Entrevista a Ignacio De Boni*: "Politizar el malestar implica desasociarlo de las elecciones y responsabilidades individuales que el neoliberalismo repite constantemente"

September 28, 2018

 

 

Hemisferio Izquierdo (HI): Desde hace mucho la izquierda sabe que el desafío de la superación del capitalismo trasciende la disputa de poder a (con) las clases dominantes y la transformación de las relaciones sociales de producción. Supone también la disputa por la construcción de una nueva subjetividad, de una concepción alternativa de la convivencia social que jerarquice lo común por sobre lo individual. En otras palabras, cambiar nuestras cabezas y nuestros hábitos. ¿Cuáles son las claves de esa disputa en el capitalismo contemporáneo?

 

Ignacio De Boni (IDB): Una buena manera de entender el proceso de luchas dirigidas a superar el capitalismo es verlo como una articulación dialéctica entre la transformación de las relaciones sociales de producción y la construcción de subjetividades disidentes que deseen e impulsen el cambio social. Sin caer en dicotomías ingenuas que llevan a ver ambos procesos como dos esferas independientes y exteriores una de la otra, puede decirse que el primero consiste principalmente en la crítica de la economía política capitalista y la transformación de las condiciones materiales de existencia, mientras que el segundo implica dar la famosa batalla cultural. Se trata de desmantelar los modos capitalistas de producción y organización de la vida, y al mismo tiempo reconocer y transformar las subjetividades que produce y que lo sostienen. Es así que conceptos clásicos como la explotación y la alienación, si los entendemos como puntos en los que se sintetizan ambos niveles de lucha, siguen siendo tan importantes para el pensamiento y la acción política de izquierda.

 

La lectura que hace Gramsci del pensamiento político de Lenin es una buena forma de entrarle al problema de cómo se articulan los dos niveles de acción. En este sentido, el concepto de hegemonía es fundamental. Gramsci considera que Lenin es el fundador de la teoría de la hegemonía, a la que postula como el complemento imprescindible de la teoría del estado-fuerza, es decir, de la toma del aparato estatal y el control popular de los medios de producción. Mediante esta operación, señala Gramsci, Lenin revaloriza el frente de la lucha cultural, y, sin confundir los dos niveles de acción, se opone a la mirada pasiva determinista del marxismo clásico, según la cual el cambio en la superestructura (política, ideológica, cultural) es la consecuencia automática del cambio en la infraestructura económica. En definitiva, Gramsci trae a Lenin para argumentar que una parte fundamental de la acción revolucionaria pasa por ganar terreno en el plano cultural e ideológico. Dar la batalla cultural es la forma de construir hegemonía. Creo que esta es la tarea más importante de un movimiento de izquierda. Y si nos remitimos a las pruebas históricas, también es la más difícil de lograr. Una de las grandes enseñanzas que han dejado las crisis de los progresismos latinoamericanos es que los cambios en la política institucional o en la distribución económica son más accesibles que el famoso cambio cultural, es decir, la disputa contra la ideología neoliberal. Lo cultural siempre es más lento y más profundo.

 

Según Gramsci, la hegemonía proletaria es el proceso de construcción de nuevas formas de vida y organización colectiva, una transformación de la conciencia y la sensibilidad, una nueva orientación moral e intelectual de la sociedad que constituya la base social del estado popular. De esta forma, la batalla por la hegemonía es algo a darse en el campo social y cultural, mientras que la disputa por el poder o la fuerza ocurre en el campo estatal y económico. Ambas son necesarias, interdependientes y profundamente políticas. En su teoría de la acción revolucionaria, Gramsci sostiene que el estado proletario es el resultado del proceso de realización de la hegemonía, pensándolo como un movimiento expansivo que va desde abajo hacia arriba, del campo popular al aparato estatal. El ejemplo reciente más claro de este pasaje es español, y está dado por la creación del partido político Podemos a partir del conjunto de manifestaciones de la sociedad civil conocido como movimiento 15-M.

