“La cárcel es tan cárcel para el reo como para el carcelero”

José Revueltas y la imposibilidad
de atraparlo

Por:
Diego Llano

Iconoclastas.

Número 01,
diciembre 2017.

De la muerte, no.

Sálvenme de la vida

Sálvenme de mis ojos

Ya invadidos de gusanos.

De la herrumbre de mis huesos

Y del alma.

J.R

 

 

Los árboles se mecen en la ventana. Ventana que se encuentra al lado de una vieja cama con sábanas roídas de usadas y de un zarape rasposo que pica; en él yace un viejo de alma y cuerpo.

Un hombre cansado y rendido ante una vida entregado a la “causa”. Para él no era necesario especificar la “Causa” ya que desde muy joven entendía que era la más noble que un hombre podía tener.

Pero cuando cayó la noche el escritor que vivió la mitad de su vida entre muros y rejas, que se encontró entre el lumpenaje más rancio, los líderes comunistas se dejaban felar como simios por Stalin y la lucha. Por sobre todo la lucha.

Por que la lucha no solo era para ver a la oligarquía desmoronarse como Torre de Babel.

La lucha es contra uno mismo.

Contra el sentido humano más íntimo y desgarrador.

 

Contra el sentimiento de superioridad. El ser que vive en el mismo infierno que el mendigo, pero con seda.

-Ya estoy cansado, repite cada determinado tiempo.

Donde antes ardían llamas, ahora solo dos huecos donde solían estar sus ojos.

-¡Me cago en tu puta madre!, le repite a su hija por negarle un cigarro.

Se arrepiente. Rompe en llanto. Recuerda.

Épocas, en la casa de sus padres en Papasquiaro.

Recuerda el calor desértico.

La madre, premonitoria de su destino.

Ella dijo que quería que sus hijos fueran pintor, músico y escritor.

Su hermano Silvestre ya había cumplido, era un músico virtuoso.

“Mi hermano cambio la música en el país […] Las academias listas, las academias Chopin que no salían del foro burgués voltearon a ver lo que que estaba haciendo de forma expedita, libre junto con Carlos Chávez”.

Breve y orgánica, dirá Revueltas de su hermano.

Fermín esculpió, aunque murió joven.

Y hasta Rosaura, que era “vieja” decía su madre, era actriz y no piruja.

Rememora el cambio, no le molestaba la pérdida de la fortuna familiar.

Le excita conocer la ciudad como la primera vez que se masturbó.

Se acerca al monstruo con timidez, pero le despierta apetitos desconocidos.

-Pero la escuela son puras mamadas.

La abandona, convencido del poder del conocimiento informal. Ese que se adquiere por interés y no en ceremonias cívicas que cantan hurras a una revolución traicionada.

Acude diario y por horas a la Biblioteca Nacional.

A sus manos cae un libro de un tal Carlos Marx, ese del que su hermano Fermín tanto le habló.

Lo lee, lo devora.

Siente ansias, quiere saber más del barbón.

 

¿Plusvalía?

¿Dictadura del proletariado?

¿Explotación?

¿Desigualdad?

¿Revolución?

El dogma de la mexicaneidad.

Quiere ser parte de ello. ¿Pero dónde?

Aquel mundo al que se entra en la clandestinidad y la ilegalidad se le abre en el lugar más desaforado.

La ferretería de la colonia.

El chalán que acomoda latas de pintura, le dice a forma de secreto, casi erótico: Yo soy del partido.

Embriagado, José le pide de forma no menos orgásmica que lo lleve.

Ahí está, Revueltas.

El imberbe de 14 años llega con estos burócratas amantes del politburó que acusa a todo aquel que se salga del pensamiento/doctrina de la URSS de trotskista o revisionista.

José no entiende eso, el solo quiere estar donde está el panteón, porque los cuerpos se juntan a hacer catarsis, no importa si están fríos o cálidos.

-Tu no entras chamaco, sabes mucho. Que se me hace que eres espía.

Unos años después y unos cientos de libros más: Gramsci, Schmith, Nietzsche, Kant, Voltaire, Trotski, Sócrates, Hegel, Heidegger y Maquiavelo.

Pero sobre todo los realistas rusos: Tolstói, Dostoyevski, Chéjov y Gógol.

Los manuscritos filosófico - económicos poco conocidos en México se deslizan en sus manos y él solo se quiere devorar al mundo como un infante que enfoca el cristalino por primera vez para ver a su madre.

