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  • Nicolás Machado y Egar Fernández

Educar en tiempos de violencia conservadora. La solución final: antipedagogía


Para la ilustración no se requiere más que la libertad; y por cierto la menos dañina de todas las que se puedan llamar libertad, o sea aquella para poder hacer uso público de la razón en todos los asuntos. Pero por todas partes oigo ahora la llamada: “¡No razonad!” El oficial dice: “¡No razonad, sino haced la maniobra!” El recaudador de impuestos dice: “¡No razonad, sino pagad!” El guía espiritual dice: “¡No razonad, sino creed!” Sólo un único señor en el mundo dice: ¡razonad todo lo queráis, y sobre lo que queráis, pero obedeced!. Aquí hay limitaciones a la libertad por todas partes. ¿Pero qué limitación es acaso un obstáculo para la ilustración? ¿Cuál no, sino que incluso sea capaz de estimularla? Yo respondo que el uso público de la razón debe ser siempre libre y éste sólo puede lograr realizar la ilustración entre los hombres. El uso privado de la misma tiene que limitarse con frecuencia demasiado sin obstaculizar por ello el progreso en particular de la ilustración. Pero entiendo por uso público de la propia razón el que hace cualquiera como intelectual ante su público del universo de lectores. Denomino uso privado, el uso que está permitido hacer de su razón cuando se le confía una cierta responsabilidad o un cargo civil.

Immanuel Kant, ¿Qué es la Ilustración?


La reforma educativa que comienza a develarse nos obliga a analizar sus supuestos y conceptos. Se procesan revisiones de los cambios propuestos en varios niveles: político, sindical, técnico-docente. Asimismo, a nivel micro: entre colegas de un mismo liceo, en las conversaciones de los vecinos, en fin, en las calles.


Estas líneas surgen de las experiencias recientes de discusión e intercambio colectivo entre pares, pero también como una necesidad personal de decir. Un decir situado en una perspectiva profesional y militante, así como, en tanto ciudadanos, como sujetos de una comunidad política, como parte de la rēs pūblica.


Al terminar su obra ¿Qué es la Ilustración? Kant se preguntaba si vivía en una época ilustrada, a lo cual se respondía que no. Lo mismo afirmaríamos hoy, nuestra época dista mucho de serlo. La transformación educativa, como parte de ciertas políticas globales, es una muestra de ello. En la obra citada, se defiende el proceso de liberarse de toda tutela y atreverse a saber. A su vez, se aboga por el uso público de la razón como imprescindible para el proceso de Ilustración. Es decir, pensar y dirigirse al público ejerciendo la racionalidad sin tutela, sin restricciones, sin censuras. Esa es la tarea que nos proponemos. Tomar el derecho a pensar y el derecho a decir sin limitaciones, aportar reflexiones, no como funcionarios, sino como ciudadanos. En tal sentido, dirigiéndonos al gran público, de acuerdo con Kant, estaríamos favoreciendo al proceso de Ilustración que como sociedad nos merecemos. Este proceso de buscar conocimiento y atreverse a saber, es necesario, obstaculizarlo sería interponerse al desarrollo de las futuras generaciones.


Las consideraciones no tienen la pretensión de ser originales, ni exhaustivas. Sin dudarlo muchos ciudadanos nos estamos cuestionando: ¿Cuál es el sujeto de esta reforma educativa?, ¿quién habla?, ¿para quién? ¿A quiénes se les da voz?, ¿a quiénes se silencia? ¿Cuáles son los referentes éticos, políticos y filosóficos que dan sentido a esta intervención política? Detrás de la transformación educativa habla el capital transnacional, hablan los bancos que a través de préstamos condicionados encuentran fieles servidores locales para realizar la tarea. Varían los países, también los gobiernos, pero el sistema estructuralmente es el mismo. La reforma educativa que se plantea con retórica original es en realidad una adaptación local de una reforma de carácter global (Dale, 2004).


En cuanto a sus fundamentos políticos, se podría entender, desde lo que sostiene C. Cullen (1997), como un ejercicio de legitimación, que mediante prácticas y discursos, tiene por objeto profundizar el desmantelamiento de la educación como espacio de lo público, borrar cualquier atisbo de pensamiento crítico que persista en los saberes y en la acción de los actores de la educación. Es un instrumento de normalización, de disciplinamiento de cuerpos y mentes (de docentes, funcionarios, estudiantes, padres) que se dirige a construir una metodología educativa que suprima cualquier tipo de posibilidad de que el saber enseñado pueda propiciar rebeldía, resistencia, pensamiento. Que desaparezca el deseo de las aulas, sustituyéndolo por reglamentos, trámites, números, sanciones, temor. Más que de una reforma educativa hablamos de una tecnología mayor de dominio, donde el panóptico es la estructura digital de vigilancia que se impone sobre la enseñanza.


