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Uruguay y la cuestión fascista (1930-1940)

  • Alfredo Alpini*
  • 22 oct 2018
  • 10 min de lectura

Uruguay, como gran parte del mundo occidental, participó polĆ­tica y culturalmente, de lo que algunos historiadores llamaron la ā€œera del fascismoā€ (1919-1945). El fascismo es un objeto histórico de difĆ­cil aprehensión y los historiadores parecen no ponerse de acuerdo acerca de su naturaleza ideológica y polĆ­tica. Fue fenómeno histórico que nació en la Italia de la primera posguerra, y puede definirse como una ideologĆ­a que abrevó de disĆ­miles y contradictorias tradiciones (el futurismo, el pensamiento revolucionario y el nacionalismo). TambiĆ©n fue un movimiento polĆ­tico y social (1919-1921), expresión de las clases medias emergentes. Por Ćŗltimo, se constituyó en un rĆ©gimen polĆ­tico de partido Ćŗnico (1926-1945), convirtiĆ©ndose en una dictadura basada en el culto del ducismo (Benito Mussolini).

TambiĆ©n, entre los historiadores existen controversias acerca de si presentó las caracterĆ­sticas de un sistema totalitario. El acercamiento y la alianza con el nacional-socialismo alemĆ”n inclinan a sostener que el rĆ©gimen tuvo componentes totalitarios, principalmente, a partir de la legislación antijudĆ­a (1938). Emilio Gentile, probablemente el historiador mĆ”s importante del fascismo, lo define como un ā€œfenómeno polĆ­tico moderno, nacionalista y revolucionario, antiliberal y antimarxista, organizado en un partido milicia, con una concepción totalitaria de la polĆ­tica y del Estado, con una ideologĆ­a activista y antiteóricaā€[1].

Si bien la ā€œcuestión fascistaā€ se puede limitar a la experiencia italiana y, si se quiere a la Alemania nazi, el abordaje se complejiza al constatar que en la Europa de entreguerras y, tambiĆ©n, en AmĆ©rica Latina, surgieron partidos, movimientos, grupos, organizaciones y asociaciones culturales que participaron, algunos de forma cercana, y otros de un modo laxo, de lo que podrĆ­a denominarse una ā€œcultura fascistaā€.

Uruguay en la era del fascismo

Con respecto a Uruguay y la ā€œcuestión fascistaā€ se deben realizar las siguientes precisiones. En primer lugar, se encuentra el proselitismo del fascismo italiano, del nacionalsocialismo y del falangismo y el franquismo entre las respectivas colonias de inmigrantes. En Uruguay existió, a partir de 1931, una filial del Partido Nacional-Socialista AlemĆ”n y un periódico, el Deutsche Wacht (El Centinela AlemĆ”n) (1933). En relación a las actividades nazis, cabe hacer mención al procesamiento de los jerarcas nazis implicados en el Plan Fuhrmann, segĆŗn la vista fiscal del Dr. Luis Bouza, ā€œun plan de ataque a la soberanĆ­a nacionalā€[2]. Con respecto a la colectividad italiana, en 1932 llegó al paĆ­s Serafino Mazzolini, representante diplomĆ”tico de Italia, quien estuvo al frente de la Legación hasta diciembre de 1937, con el objetivo de consolidar el Fascio de Montevideo y crear otros en el interior del paĆ­s. A su vez, el falangismo, expresión del fascismo espaƱol, tuvo un perĆ­odo de actuación legal en Uruguay entre 1936 y 1940, independiente del franquismo, este Ćŗltimo adscripto al personal diplomĆ”tico acreditado en Uruguay. El protagonismo que Falange intentó imponer fue contestado oficialmente por la Unión Nacional EspaƱola (1936), compuesta por espaƱoles y uruguayos simpatizantes del alzamiento nacionalista que inició la guerra civil en EspaƱa (1936-1939)[3].

