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  • Federico Alvez Cavanna* y Antonio Romano**

La revista de la educación del pueblo y los debates sobre la laicidad: ENTRE HECHIZOS Y PALABRAS


Historiar un breve periodo del concepto de laicidad en el Uruguay implica el desafío de tratar de abordar un tema central en los debates políticos y educativos, pero con algunas dificultades. Porque la laicidad, paradójicamente, además de ser un concepto regulador que delimita las conductas que se consideran aceptables y las que no en un ámbito tan importante como el de la formación de ciudadanos, también parece estar investido de una especie de “halo inmaculado” que dificulta su análisis. En este texto buscamos poner arriba de la mesa un momento en el que se producen debates intensos sobre los sentidos de una laicidad “a la uruguaya” para intentar pensarla históricamente analizando textos publicados en la Revista de la Educación del Pueblo en su primera época (1968-1976)1.


Pensar desde esta dimensión histórica del concepto permite evitar considerarlo un principio abstracto con una única definición que permanece intacto desde finales del siglo XIX y su desarrollo durante el batllismo hasta el presente. Al contrario, entendemos que el concepto de laicidad, es parte de los conceptos claves para entender la modernidad occidental y que, en los diferentes países, es el resultado de complejos actos de comunicación intercultural donde términos de origen extranjeros ganan vida propia. Al mismo tiempo es necesario estar atentos -en cada realidad nacional- a los procesos de superposición de camadas de sentidos de conceptos que siempre son polisémicos y disputados.


Siendo así, poner el concepto de laicidad sobre la mesa se relaciona concretamente con la operación de profanarlo, que, en el sentido que le otorga Agamben (2005, p. 97) citando a Trebacio es la acción de restituir “al uso y a la propiedad de los hombres" aquello que se concibe como sagrado2. Atribuyéndole una perspectiva similar, los filósofos belgas Jan Masschelein y Maarten Simons (2018, p. 42) consideran que la escuela es un lugar y un tiempo para la “profanación”, es decir, para ponerse frente a frente “con las cosas públicas disponibilizadas para uso libre y nuevo”. Profanar es entonces “poner algo sobre a mesa” y en común, una invitación para pensar sobre el:

uso habitual, no más sagrado u ocupado por un significado específico, y, por lo tanto, algo en el mundo que es, al mismo tiempo, accesible a todos y sujeto a la (re)apropiación de significado. Es algo, en ese sentido general (no religioso), que fue despojado o expropiado: en otras palabras, algo que se tornó público. (Masschelein; Simons, 2018, p. 39).


Poniendo arriba de la mesa el concepto de laicidad, este trabajo propone discutir la existencia y los orígenes de una noción de “laicidad conservadora” como uno de los condicionantes más fuertes para pensar el oficio docente en las escuelas públicas, sus límites y características. Esta definición “a la uruguaya” del concepto de laicidad3 tiene su origen a finales de los años 60 del siglo pasado cuando el concepto comienza a adquirir connotaciones más conservadoras y a ser “usado” como parte de las supuestas “tradiciones nacionales” que debían combatir el “ataque marxista”. Es a partir de ese momento que, abandonando los debates más típicos del proceso secularizador (relación Estado-Iglesia) esta laicidad “sagrada” entra en la arena de debates más propiamente políticos y sobre el papel de la docencia en el contexto de la Guerra Fría.


La laicidad en la Revista de la Educación del Pueblo


estamos acostumbrándonos a que toda medida

anti-democrática en el campo de la enseñanza

sea fundamentada con el argumento de la defensa del laicismo

(Balbi, 1971, p. 3).


El asunto de la laicidad resulta particularmente interesante a partir del número 6, publicado a comienzos de 1969, donde aparece bajo el título de “Catolicismo y educación” un fragmento del documento n°1 del Encuentro Socio-Pastoral de la Iglesia Católica uruguaya. En la aclaración respecto a las razones de la publicación la Redacción afirma que:

No haremos juicios sobre el mismo ni sobre sus objetivos últimos. Lo haremos en el número que la Revista dedicará al problema sobre el mismo. Subrayamos solamente el enfoque realista del documento que confirma la verdad de nuestro diagnóstico genera, la justeza de nuestra orientación: La sociedad está trastornada desde sus cimientos. Su superestructura, la religión inclusive, refleja inocultablemente el instante del cambio. (RDELP, 1969, N 6, p. 87)

En el año siguiente 4, por medio de una serie de entrevistas, se les pregunta a actores educativos y religiosos “¿qué significación y qué importancia asigna usted al paso de sectores religiosos a las posiciones de la escuela laica?”. Las respuestas presentan una aproximación y un pulimento en los conflictos y principalmente una confluencia unánime en la defensa del principio de laicidad5.


