras salariales para el obrero (aspirando a un “salario familiar”) y en asignar a la obrera al hogar (solución no compartida por Marx). El “elogio al ama de casa” a fines del siglo XIX, como describe la historiadora Michelle Perrot, contribuyó a consolidar el capitalismo en su binomio fordista-taylorista. (3)

 

En definitiva, estas feministas parten de la teoría del valor de Marx, cuestionan sus límites y elaboran una reflexión en torno al trabajo reproductivo. Federici atribuye algunos motivos a la ausencia de esta reflexión en Marx. De un lado, la reproducción en Marx es concebida como la reproducción de la sociedad capitalista en su conjunto (el sistema del capital). Así, la reproducción de la fuerza de trabajo es solo un aspecto, y de ahí que no hay un análisis específico sobre las formas concretas de la subordinación femenina. Como hombre de su época, Marx concibe las tareas del hogar como esfera natural de actividades, de vocación femenina por instinto. Además, en términos políticos, la “emancipación de las mujeres” tiene una importancia periférica en el proyecto societario revolucionario. La lucha de las mujeres por la emancipación se subordina a los objetivos socialistas de emancipación humana. Como va a plantear más tarde Engels, en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, la subordinación de la mujer es resultado de la emergencia de la propiedad privada y solo con la abolición de esta, puede darse la emancipación de aquella.

 

Federici apunta un último motivo por el cual Marx no habría considerado el trabajo reproductivo de las mujeres. Sobre este punto quisiera llamar la atención y es el último asunto de la exposición.

 

Para Federici, desde su postura ecofeminista, Marx idealizaba el trabajo industrial como forma de producción y como potencial nivelador de las desigualdades sociales, entre ellas, las de género. El progreso industrial, en la concepción marxiana, arrancaría a las mujeres de la esfera doméstica, siendo esta una esfera limitada, subvalorada. Federici atribuye a Marx “la idealización de la industria” y “la devaluación de la naturaleza”; “la esperanza puesta en la máquina como una fuerza para el ‘progreso histórico’”; un “error de cálculo” acerca de “los efectos liberadores de la industrialización”.

 

Pienso que allí aparece en Federici cierta interpretación mecanicista y evolucionista de la producción en Marx. Recuperar la perspectiva ontológica que Marx plasma acerca de la producción, resultaría fecundo para el análisis del trabajo reproductivo. Una riquísima lectura de Marx desde los fundamentos ontológico-sociales ha sido desarrollada por el filósofo húngaro György Lukács.

 

Para Marx, el trabajo es la actividad propiamente humana. El ser humano se distingue de los animales al producir los medios indispensables para vivir. Transforma la naturaleza para producir objetos útiles, es decir, satisfacer sus necesidades: alimento, vivienda, abrigo, etc. No se trata de una adaptación reactiva al ambiente, sino de una modificación consciente (4). Desde la perspectiva materialista de Marx (según la cual existe un predominio ontológico-social de la producción material), la conciencia tiene un papel decisivo. El trabajo es una actividad que, determinada por su objeto y sus medios, está orientada a un fin (dar respuesta a una necesidad). Puede dar como resultado un fin no deseado, pero se orienta por una teleología, una intencionalidad. El proceso de trabajo contiene, entonces, la elección, es decir, el ejercicio de la libertad: el ser humano escoge entre alternativas (siempre concretas, determinadas). No hay un determinismo materialista en Marx.

 

Al transformar el mundo que lo circunda de manera consciente, el ser humano se transforma a sí mismo y supera su existencia meramente natural. Marx hace referencia al “retroceso de los límites naturales” para describir el proceso de auto-creación del ser humano mediante el trabajo. En la respuesta que da a una necesidad, abre nuevas necesidades y nuevas posibilidades de satisfacerla, enriqueciendo y diversificando su actividad. El trabajo se convierte en modelo de praxis social, es decir, matriz de otras formas de actividad, distintas del trabajo, del cual emergen y se distancian (el arte, la ciencia, la política, etc.). La superación de barreras naturales refiere a este proceso de socialización del género humano, es decir, al desarrollo de capacidades humanas para convertir causalidades naturales (procesos regidos por la naturaleza) en causalidades puestas (resultado de las relaciones de los seres humanos con la naturaleza y consigo mismos). No hay una devaluación de la naturaleza en Marx.

 

Así entendido, el trabajo es propio del ser humano en cualquier formación social y época. Es trabajo útil, “creador de valores de uso” (5). Que el trabajo concreto bajo el capitalismo asuma una forma degradante para el propio ser humano y para la naturaleza, no significa que el trabajo humano sea esencialmente así. Significa que asumió una forma histórica a superar. Capaz de auto-crearse, el ser humano puede desarrollar otra forma histórica de producción y reproducción social (no basada en formas instrumentales e irracionales de intercambio con la naturaleza y entre sí).

