Entrevista a Soledad Castro Lazaroff: "Confiar en la acción política y ética de los otros feminismos de la región"

 

 

Hemisferio Izquierdo (HI): ¿Cuál es el lugar del feminismo en el proceso de restauración conservadora que se está experimentando en la región, con el resurgimiento de las derechas y la aparición de intelectuales de lo "políticamente incorrecto" que se acoplan al discurso reaccionario?

 

Soledad Castro Lazaroff (SCL): Creo que el lugar de los feminismos, que son parte de un mismo movimiento pero a la vez son fenómenos situados, territoriales, que trabajan en realidades muy diferentes en un contexto histórico, político, económico y social tan complejo y diverso como lo es el continente latinoamericano, debe pensarse, justamente, de modo plural. Lo que quiero decir es, por ejemplo, que es imposible definir con certeza, desde Uruguay, cuál es la actitud que deben tomar los feminismos brasileros frente al gobierno de Bolsonaro, o cómo deben posicionarse las compañeras de las poblaciones originarias en Bolivia frente al gobierno de Evo Morales. O incluso opinar indiscriminadamente sobre las posiciones que los feminismos argentinos van tomando de cara al año electoral, siendo tanto lo que se les juega para intentar derrotar al macrismo. Porque si hay algo que hemos aprendido en base a consignas como la que dice "hermana, yo sí te creo", es que la primer sororidad feminista implica confiar en el accionar de las compañeras y les compañeres. Y que por más que ciertas decisiones nos pueden parecer incomprensibles desde nuestros contextos vitales, tal vez haya razones importantes para que esas decisiones se tomen, y esos argumentos no nos llegan a través de los medios de comunicación o incluso, simplemente, no son posibles de comunicar si no se pasan por el cuerpo. Hay que poder, al menos, tomarse el tiempo para informarse, reflexionar, pensar con cuidado las cosas antes de tomar posturas disidentes que, de alguna manera, siempre establecen fisuras difíciles de superar. No estoy diciendo con esto que el discurso del movimiento deba ser monolítico, ni mucho menos -negar los debates y las tensiones es el peor camino- pero sí creo que hay una acción de humildad y respeto que debemos tener entre nosotras y nosotres, que es confiar en la acción política y ética de los otros feminismos de la región, extendiendo esa actitud incluso cuando se trata de mirar hacia adentro mismo de los feminismos uruguayos.

 

La unidad, la paciencia y la benevolencia con las y les referentes políticos del movimiento es fundamental, propiciando su visibilidad y apoyando sus pasos. Me refiero no solo a quienes salen en medios de comunicación o protagonizan eventos masivos, sino a las y les compañeres que militan en los barrios, en los sindicatos, en las distintas agrupaciones, y son caras visibles de las acciones que llevamos adelante. Debemos cuidar a aquellas y aquelles que nos representan, tanto de manera institucional como autogestiva; pero es aun más necesario el cuidado de quienes no tienen el respaldo institucional, porque su exposición es mucho más grande y desgastante. También es hora de profundizar lo discursivo en acciones individuales de militancia concreta. Es evidente que el discurso feminista ha demostrado tener una capacidad increíble a la hora de conquistar subjetividades y transformar realidades individuales. Pero ahora necesitamos, además de que una compañera pueda sentirse mejor consigo misma, repensar sus prácticas de intimidad y modificar su estar y su ser de modo individual - logros básicos e importantísimos - pueda tender una mano real a otras personas, comprometerse con procesos colectivos, con la acción de sostenernos, cada día, unas a las otras, unes a les otres. En ese sentido, lo que se vio durante 2018 en Uruguay, con la conformación de colectivos feministas en las diferentes áreas de la sociedad - las maestras feministas, las mujeres audiovisuales, las mujeres de las artes visuales y otros muchísimos ejemplos - es, sin duda, el camino para ofrecer más y mejores respuestas a mujeres, lesbianas, trans, travas y no binaries que estén en situaciones de vulnerabilidad. Ese compromiso de ser y trabajar juntas y juntes, es el primer acto de rebeldía profunda frente al capitalismo que nos fragmenta, nos separa y nos aísla de mil maneras. Salir del ámbito individual y devenir colectivos, colectivas; juntarse con objetivos concretos de transformación real y ampliación de derechos, en cada uno de los espacios de la sociedad - desde la universidad al barrio; desde la oficina al sindicato; desde el deporte a las instituciones policiales - posibilitará que las feministas hagamos nuestro trabajo de tejer redes, que es tan fundamental a la hora de enfrentar, con nuestros pocos y siempre mermados recursos, la violencia social: articulando los saberes que tenemos, podemos más.

