• Eva Taberne

Restituir de madres al feminismo de izquierda




Reseña comentada del libro de Ana Laura de Giorgi (2020). Historia de un amor no correspondido. Feminismo e izquierda en los años 80. Montevideo, Sujetos Editores.


Eva Taberne*


Este 8 de marzo los feminismos convocaron a un paro de mujeres, como vienen haciendo desde 2017. El PIT-CNT pasó de la medida de paro parcial de los años anteriores a dejar esta vez en manos de cada sindicato la decisión del paro -con todas las implicaciones que tiene para aquellas que deben disputar el paro a la interna de sus sindicatos-, revelándose así las persistentes incomprensiones entre el sindicalismo y un feminismo que apuesta a la transformación del movimiento sindical desde dentro, no obstante, sus reclamos no encuentran todavía la escucha deseada.


Esta historia no es nueva, sino que se remonta a los años 80 y se prolonga, con matices, hasta la actualidad. El 30 de octubre de 1999 la Comisión de Mujeres del PIT-CNT expresaba en un documento dirigido a la “compañera” que se encontraban “en la encrucijada de tener que replegarnos ante la incomprensión de la dirigencia de la central”, habiendo realizado un gran trabajo “con muchos proyectos e iniciativas, pero sin el apoyo necesario y con cuestionamientos permanentes”. En ese entonces, desde un profundo agotamiento definían “un retiro doloroso pero resuelto, porque no estamos dispuestas a aceptar asumir el papel decorativo que nos quieren dar”.


Este recorrido de encuentros y desencuentros entre feministas e izquierdas es reconstruido y rescatado del olvido por la cientista social Ana Laura de Giorgi en su investigación de doctorado, realizada en la Universidad General Sarmiento y el Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES), que dio como resultado el reciente libro Historia de una amor no correspondido. Feminismo e Izquierda en los 80 (2020). Realizaré un repaso de sus principales contenidos y algunos comentarios finales buscando conectar ese pasado con nuestro presente y futuro.


Las protagonistas de esta historia feminista son mujeres mayormente de mediana edad, con estudios universitarios, heterosexuales, con hijos, casadas o divorciadas, que experimentaron en su juventud nuevas formas de ser mujer, rompiendo mandatos vigentes, a través de su experiencia militante en las organizaciones de izquierda de los años 60. Algunas fueron encarceladas y torturadas por la dictadura militar, enfrentando en sus cuerpos el terrorismo de Estado que se encarnizó especialmente en castigar su doble rebeldía; otras se exiliaron en territorios distantes y tuvieron que reinventar la vida a partir de nuevos códigos y circunstancias ajenas a las conocidas, y finalmente estuvieron aquellas que permanecieron en el Uruguay y se vieron obligadas a replegarse en lo cotidiano, construyendo microrresistencias desde espacios hasta entonces no considerados políticos: las visitas a los presos, la escuela, la parroquia, el barrio, el hogar.


Para la autora, las experiencias de la cárcel, el exilio y el insilio fueron fundamentales, ya que posibilitaron que se encontraran frente a frente con su soledad y su “ser mujer”, hasta entonces obturado por otros proyectos políticos y militancias desplegadas en clave masculina, permitiéndoles repensar su propia historia y las múltiples exclusiones de las que eran objeto. La femineidad fue entonces una fuente de cuestionamientos, un lugar del cual desmarcarse para poder obtener ciertas cuotas de libertad, pero también un espacio desde el cual construir resistencia “entre mujeres” y trama colectiva en situaciones de extrema vulnerabilidad. Del rechazo a la dictadura y del seno de un amplio movimiento de mujeres que tomó las calles en 1984 y se hizo oír a través del ruido de las cacerolas, nacería el feminismo de izquierda en los 80. En este sentido, Ana Laura confronta el relato ampliamente difundido de que el feminismo era un conjunto de ideas importadas de Europa que venían en las maletas de las exiliadas; para colocarlo como una necesidad surgida de las propias (y múltiples) experiencias de las militantes de izquierda, en la intersección entre sus historias personales y los contextos políticos. Son mencionadas a lo largo de la obra varias comisiones de mujeres surgidas en los partidos de izquierda durante estos años, así como colectivos de mujeres que no se identificaban como feministas; no obstante, el foco principal estará en aquellas organizaciones que abrazaron tempranamente el feminismo o cuyas referentes estaban comprometidas con él: el Grupo de Estudio sobre la Condición de la Mujer (GRECMU), Cotidiano Mujer, Comisión de Mujeres Uruguayas (CMU, vinculadas al PST), la Asociación Uruguaya de Planificación Familiar e Investigaciones en Reproducción Humana (AUPFIRH), la Comisión de Mujeres del PCU y la Comisión de Mujeres del PIT-CNT. También se destacan en reiteradas ocasiones las figuras de Fany Puyesky y de Margarita Percovich.


