Liberar la experimentación. Notas para una política experimental

June 20, 2018

 

 

Ilustración: Joseph Wright, "Experimento con un pájaro en una bomba de aire (1768)

 

 

La relación entre ciencia y política es más que el entrecruzamiento posible o evitable de dos esferas de la vida humana en el planeta, una que atiende la naturaleza, otra que se dedica a la cultura y a la sociedad. Desde la constitución moderna, la emergencia de cada una de éstas ha respondido a una misma matriz que tiene como efecto la inauguración y el sostenimiento de una división operativa del mundo: un mundo físico hecho de materias inertes, pasivas, que deben ser controladas y explotadas por lo humano, y un mundo cultural con agencia, activo, no exento de conflictos y tensiones, signado por la ley del progreso y el desarrollo civilizatorio, gobernado por la razón y el lenguaje. Esta misma matriz ha dado pie a la inauguración de un modo binario de repartición de la vida, expresado en la elaboración de una taxonomía política particular que ha tenido como consecuencia subsiguientes separaciones: sujeto/objeto, subjetividad/objetividad, hombre/mujer, blanco/negro, civilización/barbarie, burguesía/proletario, norte/sur, occidente/oriente, entre otras, todas grandes máquinas de segregación y jerarquización que operan en la cotidianidad de las relaciones. Naturaleza y cultura emergen como las formas de repartición sensible del mundo, definiendo para cada una de estas partes ciertos dominios de saber, ciertas formas de proceder, ciertos imaginarios y ciertas artes de gobernar que irán acrecentando, no sólo la separación del mundo en dos, sino la producción de un mundo natural al servicio del progreso humano y del capital.

 

Esta relación no se reduce a una cuestión de vecindad de dominios: las prácticas y categorías científicas son constitutivas del campo político y viceversa, aquellas pertenecientes a la política conforman las condiciones para la producción de aquel tipo particular de conocimiento. En este reparto, la Ciencia será la institución por excelencia que gobernará el mundo natural (aquel estable, carente de historia y objetivo) revelando y conociendo sus leyes, mientras que la Política será la institución que regirá sobre la vida conflictiva de las sociedades humanas (inestables, productoras de historia y subjetiva). El trabajo de la primera consistirá en hacer pasar elementos del primer dominio al segundo, transformando y traduciendo sus relaciones. Ese pasaje tendrá como efecto deseado la creación de híbridos, seres antes inexistentes, hechos de los efectos categoriales de aquella división. La lista de ejemplos podría nunca acabarse, desde la máquina a vapor, pasando por el vagón frigorífico, el generador eléctrico, el telégrafo, el ferrocarril, la píldora anticonceptiva, los actuales smartphones, entre miles; su simple mención da cuenta de todo aquel conocimiento sobre el mundo natural, posibilitado por aquella división, para su posterior explotación y restitución bajo la forma de híbridos —a veces mercancías, a veces medios de producción o dispositivos de seguridad y control— en nuestra cultura. Es en esta dirección que me gustaría hacer hincapié en la relación de necesidad y de mutua complementariedad de la ciencia y la política modernas, subrayando la coparticipación de ambas en un mismo plano ético, económico e histórico.

 

Siendo consecuentes con lo anterior, no se puede explicar ni entender el desarrollo del capitalismo sin considerar el auge de la ciencia en la modernidad. La Inglaterra de la Restauración monárquica del siglo XVII fue el caldo de cultivo que posibilitó la emergencia del método experimental. Paradójicamente, pese a que por lo general se concibe la ciencia como lo opuesto a lo religioso, la monarquía cristiana fue la que apoyó política y económicamente la creación de lo que luego sería la Royal Society, un colegio invisible que operaba transversalmente a la institución universitaria de la época, y que estaba compuesta por personalidades aristócratas que a la postre se constituirían en los grandes “héroes” de la ciencia moderna, tales como Isaac Newton o Robert Boyle. Esta institución fue el espacio político e intelectual que dio lugar a la producción de una nueva forma de vida, el modo de vida experimental, que encontró en la invención del laboratorio —heredero en parte del taller alquimista— la piedra angular del edificio científico que hoy conocemos. La gran proeza de este colectivo consistió en hacer hablar a la Naturaleza (creación de Dios cuyas leyes eternas ya habían sido prescriptas por éste) a través de la invención de ciertos artefactos que permitirían hacer emerger los hechos científicos. Así por ejemplo, Robert Boyle, inspirado en el diseño de otro aparato de procedencia alemana, crea la bomba de vacío para demostrar la existencia de éste fenómeno en la naturaleza a pesar de no observarse en la cotidianidad de nuestra experiencia inmediata.