En este contexto de neodisciplinamiento, de antipedagogía, de ejercicio verticalista y no democrático, hay una ética del rencor a todo lo que sea popular; una ética de mercado, de colonización de lo privado sobre lo público. Una ética aristocrática y conservadora. Vemos en ellas ideas dignas de los consejos de El Príncipe, sin duda es una transformación maquiavélica: usar el poder, el engaño, generar temor y obediencia; sobre todo distraer, seducir con publicidad y subvertir el orden de los conceptos. Así, por ejemplo, la participación, en el lenguaje de esta reforma, será llenar una planilla electrónica y enviar un comentario online.


No podía faltar el uso maniqueo de una retórica de la inclusión y la democratización. El discurso integra, pero el paradigma es la exclusión. Así, “la exclusión en el capitalismo no es sino una cara particular de la inclusión en la valorización y dominio del capital (...)” (Osorio, 2011, p. 70). La exclusión se procesa por medio de la inclusión. Siendo así, la “transformación educativa” incluye al individuo en un sistema educativo inoculado de conocimientos socialmente relevantes, lo integra a un dispositivo sin exigencias, ni grandes desafíos. Esta inclusión, lo excluye de los espacios donde lo antedicho es condición necesaria para el "éxito".


La lógica neoliberal piensa el problema de la exclusión económica como una externalidad, arguye que puede solucionar el "desvío" por un determinado tipo de inclusión social. Esa inclusión debe ser necesariamente diferenciada. La transformación educativa está dirigida fundamentalmente a un sujeto concebido como carente, expuesto, incierto. La premisa que la sostiene es que el mundo del empleo, en un futuro próximo, es un mundo peligroso, incierto, muy incierto. Uno donde aumentará la presencia de una masa de trabajadores condenados al desempleo crónico, al paro estructural y a la expulsión del trabajo asalariado. Sobre esa prospectiva pretenden formar un individuo flexible, maleable, adaptable, que sea capaz de acomodarse en ese escenario, y no encuentran mejor forma que la figura del emprendedor (en el mundo laboral) y del estudiante competente (en el sistema educativo).


Se nos ocurre que si el centro de sus propuestas es educar en habilidades y destrezas, el sujeto no es el ser humano, es una parte de él, sus conductas y ciertos tipos especiales de aprendizajes. Pero, ¿qué tipo de destrezas? ¿Quién necesita estos aprendizajes?, ¿quién dice que son estos los aprendizajes y no otros? ¿Quién dice lo que debe aprender un pueblo?


Toda sociedad busca en la educación un mecanismo de perpetuación, de reproducción, de consolidación. Nuestra sociedad no escapa a eso. Sin embargo, la tradición cultural educativa a la que pertenecemos ha hecho de la educación, y de la educación pública en especial, su eje antropológico, pedagógico y ético. Importa el ser humano, importa la comunidad, importa la solidaridad, importa la cultura, importa la polis, importan ciertos saberes que a la postre han demostrado ser los que nos identifican. El centrar una propuesta educativa en destrezas, es una rebaja pedagógica, un desconocimiento de la tradición educativa que hace parte de su identidad, lo que constituye una forma de violencia política con fundamentos deshumanizantes. ¿Qué más deshumanizante que tratar a un ser humano, concreto y contextualizado, como si fuera un manojo de conductas? Un puñado de destrezas que son diseñadas por necesidad del mercado laboral. Reducir el ser humano a su dimensión productiva es una enorme rebaja ontológica. Dicho de otra manera, la educación no dialoga con los sujetos, no se dirigen a su dignidad humana, no se fundamentan otras cuestiones que las referentes a las necesidades de un sistema económico mundial, que busca reducir al ser humano a fuerza de trabajo. Fuerza de trabajo eficiente, obediente, adaptable, flexible a las reglas de un mercado incierto pero, por sobre todo, busca destruir cualquier posibilidad de acceso a un pensamiento autónomo y crítico, busca aislarlo: el fin es que no se piense ni se actúe colectivamente. Se busca sustituir la posibilidad de un horizonte esperanzador por soluciones y proyectos ego-individuales.


