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La globalización, la acumulación de capital y la violencia contra la mujeres: una perspectiva intern

  • Silvia Federici**
  • 10 mar 2017
  • 18 Min. de lectura

Imagen: Mujeres llorando, Oswaldo GuayasamĆ­n


A partir de la difusión de nuevas formas de caza de brujas y de la escalada en todo el mundo del nĆŗmero de mujeres que a diario son asesinadas, se incrementa la evidencia de lo que algunas feministas han llamado una "guerra de baja intensidad contra las mujeres." ĀæCuĆ”les son las motivaciones y la lógica detrĆ”s de este fenómeno? Mi presentación hace esta pregunta mediante la colocación de las nuevas formas de violencia en un contexto histórico y el examen del impacto del desarrollo capitalista, pasado y presente, en la vida de las mujeres y las relaciones de gĆ©nero. En este contexto, tambiĆ©n examino la relación entre las diferentes formas de esta violencia –familiar, extra-domĆ©stica, institucional – y las estrategias de resistencia que las mujeres en todo el mundo estĆ”n creando para poner fin a la misma.


Introducción


Desde los comienzos del movimiento feminista la violencia de gĆ©nero ha sido un tema clave en la literatura feminista, inspirando asĆ­ a la formación del primer Tribunal Internacional de los CrĆ­menes contra la Mujer, el cual tuvo lugar en Bruselas en Marzo de 1976. Desde aquel entonces las iniciativas feministas en contra de la violencia se han multiplicado al igual que las leyes que la tratan, debido a las conferencias globales de las Naciones Unidas sobre mujeres. Pero lejos de disminuir, la violencia hacia las mujeres ha aumentado en todas partes del mundo, al punto que hoy en dĆ­a las feministas denominan este fenómeno como ā€œfeminicidioā€. No solo la violencia - medida por el nĆŗmero de asesinadas y abusadas - ha continuado creciendo, sino que su naturaleza ha cambiado, volviĆ©ndose mĆ”s pĆŗblica, mĆ”s brutal, usualmente tomando formas tĆ­picas de tiempos de guerra.


¿CuÔles son las causas de este desarrollo y qué nos dice sobre las transformaciones que estÔn teniendo lugar en la economía global y la posición social de las mujeres? Las respuestas a estas preguntas han variado pero estÔ cada vez mÔs claro que la raíz de este aumento se encuentra en las nuevas formas de acumulación de capital, ya que estas incluyen amplios procesos de despojo, la destrucción de relaciones comunitarias y una intensificación en la explotación del trabajo y la riqueza natural. Lo que resta ser aclarado, de todas formas, son las formas específicas en las cuales esta violencia es una consecuencia y/o instrumento del avance de relaciones capitalistas. En este ensayo planteo esta cuestión, aportando una perspectiva histórica y discutiendo la relación entre la violencia pública y doméstica y las políticas que han adoptado internacionalmente las instituciones para disciplinar mujeres. Mi objetivo es demostrar que mientras esta nueva oleada de violencia toma diferentes formas, un denominador común es la devaluación adicional de las vidas y trabajos de las mujeres que la globalización promueve. En otras palabras, la nueva violencia hacia las mujeres tiene raíz en tendencias estructurales que son constitutivas del desarrollo capitalista y el poder estatal mÔs allÔ de la coyuntura. Esto significa que construir alternativas al capitalismo debe ser una parte esencial de la lucha contra esta, si queremos/pretendemos que erradique sus causas.


