• Juan Odisio

El remedo de la copia, o la originalidad de los libertarios argentinos


Ilustración: Libertarios, por Julio Castillo.



Hace unas semanas, la politóloga guatemalteca Gloria Álvarez y el economista argentino Javier Milei llevaron a cabo el encuentro virtual “4 Lecciones de Economía que Romperán Récords”, organizado por la Foundation por Economic Education (FEE). Más allá del carácter propagandístico del hecho -al que se invitaba a participar gratuitamente en un “evento único e histórico” con el objetivo declarado de lograr que tres mil personas se conectaran de manera simultánea durante al menos media hora para anotar el registro en el Libro Guinness-, es una tarea reveladora detener la mirada, en primer lugar, sobre la institución patrocinadora de estas “lecciones”.


La FEE no fue el primer think-tank pro-libremercado establecido en los Estados Unidos, pero sí es la asociación más antigua aún en funcionamiento. Fue fundada en Nueva York en marzo de 1946 (un año antes que la afamada Sociedad Mont Pelerin) por Leonard Read, empresario que fungió como presidente de la fundación hasta su fallecimiento en 1983 y quien en los años cincuenta comenzó a autodefinirse con el neologismo “libertario”. En ese sentido, son bien conocidas las discusiones suscitadas por lo menos desde el Coloquio Lippmann de 1938 en torno al mejor rótulo para denominar y reunir a las distintas corrientes del “nuevo liberalismo” entonces en formación, distinto del liberalismo clásico del siglo XIX y opuesto a toda forma de intervencionismo estatal. En los Estados Unidos el mote “liberal” tiene, hasta la fecha, una identificación con políticas de progresismo social, frente a las que Read buscó diferenciarse bajo esa apelación al “libertarianismo”. Desde un espacio marginal la categoría fue ganando resonancia y es hoy una etiqueta con amplia circulación entre las posturas de la derecha económica, tanto en los países desarrollados como en el resto del mundo.


Ahora bien, ¿qué diferencia a las posiciones “libertarias” actualmente en auge, como las encabezadas por Milei, de anteriores discursos conservadores? Pablo Stefanoni publicó a principios de este año el libro ¿La rebeldía se volvió de derecha? Cómo el antiprogresismo y la anticorrección política están construyendo un nuevo sentido común y señaló al respecto que sería fácil (pero inconducente) señalar que “son lo mismo” de siempre. Mi respuesta es similar, pero antes de considerar su novedad, quisiera resaltar un factor de continuidad histórica no del todo precisado por Stefanoni. Como el mismo Milei lo reconoció, se traza su inspiración intelectual en las ideas del economista norteamericano “paleo-libertario” Murray Rothbard. Sin que implique negar este ascendiente, me interesa señalar otra línea de vinculación directa de largo plazo entre la FEE y los libertarios argentinos.


Apenas terminada la Segunda Guerra Mundial, Read y su grupo se propusieron divulgar la doctrina y las propuestas de Ludwig von Mises y de Friedrich Hayek en Estados Unidos, como también de muchos otros autores que -sin pertenecer estrictamente a la “escuela austríaca” de economía- fueron influidos por sus ideas o apoyaban recomendaciones similares de política económica, como el monetarista Milton Friedman. Lo que unía a estos autores era la idea de que no existe una “tercera vía” entre capitalismo libre y totalitarismo, como expresó Hayek en su famoso libro de 1944, Camino de servidumbre. Además de organizar seminarios y charlas, la FEE desarrolló su principal canal de expresión a través sus publicaciones. Con este fin, en 1955 Read lanzó Ideas on Liberty que al año siguiente se fusionó con The Freeman, revista de similar orientación fundada en 1950 por el periodista anticomunista Henry Hazlitt, miembro del directorio de la FEE, a la que se traspasó el emprendimiento editorial por problemas financieros. La fundación sostuvo mensualmente The Freeman: Ideas on Liberty hasta su interrupción en septiembre de 2016, para dar a conocer sus análisis económicos, conferencias y actividades. En los años cincuenta y sesenta publicaban allí -además de los propios Read y Hazlitt- Mises, Hayek, Rothbard, Wilhelm Röpke y Ayn Rand, entre otros autores destacados de la tradición libertaria.