 

Claro, esta teoría del cambio social abre el problema de cómo llevar a cabo el proceso de construcción de hegemonía, de ideologización de las masas, aspecto por el que la teoría gramsciana de las vanguardias intelectuales ha recibido muchas críticas desde otras corrientes de pensamiento político de izquierda. Este es un problema teórico y político enorme -y también práctico, ya que estamos con la filosofía de la praxis de Gramsci-, que refiere nada menos que a cómo se construye un sujeto político de izquierda que se oponga al capitalismo y luche por superarlo. Dejando de lado la inmensa complejidad del asunto, me interesa desarrollar la importancia que tiene la batalla cultural para la construcción de ese sujeto. Es más: la construcción de un sujeto político de izquierda depende profundamente del éxito que tenga la izquierda en la batalla cultural. Ese sujeto es al mismo tiempo el medio con el que se da esa disputa, y el fin que se persigue con ella.

 

El problema que enfrenta hoy todo movimiento que quiera dar una lucha cultural con miras a construir un sujeto político anticapitalista, es que el capitalismo aparece como la única forma posible (incluso, imaginable) de producir y organizar la vida humana. Mark Fisher acuñó el término “realismo capitalista” para describir esta sólida creencia compartida. Las relaciones sociales y productivas actuales están reificadas, dice Fisher: cualquier modificación en ellas resulta inimaginable. El único sistema posible, seamos realistas, es el capitalismo; lo demás son utopías delirantes que retornan constantemente como fracasos del pasado. El realismo capitalista no neutraliza sus alternativas simplemente ocultándolas, sino exhibiéndolas en su condición de imposibles, imponiendo la idea de que cuando fueron puestas en práctica tuvieron consecuencias horribles y fracasaron. Construye una imagen de la izquierda como proyecto ingenuo, inaplicable y derrotado, y la usa a su favor como motor de resignación ante lo existente e incluso de arrepentimiento entre la propia izquierda. La misma incrustación del capitalismo en las conciencias es la que observa Jameson en su famosísima frase de que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, que ocupa sin fisuras el horizonte de lo pensable, penetrando en cada poro del inconsciente. La hegemonía cultural del capitalismo es casi total. Casi.

 

En este punto, es interesante recorrer la evolución etaria del pensamiento político según el imaginario impuesto por el realismo capitalista, concebida como un proceso de inmadurez, maduración y decadencia. En sus términos, la izquierda es, o bien adolescente y por lo tanto ingenua, soñadora, inmadura, excesivamente identitaria y cuya rebeldía antisistema está al borde de convertirse en violencia y totalitarismo; o bien vieja, y por lo tanto vetusta, pasada de moda, quedada en el tiempo, gris, resentida, dogmática, encerrada en su frasco de certezas y panfletos en blanco y negro. El primero deposita demasiadas esperanzas en el futuro; el segundo está preso en el pasado. Ambos se olvidan del presente, que es el mundo real en el que vivimos. El realismo capitalista en cambio es el pensamiento adulto, racional, sensato, pragmático, que no pierde el tiempo en desvaríos, que no se guía por utopías ni nostalgias, sino que vive en el mundo real y entiende el margen de lo posible, evalúa las distintas opciones y elige la más conveniente en base al sentido común y el principio de realidad.

 