El Capitalismo y la Violencia hacia las Mujeres


La historia es buena docente en este tema. Muestra que mientras el capitalismo ha construido su poder mediante guerras, conquistas, esclavitud, ha reservado algunas de las formas de disciplinamiento mĆ”s brutales para las mujeres de las clases bajas, especialmente aquellas que son blanco de discriminación racial. De hecho, la sujeción de mujeres a formas particularmente brutales de violencia ha sido un elemento estructural de la sociedad capitalista desde sus comienzos. El desarrollo capitalista comienza con una guerra contra las mujeres: las cazas de brujas en los siglos siglos XVI y XVII, que en Europa y luego en el ā€œNuevo Mundoā€ llevaron a miles de jóvenes y ancianas a la muerte. Como escribĆ­ en Caliban y la Bruja (2004), este fenómeno sin precedentes históricos fue un evento fundante de la sociedad capitalista. Fue el elemento central del proceso que Marx definió como ā€œacumulación originariaā€, ya que destruyó un universo de prĆ”cticas y sujetos femeninos que fueron obstĆ”culos de los requisitos principales del desarrollo del sistema capitalista: la acumulación de fuerza de trabajo masiva y la imposición de una disciplina de trabajo mĆ”s restrictiva. Denominando como ā€œbrujasā€ y persiguiendo mujeres se dio paso al confinamiento de mujeres en Europa al trabajo domĆ©stico, impuesto como trabajo no remunerado, legitimó su subordinación respecto al hombre dentro y fuera de la familia, le dio control al estado sobre su capacidad reproductiva, garantizando que servirĆ­a a la generación de nuevos trabajadores. De esta manera, la caza de brujas construyó un orden patriarcal especĆ­ficamente capitalista, que ha continuado hasta el presente, aunque constantemente ajustada en respuesta a la resistencia de las mujeres y las necesidades cambiantes del mercado laboral.


De las ejecuciones atroces a las cuales las mujeres acusadas eran sometidas, otras pronto aprendieron que deberĆ­an ser obedientes, estar calladas, y aceptar el arduo trabajo y los abusos de los hombres para ser socialmente aceptadas. Con aquellas que eran desafiantes, hasta el siglo XVIII, se utilizaba el ā€œscold’s bridleā€ (brida de regaƱo), un artefacto de metal y cuero, tambiĆ©n utilizado para amordazar esclavos, que encerraba sus cabezas y herĆ­a sus lenguas si intentaban hablar. Las distintas formas de violencia de gĆ©nero tambiĆ©n fueron perpetradas en las plantaciones estadounidenses donde, llegado el siglo XVIII, el abuso sexual de mujeres esclavas por parte de sus amos se volvió una polĆ­tica sistemĆ”tica de violación, cuando los dueƱos de esclavos intentaron reemplazar la importación de esclavos desde Ɓfrica por una industria local de crĆ­a centrada en Virginia (Sublette & Sublette, 2015).


La violencia hacia las mujeres no desapareció cuando se dio fin a la caza de brujas y la esclavitud. Al contrario, fue normalizada, al punto que el capitalismo debió controlar la capacidad reproductiva de las mujeres y forzarlas al trabajo sin ninguna remuneración bajo la tutela de hombres. La esterilización de mujeres negras de clase baja, y de mujeres que practicaban su sexualidad fuera del vĆ­nculo matrimonial continuó hasta los aƱos 50s y 60s. Asimismo, hasta que las feministas forzaron su reconocimiento, la violación para el Estado, nunca habĆ­a existido dentro de la familia. Como Giovanna Franca Dalla seƱaló en Un lavoro d’amore (1978), la violencia siempre ha estado presente, como un trasfondo, una posibilidad, en el nĆŗcleo familiar, a travĆ©s de sus salarios, se les ha otorgado a los hombres el poder de supervisar el trabajo domĆ©stico no remunerado de la mujer, utilizĆ”ndola como su sirvienta y castigĆ”ndola en caso de negarse a realizarlo. Gracias a esto, la violencia domĆ©stica masculina nunca se ha considerado un crimen, siendo tolerado por las cortes y por la policĆ­a como una legĆ­tima respuesta al incumplimiento de sus tareas domĆ©sticas, de la misma manera que el Estado legitima el poder de los padres de castigar a sus hijos como parte del entrenamiento de futuros trabajadores.


Pero mientras la violencia hacia las mujeres ha sido normalizada como un aspecto estructural de las relaciones de familia y gĆ©nero, lo que se ha desarrollado durante las Ćŗltimas dĆ©cadas excede la norma. Argumento que esto es debido a que estamos enfrentando uno de los momentos mĆ”s peligrosos de la historia mundial donde la clase capitalista estĆ” determinada a ā€˜poner el mundo de cabeza’ para consolidar su poder, el cual fue socavado por las luchas de los 60’ y 70’ (luchas anti-coloniales, feministas, de poder negro), y lo hace atacando los medios de reproducción de las personas e instituyendo un rĆ©gimen de guerra permanente, y esto mismo tambiĆ©n lo hace al atacar los medios de reproducción de las personas e instituyendo un rĆ©gimen de permanente guerra.


