• Gabriel Delacoste

Del intelectual de derechas al performer electoral. Entrevista a Gabriel Delacoste


Ilustración: Julio Castillo


Hemisferio Izquierdo: ¿Quién es el herrerismo en el campo de las derechas o de la "reacción"?


Gabriel Delacoste: Entre los muchos integrantes de la amplia familia de las derechas uruguayas, el herrerismo es el más importante. Esto es, en parte, por su extraordinaria duración: existe una corriente herrerista relevante en la política uruguaya de forma ininterrumpida desde inicios del siglo XX. En la mayor parte de ese período, es la corriente mayoritaria en el Partido Nacioanal. Tiene, además, vínculos privilegiados con el mundo empresarial, especialmente con la clase terrateniente, pero también con los capitales trasnacionales y los medios de comunicación. Además de su estructura organizativa formal (relativamente liviana), se organiza en un mundo no necesariamente público de lealtades trasmitidas intergeneracionalmente, tanto a nivel de élite como a nivel de base. Estas lealtades, además, tienen penetración en las burocracias estatales, especialmente las que tienen que ver con las instituciones armadas y la diplomacia.


Por esto, en la división del trabajo de la derecha uruguaya (uso esta expresión en un sentido estricto: unos ponen la plata, otros la cobertura mediática, otros las bases territoriales, otros ponen las ideas, otros hacen el trabajo sucio), el herrerismo tiene un rol fundamental, que se hace especialmente relevante en los períodos reaccionarios, como el “alto de Viera”, la dictadura de Terra, el primer colegiado blanco, la dictadura del 73, los ajustes neoliberales y el momento actual. Sin embargo, el herrerismo no siempre tiene el rol de conducir a las derechas. Tanto con Terra como con la dictadura militar aceptó tener un rol secundario. Durante buena parte del siglo XX, de hecho, el herrerismo ofició como socio menor del ala derecha del Partido Colorado, que por tener más bases electorales urbanas, más penetración en el estado y mejor entendimiento con Estados Unidos, era el “líder natural” de la derecha. La relación histórica entre el ala derecha del Partido Colorado (hoy la única que existe) y el herrerismo parece haberse revertido.


Todavía no respondí la pregunta de quién es el herrerismo, pero nos vamos acercando. En una discusión interna hace unos meses en Tacuarembó, el senador Gustavo Penadés, uno de los principales referentes de la lista 71, explicó que el herrerismo es un sector orgánico, dotado de coherencia de ideas y sentimiento de pertenencia. Pero admitió que la orgánica no necesariamente funciona regularmente. Ese día, Penadés explicó a sus militantes que históricamente los blancos se definen en función de si son herreristas o no, y que lo mismo en el país. Para Penadés, uno de los problemas del herrerismo actual es que existen, en realidad, dos herrerismos: uno político, orgánico, y otro ‘conceptual’, liderado por Lacalle Pou.


En sentido estricto, el Herrerismo es la organización que se agrupa en torno a la lista 71. Pero en los hechos, son herreristas todos los que, en el Partido Nacional, se agrupan en torno al actual jefe del clan Herrera: Luis Alberto Lacalle Pou… Herrera.



HI: ¿Es posible pensar al herrerismo como un problema político?


GD: Sí. Al contrario de otras corrientes políticas uruguayas, el herrerismo tiene un cuerpo doctrinario gracias al hecho de que su fundador, Luis Alberto de Herrera, fue un prolífico escritor. Sus principales obras (“El Uruguay Internacional”, la “Encuesta Rural” y “La Revolución Francesa y Sud América”) articulan un pensamiento coherente, que dio forma intelectual a la derecha de su época.


Es cierto que últimamente los líderes herrereristas no son intelectuales que produzcan doctrina. Al contrario, con Lacalle Pou se consolidó la tendencia a que el líder sea más bien un performer frente al electorado y los medios de comunicación. No estoy diciendo que Lacalle Pou no ejerza el pensamiento estratégico ni tareas organizativas o ejecutivas, ni niego sus evidentes dotes en estas áreas. Lo que estoy enfatizando es que el rol del líder no es, como antes, el de la elaboración ideológica. Esa tarea, en las últimas décadas, quedó tercerizada en la red político-intelectual internacional del neoliberalismo, organizada en torno a la Red Atlas. El jefe de programa de Lacalle Pou y actual Ministro de Educación y Cultura, Pablo Da Silveira, no es alguien que venga del riñón herrerista, sino del liberalismo internacional.


