La Revolución Rusa y las mujeres: una revolución dentro de otra

Imagen: Mujeres, acudid a las cooperativas, I. Nivinskiy (1918) .

 

 

 "Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea.

Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que hicieron de la vida este

rincón sensible, luchador, de piel suave y tierno corazón guerrero"

 

Alejandra Pizarnik

 

 

La historia de las mujeres que protagonizaron la Revolución Rusa así como la historia de la mayoría de las mujeres, es parte de conjunto de muertes simbólicas que la historiografía- y la ciencia en general- ha hecho persistir en su solapado recorte, tras el “buen sentido de la humanidad” una razón androcéntrica: el “logos patriarcal” [1]. La invisibilización de las mujeres, su historia y sus luchas, es producto de su condición histórica y social subordinada y expresa a su vez el discurso patriarcal operando también desde la producción de conocimiento.

 

Si pensamos en la ciencia y los modos en que el patriarcado atraviesa las construcciones historiográficas, filosóficas y de las ciencias en general, debemos dar cuenta de que las mujeres han hecho historia, pero los vínculos entre las mujeres y la Historia responden más a la ausencia de una indagación “sexuada” de los procesos históricos hasta finales del S.XX [2], que a una realidad constatable de nuestro protagonismo en diversas luchas. Muy tarde aparecemos las mujeres como grupo social y hemos sido precisamente mujeres quienes tomamos en nuestras manos la reconstrucción de nuestra propia la historia y protagonismo, memorias y saberes[3].

 

Sabemos poco de las mujeres soviéticas, las conocemos tardíamente en tanto esposas y/o amantes de consagrados líderes políticos, pero sobre todo sabemos que sin proclamarse feministas (la categoría feminismo a principios de siglo aludía al feminismo sufragista de carácter burgués[4]) sentaban las bases teóricas del feminismo de clase, y sus conquistas fueron tomadas posteriormente como reivindicaciones del movimiento feminista mundial del cual las mujeres rusas también habían sido pioneras, proclamando la liberación de la clase y la de sí mismas en tanto oprimidas. Por ello queremos en este artículo dar cuenta de los aportes de las mujeres socialistas y de los avances históricos de la Revolución Rusa en relación con lucha de las mujeres, pese a su posterior retroceso con el régimen estalinista y la restauración capitalista plena en 1991, luego de la caída del Muro de Berlín.

 

 

"¡Queremos pan! ¡Abajo el zar!"

 

Este era el grito de las obreras textiles de Petrogrado, que un 8 de marzo[5] iniciaban la huelga que daría lugar a la primer revuelta en febrero, encontrando la victoria en octubre de 1917 en lo que se dio a llamar Octubre Rojo, consagrado por la toma del poder de los soviets. Estallaba así una huelga de masas que devino progresivamente en el Soviet de Petrogrado, restando solo que el ejército se aliara a la revolución para que la caída del zar fuese un hecho.

 

En aquella Rusia zarista y en medio de la guerra imperialista, las mujeres -parte más explotada de la clase trabajadora- salieron a las calles a protestar por las escasez de alimentos y los dos millones de muertos que la Primera Guerra Mundial dejaba tras su doliente paso. Fueron ellas quienes, desacatando la orden del comité de distrito del partido que establecía celebrar el Día Internacional de la Mujer con discursos y actos, comenzaron la huelga que desataría el proceso revolucionario coronado con la toma del poder en octubre de 1917.

 

Desde comienzos de siglo, las mujeres socialistas rusas intentarían promover la organización sindical y política de las obreras. Alexandra Kollontai fue una de las principales figuras dedicada a la organización de las  mujeres  trabajadoras para la creación de organizaciones sindicales y políticas de mujeres. Entre sus escritos más destacados se encuentran Los fundamentos sociales de la cuestión femenina (1907), Las relaciones sexuales y la lucha de clases (1911), y El comunismo y la familia (1918).

