¿Feminismo o feminismos? Una mirada histórica al uso de la voz en el Uruguay del Novecientos

March 10, 2017

 

En las últimas décadas, la historiografía ha puesto énfasis en la necesidad de estudiar la historicidad del lenguaje para lograr una comprensión más cabal de los procesos históricos. Esto supone reconstruir el significado de las palabras y los conceptos en el lenguaje de los protagonistas de ese pasado que se estudia, de modo acercarnos a lo que efectivamente quisieron decir. Aspecto que resulta de especial importancia cuando se estudia una palabra como “feminismo” pues actualmente encierra un conjunto de significados que no necesariamente se corresponden con los del inicio del siglo pasado.

 

En este artículo nos proponemos sucintamente evidenciar los distintos usos que tuvo la voz “feminismo” en el Uruguay y la red semántica asociada a ésta, así como identificar algunos quiebres en su significado en el devenir del tiempo. Esta perspectiva de análisis nos permitirá demostrar que resulta insuficiente definir a las primeras prácticas feministas como aquellas que procuraron la igualdad entre los sexos y centraron sus reivindicaciones en la obtención de los derechos políticos. Por el contrario, a principios del siglo XX, hubo una serie de discursos y prácticas femeninas que pusieron en cuestión el sistema sexo-género imperante -sin dejar por ello de reivindicar la diferencia sexual- y que se definieron como feministas pese a no ajustarse a lo que la teoría feminista ha definido como tal.

 

 

Sus orígenes

 

Las investigaciones en torno al origen del término “feminismo” afirman que la generalización del uso de la palabra se produjo en Francia recién a fines del siglo XIX y desde allí se trasladó a los demás estados europeos. La historiadora Florence Rochefort considera que el término fue utilizado por primera vez para aludir al movimiento en defensa de los derechos de las mujeres, por Alejandro Dumas (hijo) en 1872. Con anterioridad se utilizaba a nivel médico para referir a los varones que tenían acentuados rasgos femeninos. En 1882, Hubertine Auclert, líder del movimiento sufragista francés, recurre al término para definir su acción. Con ella se impone la voz y, hacia finales de siglo, se hace frecuente su uso en la prensa e incluso a nivel universitario. Rochefort sostiene que “en una época apasionada por la ‘cuestión social’, esta nueva terminología responde a la necesidad de visibilizar, clasificar y analizar lo que ahora se percibe como un fenómeno sociológico: ‘la cuestión de la mujer’”.[1] Pero, a la vez que se expande su uso, la palabra también se va cargando de una connotación negativa que lleva a que algunas organizaciones femeninas se resistan a usarla.

 

En la lengua castellana, entre 1896 y 1897, el pensador español Adolfo Posada escribió una serie de artículos para la Revista España Moderna en cuyos títulos utilizaba el término “feminismo”. Esos artículos fueron recopilados dos años después en su libro Feminismo y en la introducción afirma que la palabra feminismo, aunque “se salga del cuadro de nuestro idioma”, es la que expresa más adecuadamente lo que él define como “el movimiento favorable a la mejora de la condición política, social, pedagógica y muy especialmente económica de la mujer”.[2] Posada, por otra parte, advierte que de esta definición amplia del feminismo se derivan otras muy diferentes, “las cuales se deben distinguir, para tener una idea de lo que tal movimiento significa y cómo se pretenden resolver las cuestiones que plantea.” Así, el autor describe distintos tipos de feminismo: realista, reflexivo, radical, radicalista, conservador u oportunista y católico. La obra de Posada tuvo una importante difusión en uno y otro lado del Atlántico y gracias a su buena recepción, la palabra “feminismo” se generalizó rápidamente en la prensa española en los primeros años del siglo XX.

 

La edición del Diccionario de la Real Academia de 1914 incorporó por primera vez la entrada “feminismo”, definiéndolo como “la doctrina social que concede a la mujer capacidad y derechos reservados hasta ahora a los hombres.” En la edición de 1917 se incorporó la palabra “feminista” (“partidario del feminismo”). Esto evidencia, por un lado, la distancia temporal entre la incorporación del término en el “léxico oficial” y su uso en el lenguaje cotidiano, y por otro, que no se contemplan las otras acepciones a la cual la voz aludía en la época, algunas de ellas, cargadas de contenido político.