Mi tesis, en otras palabras, es que somos testigos de una escalada de violencia contra las mujeres, especialmente afro-descendientes, porque la ā€˜globalización’ es un proceso polĆ­tico de re-colonización, con la intención de dar al capital un control indiscutido sobre la riqueza natural y el trabajo, y esto no se puede conseguir sin atacar a mujeres que son directamente responsables de la reproducción de sus comunidades. No es de extraƱar el hecho de que la violencia en contra de las mujeres ha sido mĆ”s intensa en aquellas partes del mundo (Ɓfrica Sub-Sahariana, LatinoamĆ©rica, Sudeste de Asia) que han sido seƱaladas para emprendimientos comerciales y donde la lucha anti-colonial ha sido la mĆ”s fuerte. Violentar a la mujer es funcional a las ā€˜nuevas coyunturas’. Abre camino a los muchos acaparamientos de tierras, privatizaciones y guerras formales e informales, que por aƱos han ido devastando regiones enteras, aunque la brutalidad de los ataques es usualmente tan extrema que parecen carecer de un propósito utilitario. AsĆ­, con referencia a las torturas infligidas en los cuerpos de las mujeres por organizaciones paramilitares que operan en varias regiones de LatinoamĆ©rica, Rita Segato ha hablado de una ā€œviolencia expresivaā€ y ā€œcrueldad pedagógicaā€, argumentando que su objetivo es aterrorizar, dar un mensaje, primero a las mujeres y a travĆ©s de ellas a poblaciones enteras, de que no deben esperar piedad.[op.cit.: 22-3] Pero el mensaje nunca es un fin en sĆ­ mismo. Al despojar extensos territorios de sus habitantes, al forzar a personas a abandonar sus hogares, sus campos, sus tierras ancestrales, la violencia hacia las mujeres abre camino a las operaciones de minerĆ­a y compaƱƭas de petróleo que hoy en dĆ­a estĆ”n desplazando decenas de aldeas, a veces solo para instalar una mina; y se traduce a los mandatos de agencias internacionales como el Banco Mundial, las Naciones Unidas que dan forma a la polĆ­tica económica mundial, y establecen los códigos de minerĆ­a, y son en definitiva responsables de las condiciones neocoloniales bajo las cuales las corporaciones operan en el campo. Es a sus oficinas y planes de desarrollo que debemos recurrir para entender la lógica por la cual las milicias en los campos de diamante, coltĆ”n y cobre de la RDC disparan sus pistolas en las vaginas de las mujeres, o los soldados guatemaltecos que han apuƱalado con cuchillos los vientres embarazados de mujeres matando al hijo que cargaba. Segato estĆ” en lo correcto. Tal violencia no puede emerger de la vida cotidiana de cualquier comunidad. Es planeada, calculada, y ejecutada con una mĆ”xima garantĆ­a de impunidad, de la misma manera que, con impunidad, compaƱƭas de minerĆ­a hoy en dĆ­a contaminan tierras, rĆ­os, arroyos con quĆ­micos letales, mientras las personas que viven de ellos son encarcelados si se atreven a resistir. Solo agencias y estados poderosos pueden dar la luz verde a tal devastación, sin importar quiĆ©nes son los perpetradores inmediatos, y asegurar que los culpables nunca lleguen a la justicia.


La violencia en contra de la mujer es un elemento clave en esta nueva guerra global no solo por el horror que Ć©sta evoca o el mensaje que deja, sino por lo que las mujeres representan en su capacidad de mantener sus comunidades unidas y, no menos importante, defender concepciones no comerciales de quĆ© es seguridad y riqueza. En Ɓfrica e India, por ejemplo, hasta hace poco, las mujeres tenĆ­an acceso a tierras comunales y dedicaban una buena parte de su jornada a la agricultura de subsistencia. Pero tanto la tenencia de la tierra comunal como la agricultura de subsistencia han sufrido fuertes ataques institucionales, criticados por el Banco Mundial como una de las causas de la pobreza en el mundo, siendo el argumento que la tierra es un ā€œactivo muertoā€ a menos que sea legalmente registrado y utilizado como contrapartida para obtener prĆ©stamos bancarios con los cuales comenzar alguna actividad empresarial. En realidad, es gracias a la agricultura de subsistencia que en la presencia de programas de austeridad brutal muchas personas han sido capaces de sobrevivir. Pero tales crĆ­ticas han tenido Ć©xito tanto en Ɓfrica como en India, las mujeres estĆ”s siendo forzadas a renunciar a la producción de subsistencia y trabajar como ayudantes de sus esposos en producción de productos bĆ”sicos. Esta dependencia coaccionada - la cual es una de las maneras especĆ­ficas en las cuales (como Mies ha observado) las mujeres en Ć”reas rurales de hoy en dĆ­a estĆ”n siendo ā€œintegradas al desarrolloā€ es en sĆ­ misma un proceso violento. No solo es ā€œgarantizado por la violencia inherente en las relaciones patriarcales hombre-mujerā€, la violencia de esposos y patrones, tambiĆ©n devalĆŗa el trabajo y los roles de la mujer, los cuales desde la perspectiva de los hombres de su comunidad y especialmente la juventud, son vistos como seres inĆŗtiles (especialmente cuando llegan a la vejez) cuyos cuyos bienes y trabajo pueden ser apropiados sin ningĆŗn reparo.