 

Lo que actualmente conocemos como feminismo socialista, tenía en sus postulados abolir la división sexual del trabajo mediante la integración plena de las mujeres a la producción social, la socialización del trabajo doméstico, la propagación del amor libre tras nuevas relaciones sociales y la destrucción de la familia. Escribía Kollontai sobre el amor y las nuevas relaciones sociales: ”Pretendemos conquistar la totalidad del alma del ser amado, pero, en cambio, somos incapaces de respetar la fórmula de amor más sencilla: acercarnos al alma de otro dispuestos a guardarle todo género de consideraciones. Esta sencilla fórmula nos será únicamente inculcada por las nuevas relaciones entre los sexos, relaciones que ya han comenzado a manifestarse y que están basadas en dos principios nuevos también: libertad absoluta, por un lado, e igualdad y verdadera solidaridad como entre compañeros, por otro”[6]. Para Kollontai, el amor cumplía un rol fundamental en la opresión de la mujer, por ello politiza la dominación masculina que se manifiesta a través de la ideología del amor sin perder de vista la explotación de las mujeres en tanto clase trabajadora, producto de la enajenación de su propio trabajo. Para Kollontai, de nuevas relaciones sociales devenidas de una estructura económica socializante, resultaban modos superiores de la conciencia en un planteo verdaderamente revolucionario para su época donde la familia y el matrimonio no tendrían lugar alguno, y la sexualidad a través de las uniones libres caracterizarían la nueva moral proletaria, alejadas de todo dominio o propiedad sobre la mujer que la supremacía masculina establecía.

 

Fueron miles de mujeres quienes participaron anónimamente en la lucha armada o desempeñaron tareas logísticas, productivas y educativas durante la revolución. Yelena Dmitriyevna Stessova, Klavdia Nikolayeva, Inessa Armand, Konkordia Samoilova son algunos nombres de estas mujeres que aún teniendo una participación protagónica, hoy desconocemos.

 

Inessa Armand o Helène Blonina (pseudónimo con el que firmaba habitualmente) escribió La obrera en la Rusia soviética (1920), sobre la mujer y su importancia dentro del nuevo sistema político que se habría paso. Nadezhda Krupskaya, más conocida como la esposa de Lenin que por su lucha incansable por la emancipación de la mujer y el socialismo, protagonizó la creación del sistema educativo soviético y un sistema de bibliotecas populares, conformando el Comité Central el Partido desde 1927 a 1939.

 

Rabotnitsa (La obrera) era el nombre del periódico bolchevique donde escribían muchas de estas mujeres que para financiar el primer número se emplearon como costureras. Nadezhda Krupskaya hacía un llamado a la unión de las obreras y obreros para derribar a la burguesía y así proteger los intereses de las y los trabajadores en el primer número de Rabotnitsa. La situación de las mujeres en las fábricas y talleres constituía la primer explotación que se extendía al terreno del hogar y la familia: vender la fuerza de trabajo al capital en fábricas y talleres, regalar su fuerza de trabajo en el hogar, esclavizadas por la familia y la opresión social. La situación de las trabajadoras soviéticas parece no encontrar mayores diferencias con las trabajadoras el día de hoy, a más de un siglo de distancia. Versaba un panfleto bolchevique distribuido a las mujeres trabajadoras en Kiev: “el camino de la lucha obrera organizada contra el capital, el camino  de  la  lucha  contra  toda  opresión,  maldad  y  violencia.  Compañeras,  no  tenemos otro  camino. Los  intereses  de  los  trabajadores  y  las  trabajadoras  son  iguales  y  son  los mismos”[7].

 

 

Emancipación de la mujer y revolución

 

La Revolución Rusa trajo consigo uno de los más firmes intentos para la emancipación de la mujer y una vasta legislación sobre la familia, el matrimonio, los derechos sexuales y reproductivos tan avanzada y progresiva como no se ha visto en épocas recientes en países capitalistas, o donde se tardó décadas para concederlos, producto de la presión de las luchas de la clase trabajadora y los movimientos feministas.