Aquí se abre un problema. El capitalismo como sistema de producción y organización de la vida pasa a ser definitivamente hegemónico justamente cuando no es necesario decir que es hegemónico -lo que implicaría señalar su primacía sobre otras alternativas posibles, visibilizando su existencia-. Lo es en la medida en que es lo que hay y punto: es el aire que se respira, el orden natural e inmodificable, la base neutral sobre la que el mundo funciona como un reloj digital: con fluidez, sin fricciones. No es bueno ni malo, no es mejor ni peor, no fue puesto por nada ni por nadie, nadie lo nota ni lo señala; simplemente existe y funciona. (¿Notaron que mucha gente se incomoda, como si estuvieran tocándole un nervio, cuando alguien en una conversación cotidiana tan sólo pronuncia la palabra “capitalismo”?) Sandino Núñez dice que el capitalismo alcanza su concepto, su ideal abstracto, se consagra, cuando se desembaraza del “ismo” -ese rastro de ideología- y lo que queda es la circulación pura, automática y eterna del capital. La lógica económica y pragmática, la productividad, la técnica, la adaptación y el rendimiento se vuelven la lógica neutra de la vida y de las relaciones humanas. El capitalismo se consagra cuando se vuelve sentido común, decía Benjamin. O dicho de otra manera, más neutra e inmanente: el sentido común -esos esquemas básicos de pensamiento y acción-, ya es capitalista.

 

Ahora bien, ¿cómo se construye este estado absoluto de neutralidad? ¿A fuerza de qué se reproduce? ¿Cómo logra mantenerse en ese nivel de inmanencia? Yo creo que ahí hay un trabajo ideológico irreductible, que consiste en la activa construcción de subjetividades, de axiomas de pensamiento y de modos de vida. Porque al final esa lógica económica y pragmática, neutral e inconsciente, es la ideología neoliberal. Quizá en el capitalismo posmoderno la producción ideológica provenga menos de los grandes aparatos althusserianos (solemnes, externos, verticales, señalables) y más de lógicas discursivas, micropolíticas o afectivas (sutiles, internas, multidireccionales, evanescentes). Pero sigue existiendo, y es un componente fundamental para aceitar la máquina. Al final, ese es el campo donde dar la batalla cultural. Se trata de desarmar esas lógicas para ver cómo funcionan, cómo nos atraviesan, qué intereses favorecen, qué nos hacen hacer. Cuáles son las cosas que reproducen y cuáles las que impiden. Ver de qué está hecho el sujeto neoliberal, pero sobre todo entender cómo su influjo nos afecta subjetivamente, como primer paso para construir uno de izquierda. La pregunta es cómo.

 

Creo que la primer tarea en la batalla cultural orientada a construir un sujeto emancipatorio es la generación de conciencia sobre los males del capitalismo. Insistir con que la lógica de funcionamiento del capitalismo conduce inevitablemente al sufrimiento humano y la destrucción de la naturaleza. Y que esto no se debe a un funcionamiento imperfecto, excesivamente depredatorio, que puede solucionarse con administraciones de rostro humano y ciertos límites estatales a la expansión del capital. La extracción de renta de las relaciones humanas y de los recursos naturales es una condición inherente al capitalismo, como lo es la subyugación de las mayorías para sostener los privilegios de los sectores dominantes. No existe el capitalismo bueno. No es que estamos asistiendo a una fase demasiado agresiva que es cuestión de aguantar o suavizar, para seguir el difícil camino hacia el desarrollo. Es que funciona apropiándose de lo común, de nuestro tiempo y nuestra energía (¿vieron que todo el mundo todo el tiempo está cansado?), mercantilizando la vida y alienándonos de nuestras relaciones, y si no se lo enfrenta en toda su profundidad, a esta altura deberíamos saber que más temprano que tarde, gana.  

 