Uno de los problemas que observamos en relación con la transformación educativa es el problema de la representación, que se da en distintos niveles. No hablamos de la representación en tanto forma de legitimar en votos, ciertas personas o ideas, aunque esté vinculado. El problema que nos planteamos es: ¿a quién representa este texto de transformaciones educativas?, ¿a quiénes representan los que han participado en su elaboración?, ¿es un guión que representa su inteligencia y sus intereses? ¿Representa este texto a los pobres?, ¿a los trabajadores?


Un texto tiene un contexto, siempre. Tiene autores y no solo son los que directamente lo redactaron, sino los verdaderos creadores. ¿Quiénes son y dónde están? Si estos textos, tal como hemos venido analizando, son un ataque a la educación en general y a lo público en particular; si propone una educación para pobres, para formar no ya ciudadanos ilustrados para la República, como en parte lo pensó José Pedro Varela, sino meramente como un instrumento de adaptación del individuo al sistema económico, y como un dispositivo de legitimación de la injusticia estructural que somete a la mayoría y garantiza la riqueza de unos pocos, entonces ya no hay espacio siquiera para el discurso y el mandato de formación para la ciudadanía. Si esto es así, se deja en manifiesto su marcado carácter clasista.


El orden mundial, con el neoliberalismo como dogma, está imponiendo este modelo, lo está globalizando. Existe un plan global, impulsado por organismos internacionales como la OCDE, pero también por tanques de pensamiento alrededor del mundo. Siendo así, la reforma educativa y la reforma jubilatoria pertenecen a una misma concepción, al mismo proyecto hegemónico. El plan no es ni nacional, ni soberano, ni democrático. Es una estrategia global de las élites para profundizar la ignorancia, la explotación y la obediencia del ser humano concebido en tanto productor precario y consumidor compulsivo. La educación para las masas estará basada en las competencias que necesita ese orden, la educación para las élites será otra, no es ni será precaria, mucho menos instrumental, no será solamente virtual ni mera capacitación, será educación y formación en serio, allí habrá saber y conocimiento, para dirigir, para dominar, para perpetuar el orden, de allí saldrán los líderes del futuro.


Esta transformación educativa se sostiene en textos llenos de retórica, vacíos de contenido, repletos de lenguaje ambiguo, sin otra intención que la venta de un producto. Existe un vacío pedagógico que no es accidental, que es deliberado; se busca mantener en la ignorancia a las mayorías que producen la riqueza. No hay nada nuevo ni novedoso, pero hay profundización. El uso de las redes sociales, de los medios de comunicación, el gigantesco gasto publicitario, los discursos engañosos de los funcionarios; con pequeñas alteraciones en tácticas y en actores, no es inédito este mecanismo. En razón de todo ello, tampoco es nueva la resistencia colectiva que generan las reformas de esta clase.


Pensar el aprendizaje desde el enfoque por competencias implica una forma de violencia simbólica y cultural contra el ser humano, ya que se lo reduce a sus manifestaciones operacionales. Implica un intento de detener el pensamiento crítico, más aún, hacer desaparecer todo saber o práctica que no tenga un fin utilitario-mercantil y pragmático-laboral. Este proyecto trata de preservar y profundizar la estructura de la injusticia social, por lo que supone un acto de suprema violencia contra el pasado, el presente y el futuro de la educación pública. Supone un acto de violencia sobre los estudiantes, sobre sus sueños y esperanzas, sobre su dignidad, un golpe de gracia a la ya frágil y falaz igualdad de oportunidades .


Todo será sustituido por una única verdad: la del ser humano como mero productor y simple consumidor, sin otro rumbo que el rendimiento, sin otro interés que el suyo propio, sin otro horizonte que el mercado. La educación en destrezas consolida una forma más de destrucción del principio democrático de la isonomía, profundizando un sistema que buscará legitimar como nunca la existencia de dos tipos humanos: el que venderá su fuerza de trabajo, y el que la comprará como mercancía. Se trata de la total liquidación de una larga tradición en la que se sostenía (con enormes dificultades) el hacer uso de un mismo derecho, de tener acceso a un mismo corpus cultural para habitar la civitas. Una institucionalidad que no buscaba eliminar las diferencias de clase, pero permitía el desarrollo de unos textos de saber iguales. Todo lo cual tenía como sentido y finalidad estructurar una subjetividad democrática. En cambio, la actual propuesta de reforma diagramada en torno a un aprendizaje por competencias, aportará a la construcción de subjetividades aisladas, competitivas, vacías de contenido y de contexto. Constituye, en definitiva, la liquidación definitiva del ideal educativo republicano moderno.