 

En Uruguay la voz feminismo se incorporó al vocabulario local producto de la circulación transatlántica de ideas y personas que caracterizó el último cuarto del siglo XIX. El lenguaje no fue ajeno a esos movimientos transnacionales, por el contrario, su estudio permite constatar la riqueza cultural de estos intercambios. En tal sentido, los distintos usos de la voz y -la red semántica a ella asociada- no se diferencian, en términos generales, a lo ocurrido a partir de 1890 en otros países de cultura latina. No obstante, en el espacio rioplatense comenzó a usarse para describir un fenómeno foráneo, más precisamente a las prácticas políticas de las “exaltadas” anglosajonas, por ello entre quienes anhelaban un cambio en la situación legal y vital de las mujeres, se apeló con mayor frecuencia a la palabra emancipación.

 

 

De la emancipación al feminismo

 

¿Cuándo la emancipación de la mujer comenzó a ser un tema de discusión pública en el país? Algunos documentos e investigaciones historiográficas dan pistas de que fue hacia 1860 y vinculado a los debates sobre educación y secularización. Correspondió por ello a figuras relacionadas con el liberalismo las primeras expresiones en pos de la emancipación femenina. Y a José Pedro Varela ser su mejor exponente, pues propuso tempranamente la concesión de los derechos políticos a las mujeres (1869), al tiempo que promovió una reforma de la educación que le permitía a la mujer contar con un mejor nivel educativo y asumir un rol protagónico en el magisterio.

 

El liberalismo finisecular defendió la emancipación de la mujer pero sobre todo la concibió como la liberación respecto al poder clerical. Las alusiones al feminismo en la prensa liberal tendieron a remarcar el aporte del mismo a la lucha contra la influencia de la Iglesia sobre las mujeres. En términos generales, el liberalismo de la primera década del Novecientos promovió la emancipación femenina pero con ambivalencias y convivieron en su interior posiciones afines con la igualdad entre los sexos y otras de cuño más conservador que expresaron sus reparos a los “excesos” del feminismo. No obstante, algunas mujeres sobresalieron por un discurso claramente emancipador, y además, porque se definieron como feministas. Ejemplo de ello, es la maestra, periodista y librepensadora uruguaya María Abella de Ramírez. Desde la ciudad de La Plata donde estaba radicada, reclamó una mejor educación para la mujer para ponerla al servicio de la maternidad, pero también para poder acceder al mercado laboral en mejores condiciones. La autonomía económica comenzaba a esbozarse como uno de los caminos posibles y necesarios para una real emancipación.

 

En un artículo de prensa titulado “Feminismo” (1908), Abella de Ramírez define al término como una “doctrina nueva de libertad para la mujer“, que le permitiría dejar de “estar dominadas por el hombre.”[3] Esta definición da cuenta de que ya se comenzaba a vincular al feminismo con un movimiento ideológico que, además de denunciar la desigualdad entre los sexos en materia de derechos, arremetía contra la dominación de uno sobre el otro. En este sentido, la médica socialista argentina Alicia Moreau advertía en 1910 que “el feminismo no fue un detalle de indumentaria sino una forma distinta de pensar”. Una ideología que procura que la mujer “conquiste en la sociedad una situación menos deprimida“, pero que además le da “medios para defenderse de un régimen que no ha sido hecho para ella y en donde se encuentra herida y vejada cuando las circunstancias de la vida oblíguenla a trabajar a la par del hombre.”[4] Por tal motivo, es un feminismo con objetivos puntuales respecto a los derechos que debe tener la mujer en los distintos ámbitos en los que se mueve: el hogar, la sociedad, el mundo laboral, el Estado. En el hogar, tiene que poder participar en las decisiones que se tomen y compartir junto a su esposo las responsabilidades económicas, administrando sus bienes y su salario, y las vinculadas a los hijos, ejerciendo la tutela compartida e incidiendo en su educación. Para ello, las mujeres tienen que poder acceder a una educación digna que les permita potenciar sus capacidades intelectuales y espirituales. En el mundo laboral promueve una equitativa fórmula que, independientemente del sexo, remunere igual trabajo con igual salario.

 

Si bien estas reivindicaciones ponen el énfasis en la mujer como individuo capaz de tener los mismos derechos que los hombres, en el discurso feminista liberal, no deja de aludirse a la particularidad biológica por excelencia de la mujer: la maternidad. Era un feminismo que partía de una percepción de la mujer como un ser distintos al hombre y determinado por su capacidad para ser madres. Maternidad que, por otra parte, resultaba ser fuente de derechos y legitimaba sus reclamos.