Cambios en relaciones de propiedad de tierras y en el concepto de quĆ© es considerado una fuente de valor parecen ser la causa tambiĆ©n de un fenómeno que, desde los 90’, ha provocado una gran miseria para las mujeres en Ɓfrica e India sobre todo: el regreso de la caza de brujas. Mientras que mĆŗltiples factores parecen estar trabajando en la nueva difusión de acusaciones de brujerĆ­a, se ha notado que estos son mĆ”s frecuentes en Ć”reas destinadas a proyectos comerciales o en donde se estĆ”n llevando a cabo procesos de privatización de tierras (como en las comunidades tribales de la India), y las acusadas poseen alguna tierra que puede ser confiscada. En Ɓfrica particularmente, las vĆ­ctimas son mujeres ancianas, viviendo solas, en un pedazo de tierra, mientras que los acusadores son miembros mĆ”s jóvenes de sus comunidades o incluso de su propia familia, generalmente sin empleo, quienes ven a estas ancianas como usurpadoras de aquello que les pertenece, y que pueden ser manipuladas por otros actores que se mantienen ocultos, como los jefes locales conspirando con empresas comerciales para romper relaciones comunales. AquĆ­ la posibilidad de confiscar tierras es un factor preponderante, pero existen tambiĆ©n otros factores que juegan papeles importantes. Entre ellos estĆ” la desintegración de la solidaridad comunal debido a dĆ©cadas de empobrecimiento, la propagación del SIDA y otras enfermedades en sociedades donde los sistemas de salud han colapsado, la propagación tambiĆ©n de sectas evangĆ©licas que predican un Cristianismo neo-calvinista culpando por la pobreza a deficiencias personales o malas obras por parte de brujas. Como ya he seƱalado, la creciente devaluación de la tercera edad y las vidas de las mujeres mayores en particular, la cual la economĆ­a monetaria invasora genera, contribuye a la guerra generacional que se estĆ” desatando a travĆ©s de las nuevas cazas de brujas


Existen otras maneras en las cuales las nuevas formas de acumulación de capital instigan la violencia en contra de la mujer. El desempleo, la precarización del trabajo y el colapso del salario familiar son factores clave. Privados de su salario y otras formas de ingreso, los hombres depositan su frustración en las mujeres de su familia o intentan recuperar el dinero y poder social perdidos explotando sus cuerpos y trabajo. Este es el caso de los ā€œdowry murdersā€ (asesinatos por la dote) en India, donde hombres de clase media matan a sus esposas si no proporcionan suficiente dote o con el fin de casarse con otra mujer y ganar otro dote. Debemos incluir en esta categorĆ­a el ā€œtrĆ”fico de mujeresā€, el cual suele consistir en hombres forzando a sus hermanas o parejas a prostituirse y generalmente la industria del sexo que se nutre de la actividad de las organizaciones criminales predominantemente masculinas capaces de imponer el trabajo esclavo "en su forma mĆ”s crudaā€ [Mies op. cit. P.146]


