Alguien enturbia tus sentidos: medios de comunicación y política*

 Ilustración: Laura Becerra

 

 

Los grandes medios de comunicación forman parte del entramado del poder. Para decirlo sin atajos: construyen opinión, alimentan el sentido común reaccionario, contribuyendo de forma directa e indirecta a la restauración conservadora que vivimos en la región. No hay que olvidar el papel preponderante de Globo en el impeachment de Dilma o de los medios venezolanos en la crisis de Venezuela y su proyección a nivel internacional, con las fake news como herramienta privilegiada de manipulación ideológica.

 

Internet aparece como uno de los escenarios predilectos del despliegue de la derecha, mediante la contratación de profesionales del marketing y la publicidad que multiplican las páginas y perfiles falsos para propagar nociones funcionales al viraje conservador, contribuyendo a agudizar el malestar social con los gobiernos progresistas de turno y a la quita de derechos conquistados. Esto se puede ver en el rechazo al feminismo, catalogado como “ideología de género” y la cantidad de videos virales que atribuyen a filósofos supuestamente feministas casos de pedofilia, abuso, drogadicción, así como en la reedición de la “amenaza del comunismo”, presentada en su versión “castrochavista” en el plebiscito por el acuerdo de Paz con las Farc en Colombia.

 

En nuestro país, se instala la idea de que la inseguridad es el principal problema que aqueja a la sociedad, a través de reiteradas noticias y escenas televisivas que muestran asaltos, golpizas, asesinatos, con la banda sonora de fondo de una película de acción. El amarillismo apunta siempre a un mismo lugar: la pobreza, convertida ahora en espectáculo. El “otro” amenzante al que hay que eliminar, castigar, encarcelar, es presentado como el causante de todos los males y a su vez encarnando en sí mismo el mal, sin causas estructurales que lo enmarquen. Se trata de un mecanismo de deshumanización, que apunta a despertar lo más irracional de la gente: el miedo.

 

Esta forma de producir realidad, desde una mirada punitiva, se extiende a la representación de las mujeres y las feministas en particular (las manchas de pintura de la Iglesia parecen opacar a las miles en las calles), de la población trans (dándole destaque a las declaraciones de Verónica Alonso y no a los crímenes de odio que se produjeron después), de los docentes (adjudicándoles la responsabilidad de la “crisis de la educación”), los sindicalistas (presentados con intereses contrarios a los de los trabajadores), la izquierda en general. Vienen a confirmar nociones que ya están presentes en la sociedad, a reafirmar prejuicios de larga data. que es precisamente lo que se está dispuesto a oír, lo que se quiere escuchar, independientemente de si es verdadero o si se trata de una información distorsionada, o directamente de una mentira. No importanta tanto qué se dice, sino cómo se dice, su capacidad de convencer y por tanto, de reafirmar la hegemonía.

 

Por otra parte, están los silencios, aquello que no expresan los medios, lo que no importa o eligen callar, porque no logran sacar rédito político de ello, o porque prefieren no meterse con los grandes poderes mafiosos que lucran con los cuerpos de las mujeres empobrecidas, como son los casos de trata y explotación sexual, las fiestas privadas que involucran menores, las desapariciones de adolescentes, la relación entre narcos, milicos, poder político y proxenetas.

 

Con las elecciones internas se hizo visible la hipermediatización de la política, en donde lo importante no pasa por el programa que postula tal o cual partido, sino por la vida privada de los candidatos, los conflictos que se suscitan entre unos y otros, las acusaciones, los chismes, el momento a momento del candidato elegido. Algo así como un reality show de la política. Lo vimos con Martínez y su elección de la vice, al igual que sucede ahora con el título de Graciela Villar. Sin duda, en esta burda telenovela, las mujeres se llevan la peor parte, aunque no sean las asesinas despechadas que inventan embarazos para ganarse el amor del multimillonario. 

 

Como parte del mismo fenómeno, vemos a los candidatos utilizar las redes sociales como vías de comunicación legítimas, suplantando las institucionales para comunicar decisiones políticas, opinar sobre cuestiones de peso o rebatir las críticas de sus opositores. Cada uno monta su personaje y acumula seguidores, luego aparecen los trolls rentados, encargados de defenestrarlos. Quizá Bolsonaro ha sido quien mejor ha explotado su lado influencer en las redes, pero Sartori no se quedó atrás. El precandidato blanco caído del cielo demostró que es posible comprar medios de comunicación y extender los límites de la propaganda electoral, con asesores especializados en fake news y punteros instalados en las periferias montevideanas, además de las llamadas telefónicas y las encuestas direccionadas. 

 

Se trata de la política sucediendo desde canales inesperados pero tremendamente eficaces como las redes sociales y el entretenimiento (¿no es político acaso el “humor” de Petinatti?), publicistas que venden candidatos, "outsiders" políticos que son producidos por publicistas y resultado de la propia mercantilización de la política. Así las cosas, tenemos que preguntarnos cuál es el rol de quienes nos hacemos un espacio en la comunicación por fuera de las lógicas mercantiles de los grandes medios, con otras formas, desde otras agendas y en general, sin más medios que nuestra militancia y saberes acumulados. De qué forma comunicamos y amplificamos contenidos que permitan disputar al menos espacios ínfimos de hegemonía, trascendiendo el propio margen de sentido compartido para que nuestras voces lleguen más allá de los círculos constituidos. Quizá en este punto, conviene pensar en el rol de los medios públicos y su potencialidad para alcanzar amplios rangos de audiencia, así como las posibles articulaciones con medios alternativos, además de preguntarnos por qué el progresismo no puso el foco en los medios públicos para la construcción de estrategias comunicacionales que disputaran sentidos a los medios del capital y frenaran el oligopolio informativo. Preguntarnos qué ocurrió con la ley de medios y porqué las iniciativas planteadas desde los movimientos sociales fracasaron. 

 

En nuestro número de julio, convocamos a pensar sobre los medios de comunicación en algunas de sus múltiples dimensiones, incluyendo el de las alternativas. Hay que politizar el informativo que nos venden como neutral, así como la ficción. Hay que democratizar los medios de comunicación.

 

 

* Este número ha sido elaborado conjuntamente con el colectivo de intervención fotográfica Rebelarte. 

http://www.rebelarte.info/

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