 

El fin de la Gran Guerra marcó un punto de inflexión en la historia del concepto feminismo. Se apela a él con mayor frecuencia, sobre todo, en el discurso del asociacionismo femenino liberal, vinculándolo a un movimiento destinado a cambiar a la situación de las mujeres. Entre sus reclamos, el sufragio creció en protagonismo. Otro aspecto que incidió en el aumento de su uso, y sobre todo en la emergencia de un asociacionismo feminista que se definía como tal, fue la presencia de nuevos mecanismos políticos de movilización de masas que comenzaron a incluir a las mujeres como sujetos de derechos.

 

Los logros obtenidos en materia de derechos políticos por británicas y estadounidenses tras la contienda bélica marcó el camino a seguir a las mujeres sudamericanas. Sin embargo, el camino fue largo, de avances y retrocesos, pues la concesión de los derechos políticos tardó más de una década en concretarse. La contracara de esta demora fue la creciente organización a nivel nacional e internacional de movimientos de mujeres que se autoproclamaban feministas.

 

 

El “feminismo de la compensación”

 

El debate en torno a la emancipación de la mujer cobró impulso con la llegada al gobierno de José Batlle y Ordóñez. El batllismo fue particularmente sensible a la “cuestión femenina” y especial relevancia tuvo en su prédica -y acción legislativa- la concepción de la mujer y la relación entre de los sexos del filósofo Carlos Vaz Ferreira. El pensamiento vazferreriano en esta área se transformó prácticamente en doctrina oficial del batllismo.

 

Vaz Ferreira realizó una serie de conferencias entre 1914 y 1922 sobre sus estudios del feminismo y distinguió entre dos tipos de feminismos: el “feminismo de la igualdad y el feminismo de la compensación”. Este último es el que promovía Vaz Ferreira. El pensador sostenía que “somos una especie fisiológicamente organizada en desventaja para la hembra.”[5] De este modo, planteaba la supuesta debilidad biológica que, a su entender, era producto de la facultad maternal propia de las mujeres y de las tareas directamente relacionadas con ella. Agregaba que la mujer debía enfrentar una serie de “cargas propias” en el hogar. Cargas fisiológicas que, desde su punto de vista, la determinaban psicológicamente. Vaz Ferreira no creía posible la igualación de ambos miembros de la pareja. Por el contrario, se mostraba partidario de reparar o “compensar” las desigualdades existentes a través de la acción tutelar del Estado, que en última instancia pasaba ahora a compartir la protección antes exclusiva de padres y maridos. De allí que él mismo denominara a su postura como un “feminismo de compensación”.

 

El feminismo vazferreiriano partía de un esencialismo biológico que sustentaba el dimorfismo sexual e incidía en el lugar que cada sexo debía ocupar en la sociedad. Las mujeres podían –y debían- instruirse y desempeñar tareas fuera del hogar, siempre y cuando le dedicasen un tiempo parcial y no relegasen por ellas su verdadera función biológica y social. Las mencionadas “cargas propias” resultaban para esta concepción ineludibles e intransferibles. Por ello, correspondería al Estado asistir a quien, según la posición predominante, aparecía como el miembro más débil de la pareja, pero que cumplía una función de extrema relevancia para la construcción de la República. Esta modalidad protectora-asistencialista se expresó en buena parte de la legislación laboral y social impulsada por el batllismo. La ley de divorcio por sola voluntad de la mujer, aprobada en 1913, constituye ejemplo más evidente de esta modalidad de “compensación”.

 

 

Entre un feminismo socialista y un “gremialismo femenino”

 

Las ideologías vinculadas a las clases obreras fueron pioneras en materia de promover la emancipación femenina, pero no necesariamente se definieron como feministas. Por el contrario, el anarquismo será particularmente crítico con los movimientos que se definían como tales. Distinto camino recorrió el socialismo uruguayo.

 

Los socialistas procuraron tempranamente explicitar en sus programas la voluntad de que existiera igualdad entre los sexos en materia política y promover leyes laborales que protegieran a las mujeres en sus condiciones de madres. Este proteccionismo socialista, que irá muy bien con la idea batllistas de la compensación, generó ciertos resquemores entre mujeres liberales que promovían la igualdad sin restricciones. Compartieron con los liberales la preocupación por mejorar la instrucción de las mujeres y por habilitarlas a que desempeñaran profesiones y oficios que les permitieran mejorar sus condiciones económicas. Pero el énfasis socialista estuvo en denunciar el doble sometimiento femenino al capital y al varón, ya fuese el patrón o el marido. Respecto al feminismo en sí, se opusieron a quienes lo consideraban el responsable de que las mujeres abandonaran sus hogares y salieran al mercado laboral. Por el contrario, consideraba que el feminismo procuraba contrarrestar los daños que había hecho el sistema capitalista a las mujeres y a los varones.