¿Cuánto permearon en la obra de Revueltas?

Su aforismo no le permitió ser honesto, a menos que fueran las prostitutas del centro con una botella de Ginebra encima.

Cárcel.

Isla Mujeres.

El adolescente venido a hombre.

La vida presentándosele cruda e incombustible.

La belleza de lo antiestético.

Su primer libro: Los muros de agua.

-La escritura es la libertad desesperada.

La vida de “intelectual”.

-El intelectual es de homenaje y cóctel, yo no me encuentro.

El movimiento.

Ahí está, puro entre burócratas estalinistas.

Obras de teatro y guiones de por medio.

Prostitución artística con final feliz dirá.

Expulsiones, purgas y noches vagas donde domina el alcohol.

Hay que ser Revueltas para que te expulsen del partido que fundaste.

Ciudad Universitaria.

El pelo ya asoma la canosidad que asemeja a los campos de algodón de esclavistas de Georgia unos siglos atrás. Un campo blanco seguido de un cuerpo negro que se vislumbra cada tanto.

Barba de Hồ Chí Minh.

Tlatelolco.

La sangre pinta la tierra como ritual mexica, o como cura inquisidor.

Ahora es porque hay que “derramar la sangre de esos revoltosos”.

Y José en su casa, los pasillos de la Facultad de Políticas, ahogado en ginebra mientras los jóvenes derramaban su sangre convirtiéndose en mártires.

Angustia por la existencia.

Angustia por la libertad.

Otra vez la cárcel, Lecumberri, el castillo donde yacían los indeseados.

Ese Palacio Negro.

 

Sartre y Neruda, sus amigos epistolares, pidiéndole al hocicón

(apodo conocido por todo estudiante para Díaz Ordaz) que lo liberen.

La Habana.

El nacimiento de una nueva burocracia ante sus ojos.

Pero sobre todo, el nacimiento de la libertad de su vida.

Andrea, el peso de una nueva bella angustia.

No duda en abrazar la revolución en su alumbramiento.

-Todo pertenece ahora al pueblo: hasta los hoteles de lujo. En los hoteles se han venido a vivir niños y niñas campesinos que vienen a estudiar a La Habana.

Pero Revueltas es un amante fugaz, se viste apresuradamente en medio de la noche para no ver las imperfecciones de su acompañante de cama ideológica.

Censura.

Monstruo de mil cabezas con labios carnosos y desfigurados que pueblan el aire con un ruido ensordecedor para que no se oiga a la gordita de la ópera.

Heberto Padilla es censurado por el gobierno cubano.

Se aleja del monstruo no sin antes lanzar un sortilegio en forma de carta, condenándolo.

Vuelta a México.

El cuerpo ya no es lo que era.

Ataques de corazón seguidos de fumaderas constantes y botellas de vodka barato.

Angustia acumulada.

Y Revueltas en su cama, cansado, se cinde de lo último que le queda.

La vida.

Dejando atrás decenas de citas, novelas, ensayos, guiones, películas, poemas y militancia.

Como último acto de disidencia del cuerpo inerte que yacía en el panteón francés, su gran amigo Martín Dozal, ante la incrédula mirada del secretario de educación, le increpa:

“¿Qué no se da cuenta que nadie aquí quiere oírlo señor?”

¡Hay José como me acuerdo de ti en estas revueltas!

Entre colegas, entre amigos y entre el Estado que lo persiguió y encarceló, pero ahora quería apropiárselo, yace José.

La última crujía de su existencia terrenal no es la de antes, donde estaban los celadores masoquistas, los poetas rebeldes, los que robaron un pollo para alimentar a su familia, los que violaron.

La vida.

En esta solo había tierra ataviada para recibir el festín de los gusanos.

Pero la obra de José es eterna como su angustia.

Dirá Jorge Ruffineli:

“Un escritor que racionaliza la experiencia y la obra”.

Por eso me permito hablarles de tú, así como José, el personaje más realista de sus propias novelas.

“Esos “monos” que están presos ellos, mona y mono y esos putos monos hijos de su pinche madre”, entre ellos, tú, José.

José, que juntaba en la misma oración y personaje la esperanza de los años 30 del comunismo idealista y los movimientos estudiantiles de los 60.

El que veía lo bello dentro de lo antiestético.

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