La educación después de Ayotzinapa

December 19, 2017

Mural: Atentado a las maestras rurales, Aurora Reyes.

     

 

“Cualquier posible debate sobre ideales educativos resulta vano e indiferente en

comparación con esto: que Auschwitz no se repita. Fue la barbarie, contra la que

la educación entera procede. Se habla de una recaída inminente en la barbarie.

Pero no se trata de una amenaza de tal recaída, puesto que Auschwitz realmente

lo fue. La barbarie persiste mientras perduren, en lo esencial, las condiciones

que hicieron posible aquella recaída”.

 

Theodor  Adorno (“La educación después de Auschwitz”)

 

 

En abril de 1966 Theodor Adorno pronunció en la Radio de Hesse su célebre conferencia “La educación después de Auschwitz”. Allí se preguntó cómo fue posible que sucedieran la barbarie del campo de concentración y el exterminio metódico y planificado. Se preguntó por la naturaleza del asesino de escritorio (el ideólogo), del verdugo ejecutante y también de todos sus intermediarios más o menos entusiasmados, obedientes o indiferentes, indolentes, burocráticos, cumplidores. Impugnó al individuo heterónomo enajenado en la relación masa-líder, sumiso ante la “razón de Estado”. Criticó “el velo tecnológico” que impide ver que “la máquina es una prolongación del brazo humano”, y a la fetichización de la técnica considerada como ser autónomo y no como un medio para un fin, porque “los fines – una vida humana digna – han sido velados y expulsados de la conciencia de los hombres”. Advirtió que la “conciencia cosificada” era directamente proporcional a la “incapacidad de identificación de los hombres”, rasgo psicológico principal necesario, a la hora de la hora, para que se produzca la barbarie. Y constató, abrumado, que los diferentes factores que se conjugaron e hicieron posible Auschwitz “coinciden con la tendencia global de la civilización” [1]

 

Medio siglo después de la conferencia de Adorno en Hesse, la barbarie organizada, fría y procedimental se expresa con todo su horror en la evocación de otro lugar: Iguala. A tres años de la desaparición de 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa (y el asesinato de otros seis) se impone recrear la tarea pedagógica y política de Adorno: ¿cómo fue posible Ayotzinapa? 

 

Si como sostuvo Adorno “La barbarie persiste mientras perduren, en lo esencial, las condiciones que la hicieron posible”, en México la barbarie sucede cada día. Ayotzinapa no fue la combinación desmesurada de un político corrupto, unos policías despiadados y unos criminales incontrolables. Es el sistema social, económico y político en su conjunto el que debe ser interpelado: el proyecto de modernización capitalista ejecutado en México y fraguado en la OCDE, su control territorial de vastas zonas ricas en recursos naturales para la explotación multinacional, su combinación sistémica con la economía criminal, su reforma educativa, entre otros elementos constitutivos de “la tendencia global de la civilización”. La masacre de Iguala se inscribe en este contexto. Es aleccionadora: busca tener efectos paralizantes. Golpea a la organización estudiantil más antigua y combativa del país, buscando quebrar y dispersar al conjunto del movimiento social que se opone a la combinación criminal-corporativa del capitalismo mexicano.

 

Mientras tanto, el proyecto educativo del Pacto por México está muerto. Sobrevive, parafraseando a Gramsci, al modo de lo que “no acaba de morir”. Vegeta. Existe como propaganda (millonaria) en el mundo paralelo de las apariencias y se agita al ritmo de los manotazos de ahogado del (ex) secretario Nuño. Multiplica promesas que nadie cree. Sólo le queda, finalmente, la amenaza y el control. Siendo, como es, el proyecto educativo de las clases dominantes, no ha sido capaz de articular en clave hegemónica ninguna demanda popular ni de resolver ningún problema específico. Tanto así, que se ha vuelto disfuncional hasta para los sectores que la impulsaron. Camina con pena y sin gloria hacia su entierro al fin del sexenio.

 

La educación después de Ayotzinapa deberá contrarrestar la racionalidad instrumental enajenante e indolente que nos propone el neoliberalismo. Y deberá apoyarse en las fuerzas sociales que pugnan por una transformación sistémica de la “tendencia global de la civilización”. De algún modo, la educación después de Ayotzinapa está ante nuestros ojos. Se nutre de la resistencia creativa de la CNTE a la reforma educativa de Peña Nieto y del formidable laboratorio de solidaridad y autogestión que se desató con el sismo del pasado 19 de setiembre. Sus maestros y estudiantes dejan momentáneamente las aulas y toman las calles al grito de “nuestra arma es la solidaridad, no volveremos a su normalidad”. La educación después de Ayotzinapa es portadora de otra normalidad. Contra el fatalismo del modelo educativo dominante, sostiene la esperanza.

 

En el espacio abierto por el fracaso del modelo educativo impuesto están todas las tareas por hacer. Porque, con todo, la educación después de Ayotzinapa vive aún al modo de lo que “no acaba de nacer”.

* Integrante del consejo editor de Hemisferio Izquierdo.

 

Notas:

1. Theodor Adorno, "La educación después de Auschwitz", en: Adorno “Educación para la emancipación. Conferencias y conversaciones con Hellmut Becker (1959-1969)” (Ediciones Morata, Madrid, 1998).

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