 

La puesta en escena del experimento de Boyle es interesante por varios motivos. No discutiré sobre las consideraciones políticas y religiosas que giraron en torno a la factibilidad o no del vacío, pero sí haré lugar a las condiciones de instalación de aquella máquina. La bomba de vacío era una estructura metálica que sostenía en la parte superior una esfera de cristal, es decir era una artesanía cuyo buen funcionamiento dependía de la calidad del trabajo de los artesanos de turno, a veces el vidrio cedía y se resquebrajaba, a veces funcionaba a la perfección soportando la presión de la expulsión masiva del aire requerida. Aquella esfera contenía un pequeño orificio por donde salía y entraba el aire, por éste se hacía pasar una manguera que conectaba la estructura a un fuelle ubicado tras una cortina que no hacía más que ocultar a los operarios que con sus cuerpos le movían con la fuerza suficiente para expulsar el aire de la cámara de vidrio oficiando de motor de aquella máquina. En el interior de la esfera, elemento clave del experimento, un pájaro era el medio de constatación de la generación del vacío: su muerte, atestiguada por otros nobles, era la comprobación de que había sido posible generar el vacío dentro de aquella esfera pero también la razón por la cual expulsarían rápidamente a las mujeres del acto testimonial, acusadas de demasiado sensibles, por cuestionar que la vida de aquel animal fuese el medio de constatación. La máquina de Boyle era una máquina hecha de metales, vidrio, cuerpos de animales humanos y no-humanos, de vida y muerte, pero también de ocultamiento de relaciones de género y clase y de exaltación y puesta en escena de una aristocracia que se mostraba modesta.

 

Si bien el experimento da cuenta de muchas más cosas, me gustaría subrayar algunas que considero relevante para nuestro argumento. Una de ellas es que de allí en más será posible acoplar lo humano a las máquinas poniendo en el centro de atención a éstas por sobre las vidas consumidas para su funcionamiento (no es que antes no se acoplaran, lo distintivo es el lugar secundario que ocupa el cuerpo humano respecto a la centralidad de la máquina). Poco a poco, los diversos experimentos irán dando lugar a conocimientos y tecnologías que serán aplicados para la creación de nuevas máquinas, lo que irá motivando la aparición de nuevos interesados en invertir en estas empresas protocientíficas. El programa utilitario de la naciente ciencia moderna conectará inmediatamente con los intereses de la creciente burguesía y el incipiente proceso de reconversión de los talleres patronales en las prominentes fábricas burguesas. La celebrada máquina de vapor, tecnología que modificó radicalmente las relaciones sociales, es tan sólo un ejemplo de esta naciente unión estratégica donde una nueva forma de conocimiento es puesta al servicio de la producción de capital y donde una nueva relación entre el cuerpo y la técnica es subsumida en la máquina. Pero existe otro aspecto del experimento de Boyle que quiero resaltar, con una distribución y diagramación de ciertos elementos, es posible producir una artefactualidad, como lo es un laboratorio, un dispositivo capaz de cambiar y transformar el mundo político y natural.

 

Como vimos la constitución moderna exige una doble división, aquella que separa naturaleza de cultura, ciencia de política, y que permite desplazar a Dios del centro de producción de mundo y colocar en su lugar la figura-Hombre. Esta división es sostenida por una doble representación: por un lado, una naturaleza muda hecha hablar a través de los hechos producidos en los laboratorios y, por otro, una población hecha hablar por sus representantes, aquellos sujetos que hacen política. Ambas formas de representación han requerido la construcción de instituciones específicas capaces de llevar a cabo cotidianamente el trabajo de representar el mundo y las personas, respectivamente, a quienes se les ha privado de hablar por sí mismas. Es en la encrucijada de esa doble representación donde se colocan instituciones como el parlamento, las universidades, los centros de investigación que, en su labor cotidiana y a través de medios técnicos, llevan a cabo la tarea de traducir esos dos mundos y ponerlos en diálogo. Considerando seriamente este esquema de colaboración y reciprocidad, ¿no habrá que poner más énfasis en esta disociación al momento de pensar las condiciones de emergencia pero también de posibilidad del capitalismo como modo de producción y reproducción de vidas y muertes? Asimismo, ¿no hay algo de estratégico en esta forma de ordenar y distribuir el mundo sensible que debe ser desmantelado, cuestionado, redibujado para producir otras formas de pensar la vida común del planeta?