En segundo término, se encuentran los sectores políticos y sociales promotores del golpe de Estado del presidente Gabriel Terra (1933) que consideraron al fascismo italiano como una opción política beneficiosa para Europa, no obstante rechazaron cualquier innovación institucional que aquel pudiese aportar para el orden político y jurídico del Uruguay. Los colorados terristas, riveristas, vieristas y sosistas y los blancos (herrerismo) que acompañaron el golpe, si bien a la distancia coquetearon con el fascismo, no pretendieron introducir ningún cambio que modificara sustancialmente el orden institucional. La novedad mÔs importante y revolucionaria que se discutió a nivel político y constitucional fue el régimen corporativo en su doble vertiente: como forma de sustituir la representación política por la corporativa, es decir, sustituir un parlamento político por un parlamento corporativo, y como intento de dar cabida en el ordenamiento jurídico e institucional del Estado a miembros de los sectores productores (empresarios y trabajadores).

En los aƱos 1933 y 1934 la prensa uruguaya y los miembros de la III Convención Nacional Constituyente electa para realizar la reforma constitucional debatieron profusamente acerca del fascismo y sobre la incorporación de la representación corporativa en Uruguay. En la Comisión de Constitución se presentaron cuatro proyectos de rĆ©gimen corporativo. El informe final elevado a la Convención advertĆ­a que: ā€œEn el Uruguay donde los ideales democrĆ”ticos estĆ”n profundamente arraigados en la masa ciudadana, es evidentemente imposible hablar de establecer un ā€˜Gobierno corporativo’ a ejemplos de otros paĆ­ses"[4]. Del largo debate en la Comisión y en la Convención se aprobaron dos artĆ­culos que habilitaban que una ley podrĆ­a crear un Consejo de la EconomĆ­a Nacional ā€œcompuesto de representantes de los intereses económicos y profesionales del paĆ­sā€ de carĆ”cter honorario, consultivo y de asesoramiento del Poder Ejecutivo (artĆ­culos 207 y 208 de la Constitución de 1934).

No obstante, hacia fines de la década de 1920 y en los años treinta, saltaron a la palestra pública un conglomerado heterogéneo de agrupaciones, partidos y periódicos que fueron expresión del fascismo en el Uruguay o adoptaron elementos del mismo. El Partido Agrario (1928), liderado por el empresario agrícola Andrés PodestÔ, y el Partido Ruralista (1936), si bien fueron críticos del sistema de partidos, aspiraron a que los productores de la riqueza tuvieran una voz política. En sintonía con la obra de Julio Martínez Lamas Riqueza y pobreza del Uruguay (1930), que llevó a su mÔxima expresión la díada campo-ciudad (Montevideo), consideraban que en el parlamento no estaban representados los productores de la campaña y Montevideo, donde residían los políticos profesionales, era la metrópoli parasitaria de la riqueza que generaba el campo[5].

El fascismo en Uruguay estuvo representado por agrupaciones polĆ­ticas, periódicos e intelectuales que rechazaron la tradición liberal uruguaya, el sistema de partidos y, tambiĆ©n, se distanciaron del conservadurismo tradicional de los partidos Colorado y Nacional. En un pequeƱo libro utilicĆ© las palabras ā€œderechaā€, ā€œradicalā€ y ā€œrevolucionariaā€ para intentar aprehender a unos grupos que fueron expresión de una ā€œcultura fascistaā€, otro concepto que tampoco los reunĆ­a con precisión[6]. La mĆ”s importante fue la revista Corporaciones (1935-1938), voz polĆ­tica del movimiento Acción Revisionista del Uruguay (1937). Tuvieron como partĆ­cipes a Adolfo Agorio y a Teodomiro Varela de Andrade, sin duda las figuras intelectuales clave de todo el movimiento. La publicación Fragua (1938-1940) tenĆ­a como director a Leslie Crawford Montes, y era el órgano de prensa del Movimiento Revisionista. Audacia (1936-1940) fue la publicación del grupo Acción Nacional, El Orden (1936-1937) del movimiento Unión Nacional del Uruguay y Combate (1940) de la agrupación Renovación Nacional. Por Ćŗltimo, Atención (1938-1940) era una publicación que se dedicaba, bĆ”sicamente, a la propaganda antijudĆ­a.