La intervención por parte del Poder Ejecutivo de los Consejos de Secundaria y Educación Industrial, el 12 de febrero de 1970, sustituyendo las autoridades vigentes en nombre de la “defensa del principio de laicidad”, va a producir un nuevo giro en la discusión sobre este concepto6. Carlos A. Mourigan, integrante del Consejo de Redacción de la Revista de la Educación del Pueblo, en el mismo momento en que acontece la intervención analizó esta transformación del sentido del concepto de laicidad. El tono de las intervenciones de Mourigan es el de “denunciar la estafa” del gobierno de la época que motivado por el prestigio político que había adquirido el laicismo en el Uruguay, terminaba usándolo como una “consigna” para combatir con el “enemigo”:

Apelando a los restos de la mentalidad liberal, a las supervivencias de las ideas de tolerancia y de no-proselitismo, especulando con el neutralismo ecléctico y la prescindencia relativa (…) los sectores regresivos plantean el laicismo como: oposición a toda propaganda política, a todo proselitismo de cualquier tipo; esto no es sino un ardid por el cual toda formación de conciencia social pueda ser impedida. (Mourigan, 1971, p. 22)


El propio Mourigan realiza un análisis histórico del concepto en el Uruguay que “en una primera instancia fue regulador ante las imposiciones confesionales y dogmáticas en una enseñanza que se propugnaba como formación científica”. Pero en la transición de la década del 60 para los 70 del siglo XX la peculiaridad del momento es que el liberalismo “no pudiendo abiertamente renegar de sus postulaciones iniciales (...) ha vaciado al laicismo de contenido al igual que las demás instituciones y le ha reducido a un mero neutralismo en el plano teórico, mientras prácticamente lo niega” (Mourigan, 1974, p. 12). Con un lenguaje característico de inicio de los años 70 analizaba que:

(...) la clase dominante ha replicado retomando el concepto de laicismo a su manera. Ha lanzado a la circulación el vocablo en cuestión con el sentido más amplio de neutralismo político y religioso, pretendiendo una prescindencia ante la realidad que en verdad es un definido partidismo clasista, gubernista. Habla también de laicismo en el sentido de neutralismo tecnicista, porque es justamente el planteo objetivo de la realidad el que invalida su política, como la invalida el más elemental juicio valorativo (Mourigan, 1971, p. 22).


Mourigan, coincidiendo con los análisis de Reina Reyes y sus críticas a la visión de una “laicidad neutralista”, ataca dicha perspectiva denunciándola como “contraria a la esencia de la educación” y considera que lo que intenta presentar como neutro y por encima de cualquier discusión es una ‘verdad’ oficial y las razones de Estado. Porque lo que está en el trasfondo del “nuevo sentido” de esta laicidad conservadora es considerar como legítimamente laico todo lo que tiene su origen en el gobierno y “violatorio de la laicidad” todo aquello que provenga de la oposición.


Desde las páginas de la revista se realizan constantes análisis sobre las situación pedagógica, material y salarial de la educación uruguaya, aunque se afirma que “por sobre todas estas coacciones materiales se añade la presión ideológica directa que trata de confundir laicismo con neutralismo u oficialismo, pero además con pretendidos argumentos de una enseñanza edificante pretende implantar el conformismo a la imagen del país que el gobierno quiere que se tenga” (Mourigan, 1973, p. 42). Esa exigencia de neutralidad -como sinónimo de laicidad- se presenta como una cuestión definitiva al permitir que cualquier acción pueda ser denunciada como “violación de la laicidad”7.