Mises, y sobre todo Hayek, venían insistiendo en un proyecto de difusión del programa teórico austríaco, que tendría su centro en la Sociedad Mont Pelerin pero consideraban necesario establecer canales de comunicación adicionales para llegar a círculos más amplios. En un ensayo de 1949 Hayek señalaba que debía replicarse la estrategia de los intelectuales del socialismo fabiano en Inglaterra: era necesario contar con divulgadores populares. Esta propuesta, que se ha llamado el “programa de Hayek”, implicaba impulsar a conferencistas, novelistas y caricaturistas como los “soldados de infantería” que debían llevar el ideario neoliberal a la esfera pública de discusión. La FEE brindó el modelo originario; siguieron su ejemplo el poderoso Institute of Economic Affairs, establecido en Londres en noviembre de 1955, el mexicano Instituto de Investigaciones Sociales y Económicas (instaurado en 1953), la Fundación Ignacio Villalonga en España, y en Argentina el Centro de Difusión de la Economía Libre (CDEL), ambos de 1957, entre otras iniciativas similares en muchos países. El CDEL, rápidamente rebautizado como Centro de Estudios sobre la Libertad, estaba orientado por la prédica de Alberto Benegas Lynch (padre) y el financiamiento del empresario textil Raúl Lamuraglia. Estas dos figuras habían alcanzado notoriedad por su fuerte antiperonismo. Una vez llegado Juan Perón a la Presidencia nacional en 1945, Benegas Lynch y Lamuraglia fueron importantes partícipes civiles de los sucesivos intentos golpistas hasta el efectivo derrocamiento del gobierno diez años más tarde.


Benegas Lynch provenía de una familia tradicional mendocina dedicada a la actividad bodeguera. Además de estar al frente de Trapiche (que llegó a ser la empresa vinera más grande del país), participó de distintas instancias gremiales y académicas identificadas con posturas liberales, como la Cámara Argentina de Comercio y la Academia Nacional de Ciencias Económicas. Este empresario había estudiado en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires y, como rememoró años más tarde, en 1942 organizó un seminario de lectura que lo llevó a conocer el pensamiento austríaco a través de un libro de Gottfried Haberler, quien era entonces profesor de Harvard pero en 1924 había terminado su doctorado en Viena bajo la asesoría de Friedrich von Wieser y Mises.


El régimen militar asumido en 1955 nombró a Benegas Lynch asesor de la embajada argentina en Washington, desde donde tomó contacto con Read para que lo orientara en la organización del CDEL. El Centro se presentó como una “asociación con fines no lucrativos que se propone contribuir al estudio y difusión de la filosofía de la libertad, así como también al esclarecimiento de la opinión en materia económica”. En su estrategia de diseminación del pensamiento austríaco en Argentina, traducían artículos y libros, como trataban de adaptar sus ideas y recomendaciones a la realidad local. También establecieron un programa de becas para que estudiantes argentinos pasaran una temporada en los Estados Unidos, e impulsaron las actividades que el nacionalista Rodolfo Bledel denunció en 1963 como la “operación Mont Pelerin”: la visita en los años previos de Mises, Hayek, Read, Hazlitt, Röpke, entre otros intelectuales, para difundir su doctrina entre los círculos universitarios, empresariales y militares del país. Al margen, vale recordar que Milei reconoció que su transformación ideológica, desde un mero economista neoclásico a uno libertario, se produjo al leer el ensayo Monopolio y competencia de Rothbard, trabajo que había sido traducido por el CDEL en 1965.


La adaptación de ideas realizada por Benegas Lynch y sus compañeros de ruta no tenía grandes pretensiones de originalidad. De hecho, el título de la revista del CDEL era la traducción literal de su hermana mayor: Ideas Sobre la Libertad. En términos analíticos, replicaban allí los argumentos que desde las trincheras norteamericanas sus referentes lanzaban contra toda forma de intervención estatal pero “traducidos” a las categorías políticas del espacio argentino (y latinoamericano). La obsesión de Mises y Hayek con el comunismo se reformulaba contra los movimientos locales de masas, el yrigoyenismo y el peronismo, contra la CEPAL y la Alianza Para el Progreso, contra todo intento explícito de mejorar la condición económica y social del país que se desplegara desde las instituciones públicas o los organismos internacionales. Como ha señalado María Paula de Büren, el comunismo era, en las páginas de Ideas Sobre la Libertad, un “significante flotante”. Es decir, era una etiqueta crítica que se aplicaba irreflexivamente contra el Estado de Bienestar, los movimientos políticos, los sindicatos, la política de planificación, la industrialización, los derechos y la legislación social, y un largo etcétera. En general, denunciaban todo aquello que consideraban que atentaba contra la “filosofía de la libertad” igualándolo de inmediato con el comunismo.