La clave de un sometimiento exitoso, dice Lordon, es lograr que los sometidos no atribuyan los afectos tristes que les genera su condición de sometidos, a la propia relación de sometimiento. La lógica cultural del capitalismo contemporáneo se encarga de privatizar las angustias que vemos por todos lados, considerándolas patologías o disfunciones individuales que deben repararse individualmente mediante terapias express, coachings motivacionales, antidepresivos o ansiolíticos. El cansancio se alivia con atracones de series. Las crisis, con autoayuda. Las causas de los problemas individuales son sistémicas, sin embargo el sujeto neoliberal que nos habita nos marca que si nos quedamos afuera de la vorágine imparable, la culpa es nuestra por no haber aguantado el ritmo (y no me estoy refiriendo solamente a los grupos históricamente oprimidos, que por supuesto la pasan mil veces peor, víctimas de la injusticia, la explotación y el odio). Mark Fisher y Byung Chul Han son contundentes respecto al origen sistémico de los sentimientos y los estados mentales: el cansancio crónico, la angustia, el estrés y la depresión tan comunes en nuestra época no son propensiones genéticas o debilidades anímicas de ciertos individuos, sino consecuencias estructurales del modo de vida neoliberal. Hay que asumir que el capitalismo nos hace mal, nos enferma. Y que las curas que nos vende nunca son suficientes. Enfrentar este desfondamiento sabiendo que no hay cura es quizá lo que Lacan llamaba atravesar el fantasma. La batalla cultural es colectiva, siempre, pero sus efectos también se viven en la intimidad. Por eso la individualidad tiene que estar dispuesta a transformarse.

 

Politizar el malestar implica desasociarlo de las elecciones y responsabilidades individuales que el neoliberalismo repite constantemente -es decir, desprivatizarlo-, y atribuirlo al modo de vida neoliberal y las relaciones de sometimiento y explotación que lo sostienen -es decir, volverlo colectivo y estructural-. Con sus denuncias y luchas contra el patriarcado, los feminismos han tenido una función pedagógica en este sentido. Siguiendo con Fisher, la práctica de la autoconciencia feminista, entendida como análisis colectivo de las opresiones, es una actividad revolucionaria, ya que al poner en común los sufrimientos y las presiones cotidianas emerge que sus causas son las estructuras de dominación. Así parece demasiado abstracto, pero no lo es: basta con que un grupo de personas se junten a hablar de lo que les pasa y se organicen para cambiarlo. Si alguien duda de la efectividad de estas prácticas, de su capacidad de lograr transformaciones concretas, basta con señalarle al movimiento feminista, que ejerce la autoconciencia como impulso continuo de su lucha, y a esta altura hay que ser muy necio u ortodoxo para no admitir que es un sujeto emancipatorio como hacía tiempo no irrumpía uno. La autoconciencia es una práctica fundamental para la construcción de ese sujeto. Es la conciencia de la subyugación, de los mecanismos que la constituyen, y de la fuerza de los grupos subyugados para combatirla. Porque la dominación se apoya en los mecanismos estructurales que reproducen las jerarquías sociales, pero también en el sentimiento de inferioridad que experimentan los grupos subyugados, que los hace creer que no pueden cambiar lo que les tocó. Eso se está rompiendo. Y para eso, aunque suene raro, hay que creerselá.

 

 

HI: ¿Cómo valoras el desarrollo de esa disputa, sus avances o retrocesos, durante los sucesivos gobiernos progresistas en Uruguay?

 

IDB: Creo que hay algo que realmente rompe los ojos respecto al clima ideológico en el Uruguay contemporáneo. Con “clima ideológico” me refiero a la sensibilidad política y cultural, las subjetividades, los discursos, las prácticas cotidianas, las formas de vida y las disputas por la hegemonía, es decir, por cuál visión del mundo resulta dominante en la sociedad. Estamos cerca de los 15 años de gobierno de una fuerza política identificada como de izquierda, y lo cierto es que la gente es cada vez menos de izquierda. Creo que esto se debe a que los sucesivos gobiernos progresistas no se preocuparon demasiado en dar la batalla cultural, que es el sustrato subjetivo imprescindible para construir un proyecto político de izquierda. Es decir, no se expandió una sensibilidad y una subjetividad de izquierda. Creo que este es el gran fracaso o la gran omisión de los gobiernos frenteamplistas.