En sus publicaciones, Mourigan analiza el giro conservador del concepto de laicidad buscando desarmar sus vínculos con la idea de la supuesta neutralidad escolar denunciando que esta concepción está sustentada en tres elementos. En primer lugar, esa neutralidad esconde una posición antimarxista8. Según el autor “el laicismo se invistió de un ecléctico humanismo [que] identificó bajo una común rúbrica de totalitarismo al fascismo y al socialismo [...]” (Mourigan, 1970b, p. 43) y de esta forma “así como opuso el laicismo a las tiranías reaccionarias lo opuso también a la dictadura del proletariado y al partidismo clasista obrero; mientras dejaba las manos libres a las dictaduras derechistas y al macarthismo del capitalismo monopolista de Estado”. (Mourigan, 1970b, p. 44).


Esa “laicidad neutral” complementa su antimarxismo con una propuesta de “neutralismo tecnicista” (1971, p. 22) que invalidaba desde el gobierno la discusión sobre la realidad y los juicios valorativos reservando a la escuela solamente “aquello que es absolutamente cierto y no discutido por nadie… desconociendo la renovación permanente, lo aproximativo y las certidumbre relativas por las que avanza la ciencia”(Mourigan, 1970a, p. 22-23); por eso sentencia el autor “se recae en una actitud dogmática”(Mourigan, 1970a, p. 22-23) .

Esta visión de la laicidad, según Mourigan, transformaba a los docentes en “minoristas de la cultura” (Mourigan, 1970b, p. 43) imponiendo el tercer elemento de la neutralidad vinculándola con el burocratismo “en el que se decide arriba y abajo se aplica” lo cual tiene como consecuencia que se coarta “la libertad de cátedra y la acción creadora del docente cosas que siempre han ido de par” (Mourigan, 1970a, P. 22).


Consideraciones finales: entre hechizos y palabras


Se dirá que la semántica tiene menos importancia que la vida. Es cierto.

Pero cuando estos días hayan pasado y se intente su historia, se verá que la

prostitución de las palabras fue el modo visible de la prostitución de los valores,

de la falsificación de la realidad, de embaucamiento de muchos...

(Martínez Moreno, 1972, p. 24-25)


En julio de 1972, el diario “Ahora” publica una entrevista con Reina Reyes titulada Laicidad no es neutralidad, donde un periodista de iniciales D. T. F. introduce la nota diciendo que “En estos momentos el gobierno, y desde la órbita del Ministerio de Educación y Cultura, está anunciando el inminente envío al Parlamento de una nueva legislación sobre la enseñanza, invocando para esa innovación la laicidad”. Siendo así, consulta a Reyes sobre su visión “en las actuales circunstancias”, donde el problema sobre lo laico “parece trasladarse de lo religioso a lo político” a lo que la pensadora responde:

las ideas aquí expuestas, como puede apreciarse, constituyen una defensa contra la posible confusión que entraña un extremado peligro para la acción del educador. Podríamos decir que es en esta materia donde pueden apreciarse las grandes dificultades de la laicidad, teniendo en cuenta que el temor a violarla conduzca a una excesiva prudencia, lo que puede transformar al educador en un ser alejado de la realidad, ascéptico en materia de lucha social y, por lo tanto, inoperante y hasta nefasto para la formación del hombre del futuro. (REYES, 1972, s/n)


La breve entrevista, donde Reyes insiste en la idea de que laicidad es mantenerse al margen “de la política partidaria” (Reyes, 1972, p. s/n) pero no de la política, es realizada con motivo de la publicación de la segunda edición del libro “El derecho a educar y el derecho a la educación” en julio de 1972, donde la autora escribe:

Tal vez no exista palabra en nuestro idioma que genere más enconadas oposiciones ideológicas que la palabra laicidad, y es posible que muchas de ellas estén ocasionadas por los distintos sentidos con que la utilizan determinados grupos humanos. Así como resulta difícil liberarse del hechizo de una palabra cuando parece ser la expresión de una única y trascendental verdad, también resulta difícil reconocer que el valor de una palabra y su oportunidad en un instante de sus posibilidades no puede hacerse extensivo a otros instantes en que la palabra puede inducir a error. (Reyes, 1972, p. 65)

Los sentidos de la laicidad, ese concepto hechizado en la educación uruguaya, se estaban planteando de una nueva manera y desde la Revista de la Educación del Pueblo se afirmaba que aunque sea “mal método partir de las palabras para comprender las cosas (...) es menester tener conciencia de las múltiples referencias de los términos que usamos”. (Mourigan, 1970a, p. 20)


A partir de las ediciones publicadas en 1970 de la Revista de la Educación del Pueblo, el concepto de laicidad es debatido con particular intensidad por varios intelectuales como Carlos Mourigan, Reina Reyes, Enrique Puchet y Selmar Balbi, quienes tienen como denominador común la denuncia al “ardid” de la variación diacrónica que conserva su denotación –y particularmente su prestigio social- pero transforma de forma conservadora su sentido.


