Crónica de un 8 de marzo en Florianópolis: Tempo de Rebelião

Imagen: Marcha 8M Florianópolis, Santa Catarina, Brasil. 

 

Amanecí el 8 de marzo de 2018 en Florianópolis, más precisamente en Campeche, "na rua Jardin dos Eucaliptus". Amanecí sola. Mi compañero ya no estaba. En soledad fui despertando, comenzando el día. Desayuno pronto y sonido de pájaros. Mate en mano, comienzo de jornada. Sola. No tenía a mis hermanas, mis amigas, mis compañeras. No tenía a mis conocidas. Estaba sola. Sin humedad, sin musgo, sin esa nostalgia y añoranza característica del Uruguay, sin la brisa del Río de la Plata, sin una caldera, sin Idea y sin Onetti. Estaba lejos, sin importar si Florianopólis es más o menos lejos que otras ciudades, que otros países. Yo estaba lejos, me sentía lejos.

 

Lloré. Lloré en la soledad de mi cuarto, frente a mi nueva rutina. Me ahogué en el grito perdido que no pude dar. Lloré por no estar allí, con las mías.

 

Me reacomodé y salí. Algo tenía que hacer. Llegué a la concentración, a las grandes carpas. Mujeres por doquier. Crecía en mi interior expresiones, ideas, sentimientos: esto lo tengo que escribir, pensaba. Esto lo tengo que registrar.

 

Mujeres por doquier: blancas, negras, heterosexuales, lesbianas, bisexuales, trans. Gordas, altas, flacas, bajas. Campesinas, indígenas, inmigrantes. Trabajadoras sexuales, del comercio, docentes. Profesionales, administrativas. Mujeres, así sin más. Unidas en cada estrecho abrazo que se daban, que me daban, que nos dábamos. 

 

Música: hip hop, samba, maracatú. Tocado por ellas. De pronto: el rojo envolvió la concentración. Irrumpen las mujeres del MST, con sus caras curtidas por el trabajo en la tierra, al sol. Juntas: con sus banderas, sus gorros, sus remeras. Con sus instrumentos musicales: cajas o latas forradas con las telas características de Brasil, floreadas, estampadas, coloridas. Con su propia manera de hacer cultura, cultura política desde abajo y para abajo. 

 

Y volví a llorar. Eramos las mismas. Acá y allá. Las mismas. Acá y allá. Las invitaron a subir y tocar conjuntamente con las compañeras que lo estaban haciendo: a estrechar el arte citadino con el campesino. Negro Nagô fue la canción que las unió, que nos unió: "Tein que acabar com essa história, de negro ser inferior". Y volví a llorar. Porque en Florianópolis, lejos de las mías, no estaba sola. Y tampoco estaba lejos.

 

La marcha comenzó al ritmo de Bloco, un conjunto de mujeres que tocaban y bailaban maracatú. El sonido del xequerê me hizo recordar a Martina (¡en qué dia!) y a tantas otras... Un mensaje de una hermana: "Amiga estoy acá por marchar...estas acá ami, caminando conmigo, con todas! Sintiendo y en la lucha siempre! Te quiero!" Mi respuesta: "Acá estoy marchando con ellas, contigo, con todas las nuestras! Estoy muy emocionada. Te adoro"

 

Los cánticos en portugués. Algunos nuevos para mi: "A nossa luta é todo día, contra machismo, racismo, homofobia", "Eu sou mulher e vou lutar pelo dereito de me aposentar". Otros conocidos: "MST, a luta é pra valer", "Patria livre, venceremos", "Fora Temer". Otros muy similares a los de allá: "Se cuida, se cuida, se cuida os machistas que América Latina vai ser toda feminista"

 

Los acompañantes: milicos. En toda la marcha estuvieron en los costados, caminando conjuntamente con ella. Algunos como si nada, otros marcando poder, tomando el palo y mirándonos de manera desafiante. Respiré, quizás por no estar acostumbrada, cierta tensión de que estuvieran tan encima nuestro.

 

Los paisajes: hombres tomando cerveza y mirando desde lejos. Hombres jugando a no se qué juego de cartas, aislados del universo.

 

Así la marcha aconteció. Sucedió. Y yo era una más, entre tantas otras mujeres. Recibí un abrazo emancipador, protector, solidariamente latinoamericanista, sin fronteras. Un abrazo de y con las nuestras.

 

La consigna del 8M en Santa Catarina tiene razón: "É TEMPO DE REBELIÃO". 

 

*Integrante del Consejo Editor de Hemisferio Izquierdo

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