Martín Vicente, un investigador sobre las derechas argentinas, citó una nota de Benegas Lynch para el periódico conservador La Prensa de abril de 1977, a un año de iniciada la última dictadura cívico-militar, que da clara muestra de ese dogma: “La disyuntiva de nuestro tiempo parece estar planteada entre el capitalismo, liberalismo, sistema social de la libertad o como se le quiera llamar al sistema, siempre que sea fiel a los genuinos principios de la libertad, por un lado; y por otro, enfrentándose a dichos principios, en el polo opuesto, todos los sistemas totalitarios: comunismo, fascismo, nazismo, peronismo, etcétera (…) los sistemas intermedios son ilusorios. Siempre se desplazan hacia uno de los términos de la disyuntiva planteada. Los casos más patentes de supuestas terceras posiciones de los últimos tiempos se dieron: aquí con el peronismo, que siendo en la realidad totalitario y comunizante, pretendió representar una tercera posición, para arrastrarnos finalmente al borde del comunismo total; y en Chile, con la democracia cristiana de Frei, que le allanó el camino al colectivismo de Allende”.


En 1978 el CDEL dejó su lugar al ESEADE (Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas), dirigida por Alberto Benegas Lynch (hijo). Este economista también perteneciente a la Sociedad Mont Pelerin y a otras instituciones de similar orientación ideológica, ha repetido que no hizo más que continuar el camino que había iniciado su padre veinte años antes. A su vez, Milei se ha referido más de una vez y muy elogiosamente a Benegas Lynch (hijo), como “sin dudas, el mejor de todos nosotros, nuestro máximo referente de toda la historia”. Desde sus charlas, publicaciones y clases, el hijo mantuvo una característica de la intervención pública definida por su padre (a su vez tomada de la FEE): han sostenido que su discurso se dirige hacia las “capas dirigentes” de la sociedad pero desde una posición supuestamente independiente de todo interés económico y político inmediato.


El CDEL, como casi todas las iniciativas vinculadas a la doctrina austríaca de la época, mostraba una recia intransigencia en sus posiciones. La utopía libertaria implica un “escudo protector”, que permite defender sus propuestas y evitar las críticas. Mientras más se radicaliza su discurso, su eficacia se vuelve proporcionalmente menos comprobable. No hay países ni experiencias reales que puedan asociarse a su propuesta. Desde los años cincuenta, cada ensayo político vinculado al liberal-conservadurismo en Argentina fue igualmente desechado por no haber ido suficientemente a fondo. Si bien Hayek en uno de sus viajes a la Argentina le manifestó su apoyo a Martínez de Hoz, Benegas Lynch (padre) fue un fuerte crítico de su programa bajo esa fórmula. Los libertarios actuales aplican el mismo razonamiento al reciente gobierno de Mauricio Macri (a pesar de haberle brindado cierto apoyo inicial). Se sigue sosteniendo el paroxismo intelectual del comunismo como “significante vacío”. Hoy, el fracaso de las distintas experiencias de una derecha que consideran “tibia” abrió la puerta a planteos más radicales. En definitiva, para un libertario nunca se es suficientemente liberal.