Debe destacarse que con la desvalorización del salario masculino y la crisis de la familia, el valor de las mujeres para muchos hombres reside menos en su trabajo reproductivo no remunerado y mÔs en el dinero que pueden adquirir a través de la venta de su trabajo y cuerpos en el mercado. Aquí las políticas micro-individuales imitan y se juntan con las macro-institucionales. Para el capital también el valor de las mujeres reside cada vez mÔs en el trabajo industrial barato o servicio que pueden proveer, y menos en su trabajo doméstico no remunerado que requeriría de un salario masculino estable para mantenerlo, algo que el capitalismo contemporÔneo estÔ determinado a reducir progresivamente, exceptuando a sectores limitados de la población. En consecuencia, hay una confluencia entre el interés del capital y el de muchos hombres con respecto al trabajo de la mujer, el cual debe, por un lado, procurarle a los hombres el ingreso al que ellos ya no acceden (al menos no en condiciones aceptables) y por otro, proveerle al capital la mano de obra barata que éste necesita para aumentar las ganancias. En cualquier caso, el trabajo femenino no remunerado no desaparece, pero deja de ser condición suficiente para ser socialmente aceptadas. Una nueva política económica ha surgido fomentando relaciones familiares mÔs violentas, ya que se espera que las mujeres traigan plata a la casa, pero son abusadas si quedan cortas en las tareas domésticas o reclaman mÔs poder en reconocimiento de la contribución monetaria hecha por trabajo extra-doméstico.

La necesidad de las mujeres de salir de la casa, emigrar, llevar su trabajo reproductivo a las calles (como vendedoras, comerciantes, trabajadoras sexuales) con el fin de apoyar a su familia tambiĆ©n crea nuevas formas de violencia en contra de ellas. De hecho, como muestra la evidencia, la integración de la mujer a la economĆ­a global es un proceso violento. Las mujeres inmigrantes de LatinoamĆ©rica toman anticonceptivos anticipando ser violadas por la policĆ­a fronteriza ahora militarizada. Del mismo modo, las vendedoras callejeras entran en conflicto con la policĆ­a cuando intentan confiscar sus bienes. Como Jules Falquet ha seƱalado, en el cambio de servir a un hombre a servir a muchos (cocinando, limpiando, proporcionando servicios sexuales), las formas tradicionales de restricción se descomponen haciendo a las mujeres mĆ”s vulnerables a los abusos. La violencia individual masculina es tambiĆ©n una respuesta a la creciente demanda de autonomĆ­a e independencia económica, en otras palabras, un contra ataque en contra del crecimiento del feminismo. [Caputi & Russell 1992] Este es el tipo de violencia que ha estallado en la Universidad de Montreal en Diciembre de 1989, cuando un hombre ingresó a un aula y luego de separar a las mujeres de los hombres disparó a las mujeres, gritando ā€œfeministas de m…..ā€, matando a catorce. En los Estados Unidos, desde los aƱos 80’ los asesinos de mujeres han ido aumentando, con mĆ”s de 3000 muertes cada aƱo, con la misoginia sumada al odio racial, llevando a los asesinatos de mujeres negras e indĆ­genas. En CanadĆ” tambiĆ©n ha aumentado la violencia racial en contra de mujeres indĆ­genas. Como fue recientemente reportado por la New York Times, decenas han desaparecido y luego encontradas sin vida en lo que hoy se conoce como la Highway of Tears (Carretera de LĆ”grimas) [Levine 5/24/2016]. Estas formas de violencia son evidentemente diferentes con respecto a aquellas infringidas sobre mujeres por paramilitares, narcos y ejĆ©rcitos privados o guardias de seguridad. AĆŗn asĆ­ estĆ”n profundamente relacionados. Como los editores de Aftermath (2001) han seƱalado, lo que conecta a la violencia en tiempos de guerra y tiempos de paz es la negación de la autonomĆ­a de la mujer, y su relación con su control sexual y recursos de asignación (op. cit., p.11). Mies tambiĆ©n ha notado que en todas las relaciones de producción basadas en violencia y coerción a mujeres, hay una interacción entre padres, hermanos, esposos, proxenetas, la familia patriarcal y empresas capitalistas [op.cit. ibid., 146]. La violencia domĆ©stica y pĆŗblica tambiĆ©n se fomentan entre sĆ­. Por un lado, los ā€œcódigos de honorā€ de los hombres, asumiendo que la mujer es su propiedad, han prevenido a menudo a las mujeres de denunciar los abusos que han sufrido por miedo a ser rechazadas por su familias o incluso ser sometidas a mayor violencia. Por otro lado, la tolerancia institucional de la violencia domĆ©stica crea una cultura de impunidad que contribuye a la normalización de la violencia pĆŗblica infligida en mujeres.