 

La frontera de estos dominios es más que permeable, existen relaciones de continuidad y discontinuidad en estas formas que operan como lógicas de producción. Si bien es común atribuirle a la ciencia intenciones altruistas que trascienden los intereses propios de la política y el poder, quizá sea tiempo de incomodar persistentemente con lo que otros ya han dicho sobre la supuesta neutralidad del conocimiento científico; quizá haya que hilar fino para que la relación entre ciencia y política no sea una simple relación de exterioridad, juzgándose el poder en el conocimiento sólo cuando los saberes de la ciencia son empujados por los intereses políticos y económicos en una dirección y no en otra, como el caso paradigmático del proyecto Manhattan. Quizá haya que refrescar las enseñanzas de Michel Foucault acerca de que toda relación de poder comporta formas de saber y viceversa, toda práctica de saber produce modos singulares de ejercicio de poder, dando cuenta del carácter inmanente de estos dominios. Tal vez sea pertinente reconocer que la ciencia hace política independientemente de si se vincula o no con alguna institución “política”. Pero para entender esto quizá haya que acordar, o por lo menos en principio ampliar, qué entendemos por política.

 

La política moderna, cuyas instituciones orbitan en torno al estado, se ha sostenido sobre tres pilares clave de la Ilustración: el sujeto, el lenguaje y la razón. Este modo de hacer política dominante en Occidente y que se ha expandido tardía pero intensamente al resto del mundo, se caracteriza por esta trilogía logocéntrica que establece y define, a fin de cuentas, qué cuerpos pueden o no pueden practicar la política. Pero la política, en el sentido que quiero presentar, no se reduce a esa institucionalidad ni tampoco a aquellas reglas de juego; la política lejos de producirse en las instituciones se genera a pesar de ellas. Siguiendo a Jacques Rancière, la política es la emergencia de la diferencia en condiciones de igualdad, o dicho en otros términos es una forma de ejercicio de poder, pero no de dominación, que posibilita alterar la distribución del orden de lo sensible. Esta definición, que resalta el carácter estético de sus acciones, es decir, la capacidad de producir formas y apariciones, da cuenta de uno de los aspectos más rico de la política: la creatividad. El otro aspecto inmanente a ésta es el conflicto, la disputa, la tensión, efectos reconocibles de la emergencia del momento político. Así la política es agonista y creadora siendo un momento de ruptura del orden de lo sensible, es decir de las formas-mundo tal como las conocemos y que se imponen a la experiencia sensible de los vivientes. Vale recordar que, para Rancière, la democracia en vez de ser el gobierno del pueblo, significa el gobierno de cualquiera. Lo interesante de esta conceptualización es que, entendido de este modo, el momento político sucede en cualquier sitio y a su vez puede ser practicado por cualquiera. Quiero servirme de estas conceptualizaciones para pensar una política no centrada ni en el sujeto, ni en el lenguaje, ni en la razón, que desdibuje el esquema de la política moderna y modifique el diagrama antropocéntrico de distribución y repartición del mundo. Pero antes de continuar con esto, me gustaría prestar más atención al modo de vida experimental.

 