Ya sea dentro de los partidos, en los sindicatos, en espacios exclusivos de mujeres o en colectivos académicos, las feministas se caracterizaron por entablar una estrecha relación con las izquierdas, siendo en su mayoría dobles militantes. No rechazaron los espacios mixtos, como lo hicieron las argentinas en los años 70 o las radicales en Estados Unidos, sino que los habitaron y se esforzaron por hacerlos feministas, en un proyecto que pretendía ensanchar los márgenes de la utopía.


Hay un capítulo dedicado a la relación entre marxismo y feminismo que rescata las elaboraciones teóricas de las que se embebió y produjo el feminismo de izquierda en Uruguay. Desde una perspectiva marxista, analizaron la opresión de las mujeres en relación a la clase, indagaron en la división sexual del trabajo, señalando las cargas de “trabajo invisible” que realizaban las mujeres de manera gratuita dentro de los hogares y que era la base sobre la cual se sostenía el capitalismo -como apuntaba en sus investigaciones Suzana Prates-. Asimismo, denunciaron las condiciones desiguales que experimentaban las mujeres en el mercado de trabajo, signadas por los roles de género imperantes.


Fue dentro de este marco interpretativo que la crítica a la domesticidad adquirió un lugar preponderante. A través de investigaciones, notas de prensa, relatos autobiográficos, estadísticas y caricaturas (varias de las cuales son recuperadas en el libro), buscaron dar cuenta de la realidad que vivían las mujeres en el universo doméstico, así como la arbitrariedad de la división público/privado. El hartazgo de vivir en función de otros, de no disponer de un tiempo para sí mismas, la falta de referencias en las cuales mirarse y la repetición constante de las mismas tareas, se expresó como infelicidad, enajenación y agobio de parte de aquellas que habían sido educadas para ser madres, esposas y cuidadoras, pero que rechazaban que ese fuese su único destino.


A su vez, Ana Laura señala que la democracia fue el eje articulador de las discusiones y proyectos; en el sentido de que no se trataba solamente de democratizar el país, sino también las estructuras partidarias y, lo que es más interesante, los propios hogares y los vínculos. La tiranía de los maridos y compañeros que ejercían de “jefes” de sus esposas e hijos dentro de las familias, menospreciando las luchas y reivindicaciones de las mujeres, fue enunciada como autoritarismo, esto es, una prolongación de la dictadura en el hogar. En contrapartida, se forjó un ideal de familia democrática, basada en la horizontalidad y el reparto de las tareas domésticas. De la misma forma, el disfrute de la sexualidad femenina, la reproducción y el aborto fueron temas abordados por las feministas, con las limitaciones que imponían la heteronorma y la monogamia, que tiempo después, en contacto con otras mujeres latinoamericanas, especialmente lesbianas, se atreverían a impugnar.


En la investigación que dio origen al libro, la autora se sirvió principalmente de fuentes escritas éditas: notas en la prensa nacional y publicaciones de los colectivos feministas, además de boletines, folletos y documentos producidos por las organizaciones y comisiones de mujeres y fuentes orales. Esto se explica porque la escritura fue un vehículo privilegiado para la transmisión y discusión de las ideas feministas. Las militantes, además de escribir en periódicos de circulación masiva, como La República de las Mujeres, y en los órganos de prensa de los partidos, como la columna de Silvia Rodríguez Villamil en La Hora, también crearon sus propios boletines y revistas feministas, como La Cacerola de GRECMU, Cotidiano de Cotidiano Mujer, Ser Mujer de la AUPFIRH y Mujeres en Movimiento de la CMU. Esta práctica, extendida entre las feministas latinoamericanas, permitió conformar redes de contactos e intercambios.

A través de las publicaciones, los viajes y la participación en encuentros, -fundamentalmente los Encuentros Feministas Latinoamericanos y del Caribe (EFLAC)-, las uruguayas se conectaron con otras mujeres de América Latina y fueron partícipes de la construcción de un feminismo tercermundista y latinoamericano, que supo distanciarse de la mirada europea y anglosajona, con su modelo universal de mujer, para dialogar con la experiencia de las latinoamericanas, especialmente aquellas de sectores populares, atravesadas por la pobreza, el racismo y la represión. No obstante, estos encuentros no estuvieron libres de conflictos y diferencias. Como había reflexionado previamente la antropóloga Laura Masson en Feministas en todas partes. Una etnografía de espacios y narrativas feministas en Argentina (2007), fue en torno a la autonomía que se generaron las principales tensiones, es decir, a los vínculos que establecían los feminismos con las organizaciones de izquierda.