 

Luego del triunfo de la revolución, múltiples leyes fueron aprobadas para que las mujeres alcanzaran los mismos derechos que los hombres. Las mujeres obtenían así igual salario que los hombres por desempeñar el mismo trabajo y podían elegir libremente su profesión. La educación fue mixta y se prohibieron los despidos a mujeres embarazadas así como el trabajo nocturno de las mismas, el matrimonio civil era legal al igual que el divorcio, y una seguridad social sin retenciones salariales constituyó una conquista de derechos colectivos imposible de desconocer.

 

Escribía Lenin respecto a las limitaciones de la igualdad formal entre hombres y mujeres y sobre la necesidad de un cambio profundo en la cultura como antesala de la igualdad total: “Allí donde hay propietarios terratenientes, capitalistas y comerciantes, no puede haber igualdad entre el hombre y la mujer, ni aún ante la ley. Allí donde no hay propietarios terratenientes ni capitalistas ni comerciantes, allí, el poder de los soviets construye una nueva vida sin esos explotadores, allí hay igualdad del hombre y la mujer ante la ley. Pero esto todavía no es suficiente. La igualdad ante la ley todavía no es la igualdad frente a la vida. Nosotros esperamos que la obrera conquiste, no sólo la igualdad ante la ley, sino frente a la vida, frente al obrero”[8].

 

En 1917 Alexandra Kollontai asume el cargo de Comisaria del Pueblo para la Asistencia Pública e impulsa varias de estas reformas que modifican la legislación de la mujer y la familia. En 1918 se creaba un ministerio de protección de la maternidad y la infancia, introduciendo medidas para la socialización del trabajo doméstico y los cuidados, creando guarderías, lavanderías y comedores comunales así como viviendas colectivas. En 1920 se decreta el derecho al aborto libre y gratuito para todas las mujeres y se despenaliza la homosexualidad. Se anuncia la idea de desintegración de la familia y las uniones libres en el marco de las nuevas relaciones sociales del comunismo, pues la revolución no buscaba simplemente la igualdad formal entre hombres y mujeres, sino que la creación de las condiciones materiales, culturales y políticas de la nueva sociedad con nuevas relaciones sociales. El ascenso de Stalin acabaría con las conquistas que la revolución trajo para las mujeres, prohibiendo el aborto, criminalizando la prostitución y la homosexualidad. La nueva propaganda estatal colocaría nuevamente a la mujer en la esfera del hogar y la familia, estableciendo el matrimonio civil como única unión legal. Posteriormente sería suprimida la sección de mujeres dentro del PCUS y el conjunto de órganos de poder.

 

 

Feminismo y socialismo en el horizonte de nuestras luchas[9]. Reflexiones finales

 

Algunos debates siguen presentes en la actualidad en torno al vínculo -no siempre armonioso- entre socialismo y feminismo, “matrimonio mal avenido” al que Hartmann[10] aludía en los 80. El dilema entre clase y género y los esfuerzos teóricos por su unificación realizados por las feministas radicales merecen un análisis propio, el punto de inflexión política que buscaron desentrañar tiene que ver con la opresión de la mujer en el seno de la propia clase (llegando incluso a considerar a la mujer como una clase social), y ha planteado serias dificultades al momento de pensar estratégicamente el feminismo y su articulación con la lucha de clases, sobre todo cuando la opresión patriarcal sucede al interior de las organizaciones de izquierda.

 

Es así que la especificidad de la lucha feminista se ha vuelto un repliegue casi necesario desde el cual instrumentar la acción política y existir, posibilitando a su vez que los reclamos específicos de las mujeres no queden subordinados al purismo de clase y sus escenarios tradicionales de lucha. La parte y el todo, la fragmentación y la totalidad han sido binomios simplificadores que nos dejan atrapados en el laberinto poco fértil de las disquisiciones teóricas que se resisten al devenir de las luchas actuales, donde el movimiento feminista tiene un potencial y un protagonismo indiscutible a la hora de impugnar el sistema en su totalidad. La lucha feminista no fragmenta la clase, sino que se organiza en torno a la fragmentación que el propio capitalismo le imprime, para denunciar así todas las opresiones que de éste sistema se derivan, para destruirlas junto al propio sistema capitalista. Esta parcialidad no está exenta de problemas, sobre todo respecto a la articulación de las luchas con la estrategia general, y es por ello un aspecto que las feministas debemos seguir problematizando.