 

La otra ideología obrerista de gran impacto en el país durante estas décadas, como ya se ha mencionado, fue el anarquismo. La retórica anarquista apeló a la emancipación de las mujeres de todo tipo de opresión, incluidas la explotación laboral y sexual. El activismo femenino en filas anarquistas fue muy importante: María Collazo, Juana Rouco Buela, Virginia Bolten, entre otras, asumieron un gran liderazgo en las organizaciones obreras. Participaron de mítines, huelgas, escribieron (e incluso crearon) una prensa obrera y combativa que apostó a una radical emancipación femenina.

 

Las voces más radicales en materia de emancipación femenina emergieron de ciertas mujeres que construyeron su identidad como tales, sobre la base del pensamiento ácrata. Ideología que les permitió tomar conciencia y denunciar su doble condición de reproductoras/productoras, así como la doble dominación que caía sobre ellas al formar parte de una sociedad capitalista y patriarcal.

 

De todas maneras, el discurso libertario en cuanto a la emancipación de la mujer fue bastante ambiguo, por momentos alzó la bandera socialista de “a igual trabajo, igual salario” y, por otros, procuró que volvieran al hogar, enalteciendo su rol como madres y denunciando la competencia “desleal” que representaban para los obreros varones. Paralelamente a la tradición igualitaria y de rechazo a toda sujeción del pensamiento ácrata, se reprodujeron en las prácticas cotidianas e incluso a nivel discursivo mecanismos propios de una mentalidad patriarcal que naturalizaba la sujeción femenina. Pero en lo que no hubo ambigüedad desde fines de la década de 1910 fue en el rechazo a definirse como feministas y en la apelación al término solo para denostar a quienes se definían como tales. Desde la perspectiva anarquista, el feminismo era sinónimo del sufragismo burgués y por lo tanto cargaba con las connotaciones negativas que la expresión tenía dentro del mundo obrero. Por el descreimiento ideológico en la democracia representativa como opción política, pero también por la creencia de que las mujeres que reivindicaban la igualdad política estaban tomando como patrón de “evolución” el masculino.

 

 

El feminismo cristiano

 

Ante la emergencia de movimientos liberales y socialistas que apostaban a la emancipación de la mujer y que amenazaban, por ende, al hogar cristiano, desde filas católicas se comenzó a percibir la necesidad de impulsar un feminismo que no fuera en contra de los preceptos religiosos, que contemplara las nuevas situaciones que vivían muchas mujeres. Desde la perspectiva católica, la mujer ideal se correspondía con el modelo de María. Si bien la sublimación de la Virgen como prototipo de mujer católica no aparecía como un planteo novedoso en el seno de la Iglesia Católica, debemos tener presente que durante la segunda mitad del siglo XIX y hasta comienzos del siglo XX se produjo, a nivel universal y con especiales repercusiones en el caso latinoamericano, la restauración del culto mariano. Ejemplo de ello fue la incorporación al dogma católico, en 1854, de la Inmaculada Concepción de María. El “marianismo” se vinculaba a su vez al proceso de feminización de la religión que se procesó en el mundo occidental a lo largo del siglo XIX.

 

El “feminismo cristiano” realzó la misión natural de la mujer en el hogar como madre – en la misma línea que otras corrientes feministas de la época- y era por esa misión, para salvaguardar los valores cristianos del hogar, que debía salir al ámbito público. La responsabilidad social de ser madres les permitió a las mujeres católicas abrirse camino en el espacio público y reivindicar sus derechos religiosos e incluso políticos.

También, el “feminismo cristiano” se propuso como meta última, mejorar las injusticias sociales de las que las mujeres eran objeto. Se trataba de continuar con la que tradicionalmente había sido una misión cristiana: la rehabilitación de la mujer en la familia y –ahora- en la sociedad. Para ello se creía imprescindible el apoyo del laicado femenino. No olvidemos, por otra parte, que la Iglesia había confiado la tarea de “transmisión” y “militancia” a quienes sobresalían en número y en convencimiento entre sus fieles. La acción social de estas mujeres sería la forma de frenar la acción disolvente que estaban promoviendo las ideologías socialistas y anarquistas en las mujeres trabajadoras y en la sociedad en su conjunto.