La laicidad dislocaba su sentido transformándose en una tradición esencialista -hechizada- que es encarnada por el gobierno que se presentaba como garante en la defensa de inmutables valores de la nación uruguaya amenazados por el comunismo internacional y sus agentes docentes. En un contexto de creciente autoritarismo (“camino democrático a la dictadura”) el uso de un concepto se torna un arma para atacar y denunciar desde el gobierno a adversarios políticos, y deslegitimar como “no laica” a cualquier oposición. Se desprende de los debates sobre el asunto en la Revista que en los primeros años de la década de los 70 “violar la laicidad” comienza a significar, fundamentalmente, “ser marxista” y abandonar la neutralidad de los criterios burocráticos/tecnicistas impuestos desde el gobierno. Paradójicamente, el concepto que es utilizado para denunciar la “politización de las escuelas” es impulsado desde el poder gubernamental de la época para perseguir cualquier tipo de crítica o cuestionamiento.


Al contexto fuertemente maniqueísta de la Guerra Fría en lo internacional se le debe agregar -en lo local- la intervención de Secundaria en 1970 y también el marco de los debates sobre la Ley de Educación que el gobierno presentó en el parlamento en 1972. El creador de dicha ley fue el ministro de Educación y Cultura del gobierno de Bordaberry, Julio María Sanguinetti, que cuando ofició de principal orador en el acto central de la conmemoración del 25 de agosto de 1972, afirmó que:

Por eso, dentro de poco tiempo, también el Ejecutivo propiciará ante el parlamento una reforma estructural de los organismos de enseñanza, que sea la piedra fundamental de una nueva etapa en la vida de los organismos educativos uruguayos, hoy en profunda crisis. Sobre ellos podemos decir que, luego de haber sido orgullo del país y expresión máxima de su progreso, sufren los males del estancamiento a los que los han conducido la intolerancia retrógrada de quienes han bastardeado la docencia escarneciendo el laicismo y diciéndose revolucionarios. (Acción, 1972, p. 4).


Posteriormente a la promulgación de esta ley y el golpe de estado de 1973, los textos sobre laicidad en la Revista se desplazan para el campo de la didáctica y las cuestiones del oficio docente, buscando brechas en un contexto donde la laicidad conservadora impedía no solamente los debates políticos sino la propia educación al considerar la laicidad como exigencia de neutralidad del docente que “obligatoriamente no puede ser neutral” (Reyes, 1972, p. 97) porque ese “ausentismo político [está] reñido con su propia misión de educador, que exige fe en el mejoramiento del hombre y de la sociedad”. (Reyes, 1972, p. 97)


Referencias bibliográficas
ACCIÓN. El laicismo es uno solo y conocido. Montevideo, p. 4. 26/02/1970.
AGAMBEN, Giorgio. Profanaciones. Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2005.
BALBI, Samuel. Laicismo por la enseñanza laica y democrática. Revista de la Educación del Pueblo. No 17. Noviembre-Diciembre 1971.
BALBI, Samuel. Los laicistas y su compromiso. Revista de la Educación del Pueblo. No
KOSELLECK, Reinhart. Futuro passado: contribuição à semântica dos tempos históricos. Rio de Janeiro: Contraponto: Ed. PUC-Rio, 2006
MASSCHELEIN, Jan. SIMONS, Maarten. Em defesa da escola. Uma questão pública. Belo Horizonte, Autêntica, 2018.
MARTÍNEZ MORENO, Carlos. “El Régimen va a la guerra”. Semanario Marcha, 21 de abril de 1972
MOURIGAN, Carlos A. Laicismo de nuevo (I). Revista de la Educación del Pueblo. No 11. 1970a.
MOURIGAN, Carlos A. Laicismo de nuevo (II). Revista de la Educación del Pueblo. No 12. 1970b.
MOURIGAN, Carlos A. La enseñanza impedida. Revista de la Educación del Pueblo, No 18, febrero de 1973.
MOURIGAN, Carlos A. Por una didáctica laica. Revista de la Educación del Pueblo. No 20. Mayo 1974.
PUCHET, Enrique. Sobre laicismo y docencia. Revista de la Educación del Pueblo. No 20. Mayo 1974.
REAL DE AZÚA, Carlos. La Universidad, Montevideo, Celadu, 1992.
REYES, Reina. Así opino. Revista de la Educación del Pueblo. No 10. 1970.
REYES, Reina. El derecho a educar y el derecho a la educación. Montevideo, Editorial Alfa, 1972
Revista de la Educación del Pueblo (RDELP). No 6. Catolicismo y educación. Montevideo, 1969.
Revista de la Educación del Pueblo (RDELP). No 9. La pugna “escuela pública-escuela privada” en el día de hoy. Responden Emiliano CASTRO, Ramon FREIRE PIZZANO, Andrés RUBIO, José Luis MASSERA. Montevideo, 1970.