 

Por otro lado, la experiencia histórica nos muestra que modificando las bases materiales no se modifican mecánicamente las estructuras de dominación, sino que es la acción consciente de las y los oprimidos del mundo (las propias reivindicaciones de las mujeres rusas ya daban cuenta de ello) que deberá llevar a cabo esta lucha, para que sea definitivamente la lucha de toda una clase, pues capitalismo y patriarcado deben caer juntos.

 

La experiencia de la URSS y la lucha de las mujeres rusas por su emancipación nos plantea entonces algunas reflexiones. El Muro se derrumbó y tras él, la existencia de proyectos históricos alternativos. Se detuvo también nuestra imaginación política y quedamos inmersos en los grandes debates de esta caída. Creemos que el fracaso de la URSS como experiencia histórica y el ensayo del socialismo no invalida el fundamento del propio proceso revolucionario que le dio origen, pues las razones para transformar nuestra sociedad son quizás más abrumadoras que hace 100 años. Dice Badiou que “el comunismo es una idea demasiado grande como para dejarla en manos de un Estado”[11], con lo cual la experiencia soviética así como todas las revoluciones truncas siguen evocando a pesar de sí, como grandes “monumentos”, la necesidad histórica de superación del capitalismo y la revolución como camino o trayecto político al que debemos entregarnos para que sea una posibilidad.

 

Las particularidades de este proceso deben necesariamente contemplar aquellos aspectos que preceden el capitalismo y que a su vez lo constituyen: el patriarcado, el racismo. En Rojava, región de Kurdistán occidental, las mujeres kurdas están llevando adelante su propia revolución, pues las particularidades históricas de su opresión frente al Estado Islámico requieren una especificidad política y hasta militar hecha a su manera[12], allí donde los niveles de violencia contra las mujeres son extremos, allí donde aún en espacios mixtos de construcción colectiva y militante es difícil garantizar la propia vida, la lucha feminista y de liberación de todo un pueblo adquiere formas novedosas, y la organización exclusiva de mujeres funciona paralelamente a la organización mixta casi como una garantía política.

 

La derrota material, social y política que significó la URSS, pero sobre todo la derrota simbólica de toda posibilidad de cambio nos deja en el lugar del desconcierto y nos obliga a desplegar el ingenio político para poder recrear el mañana. ¿Y cómo es recrear el mañana desde el feminismo? Es empezar por el hoy. El feminismo nos insta primeramente a politizar los vínculos existentes entre hombres y mujeres en tanto relaciones de poder, inmersas y articuladas a su vez en otro marco de relaciones sociales: las relaciones de explotación o de clase. El feminismo nos interpela, nos obliga a diseñar estrategias políticas que puedan dar cuenta no sólo de la opresión devenida de la contradicción capital-trabajo, sino de todas las opresiones constitutivas de la propia clase, impresas en la misma por obra y gracia del capitalismo y su particular imbricación con el patriarcado.

 

Nos interpela en tanto nos pensamos como sujetos políticos en nuestras múltiples determinaciones donde la clase es una, muy importante puesto que universaliza la lucha de todos los explotados y oprimidos del mundo, pero si no logramos comprender la heterogeneidad de la clase trabajadora y las múltiples opresiones que coexisten en su interior derivadas del género, la raza, la identidad sexual y que se articulan en lo que se denomina interseccionalidad de las opresiones, será difícil diseñar una estrategia conjunta de cambio social que no deje a nadie afuera.

 

Por esta razón la lucha contra el patriarcado debe ser eje de acción política, articulada en torno a nuevos escenarios sociales y dentro de una estrategia general de clase que haga posible que socialismo y feminismo no sea simplemente una consigna, sino una posibilidad en el horizonte de la lucha popular.