La reforma sustituye contenido por destrezas, el pensamiento por la aplicación. Este discurso "psi" convierte al docente en un degradado acompañante terapéutico, a la clase en grupo de autoayuda y al estudiante en un sometido a sus determinismos económicos y sociales. Es decir, reduce la educación a la contención y el acompañamiento. ¿Por qué?, ¿para qué? ¿Quién sale beneficiado si los pobres en la educación pública aprenden a disolver las causas de sus miserias en la sensibilidad y autoculpabilidad? ¿Es que la educación debe ser la que contenga y adapte a los sujetos que sufren, se frustran, se deprimen o se violentan? Pero, ¿de quién es la responsabilidad de ese sufrimiento?, ¿dónde están las causas de la desigualdad, de la injusticia, del sufrimiento?


Ahora bien, hay en la educación un germen, una potencialidad, un margen para la autodeterminación, para el pensamiento crítico, para el conocimiento de sí mismo y de los propios determinismos. Hay dos fuerzas en pugna: una fuerza conservadora y reproductivista; y fuerzas de cambio, de transformación. La reforma busca aniquilar esas fuerzas de cambio que aún habitan en la educación. Eso lo sabemos. Sabemos también que la educación no ha creado la estructura de la injusticia que ordena nuestra sociedad. Sabemos que si se parte de la premisa de que la educación está en crisis, habría que decir que también lo está la economía, el trabajo, la seguridad pública, y un largo “etcétera”. Sabemos, en definitiva, que la crisis es del capital. En la modernidad cada proyecto histórico particular (más allá de sus vertientes ideológicas) ha concebido a la educación como una herramienta fundamental en cualquier proceso de cambio social. Solamente podemos entender los cambios propuestos, si los comprendemos como parte de una lógica que busca darle a las mayorías populares la peor educación posible y, en cambio, a las minorías darle otro tipo de servicio distinto, uno que le permita dirigir, mandar, decir lo que las cosas son. Es un cambio radical, no democrático y elitista.


Hay una construcción epistemológica que pretende dar una solución final a ciertos problemas. Si aún sigue existiendo alguna potencialidad de cambio, si la educación aún sigue permitiendo acceder a conocimientos, ayudar a pensar, debe por ello ser disuelta, cancelada. El argumento central para este epistemicidio, será de dos órdenes: mentir vaciando de contenido los conceptos y repetir la mentira por todos los lados posibles. Por otro lado, se usará todo el poder del Estado, y las organizaciones que lo orbitan, para darle apariencia de representatividad a una idea que solo representa a unos pocos. En el fondo, esta educación imaginada desde el poder internacional global, que llevan adelante las administraciones locales, no pretende otra cosa que las dos viejas estrategias romanas: primero, pax romana (sométete o muere); segundo, pan y circo (distracción y migajas).


Los cambios son relevantes, pues subvierten el ethos educativo, siendo así que:

  • no se habla de conocimientos se habla de habilidades;

  • no se habla de pensamiento crítico se habla de estudiar por proyectos;

  • no se habla de autonomía se habla de tutorías;

  • no se habla de reflexión o saber, se habla de acreditación;

  • no se habla de pensamiento autónomo o conocimiento de sí, se habla de aprender a aprender;

  • no se habla de educación por la educación misma, se habla de educación por y para el trabajo;

  • no se habla de educador o docente, se habla de gestor y coaching;

  • no se habla de enseñar, sino cumplir programas, cada vez más trámites, obedecer para ser del gusto del director, se borran varios derechos laborales y se habilita el trabajo precario. En la "transformación educativa" el docente profesional pasa a ser simple funcionario, un operador, aplicador y llenador de rúbricas.

Este proceso de reformas se fundamenta en necesidades del mercado, resultado de pruebas estandarizadas internacionales, que guardan una aureola de racionalidad y/o cientificidad. Responde en sus aspectos racionales a una racionalidad instrumental, donde los fines están separados de los medios y donde la racionalidad no está controlada por una ética. Este tipo de racionalidad que se centra en la eficacia, en los números, en los medios, puede llegar a garantizar eventualmente cierto tipo de resultados prácticos, cuantificables, objetivables, pero sin valor humano, sin valor educativo, pues la educación, como la humanidad misma, no se puede reducir a lo instrumental a menos que se banalice su finalidad. Esta racionalidad técnica es simplificadora aunque hable de complejidad, es ideológica aunque se muestre aséptica, es autoritaria aunque hable de participación y democracia. El problema no es la ciencia y su valor, ni los números, el problema es pensar que los números sustituyen lo humano. Nadie merece ser tratado como un número en una fila, a eso reducen al estudiante, a números que luego puedan utilizar para justificar con ellos ciertas políticas.