 

Otro camino muy importante es el de encontrar maneras de realizar producciones teóricas feministas situadas, que tomen en cuenta nuestras realidades latinoamericanas, regionales, nacionales, provinciales y barriales. Fomentar y cuidar el trabajo de nuestras y nuestres intelectuales es el modo de asegurarnos el intento de producir estrategias alternativas, dentro de la academia, a la mirada hegemónica, heteropatriarcal, del discurso androcéntrico. Propiciar un espacio no dicotómico entre teoría y práctica puede ser verdaderamente central en la disputa por la Verdad, porque nos permite estar más fuertes a la hora de enfrentar los avasallamientos que vendrán de las derechas reaccionarias.

Creo que el movimiento, ese extraño puzzle que es uno y muchos al mismo tiempo, tiene que poder enfrentar, por un lado, las coyunturas concretas políticas de cada territorio y las disputas con el estado en cada caso -ya sea desde adentro o desde afuera del propio estado-, pero también tiene que poder seguir dándose el espacio para profundizar sus propios métodos y estrategias, y su capacidad dialéctica de pensarse a sí mismo. Actuar y pensar, pensar y actuar, o actuar, detenerse, pensar, autocriticarse, actuar: caras fundamentales de la misma moneda en la lucha constante por la emancipación.

 

 

HI: En un momento de reemergencia de los feminismos, ¿cómo elaboramos mecanismos de respuesta y solidaridad entre mujeres ante las múltiples manifestaciones de la violencia machista?

 

SCL: Arriesgo algunas ideas que pueden dar lugar a la discusión y el debate. Una cosa que está bueno tener en cuenta cuando nos da miedo intervenir, es que siempre hay alguna compañera que sabe más que una. Apelar a la experiencia de otras y otres, escucharnos y compartir los casos, me parece fundamental. Creo que el gran mecanismo que hemos tenido las mujeres a lo largo de la historia para sobrevivir es el de conversar, discutir, buscar soluciones juntas. Buscar espacios de encuentro donde sea, desde la peluquería a los pasillos del parlamento: eso es lo primero. Hay que reivindicar el chisme, esa gran virtud femenina denostada por el patriarcado, y volverlo a nuestro favor: confiar en nuestras intuiciones, mirarnos entre nosotras y nosotres, intentar comprender lo que la otra persona necesita, hablar entre dos o tres para cuidar a una compañera. Aprovechar las redes, tener compañeras que tengan contactos feministas. Armar agendas feministas, saber entre nosotras dónde estamos. Aunque no estemos de acuerdo en un montón de cosas, estemos juntas y juntes contra la violencia. Debemos fomentar la empatía, no quedarnos calladas y callades, pero perdonarnos fácil. Tratar de mirarnos todo el tiempo para adentro y revisar nuestras propias prácticas.

 

Son muy interesantes las propuestas vinculadas con desarrollar maternidades conjuntas, por ejemplo. La maternidad ha sido, durante mucho tiempo, la gran excusa que han encontrado capitalismo y patriarcado para mantener a las mujeres dentro del hogar. Si esa lógica se rompe y las mujeres vuelven a maternar juntas, en comunidad, habremos recuperado una capacidad de acción conjunta muy importante, que implica solidaridades transversales y comunican personas de distintos ámbitos sociales y procedencias.

 

Tenemos que intentar que el miedo no nos impida conocer realidades diferentes a las nuestras, escucharnos entre nosotras, preocuparnos por las otras y les otres, aunque nos generen mil prejuicios. Y sobre todo, tratar de ejercitar la capacidad de creernos, de apoyarnos, y de generar, al mismo tiempo, mecanismos de acción concretos para sacarnos de las situaciones de vulnerabilidad.

 

El estado siempre será un territorio en disputa, y debemos seguir reclamando la ampliación concreta de derechos, no solo en términos de leyes, sino en lo que respecta a la implementación de esas leyes. Es más, debemos exigir que el tratamiento de la violencia de género tome en cuenta el conocimiento feminista y lo transmita mediante sus aparatos ideológicos más fundamentales: los centros de educación y de salud. Pero también tenemos que entender que en economías dependientes como las nuestras, que forman parte de proyectos extractivistas mundiales, donde de alguna manera somos "la otredad" de ese norte global, la solidaridad sigue siendo nuestra primer herramienta de cambio social. Y esos pequeños gestos de alianza - cuidarnos entre nosotras, defendernos, acompañarnos a denunciar, sostenernos, "aguantarnos la cabeza" durante largos períodos de tiempo - son tan profundamente feministas como salir a las calles para lograr uno de esos grandes pasos que tanto enorgullecen a la política partidaria.

 

 

* Soledad Castro Lazaroff es cineasta, escritora, docente, militante feminista. Edita la sección de Cultura del Semanario Brecha. Es letrista de la murga Falta y Resto.

 

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