 

Las razones por las que los distintos gobiernos del Frente Amplio no se abocaron a dar la batalla cultural (o lo hicieron muy tibiamente y no tuvieron mayor éxito) son varias y discutibles. Se relacionan directamente con el ya muy tratado “corrimiento al centro” del FA, que fue abandonando o relegando progresivamente los aspectos más radicales de su plataforma política. En lugar de correr al centro político hacia posiciones más a la izquierda, el FA prefirió correrse a si mismo al centro, lo que implicó renunciar a sus ideas más de izquierda, moderando sus aspiraciones originales. Lo primero hubiera sido dar la batalla cultural en profundidad. Lo segundo fue la adaptación al sistema neoliberal y el intento por navegarlo lo más prolijamente posible.

 

Las razones de este desplazamiento ideológico y programático pueden atribuirse a una simple búsqueda por captar una mayor parte del electorado para ganar las elecciones y llegar al gobierno, en el entendido de que el electorado uruguayo ha tenido históricamente una distribución normal, es decir, una mayor concentración de votos en posiciones de centro. Según este tipo de explicaciones, el FA se corrió al centro para ganar las elecciones, y lo logró.

 

En su libro “Memorias de ciudadanía. Los avatares de una polis golpeada”, Amparo Menéndez Carrión atribuye este retroceso de la izquierda a un disputa cultural e ideológica profunda, dada a nivel micropolítico, marcada por una ofensiva neoliberal en el campo discursivo uruguayo a partir de los 80, que le permitió ganar terreno sobre la izquierda y la defensa de lo público, y lograr cierta hegemonía en las formas de pensamiento y de vida. Es decir, el neoliberalismo como lógica discursiva (con su culto al individualismo, su rechazo de lo público, su meritocracia) comenzó a volverse hegemónico en la sociedad uruguaya en su conjunto, y el FA se vio atravesado por esa tendencia.

 

Por su parte, Beatriz Stolowicz plantea el conflicto en términos geopolíticos. Según su investigación, desde los 70 se ha puesto en marcha en América Latina una estrategia de reestructuración capitalista neoliberal que consta de tres etapas. La primera, de “ajuste, estabilización e inicio”, llevada a cabo en los 70 y primera mitad de los 80 con las dictaduras cívico-militares. La segunda, de “profundización de las reformas estructurales”, desarrollada desde fines de los 80 y durante la década neoliberal de los 90. La tercera, de “consolidación de las reformas y restauración de los niveles de inversión”, habría sido ejecutada por varios de los gobiernos progresistas, especialmente durante la primera década del siglo XXI. Esta última etapa, denominada “posneoliberalismo”, consistiría en una reconversión del neoliberalismo, que mantiene su apertura al capital transnacional y la inversión extranjera, pero mejorando su imagen al desmarcarse retóricamente de lo anterior y aprovechar la legitimidad popular de los proyectos progresistas, dada por su perfil social.

 

Probablemente las tres explicaciones anteriores tengan una cuota de razón. A ellas habría que agregar el trauma que dejó la dictadura en la izquierda, que se expresó en forma de temor a los excesos radicales que pudieran re-despertar la ira del estado, y la necesidad de proteger las instituciones democráticas recuperadas, por liberales que fueran. El trauma de la dictadura ha jugado un papel bien importante en el proceso de moderación de la izquierda, una actitud que quedó justificada cuando el FA ganó las elecciones en 2004. Desde esa visión, en comparación con el terrorismo de estado, lo que hay ahora es una maravilla. Y es lógico que quienes vivieron la dictadura vean las cosas de esta manera. Y por último, el contexto internacional posguerra fría, la caída del muro y la creencia unánime de que el capitalismo y la democracia liberal vivirían felices por siempre, terminaron de aplastar los sueños revolucionarios de la izquierda.

 

En Uruguay el Frente Amplio llegó al gobierno, pero eso no significó un nuevo impulso a las subjetividades de izquierda. Una vez más: no se dio la disputa cultural con el neoliberalismo para correr a la gente hacia la izquierda. En ocasiones los gobiernos progresistas se defendieron de la avanzada neoliberal sin mucho éxito, y otras veces sencillamente la acompañaron. El resultado de esto ha sido un proceso de desideologización y desmovilización en la izquierda, que le ha dejado el camino libre al neoliberalismo para la producción de ideas y modos de vida.