Entre otros elementos que defendieron y tomaron del régimen fascista fue, particularmente, la incorporación del Estado corporativo en sus programas políticos y constitucionales. La Acción Revisionista del Uruguay tenía como proyecto central la Fórmula Salvadora de Varela de Andrade, donde postulaba un régimen corporativo que tenía como referencia al movimiento Integralista brasileño (Plínio Salgado y Gustavo Barroso).

AdemÔs de participar de una cultura fascista internacional, estas agrupaciones fueron producto de las transformaciones de la sociedad uruguaya y, en este sentido, compartían una tradición común con el conservadurismo tradicional. En este caso, habría que diferenciar a los intelectuales mÔs refinados, como Agorio y Varela de Andrade, que se consideraban formaban parte de un fascismo internacional.

Las agrupaciones de derecha tenĆ­an en comĆŗn con los sectores conservadores el rechazo del cosmopolitismo y, en particular, la crĆ­tica a la cultura urbana, a la masificación y al estilo de vida de Montevideo, en contraposición con un modo de ser del hombre de la campaƱa. Radicalizaron, como nadie hasta ese momento, la dĆ­ada campo-ciudad. El campo, donde el agricultor y el peón, doblegaban a la naturaleza con su esfuerzo fĆ­sico y creaba genuina riqueza, presentaba un orden moral estable y era donde residĆ­a la verdadera nacionalidad. Leslie Crawford escribĆ­a en Fragua: ā€œĀæQuiĆ©n es el que impide que seamos libres de verdad? La respuesta es sencilla: Ā”Montevideo! Es en la campaƱa donde se encuentran los verdaderos valores que nos darĆ”n la real libertad. Esta ciudad, moderna Babilonia con la cual jamĆ”s soñó Artigas, no es uruguaya, no lo ha sido y difĆ­cilmente lo serĆ”. Montevideo es nuestra gran enemigaā€[7].

AdemĆ”s, en los aƱos veinte y treinta, la ciudad produjo otro sĆ­mbolo de la modernidad, un ambiente que en la Ć©poca se le llamó la ā€œmala vidaā€ poblado de un conjunto heterogĆ©neo de individuos: proxenetas, prostitutas, toxicómanos, adivinas, jugadores de clandestinos y un largo etcĆ©tera de personajes que tenĆ­an en comĆŗn la capacidad de vivir sin trabajar. Para las agrupaciones de derecha, el judĆ­o, inmigrante fundamentalmente urbano, estaba en connivencia con aquellos personajes y medraba en ese ambiente fronterizo con el delito. La publicación Audacia entendĆ­a que: ā€œCien mil judĆ­os, en su inmensa mayorĆ­a residentes en la capital agudizan gravemente la servidumbre del Agro a la Urbe, multiplicando el parasitismo Urbano. Son los demoledores de las buenas costumbres. La literatura y el cine pornogrĆ”fico son creaciones suyas. La inmensa mayorĆ­a de los prostĆ­bulos y los cabarets de Montevideo les pertenecen. La trata de blancas y el trĆ”fico de alcaloides son sus negocios favoritosā€[8]. Por su parte, Atención escribĆ­a que: ā€œNo hay que atribuir al azar el hecho de que sea judĆ­o el mayor nĆŗmero de embaucadores profesionales, de expendedores y traficantes de alcaloides, de tratantes de blanca y de proxenetas, de propietarios de prostĆ­bulos y de cabarets. La moral talmĆŗdica le permite al judĆ­o engaƱar al ā€˜goim’ (perro cristiano), robarlos y hasta asesinarloā€[9].