Milei, por su parte, no ha mantenido la misma línea de conducta que los Benegas y desde el año pasado ha decidido incursionar en la arena política junto con el también economista José Luis Espert para luchar por “una Argentina liberal, pujante, que vuelva a abrazar los valores de Alberdi y así, en 35 años, volver a ser la primera potencia mundial”. Al hacer este anuncio señaló que “nos vamos a meter todos y los vamos a sacar a patadas en el culo para volver a reconstruir la Argentina”, y sin embargo el primer desertor fue su anterior socio y coautor, Diego Giacomini. El ataque habitual de Milei contra los “políticos ladrones” no es sino otra variación del discurso libertario, que procuró redefinir los términos de la relación entre democracia y laissez-faire desde el período de entreguerras. Eric Hobsbawm, en su célebre Historia del siglo XX, señaló que el enlace entre los principios de la democracia constitucional y los valores e instituciones del liberalismo fue prohijado por el siglo XIX y que las dos guerras mundiales sepultaron no solo la confianza positivista en la razón humana, la educación y el avance científico como medios para la mejora individual y social sino también la concepción sobre la relación entre sistema político y económico. Por eso el liberalismo se vio en jaque y obligado a buscar nuevos argumentos. La respuesta que ensayó el neoliberalismo austríaco fue revertir esa alianza, (re)estableciendo una mayor distancia axiológica entre ambos elementos: como reconoció en 1981 Hayek al referirse al gobierno de Augusto Pinochet, le resultaba preferible una dictadura liberal antes que una democracia que no respetara los preceptos del liberalismo económico. El fundamento de esa apreciación lo había comenzado a erigir su maestro Mises en los años veinte, ante la consolidación de la Revolución Soviética. Desde entonces, los libertarios sostienen que solo se puede elegir entre capitalismo o dirigismo, como expresa la nota de Benegas citada más arriba. Creen que cualquier alternativa al mercado completamente libre conduce inevitablemente hacia un régimen totalitario. El paso que cien años más tarde está dando Milei no deja de ser consecuente con las ideas antidemocráticas de Mises y Hayek, ya que defiende su decisión con el objetivo de “dinamitar el sistema desde adentro”.


Llegados a este punto, podemos retomar la pregunta de Stefanoni: ¿qué novedad aportan los nuevos personajes y discursos libertarios? En primer lugar, es evidente que se trata de un discurso que no ha llegado a ser dominante pero que ha evidenciado una capacidad notable de transformación. Antes de los años setenta ocupaba un espacio residual en el espacio público, mientras que últimamente aparece como una práctica cultural emergente. En efecto, la rebeldía parece haberse vuelto de derecha, y las condiciones que hicieron esto posible tienen que ver con los cambios del capitalismo global en las últimas décadas. Las crisis e inseguridades que traen para las amplias mayorías seguramente ayude a explicar el corrimiento hacia posiciones conservadoras (racismo, supremacismo, xenofobia, sexismo y distintas formas de intolerancias y violencias) que se extienden cada vez en el mundo bajo el lema de la incorrección política y el cobijo de anonimato que brindan las redes sociales. Esto permite a los émulos virtuales de Nelson Muntz plantear impunemente tópicos que hasta hace poco hubieran sido impensables. La discusión política en línea es “como pegarle a alguien en la oscuridad”: se puede defender cualquier causa, por ominosa o absurda que sea, sin tener que afrontar consecuencias.


Además las redes sociales imponen y representan la inmediatez de la vida política actual. La aceleración del tiempo histórico hace más fácil y atractivo abordar un problema social complejo (como el subdesarrollo, la inflación, el déficit fiscal, la soberanía o los derechos de propiedad) a través de videos panfletarios que ofrecen explicaciones simples y sin matices. Presenciamos el triunfo del slogan sobre el pensamiento, y en el banquillo siempre termina el mismo acusado: el Estado. El discurso libertario, ejemplificado por el emprendedor de Ayn Rand, quien se halla limitado en sus posibilidades de progreso por los “parásitos saqueadores” (quienes pretenden expropiar la propiedad privada e imponer leyes que aniquilan al espíritu creador bajo el argumento del bien social) y la falta de libertad por cuenta de un Estado extralimitado en sus funciones básicas, permite cargar las culpas al progresismo y al intervencionismo. El discurso libertario, en ese contexto, se inscribe a la derecha de un cambio ideológico mayor, asociado a la hegemonía que el monetarismo alcanzó a partir de la década de 1970 en su enfrentamiento con el keynesianismo y el Estado de Bienestar, previamente dominantes. En su perspectiva, el triunfo (económico) está siempre asociado a la creatividad y el esfuerzo individuales, pero el fracaso es adjudicado a fuerzas sociales.