 

Tampoco la productividad del trabajo, es decir, la posibilidad de producir en menos tiempo más valores de uso (bienes socialmente útiles, ¡no desechos!) implica forzosamente la devaluación de la naturaleza. Implica, en todo caso, tiempo disponible, o sea, la posibilidad de disponer de tiempo libre. La concepción de que “la frontera natural retrocede a medida que gana terreno la industria” es una concepción profundamente humanista. No se trata de una confianza en la máquina, sino en las capacidades humanas para superar fronteras natural y socialmente puestas. (6)

 

István Mészáros, alumno de Lukács, retoma el dilema expresado por Rosa Luxemburgo “socialismo o barbarie”. Al igual que Marx, ella denunciaba la tendencia intrínseca del capital a la producción destructiva, que conduciría a la barbarie si la humanidad no se encauzaba hacia la alternativa socialista. La cuestión ecológica estaba y permanece en el corazón de las preocupaciones del marxismo. No parece que fuera un “error de cálculo” por parte de Marx y los socialistas marxistas (que habrían idealizado “los efectos libertadores de la industrialización”, según Federici). Al dilema expuesto por Rosa Luxemburgo, Mészáros agrega a “socialismo o barbarie”, “barbarie con suerte”, en el sentido de que “la exterminación de la humanidad es una consecuencia inherente al destructivo curso del desarrollo del capital”. Estas son posibilidades puestas por la humanidad en su relación con la naturaleza. (7)

 

 

* Exposición presentada en la Jornada “150 K. A 150 años de El capital de Carlos Marx. Vigencia y actualidad de El capital”, organizada por el Grupo de Estudios de El capital y convocada por Hemisferio Izquierdo y Casa Bertolt Bretch, el 20 de setiembre de 2017 en la Sala de Conferencias de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República.

 

** Investigadora...

 

 

 

Notas

 

(1) Joan W. Scott (1993) “La mujer trabajadora en el siglo XIX” en: Duby, Georges; Perrot, Michelle, Historia de las mujeres, Tomo 8, Taurus, Madrid, pp. 99-129.

 

(2) Sobre el trabajo reproductivo como una “forma enmascarada de trabajo productivo”, ver Mariarosa Dalla Costa y James, Selma (1972) El poder de la mujer y la subversión de la comunidad, Siglo XXI, México: http://retoricasdaresistencia.blogaliza.org/files/2012/01/Las-mujeres-y-la-subversion-de-la-comunidad-1971.pdf

 

Sobre las proximidades y distancias entre marxismo y feminismo en los años ‘70, ver Heidi Hartmann (1979) Un matrimonio mal avenido: hacia una unión más progresiva entre marxismo y feminismo, Papers de la Fundació, N˚ 88, Catalunya: http://www.fcampalans.cat/archivos/papers/88.pdf

El elenco de feministas vinculadas al marxismo es mucho más largo (y ni que hablar del destaque de socialistas feministas ligadas a la revolución soviética); acá solo menciono algunas citadas por Federici para situar el movimiento de la década de 1970.

 

(3) Sobre la construcción de la domesticidad femenina en el siglo XIX, varios textos hacen referencia en la compilación ya citada: Duby, Georges; Perrot, Michelle (1993) Historia de las mujeres, Tomo 8, Taurus, Madrid.

 

(4) “Concebimos el trabajo bajo una forma en la cual pertenece exclusivamente al hombre. (…) lo que distingue ventajosamente al peor maestro albañil de la mejor abeja es que el primero ha modelado la celdilla en su cabeza antes de construirla en la cera. Al consumarse el proceso de trabajo surge un resultado que antes del comienzo de aquel ya existía en la imaginación del obrero, o sea idealmente” (Karl Marx, El capital, Tomo I, Vol. 1, Libro primero, El proceso de producción del capital, Siglo XXI Argentina, 2002, p. 216). Sobre la posición que ocupa el trabajo en el salto ontológico de la vida biológica a la vida social, me remito a György Lukács (2004) Ontología del ser social: El trabajo, Herramienta, Argentina.

 

(5) “Como creador de valores de uso, es decir como trabajo útil, el trabajo es, por tanto, condición de vida del hombre, y condición independiente de todas las formas de sociedad, una necesidad perenne y natural sin la que no se concebiría el intercambio orgánico entre el hombre y la naturaleza ni, por consiguiente, la vida humana” (Karl Marx, El capital, Tomo I, Vol. 1, Libro primero, El proceso de producción del capital, Siglo XXI Argentina, 2002, p. 53).

 

(6) “Esta frontera natural retrocede a medida que gana terreno la industria” (Karl Marx, El capital, Tomo I, Vol. 2, Siglo XXI Argentina, 1988, p. 624). Sobre tiempo disponible para la satisfacción de necesidades efectivas y tiempo libre en Marx, me remito a Ricardo Antunes (2005) Los sentidos del trabajo: Ensayo sobre la afirmación y la negación del trabajo, Herramienta, Argentina, capítulo X.

 

(7) István Mészáros (2003) El siglo XXI: ¿socialismo o barbarie? Herramienta, Argentina, p. 94.

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