 

Creo que hay una derechización palpable en el mundo de la vida, en la vida cotidiana, en los discursos, en el sentido común. Lo noto principalmente en las trayectorias de vida de personas originalmente de izquierda, que progresivamente comienzan a pedir mayor represión a los delincuentes, a mirar con desconfianza las políticas sociales porque no generan cultura de trabajo, a creer que la pobreza tiene más que ver con la falta de voluntad que otra cosa, a tener en general un estilo de vida de clasemediero despolitizado, quejoso, consumista, individualista, que no le importan mucho los demás. Aquella figura publicitaria del “nuevo uruguayo” es la que mejor representa a esta subjetividad conformada durante la era progresista.

 

Esta crisis subjetiva de la izquierda se ve acentuada por una ofensiva derechista que se da en planos distintos y complementarios. Hay una consolidación de un bloque reaccionario que adquiere cada vez más autoestima ideológica, cuyas expresiones políticas pueden verse en la reunificación del pachequismo tras la figura de Novick, el crecimiento del evangelismo en algunos sectores del Partido Nacional, las demandas ruralistas del movimiento Un Sólo Uruguay, y las repetidas propuestas para militarizar el espacio público y endurecer la mano para combatir la delincuencia y la inseguridad, materializada actualmente en la campaña de firmas para “Vivir sin Miedo” impulsada por Larrañaga.

 

A diferencia de la izquierda, la derecha está dando su batalla cultural, tanto para consolidar su hegemonía en la vida cotidiana como para hacer retroceder ciertos avances de la izquierda. Esto da lugar a una reacción conservadora pura y dura, que para mí tiene sus dos grandes pilares en el discurso punitivista respecto a la inseguridad y en el rechazo a la denominada “ideología de género”.

 

El primer pilar es quizá el punto de convergencia ideológica más fuerte que tiene el bloque reaccionario, que además se alimenta de la incapacidad del progresismo para construir un relato de izquierda sobre la violencia social, mientras el gobierno sigue aplicando medidas en dirección punitivista. Esto se traduce en la formación de subjetividades extremadamente conservadoras respecto a la inseguridad, que están siempre a un paso de estallar y salir a pedir que los maten a todos (es cuestión de recordar el arresto ciudadano devenido en linchamiento y tortura a un delincuente en la localidad de Casarino).

 

En una sociedad asustada y sociofóbica, donde el otro siempre puede ser un enemigo, un competidor o un chorro, se multiplican los grupos de whatsapp de vecinos en alerta avisando de jóvenes sospechosos y los locales nocturnos aplican derechos de admisión abiertamente racistas y clasistas, pero justificados por todo el mundo. Una de las claves de este nuevo uruguayo derechizado es su postura conservadora respecto a la inseguridad, de la que emerge un antagonismo entre trabajadores y chorros, que es el marco elegido por la derecha (delincuentes vs. gente de bien) para ganar terreno sobre el campo popular. Creo que este es el punto en el que la sensibilidad o la conciencia de izquierda está más atrás. Y además es importantísimo, ya que es obvio que del marco actual no puede surgir un sujeto de izquierda. Más bien están surgiendo actores y discursos profundamente reaccionarios, incluso protofascistas, como puede verse en los comentarios sobre noticias de delitos en los portales de los informativos.

 

Por otro lado, los avances del movimiento de la diversidad sexual y los feminismos despertaron a la Iglesia Católica y a los sectores evangélicos, generando la proliferación de reacciones microfascistas en las redes sociales que evolucionaron en grupos de ultraderecha organizados y con vínculos entre sí (Varones Unidos, A mis hijos no los tocan, #misderechos, Grupo de Estudiantes Contra la Opresión Ideológica), que están dando una lucha en lo micro, más intensa y efectiva de lo que se cree, sobre todo en el interior del país con el apoyo económico de iglesias evangélicas. Con otro nivel de llegada y bajo otras figuras discursivas, pero con argumentos similares a los de estos grupos, aparece el recurso de la “incorrección política”, que es fundamental para entender la disputa cultural en la época progresista.