PiĆ©nsese que los caftenes eran hombres de negocios y el caso de la asociación Zwi Migdal (1930) acrecentó toda la propaganda antijudĆ­a, estrechando el vĆ­nculo entre el judĆ­o con la prostitución y el trĆ”fico de mujeres. Al igual que otros miembros de la colectividad que practicaban la especulación y el comercio ambulante, el proxeneta, como el comerciante intermediador, no trabajaba, no producĆ­a. A los meses, el ambulante se hace ā€œcomerciante de firmeā€, y a los aƱos ā€œlo tenemos con casa propia, auto a la puerta y a los diez es ya un mayoristaā€, escribĆ­a Rafael Ravera Giuria, un hombre de la Acción Revisionista del Uruguay[10].

Los intelectuales y el fascismo

La revista Corporaciones, de una calidad de edición e impresión que la distinguĆ­a de las otras publicaciones, nucleó a dos intelectuales, Adolfo Agorio y Teodomiro Varela de Andrade. Agorio (1888-1965) militó en un ideal Ć©tico, muy caracterĆ­stico del perĆ­odo de entreguerras, el ā€œvivere pericolosamenteā€, del cual tambiĆ©n participaron Leopoldo Lugones, Gabriele DĀ“Annunzio, Giovanni Papini, Curzio Malaparte, entre otros estetas de la polĆ­tica. El sentido de la existencia residĆ­a en el ideal heroico opuesto a la vida burguesa, a la calma mediocridad de la clase media y el rechazo del hedonismo de la plebe. El culto de lo heroico era, para ellos, el desprecio por la seguridad y la vida entregada al servicio de un ideal.

A fuerza de buscarla, Agorio nunca encontró esa Verdad ideológica que explicara los fenómenos políticos y sociales contemporÔneos. Fue profesor de literatura y, a instancias de sus vínculos con el batllismo, comenzó a escribir en El Día a partir de 1914. Durante los años de la primera guerra mundial (1914-1918) publicó infinidad de artículos, tanto en Uruguay como en el exterior, donde defendió la causa de los aliados. Estas notas bélicas e ideológicas fueron publicadas en la trilogía La Fragua (1915), Fuerza y Derecho (1916) y La Sombra de Europa (1917). Particularmente, en esta última obra, comienza un trÔnsito hacia posiciones antiliberales, y al igual que otros intelectuales europeos, harÔ un culto a la violencia, como arma regeneradora de la moral y una exaltación del sacrificio en pos de un ideal.

La obra que lo apartó definitivamente del liberalismo y de la democracia fue Ataraxia (1923). En esta se podĆ­a leer que la ā€œespecie forja en los dictadores las defensas naturales contra ese culto excesivo del rebaƱo que convierte a los espĆ­ritus superiores en cĆ©lulas muertas de un todo inorgĆ”nicoā€[11]. En 1925 visitó la Unión SoviĆ©tica dando lugar a Bajo la Mirada de Lenin (1925). Con la publicación de Roma y el espĆ­ritu de Occidente (1934) se terminó de consolidar el vĆ­nculo con el fascismo italiano, concebido por Agorio como ā€œrevoluciónā€, como ideal Ć©tico de vida y a la Italia de Mussolini como culminación de tres mil aƱos de civilización. En esta obra desarrolla conceptos como la ā€œmuchedumbreā€, la ā€œmultitudā€, siempre femenina, irracional e instintiva, que busca al ā€œconductorā€ o ā€œdictadorā€; se explaya en la crĆ­tica de los polĆ­ticos profesionales, en la valoración del corporativismo y en la exaltación de ā€œla organización fascistaā€ como ā€œla Ćŗnica fuerza seria que el mundo occidental conoce para oponerse al bolchevismoā€[12].