Las inestabilidades del capitalismo han modificado además nuestras concepciones de pasado y futuro. El historiador alemán Reinhart Koselleck ha indicado que uno de los rasgos de la modernidad es el cambio en la forma de entender la relación entre el “espacio de experiencia” y el “horizonte de expectativas”; esto es, entre las experiencias y acontecimientos pretéritos y las contingencias anticipadas pero aún no realizadas. Puestos en esta dimensión, no es ocioso recordar que Argentina fue uno de los casos más exitosos de inserción en la economía internacional a partir de 1870, durante el período ahora llamado de la “primera globalización”, que condujo a sus contemporáneos (o mejor dicho, a parte importante de ellos) a augurar un futuro brillante para la joven nación. Sin embargo, la clausura del país de “los ganados y las mieses” tras la crisis mundial de 1930 abrió una cesura entre esa proyección y la realidad social, y el destino argentino se fue haciendo cada vez menos manifiesto. Los anhelos no se cumplieron y se vieron cada vez más lejanos, menos por el paso del tiempo que por un ritmo de crecimiento económico que se rezagó frente a otros países. De allí que el retorno a un supuesto “pasado dorado” liberal esté presente en muchos de los discursos libertarios, y desde los años del CDEL sus representantes argentinos lo asociaron a la prédica de Juan B. Alberdi y la Constitución de 1853, tal como Milei proclamó en su lanzamiento político. Fechar el inicio de la decadencia argentina e identificar sus raíces en el abandono de los “sanos” principios liberales es una obsesión del movimiento libertario nacional. En esta perspectiva, el atraso se explica fundamentalmente por factores institucionales y malas decisiones políticas, dejando de lado toda consideración histórica y estructural.


La novedad, en este caso, viene asociada a que hasta mediados de la década de 1970 la esperanza argentina de mejoría quizá estaba maltrecha, pero todavía se sostenía, y eso dejaba poco espacio para que esa visión superficial y baladí del siglo XIX alcanzara un anclaje más profundo en el horizonte de disputas interpretativas sobre el pasado (y el futuro) argentino. Sin embargo, a partir de allí y hasta hoy, el desasosiego dejó lugar a la desesperanza. Cada vez más la Argentina dejó de ofrecer una alternativa optimista de porvenir. En el año 2020 el producto por habitante (en pesos constantes) se ubicó en el mismo nivel que en 1974. Como ha señalado en Twitter el macroeconomista Martín Rapetti, tenemos “casi medio siglo perdido. El mismo ingreso, peor distribución y más pobreza. Un fracaso como sociedad”. Un empecinado estancamiento por décadas empuja a los jóvenes, en particular de clase media, a adoptar posiciones conservadoras, defensivas, porque ven que la distancia con la cima de la pirámide económica está cada vez más lejana mientras el riesgo de caer por la escalera social deja de ser una amenaza para volverse una realidad: lo más probable es que a pesar de los estudios y esfuerzos que puedan hacer, disfruten de un bienestar material inferior al que tuvo su familia en el pasado.


En definitiva, el discurso libertario argentino no es un pensamiento original, nunca lo ha sido, ni ha pretendido serlo. Es un argumento tardío y subordinado: surgió con posterioridad al producido en los países capitalistas más avanzados y su horizonte conceptual no excede los límites definidos por los “grandes autores” de la batalla ideológica. Hoy repite argumentos que tienen un siglo. Lo novedoso no está en su contenido, sino en las formas que asume. Alimentado por la frustración y el “fracaso como sociedad”, el programa hayekiano se está materializando de la mano de las prácticas discursivas irreverentes de la alt-right global (la derecha alternativa), que están logrando llevar esas ideas desde el lugar marginal que siempre tuvieron hacia el centro del debate, en Argentina y en otros países latinoamericanos. Es hora de que la izquierda reaprenda lo que la derecha aprendió de ella hace décadas y se reapropie de la utopía y del imaginario de futuro. Son temas demasiado delicados como para dejarlos en manos de los partidarios del individualismo capitalista más desmedido.




Juan Odisio. Historiador económico argentino. Investigador del CONICET y Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Autónoma de México.