 

La reacción conservadora es la defensa del statu quo y sus jerarquías sociales, pero convertida en ataque contra los grupos que han impulsado ciertos cambios en la sensibilidad cultural, sobre todo los feminismos y la diversidad sexual. Pero así como este es el contenido ideológico de la reacción, su conjunto de formas discursivas y argumentales es la incorrección política. El mecanismo suele funcionar oponiéndose a alguna medida gubernamental o estado de cosas supuestamente hegemónico, sosteniendo que nadie se atreve a cuestionarlas y que las opiniones disidentes no están bien vistas porque rompen con el sentido común instalado, y además incomodan porque son la verdad que nadie se anima a decir. El recurso es efectivo porque deja a sus portavoces como los valientes que cantan la justa, denunciando a la dictadura de lo correcto y la opresión de la ideología de género.

 

Claro, para que el mecanismo funcione debe partir de y reforzar una premisa totalmente falsa: que la hegemonía cultural en Uruguay es de izquierda. Ya vimos que si se atiende a los discursos mayoritarios sobre la inseguridad y la violencia, al rechazo a los pobres y la segregación territorial, al influjo de la meritocracia, a la homofobia, la transfobia, el machismo y la misoginia como respuesta a las conquistas del movimiento LGTB y los feminismos, o al racismo creciente con la llegada de migrantes latinoamericanos, es ridículo decir que la hegemonía cultural en Uruguay es de izquierda. Más bien ocurre lo contrario. En entre estamos armando un libro que busca describir esta lucha cultural e ideológica, poniendo énfasis en los vínculos entre la reacción conservadora y la incorrección política. De hecho muchas de estas ideas surgen de ese proceso de investigación colectiva, así como de algunos textos que hemos escrito sobre el momento político y cultural (1).

 

Entonces, está claro que la izquierda va perdiendo. Sin embargo, lo bueno es que no está ni cerca de agotar sus posibilidades. Que si se lo plantea en serio, tiene todo para dar, y puede ganar perfectamente. Creo que una de las principales tareas para acumular fuerza y deseo de lucha es proponerse una recuperación emocional de la izquierda. Tenemos que convencernos de que ser de izquierda es lindo, mucho más que conformarse con lo posible o defender lo que hay. Nos convencieron de que ser de izquierda es ser triste, medio depre, aburrido, pesado, gris, estar resentido. Es increíble cómo las técnicas de producción del deseo del capitalismo lograron convertir a la izquierda en eso, y la convencieron de que era eso. Que la izquierda viva disconforme por las relaciones de dominación y explotación que ve por todos lados no puede hacerle olvidar que las causas por las que lucha, la emancipación, la igualdad, la dignidad humana, son cosas hermosas que merecen encararse con amor y hasta con alegría. La angustia y el dolor de la izquierda son entendibles, y nadie dice que deban desaparecer completamente, porque son síntomas de un rechazo emocional, genuino, del capitalismo. Pero también son sentimientos despotencializadores. (Una vez escuché en un ómnibus a un niño explicándole a otro que estar resentido era estar enojado pero por dentro). Hay que convertir el resentimiento en enojo para afuera (¡miremos al movimiento feminista!), la angustia y el insilio en acción colectiva.

 

 

* Sociólogo. Integrante del colectivo de política y cultura Entre

 

 

Notas:

1. Ver "Entre: ensayos sobre lo que empieza y lo que termina" (HUM, 2017).

https://www.hemisferioizquierdo.uy/single-post/2018/05/26/el-antagonismo-entre-trabajadores-y-chorros-es-el-marco-elegido-por-la-derecha-para-ganar-hegemon%C3%ADa-sobre-el-campo-popular-con-el-colectivo-Entre

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