 

Pero al tiempo que se iban concientizando del valor que tenía su acción social, las mujeres católicas fueron experimentando los sinsabores que implicaba estar por fuera de la vida política. Por ello, tempranamente, algunas voces del catolicismo uruguayo, como el Arzobispo Mariano Soler, expresaron las ventajas que suponía que la mujer se transformase en electora y pudiese pronunciarse a favor de un candidato político que la representase y la defendiese. Claro que resultaba impensable su transformación en candidata elegible.

 

Las mujeres católicas apostaron a un “feminismo” que no ponía en cuestión el esencialismo biológico, pero sí transgredía ciertas normas de género establecidas. La salida al espacio público a través de la acción social y el propio asociacionismo, les permitió ir adquiriendo una conciencia femenina colectiva y percibirse como un grupo específico con necesidades y problemas propios. En este sentido, como sostiene P. Rosanvallon, en materia de ciudadanía el catolicismo, al igual que el liberalismo anglosajón, tuvo una concepción “utilitarista”. La inclusión de las mujeres en la política era necesaria para contemplar sus intereses particulares – como grupo y no como individuos-. Desde esta perspectiva, el voto de las mujeres no procede de un derecho natural, corresponde a una función: la defensa de la Iglesia, la familia y la patria.

 

 

¿Feministas o marimachos?

 

Iniciamos este capítulo destacando que el término feminismo surge cargado de una connotación negativa. Si en su origen etimológico aludía a los hombres que tenían acentuados caracteres femeninos, en su sentido ideológico se invierte y se lo asocia despectivamente a las mujeres que quieren asemejarse a los hombres. De ahí que podamos encontrar la voz “feminismo” asociada a expresiones como “marimachismo“, “machonismo”, “hombrismo” o “masculinización femenina”. Esta vinculación explica que las partidarias de algún tipo de reclamo en pro de las mujeres explicitaran de forma recurrente que no pretendían alterar los roles propios al dimorfismo sexual ni constituir un “tercer sexo”. En la época se usó esta expresión para aludir a todo aquello que no se ajustara a los modelos sexuales femenino y masculino según el orden tradicional (feminista, lesbiana, sufragista solterona, la garçon).

 

Los estudios sobre el antifeminismo han demostrado que éste atravesó todas las ideologías y que fue adaptando sus argumentos a los diferentes contextos histórico-culturales. Y que esa postura solía endurecerse cuánto más evidentes eran los esfuerzos de las mujeres por lograr la emancipación o avanzar en igualdad respecto a los varones. Por ello, los discursos antifeministas emergieron con fuerza cuando se discutieron proyectos legislativos que procuraban avanzar en materia de igualdad de derechos. Los argumentos se repiten. Entre ellos aparecen la inferioridad intelectual de la mujer, su tendencia al conservadurismo y a dejarse llevar por supersticiones, el peligro de que abandone el hogar y la renuncia a su misión biológica y social: la maternidad.

 

Ahora bien, si los reclamos por una mayor igualdad entre los sexos generaban resistencia, esta era mayor aún si lo hacían las propias mujeres y transgrediendo el modus operandi propio de su sexo. La mejor forma de deslegitimar sus acciones fue no verlas como mujeres, eran otra cosa, por lo tanto, solo podían representarse a sí mismas. Para algunos, las feministas eran mujeres frustradas sexual y afectivamente que, incapaces de acceder al ideal femenino del matrimonio, canalizaban su fracaso promoviendo el enfrentamiento entre los sexos. Para otros, eran mujeres que tenían alguna anomalía biológica y por ende deseaban ser como “machos” y renunciar a su naturaleza femenina. Otros entendieron al feminismo como una especie machismo al revés, una especie de revancha irracional contra la supremacía masculina.

 

* * *

 

En estas líneas hemos procurado dejar en evidencia que no hubo un único feminismo ni un una sola manera de concebir la emancipación femenina, así como variadas fueron las estrategias y modos de acción, en el marco de las distintas ideologías que se pueden identificar en el país por estos años. A diferencia de lo que la tradición historiográfica sobre estos temas ha enunciado, la mayoría de los planteos “emancipatorios” partieron de la afirmación del dimorfismo sexual y de la complementariedad de las funciones de los dos sexos. El fortalecimiento de la naturaleza femenina contrarrestó los ataques más agresivos de quienes veían con temor perder la hegemonía masculina. Esto explica la relevancia que cobró la maternidad como función femenina por excelencia, tanto para quienes procuraban cambiar el estatus social de las mujeres, como para quienes pretendían evitar que este cambiase.