En medio de los documentos que apresuradamente se van armando se nos acercan materiales que carecen de profundidad epistemológica, pedagógica y ética. Una buena muestra de ello son las falacias que se ven incluidas en lo que debería ser una fundamentación. Se sustenta en una noción de individuo como si fuera un átomo, como si su ser y su devenir dependieran únicamente de sí mismo. Es una hipótesis que se impone como un hecho, como verdad. Se supone un individuo aislado, o que la sociedad es la suma de individualidades. Planteos muy próximos al axioma thatcheriano: la sociedad no existe. Negando, así, el carácter social del ser humano: “el hombre es un animal político”, “yo soy yo y mis circunstancias”, “el sujeto construye la cultura y es construido por ella”. La realidad social se parece más a una red que posibilita la existencia de las cosas, que a una colección de objetos aislados.


Otro engaño que aparece disimulado, al borrar los contextos y los contenidos, es la idea de que ese individuo supuesto, depende pura y exclusivamente de sí mismo en cuanto a su desarrollo social. Es decir, si eres pobre, es porque así lo has elegido. Esta visión deja al estudiante sumergido en manos de una racionalidad que no le servirá para entender su lugar en el mundo, su historia y sus compromisos sociales.


Otro falso argumento, es el impulso generalizado del pensamiento computacional, tanto como forma de pensar como de resolver problemas. Se generaliza un modo de operar a nivel de pensamiento, en el entendido que el mundo va hacia allí y quien piense así será más exitoso y podrá encontrar mejores empleos, ya que la tecnología y la información esperan un individuo con ese prototipo de formación. Se esconde tras esta premisa la indefensión a las necesidades del mercado laboral, es una forma de abstracción que olvida textos y contextos detrás de un mundo simbólico que deja al sujeto preso de las necesidades económicas, convenciéndolo además de que es lo mejor para él. Pero puede ser tan bueno esto como jugar al ajedrez, como una opción válida entre otras, no como dogma.


Otra evidente falacia que incluyen estos cambios, es la culpabilización, señalar que los problemas educativos son responsabilidad de la currícula, de los docentes, o de ambos. Podemos afirmar que existe un plan de gobierno dirigido a los enseñantes. Los componentes del mismo son: primero, una gobernanza que los excluya de la participación en los órganos de conducción (nótese el simbolismo de cambiar los nombres de los Consejos a Direcciones, de C.E.S. a D.G.E.S.); segundo, una formación que reduzca su dominio científico-pedagógico (basta ver los nuevos planes de formación docente) y, por último, el establecimiento de controles, de tipo ideológico-policiales sobre sus prácticas (el proyecto de ley sobre un Consejo de laicidad es solo una muestra de ello).


Todo ello evidencia una intención y un propósito: el desprestigio al colectivo profesional docente, a sus representantes sindicales, sus posiciones y su profesionalidad. No se han detenido en la desautorización permanente, han ido mucho más allá, atemorizando, aislando, persiguiendo, desgastando y rebajando su formación, reivindicaciones e imagen social. A razón de ello, se conciben dispositivos para sustituir a los "viejos docentes", "asignaturistas", "enciclopedistas", "catedráticos" , por "nuevos docentes", facilitadores, animadores, técnicos, aplicadores, distanciados de una sólida formación pedagógica y científica pero cercanos al control, el temor y la obediencia debida. En esto consiste la educación en tiempos de violencia conservadora, en eso consiste la antipedagogía.


Autores:

Egar Fernández y Nicolás Machado

Ciudadanos. Enseñantes.


Referencias bibliográficas:
Cullen, C (1997) Crítica de las razones de educar. Ed. Paidós, Buenos Aires.
Dale, R. (2004) Globalização e educação: demonstrando a existência de uma "Cultura Educacional Mundial Comum" ou localizando uma "Agenda Globalmente Estruturada para a Educação"? vol.25 n°87
Osorio, J., Victoriano, F. (2011) Exclusiones. Reflexiones críticas sobre subalternidad, hegemonía y biopolítica. Ed. Anthropos, México D.F.


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