Para las feministas “puras” o “autónomas” el camino hacia la liberación tenía que ser obra de las propias mujeres, alejándose de aquellos modos de hacer política androcéntricos y jerárquicos desarrollados por varones en partidos e instituciones, poniendo foco en la transformación interna de cada una; mientras que para las “políticas”, como fue el caso de las uruguayas, los partidos y las instituciones del Estado constituían espacios de disputa y las preocupaciones residían en expandir el feminismo a una mayor cantidad de mujeres, especialmente de los sectores populares. Para el caso uruguayo, la investigadora no encontró un feminismo que se definiera como autónomo en aquellos años, tampoco que operara la distinción entre feministas “puras” y “políticas”.


En consecuencia, las prácticas señaladas como las más recurrentes entre las feministas uruguayas fueron los talleres y cursos en los barrios dirigidos a generar

conciencia en las mujeres pobres, con cierta visión de “vanguardia” proveniente de las izquierdas. Esto implicaba un gran esfuerzo, que las obligaba a “hablar como hombres” hacia adentro de las organizaciones de izquierda, para poder ser legitimadas, y “hablar como mujeres” con aquellas que estaban por fuera de la militancia y a las que había que “ganar”. En palabras de la autora: “Al feminismo había que militarlo con la misma dedicación con la que se había militado por la revolución”.


El último capítulo del libro, titulado “Entre la hermandad y el partido”, ahonda en la falta de correspondencia entre el “amor” que sentían las feministas y esa izquierda que mostraba poca receptividad ante este “sentimiento”, como se anunciaba en el título. Se muestra cómo las feministas eran confinadas a espacios marginales -tanto físicos como simbólicos- dentro de las organizaciones políticas y sociales, más allá de que alguna pudiera ser más o menos validada por su trayectoria y posición en la organización. También se resalta que eran objeto de burlas, ninguneos, incomprensión, además de las clásicas acusaciones de dividir la lucha y no atender a la contradicción principal. Siguiendo la tónica del título, la izquierda parecía comportarse como ese novio que subestima los problemas de su compañera, colocando los suyos como los únicos importantes, hablando todo el tiempo encima de ella sin escucharla y fingiendo prestarle atención mientras piensa en otra cosa, convencido de que exagera y es demasiado sentimental.


Esta respuesta tuvo como contrapartida un gran agotamiento y decepción para un feminismo que hasta entonces, en palabras de Ana Laura, había sido “bien comportado”, desde la convicción de que era posible transformar a sus compañeros. Hacia fines de los 80 y principios de los 90, desde el hartazgo, empezaron a hacer explícitas las críticas hacia el machismo de los militantes, tanto en las revistas feministas como dentro de las propias organizaciones. Esto estuvo acompañado de cierta migración hacia los pequeños grupos y las dinámicas más informales, en las que había espacio para la discusión y el goce, subvirtiendo prácticas de la izquierda que ellas mismas habían reproducido hasta entonces, dada “la necesidad de recostarse en una práctica más de hermandad entre mujeres”. Con el declive de las izquierdas a nivel internacional, en un contexto político, económico y social bastante desesperanzador, algunas feministas abandonaron las organizaciones políticas y sociales, otras la propia militancia feminista, desapareciendo colectivos y comisiones de mujeres, y unas pocas se replegaron en instancias más íntimas de encuentro.


A lo largo del libro, las voces de las entrevistadas son presentadas bajo seudónimos, “en el entendido de que lo que realmente importa es aquello que se relata y no su autoría”, construyendo con ellas un repertorio coral, en que las experiencias de unas hacen eco en las de otras y lo individual adquiere tintes colectivos. Más allá de las ventajas de esta elección, parece comportar ciertas limitaciones a la hora de “recuperar a las mujeres en la historia”, como se propuso Ana Laura, siguiendo los planteos de Gisela Bock. Por un lado, podría interpretarse -más allá de que no haya sido la intención de la autora- cierta jerarquización entre las fuentes escritas (que llevan nombre propio) y las fuentes orales (con seudónimo); así también entre las referentes de las organizaciones que son mencionadas de forma reiterada, aquellas que escribían en la prensa y medios militantes con su verdadero nombre, y quienes parecen disponer solamente de sus memorias, vivencias y sentires, cuya identidad desconocemos. En este sentido, obstaculiza la posibilidad de evaluar qué voces fueron contempladas y cuáles quedaron por fuera de esta historia; así como la oportunidad de salir al encuentro con estas mujeres de carne y hueso, en su mayoría vivas y todavía activas. No hay feminismo sin transformación personal, los vendavales que se producen en la vida de cada mujer antes y después de descubrirse feminista forman parte de la historia de un movimiento que se articula entre lo macro y lo micro, la biografía y la Historia; de allí la importancia de nombrarlas a todas.