 

El análisis del devenir histórico de la voz feminismo y de las palabras asociadas a éste nos revela la estrecha relación entre el aumento de la frecuencia de su uso y su politización. La voz comenzó a experimentar un cambio en su valoración y amplió su espectro ideológico. Podemos identificar tres corrientes entorno al feminismo para las primeras décadas del siglo XX: una que lo repudia y por lo tanto recurre al término para deslegitimar cualquier acción vinculada a la emancipación femenina y, sobre todo, a los derechos políticos de las mujeres; otra que se apropia de él para reivindicar la igualdad de derechos; y por último, una tercera corriente que también lo usa pero recurriendo a adjetivos que permitan diferenciarlo de la corriente igualitaria. Así nos encontramos con expresiones como “feminismo cristiano” o “feminismo de la compensación”. En ambos casos, pese a sus diferencias, hay una valoración positiva del uso del vocablo, pero explicitando su valor con la palabra que lo acompaña.

 

Por otra parte, el estudio de la red semántica asociada al concepto “feminismo” nos llevó adentrarnos en las expresiones que hicieron de él un agravio para la feminidad: se lo asoció despectivamente a las mujeres cuyo comportamiento simulaba al de los hombres. Los discursos antifeministas –no hubo diferencia de sexo en sus portavoces- fueron la contracara del avance de las ideas feministas, atravesaron a todas las ideologías, clases sociales y niveles educativos. Es que la palabra feminismo, entonces (y también ahora), daba miedo. Definirse como feminista era asumir ser tildada de diferente, de querer asemejarse a los hombres y, sobre todo, de poner en cuestión la convivencia pacífica entre los sexos en el hogar y en la sociedad.

 

Esta connotación negativa que arrastra la voz feminismo desde su origen explica la cantidad de adjetivos que comienzan acompañarla. A diferencia de otros conceptos políticos, que también emergieron con fuerza en el lenguaje político de fines del siglo XIX y que en sus orígenes tenían una carga negativa (piénsese en “partidos” o “democracia”), el feminismo nunca ha dejado de generar cierta resistencia. Es que su principal diferencia radica en que de un modo u otro siempre ha interpelado al patriarcado. Esta resistencia a recurrir a él, por cierto, se mantiene en el presente y se refleja sutilmente en el “pero” que le sucede con frecuencia.

 

 

[1] Florence Rochefort, 2010 (1º ed. 1997), p. 512.

[2] Adolfo Posada, 1994 [1º ed. 1899]

[3] María Abella de Ramírez, 1908, p. 115.

[4]Alicia Moreau, “Feminismo e Intelectualismo”, Revista Humanidad Nueva, 10 de Enero de 1910, Buenos Aires. p. 28.

[5] Carlos Vaz Ferreira, 1933.

 

 

Bibliografía y fuentes

 

ABELLA DE RAMÍREZ, María. En pos de la justicia, La Plata, Taller Gráfico D. Milano, 1908.

BARD, Christine (ed.). Un siglo de antifeminismo. El largo camino de la emancipación de la mujer, Madrid, Biblioteca Nueva, 2000.

NASH, Mary. “Experiencia y aprendizaje: la formación histórica de los feminismos en España”, Historia Social, num.20, 1994.

OFFEN, Karen. “Definir el feminismo: Un análisis histórico comparado”, Historia social, no. 9, 1991, 103-135.

POSADA, Adolfo, Feminismo, Madrid, Cátedra, 1994 (1º edición, Madrid, 1899).

ROCHEFORT, Florence. “Del derecho de la mujer al feminismo en Europa (1860-1914)”, en: Chistine Fauré (dir) Enciclopedia histórica y política de las mujeres Europa y América, Diccionarios Akal, 2010 (1º ed. 1997).

RODRÍGUEZ VILLAMIL, Silvia y Graciela SAPRIZA, Mujer, Estado y política en el Uruguay del siglo XX, Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 1984.

VAZ FERREIRA, Carlos. Sobre feminismo, Buenos Aires, Editorial Losada, 1945 [1era ed. 1933].

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