En todos los casos mencionados, la violencia hacia las mujeres es violencia física. Pero no deberíamos ignorar la violencia perpetrada por políticas económicas y sociales y la mercantilización de la reproducción. La pobreza, que resulta de cortes en el bienestar, empleo y servicios sociales, debería ser considerada una forma de violencia, al igual que la condena a condiciones de trabajo de esclavitud como las maquilas, las nuevas plantas de esclavitud de la era moderna. La violencia también es la carencia de atención médica, la negación al aborto, los abortos prenatales de fetos femeninos, y la violencia de microcrédito, en espera de aquellas que no pueden pagar sus deudas. A esto debemos agregar la creciente militarización de la vida cotidiana con su consiguiente glorificación de modelos misóginos agresivos de la masculinidad. Como Falquet (2014) ha señalado, la proliferación de hombres armados, y el desarrollo de una nueva división sexual del trabajo donde la mayoría de los puestos de trabajo disponibles para los hombres requieren violencia (guardias privados, guardias de seguridad, guardas de prisión, miembros de pandillas, mafias, ejércitos regulares y privados), esto juega un rol clave en este proceso. Las estadísticas demuestran que aquellos que matan suelen ser hombres familiarizados y con acceso a armas y estÔn acostumbrados a resolver sus conflictos con violencia.


En los Estados Unidos, son usualmente policías, veteranos de las guerras en Iraq o AfganistÔn. Significativo en este contexto ha sido el alto nivel de violencia en contra de las mujeres enlistadas en el ejército Americano. Como señaló Fanon en referencia a los franceses cuya tarea era torturar rebeldes argelinos, la violencia es indivisible, y no es posible practicarla como ocupación diaria sin desarrollar rasgos de personalidad violentos llevÔndolo a sus hogares. Ha venido contribuyendo la construcción mediÔtica de modelos de feminidad hiper sexualizados y también agresivos, invitando abiertamente al acoso sexual, desde afiches y carteleras esparcidos en todos los rincones de nuestras ciudades, instigando a una cultura misógina en la cual la aspiración de autonomía de las mujeres es degradada en la provocación a los hombres.


Dado el carĆ”cter generalizado de aquello que enfrentan las mujeres, estĆ” claro que la resistencia tambiĆ©n debe organizarse en mĆŗltiples frentes. Las movilizaciones en su contra ya estĆ”n en marcha, evitando cada vez mĆ”s las soluciones sin salida como el llamado a una legislación mĆ”s punitiva, que sólo sirve para dar mĆ”s poder a las mismas autoridades que directa o indirectamente son responsables de ello. MĆ”s efectivas son las estrategias que las mujeres idean cuando ellas mismas se hacen cargo. Abriendo refugios no controlados por por las autoridades sino por las mismas mujeres que las usan, organizando clases y prĆ”cticas de autodefensa, organizando grandes marchas como la de ā€œtake back the nightā€ (recuperemos la noche) de los aƱos 70’ en EEUU, o las marchas organizadas por mujeres en India en contra de la violación y asesinatos por la dote, usualmente llevando a ocupaciones de los barrios de los perpetradores o en frente de las negligentes estaciones policiales han sido particularmente efectivas. TambiĆ©n hemos visto surgir las campaƱas anti brujerĆ­a, con hombres y mujeres yendo de pueblo en pueblo en Ɓfrica e India educando a las personas sobre las causas de enfermedades y los intereses que motivan a los brujos curanderos, jefes locales y otros otros acusadores. En algunas Ć”reas de Guatemala, las mujeres han comenzado a tomar los nombres de soldados abusivos para asĆ­ poder exponerlos en sus pueblos de origen. En cada caso, la decisión de las mujeres de contra atacar, terminar con su aislamiento, y unirse con otras mujeres perseguidas ha sido crucial para el Ć©xito de estos esfuerzos. Pero estas estrategias no pueden prolongar un cambio definitivo si no van acompaƱadas de un amplio proceso de revaluación de la posición de las mujeres y de las actividades reproductivas que aportan a sus familias y comunidades, y si las mujeres no pueden adquirir los recursos que necesitan para no ser dependientes de los hombres o verse obligadas a aceptar condiciones de trabajo peligrosas /explotadoras en aras de la supervivencia.



* Artículo presentado en Foro sobre feminicidio en Buenaventura, Colombia, abril de 2016. Cedido gentilmente por la autora para su publicación.


Traducción: Milena Gimenez, Daniela Castillo, Emilia Perez Bustillo y Gastón Mercader

** Historiadora, investigadora, profesora en la Hofstra University de Nueva York y activista feminista.

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