 

Somos herederas del socialismo revolucionario y con él, también del feminismo popular. Vemos emerger al movimiento feminista, distanciado del lenguaje tradicional en que el socialismo se ha expresado, desde una performatividad novedosa y cuestionadora de los modos y lenguajes patriarcales de hacer política, pues el feminismo es también (y fundamentalmente), la impugnación de todos los aspectos de una significación binaria que a lo largo de la historia nos ha colocado en posiciones subordinadas, constitutivas del mega relato patriarcal dentro del cual todas las formas de violencia contra las mujeres se encuentran banalizadas, naturalizados por la fuerza de la costumbre y la tradición, sin vínculo aparente. El feminismo denuncia estos vínculos perversos que no son otra cosa que manifestaciones de la imbricación entre capitalismo y patriarcado, y nos obliga a prefigurar nuevos modos de relacionarnos ensayando todo aquello que creemos esperable de la sociedad del futuro.

 

Pensamos entonces en nuevas categorías que nos permitan pensar el presente y proyectarnos políticamente como sujetos de la historia, y en este trabajo es necesario comprender que nuestro vínculo con el capital es aquello que nos unifica, y es a su vez aquello que nos otorga lugares diferenciados en la estructura social. Escribiría Celia Amorós “como ya señaló Rosa Luxemburgo, el capitalismo es un sistema de discriminación en la explotación –al mismo tiempo que de explotación sistemática de toda forma de discriminación”[13]. Esto proyecta un horizonte estratégico de superación del capitalismo que debe incluir en su proyecto político la labor consciente para terminar con todas las opresiones, porque en el seno de la propia clase, en los márgenes de la contradicción capital/trabajo emergen las opresiones más diversas, también estructurales y estructurantes como la raza y el género.

 

Clase social y género son categorías que poseen diferentes niveles explicativos, y enfrentarlas no hace más que posicionar unas luchas sobre otras, aún cuando no den cuenta de los mismos aspectos de nuestra realidad. ¿Por qué entonces los aspectos étnicos, raciales, de género o identidad sexual no son considerados políticos si a partir de ellos se erigen relaciones de poder, opresión y dominación? ¿Qué hacer con la estrategia entonces? Nosotras decimos que la estrategia de toda una clase así como su proyecto político debe contener necesariamente la lucha antipatriarcal así como la lucha contra toda opresión.

 

La revolución y el socialismo serán feministas o no serán.

 

 

 

Notas

 

1- Amorós, Celia. Hacia una crítica de la razón patriarcal

 

2- Joan Scott plantea el género como categoría analítica de la Historia: Scott, Joan. El género como una categoría útil del análisis de la historia.

 

3- La Historia de las Mujeres como expresión del feminismo a nivel académico fue un aporte muy importante al rol de las mujeres en la historia, dando lugar a una episteme feminista sin precedentes.

 

4- "Las feministas burguesas están luchando para conseguir derechos políticos: también aquí nuestros caminos se separan: para las mujeres burguesas, los derechos políticos son simplemente un medio para conseguir sus objetivos más cómodamente y más seguramente en este mundo basado en la explotación de los trabajadores. Para las mujeres obreras, los derechos políticos son un paso en el camino empedrado y difícil que lleva al deseado reino del trabajo" Alexandra Kollontai (Los fundamentos sociales de la cuestión femenina)

 

5- 22 de febrero en el calendario juliano. Desde 1910 el 8 de marzo había sido declarado el Día de la Mujer.

 

6- Kollontai, A. Las relaciones sexuales y la lucha de clases (1911)

 

7- En D´atri, Andrea, Las mujeres y el socialismo.

 

8- Lenin, Discurso de 1920, en D´atri, Andrea, Las mujeres y el socialismo.

 

9- Socialismo y feminismo en el horizonte estratégico de las luchas populares es un texto de Claudia Korol.

 

10- Heidi I. Hartmann, Un Matrimonio mal avenido: hacia una unión más progresiva entre marxismo y feminismo

 

11- Alain Badiou y Marcel Gauchet. ¿Qué hacer?

 

12- Frente militar compuesto exclusivamente por mujeres en Kobane, región liberada

 

13- Amorós, Celia. Hacia una crítica de la razón patriarcal

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