Haciendo un puente con el presente y la “cuarta ola feminista”, el libro finaliza con la siguiente aseveración: “Hoy el feminismo tolera cada vez menos los amores no correspondidos y las relaciones asimétricas”, lo que significa que en cierta medida hubo un aprendizaje legado por la generación de feministas que se iniciaron en los 80. Desde 2015 para acá presenciamos una emergencia masiva del feminismo en nuestro país, con una impronta combativa, que reivindica los espacios exclusivos de mujeres y denuncia a viva voz las violencias masculinas que se producen en las diferentes esferas de la sociedad, sin disculpar a los “machistas de izquierda”. Si bien este feminismo tiene una impronta fuertemente autónoma en relación a los partidos y las instituciones del Estado, su despliegue ha salpicado a mujeres y disidencias de espacios políticos, sociales e institucionales, además de aquellas que nunca abandonaron estos espacios.


En los últimos años se han multiplicado y revitalizado las comisiones y secretarías de género dentro de los partidos y sindicatos. También se han generado espacios de mujeres en colectivos volcados a lo cultural, artístico e intelectual. La presencia feminista y los cuestionamientos sobre las relaciones de género parecen hoy ineludibles (al menos en ámbitos progresistas y de izquierda). El ascenso de la coalición de derechas al gobierno y la restauración conservadora, que arremete especialmente contra nosotras, hizo patente la urgencia de articular feminismos e izquierdas, o mejor dicho, refundar las izquierdas desde los feminismos. Dicha tarea no parece nada sencilla, considerando las múltiples violencias que experimentamos también allí, en los espacios mixtos de militancia, articulados desde lógicas masculinas, que lejos de revisarse, terminan expulsando a las compañeras que no pueden o no quieren acompañar sus dinámicas. La ola de denuncias en las redes sociales hacia varones de diferentes ámbitos de la cultura (carnaval, rock, educación, sindicatos, partidos) dejó en evidencia que la violencia sexual es constitutiva de la masculinidad hegemónica, más allá de su signo político, y que nada nuevo puede florecer si se continúan encubriendo o minimizando los abusos hacia las compañeras y si la dimensión antipatriarcal no se traduce en acciones concretas hacia adentro y fuera de las organizaciones, más allá de eslóganes oportunistas.


Los feminismos hoy se piensan en sus propios términos, no en relación a un otro “no

correspondido”, despliegan una política que incorpora la dimensión de los cuidados y los afectos -más allá de las tensiones existentes entre los diferentes colectivos y corrientes-, resignifican prácticas de las izquierdas y el movimiento obrero como el paro y la huelga, e irrumpen en todos los ámbitos sin pedir permiso. Es por esto que este 8 de marzo se hizo el paro y la movilización, a pesar de que la conducción mayoritaria del PIT-CNT no acompañara el llamado feminista al paro de mujeres. Lejos de la resignación, un grupo de compañeras sindicalistas, mayoritariamente de Fuecys, se plantó frente a la sede del PIT-CNT con pancartas y cánticos que recordaban a los varones de la cúpula de la Convención que “la lucha feminista no la dirige el PIT-CNT”. Nada de esto hubiese sido posible sin la militancia de otras feministas que vinieron antes, que tuvieron la paciencia y la constancia para intentar convencer a sus compañeros y compañeras de la necesidad del feminismo, pero también la sabiduría de apartarse de aquellas prácticas y espacios que se habían tornado inhabitables, para reinventarse después.


En este sentido, el libro de Ana Laura nos permite pensar el presente a partir de ciertas continuidades y rupturas con el pasado. Se trata de un aporte fundamental a la Historia Feminista y a la construcción de memorias de mujeres, una apuesta por el reconocimiento de una generación de luchadoras que sentó las bases de un feminismo de izquierda durante la transición democrática y una grieta en los relatos androcéntricos sobre el periodo, develando la participación activa de las mujeres en la historia. Es también un punto de partida -aunque existan otros anteriores- para las nuevas generaciones de militantes , contra la sensación de estar comenzando siempre desde cero. La autora nos restituye de “madres” a “las nietas de todas las brujas que nunca pudieron quemar” y nos acerca un espejo en el cual poder reconocernos.



* Eva Taberne. Feminista, integrantes del colectivo Dónde están nuestras gurisas, del Grupo de Estudios sobre Trabajo, Izquierdas y Género (GETIG) y del Consejo Editorial de Hemisferio Izquierdo.