El herrerismo, antes que nada, es un clasismo oligárquico, una expresión política de los dueños de la tierra. Si queremos entender la forma como estos sectores logran no solo la dominación, sino también, en ciertos períodos, la hegemonía, es fundamental entender las estrategias del herrerismo, y la forma como el poder terrateniente se proyecta hacia otros sectores sociales. En un primer círculo, el herrerismo trabaja para afirmar la hegemonía terrateniente sobre las sociedades del interior del país, apoyándose en cuadros intelectuales de las capitales departamentales, que suelen ser personas económicamente ligadas a los terratenientes (rematadores, escritorios, abogados, empresarios medianos, etc.). En un segundo círculo, el herrerismo penetra más de lo que uno pensaría en Montevideo, en parte con un aparato territorial activo en algunas partes de la ciudad, pero fundamentalmente a través de campañas ideológicas y propagandísticas que buscan presentarlo como un factor modernizador, a través de la idea de que quitar recursos al estado, la industria y, especialmente, a los trabajadores sindicalizados y los intelectuales, va a permitir bajar los impuestos y llevar una vida más próspera y tranquila. Esta idea se articula bien con la de que “si le va bien al campo nos va bien a todos”. También, históricamente, el herrerismo ha apelado intensamente a la idea de orden, tanto en lo que refiere al delito común como al conflicto político, proponiendo soluciones autoritarias que, en algunos momentos, encuentran adhesión en algunos sectores de clase media y populares. El herrerismo, además, fue siempre muy ágil en el uso de las técnicas modernas de comunicación y propaganda.


Otra forma de mirar el herrerismo, como ya dijimos, es el pensamiento de Herrera. Podría ponerse el foco en distintas partes de su pensamiento, pero hay un punto que es especialmente importante: la forma como pensó el tema de la democracia. Hasta principios del siglo XX, la democracia era vista por los reaccionarios, y también por los liberales, como algo peligroso. Era común que se acusara a la democracia de ser el primado de la cantidad sobre la calidad, o temer que la entrada en la política de masas incultas pusiera en peligro la estabilidad social y los altos valores. Herrera compartía esta preocupación. Pero entendió, al igual que Rodó, que la democracia y la desigualdad no necesariamente son incompatibles. Siguiendo a los críticos liberales de la revolución francesa y a las reflexiones de Tocqueville sobre Estados Unidos, terminaron por reivindicar una democracia diseñada de tal forma que no amenazara el orden y la estructura social desigual. En esto, Herrera era un liberal. Pero además, Herrera consideraba que el nacionalismo era fundamental para lograr que la democracia no se radicalizara. Si la cuestión nacional desplazaba a la lucha de clases, era posible pensar una política popular (incluso populista) basada en las tradiciones comunes, las formas de vida locales, la historia. En varios momentos de su carrera, este nacionalismo, que era al mismo tiempo elitista y populista, lo hizo acercarse a posturas fascistas, sin dejar de ser liberal. El fondo del pensamiento de Herrera es un rechazo al legado de la Ilustración, la Revolución Francesa y toda forma de socialismo. Pero entendiendo que no hay vuelta atrás (salvo por momentos dictatoriales en tiempos de crisis, invariablemente apoyados por el herrerismo) en el avance de la democracia.


El nacionalismo de Herrera era, fundamentalmente, un nacionalismo uruguayo, atado a una defensa de la soberanía del estado oriental. Por supuesto, su idea de soberanía no implicaba una postura contraria a una economía abierta ni a los capitales extranjeros. La postura geopolítica de Herrera, así, partía de cierto cuidado defensivo ante el riesgo de ser anexado por los vecinos (especialmente Argentina) y proponía una posición realista en la arena internacional. En cuanto a su mirada geopolítica, Herrera osciló, según el momento, entre cierto hispanismo católico y la anglofilia, es decir, entre la simpatía al viejo imperio (la España católica) y el nuevo (primero Gran Bretaña, después Estados Unidos).


Pero el herrerismo no es solamente una postura ideológica. Es, sobre todo, una política dinástica. Los Herrera vienen de la patria vieja, y ocuparon altos cargos estatales desde antes de la independencia. Circula, además, la leyenda de que Herrera fue ungido por el mismo Aparicio Saravia (bajo cuyo mando peleó), siendo así encomendado para llevar al partido desde el siglo de las montoneras al siglo de las elecciones.


HI: ¿Qué rol tiene el herrerismo en la actual coalición? ¿La LUC es el programa herrerista?


GD: Empecemos esta respuesta donde terminamos la anterior: el actual presidente de la república no solo es herrersita, es un Herrera. Por lo tanto, el rol del herrerismo en la actual coalición es nada menos que liderarla.


Más allá de matices, tradiciones e internas, no existen en la coalición grandes disidencias respecto a las grandes líneas propuestas por el herrerismo. Por lo tanto, podemos decir que la actual coalición sigue un programa herrerista. Se trata de un programa favorable a los dueños de la tierra, no solo afirmando su propiedad y negándose a subirles los impuestos, sino también devaluando la moneda para favorecerlos. Ademas, el programa de la actual coalición es represivo y autoritario, también en consonancia con la larga trayectoria del herrerismo. Y elige como adversarios a los mismos que eligió, a lo largo de toda su historia, el herrerismo. Basta leer cada día las noticias para constatar esto. A la LUC, por ser un resumen del programa de la coalición, le corresponde la misma caracterización.