Notas

1 Para esto utilizamos la historia de los conceptos de Reinhart Koselleck que estudia las variaciones de sentido en relación a los desplazamientos extralingüísticos que acontecen en la realidad social para “comprender los conflictos sociales y políticos del pasado por medio de las delimitaciones conceptuales y de la interpretación de los usos del lenguaje” (Koselleck, 2006, p. 103).

2 Según Agamben esa profanación se produce en “el momento donde se pierde el aura de lo intocable, de la sacralidad, desactivando “los dispositivos del poder y restituye al uso común los espacios que el poder había confiscado” (Agamben, 2005, p. 102).

3 Real de Azúa (1992) define este concepto de laicidad como “ajustista” o “adecuacionista”.

4 El número se titula: “La pugna escuela pública-escuela privada en el día de hoy”, RDELP, No9, 1970. Págs. 25-40.

5 El pastor protestante Castro responde que: “…hace años tuvimos la ruptura de esa unión formal entre iglesia y estado, costó a los sectores cristianos comprender que esa ruptura era para bien de los mismos propósitos que alentaban los cristianos…” (1970, p. 28). Aunque más reticente separando la laicidad de los desvíos del “laicismo” -que representaría una escuela “naturalista y agnóstica”- también Monseñor Andrés Rubio busca puentes afirmando no ignorar “que semejante tipo de laicismo es cuestionado por muchos espíritus abiertos que quisieran reducirlo a los solos términos de la laicidad, es decir: un sistema que teniendo en cuenta el pluralismo de nuestro país, contemple las posiciones legítimas de todas las familias filosóficas y religiosas, sin lesionar a nadie”. (1970, p. 35). Por su parte Massera afirma valorar “altamente el paso a posiciones democráticas, avanzadas y aun revolucionarias, en un sentido general, de vastos sectores religiosos, católicos y protestantes” (1970, p.39).

6 En el decreto se define como justificación de la acción del Poder Ejecutivo “la situación caótica imperante de la Enseñanza Secundaria y en la Universidad del trabajo”, bajo el imperativo de “la defensa del principio de laicidad en su verdadero y amplio sentido”. Como puede verse, el concepto de laicidad se habría transformado en objeto de disputa política.

7 Así lo presenta un Editorial de la Revista de la Educación del Pueblo firmado por Selmar Balbi (1973, p. 05): “Es de conocimiento universal, que cualquier acto proselitista de origen democrático, o presuntamente proselitista - hoy puede ser proselitismo leer en clase los artículos de la Constitución que se refiere a los derechos individuales, separación de poderes, atribuciones del Poder Judicial (o del Ejecutivo)- ha sido hasta ahora automáticamente sancionado, muchas veces con apresuramiento e injusticia. Y que a diario asistimos en aulas desaprensivas, a un proselitismo desplegado a favor del imperialismo, al panegírico de la OEA, a una exposición sin crítica de la realidad nacional, que es grueso proselitismo también.”

8 Esta relación entre laicidad y marxismo generó intensos debates y el diario “Acción” en una editorial de 1971 firmada por el seudónimo Atalaya (1971, p. 04) afirmaba que “En la educación contemporánea […] no se dan términos más antagónicos que los de laicismo y marxismo”.


* Universidade Estadual do Paraná, Brasil

**Universidad de la República, Uruguay







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