En 1935, las autoridades de la Alemania nazi lo invitaron como representante de la prensa uruguaya para viajar en la primera travesía que hacia el Zeppelin Hindenburg entre Río de Janeiro y Berlín. Durante su estadía en Alemania se publicaron en el diario La Mañana sus artículos referidos a la situación política, los que posteriormente fueron publicados en el libro Impresiones de la Nueva Alemania (1935). Los artículos enaltecían el régimen nazi, elogiaban el orden, la disciplina y el trabajo sacrificado, y ensalzaban el nacionalismo, la raza y la juventud, pilares y símbolos de la Nueva Alemania.

Hacia 1939 y, a partir de 1940, debido a la represión llevada adelante por el gobierno y el Parlamento contra las actividades antinacionales, las publicaciones y los grupos de la derecha radical comenzaron a desaparecer de la escena pĆŗblica. El giro de la polĆ­tica internacional del gobierno de Alfredo Baldomir y el acercamiento del Uruguay detrĆ”s de filas norteamericanas, hizo que los tiempos se complicaran para los grupos que adherĆ­an al fascismo. Como consecuencia de las investigaciones llevadas adelante por la CĆ”mara de Representantes, Agorio se vio comprometido con los nazis y fue ā€œacusado de traidor a la patriaā€.

Para finalizar, se pueden plantear las siguientes consideraciones. De lo escrito, caben mÔs preguntas que certezas. La mayoría de las agrupaciones estaban formadas por jóvenes que habían nacido en la década de 1910, inclusive Carlos Real de Azúa (1916), por esa época, se encontraba muy cercano ideológicamente a todos ellos. Con posterioridad a la segunda guerra mundial, varios de estos intelectuales tuvieron actuación política, principalmente, vinculada al Partido Nacional. De otros, faltan investigaciones que sigan sus pasos y derroteros. Quien se merece toda una biografía intelectual, por su trascendencia y proyección internacional es, sin duda, Adolfo Agorio.

*Alfredo Alpini. Licenciado en Ciencias Históricas (Universidad de la República, Uruguay), Magíster en Historia (Universidad de Montevideo, Uruguay) y Doctor en Historia (Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de La Plata, Argentina). Es autor de La derecha política en Uruguay en la era del fascismo 1930-1940 (2015) y Montevideo: ciudad, policía y orden urbano (1829-1865) (2017).Docente del Instituto de Profesores Artigas.

Notas:

[1] Gentile, Emilio. Fascismo. Historia e interpretación, Madrid, Alianza, 2002, p. 19.

[2] Las actividades nazis en Uruguay estÔn explicadas y narradas en: Los nazis y la justicia uruguaya, Montevideo, Claudio García & Cía, 1941. Hugo FernÔndez Artucio. Nazis en el Uruguay, Montevideo, Talleres GrÔficos Sur, 1940 y TomÔs G. Brena y J. V Iturbide. Alta traición en el Uruguay, Montevideo, Editorial A. B. C., 1940.

[3] Zubillaga, Carlos. Una historia silenciada. Presencia y acción del falangismo en Uruguay (1936-1955), Montevideo, Ediciones Cruz del Sur-Linardi y Risso, 2015.

[4] Diario de Sesiones de la Convención Nacional Constituyente, tomo II, sesión del 16 de marzo, 1934, p. 182.

[5] Jacob, RaĆŗl. BrevĆ­sima historia del Partido Ruralista, Montevideo, arpoador, 2006.

[6] Alpini, Alfredo. La derecha política en Uruguay en la era del fascismo 1930-1940, Montevideo, Fundación de Cultura Universitaria, 2015.

[7] Fragua, octubre 1939, nĀŗ 19.

[8] Audacia, agosto 1939, nĀŗ 31.

[9] Atención, agosto 1938, nº 1.

[10] Ravera Giuria, Rafael. DecƔlogo, Montevideo, s/e, 1937, p. 48

[11]Agorio, Adolfo. Ataraxia, s/e, 1923, p. 110.

[12] Agorio, Adolfo. Roma y el espĆ­ritu de Occidente, Montevideo, A. Monteverde y CĆ­a, 1934, p. 279.

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