Nacido en el seno de la aristocracia como una forma alternativa al racionalismo imperante en los colegios británicos del siglo XVII, esta nueva forma de conocimiento introduce una simple idea: para conocer el mundo no basta con la simple observación, la especulación lógica o la experiencia sino que además hay que hacer cosas. Ese hacer cosas se traduce en provocar situaciones, en disponer las cosas del mundo en un cierto orden para que pasen otras cosas diferentes pudiendo ser probadas. Y además, y esto cobra suma importancia, en la posibilidad de que esa disposición puede ser realizada por otros bajo otras circunstancias, en un movimiento de iteración colaborativa. Experimentar, en definitiva, es poner a prueba el mundo que vivimos y con ello ponernos a prueba a nosotros mismos comunicando a otros el registro de nuestra experiencia. La experimentación deviene el modo en que asumimos nuestro rol activo en la construcción de mundo: para conocer hay que hacer y ese conocer es al mismo tiempo transformar. Más arriba resaltaba la invención del laboratorio como pilar indiscutible del nacimiento del modo de vida experimental. En el ejemplo de Boyle vimos cómo el espacio del laboratorio se fue paulatinamente cerrando: primero los testigos debían ser personas confiables, de honor y justas por lo que sólo podían ser aristócratas; los no aristócratas ocupaban un lugar secundario y funcional, detrás de la cortina y empujando el fuelle, desplazados de la escena; luego las mujeres aristócratas son expulsadas por poner en amenaza la continuidad del experimento. Todos estos desplazamientos no hacen más que mostrar que un laboratorio tiene que ser un lugar lo suficientemente cerrado para proteger y salvaguardar las condiciones del experimento pero a la vez lo suficientemente abierto para que puedan circular personas, materiales y datos y conectarse a otros laboratorios. El laboratorio es, ante todo, una red de circulación y es en esa circulación donde se produce el conocimiento científico. Si la aristocracia del siglo XVII pudo producir laboratorios, ¿es posible que otros cualquiera lo podamos hacer en este siglo XXI sin necesidad de formar parte de las instituciones políticas y científicas heredadas de la modernidad o, si se quiere y se puede, alterando sus formas en pro de producir otras relaciones distintas?

 

La cultura open access ha demostrado que es posible experimentar y hacer cosas sin tener que cerrar las puertas de los procesos de producción, enseñando a su vez cuáles son los beneficios éticos, políticos y técnicos de ese modo abierto y colaborativo de crear mundos. Muchas prácticas y movimientos asociados a la ciencia ciudadana han dado cuenta de la posibilidad de construir espacios de experimentación por fuera de las instituciones formales de investigación. El laboratorio puede ser una red técnica al servicio de otras causas e inscripto en otras relaciones; es posible que otros cualquiera podamos hacer del laboratorio un espacio político de producción, prueba, discusión y ensayo de los mundos por venir que imaginamos. Partiendo de la cisura que separa naturaleza y cultura, ciencia y política, tomar el laboratorio como acción política puede constituirse en una posibilidad para alterar la diagramación moderna y restituir la natucultura que fue separada, también la posibilidad de abrir espacios de experimentación colaborativa para cualquiera. En este sentido, la política experimental es el reconocimiento explícito de que las prácticas de conocimiento no son representaciones del mundo tal cual es sino producciones de esos mundos potenciales que habitamos y que pueden ser desplegados en nuestras prácticas. Es también el reconocimiento de que la práctica científica es política precisamente por su capacidad performativa y creadora de mundos, por su capacidad de recomponer el orden de lo sensible que constituye nuestras experiencias como vivientes.

 

Parte de la lucha y el conflicto en la actualidad tiene que ver con la disputa del conocimiento y los medios técnicos para su producción. La lucha contra las patentes, los códigos cerrados, la privatización de la ciencia y las formas de circulación y concentración de datos parecen ser las grandes batallas del siglo XXI. En este escenario, cobra vital importancia el sentido estratégico que posee la disociación entre ciencia y política y la necesidad de restituir los términos a través de nuevas prácticas tecnopolíticas que recompongan un nuevo diagrama. La manera en cómo será el mundo está siendo imaginada por unos pocos, es tiempo de abrir esos espacios de imaginación y producción a cualquiera restituyéndonos a nosotros mismos las capacidades de experimentar y probar alternativas sobre cómo componer mundos vivibles y respirables. En inglés, la palabra demonstration tiene un doble sentido: por un lado alude a la demostración de un argumento o la propia demostración de la ciencia, al acto de mostrar que algo existe o es verdadero dando pruebas o aportando evidencias y, por otro, a la clásica manifestación callejera, la demostración de fuerza pública que realiza en la calle un sindicato, por ejemplo, una reunión pública o protesta contra algo expresando el punto de vista sobre un asunto político. En la política experimental la demostración cobra un nuevo sentido, conjugando a la vez ambas acepciones, y el laboratorio deviene el espacio de activismo y militancia donde no sólo se imaginan los mundos por venir sino que además se experimentan y practican. Ya es hora de liberar la experimentación y hacer de ésta un modo de vida y de imaginación.

 

 

* Gonzalo Correa es Doctor en Psicología Social por la Universidad Autónoma de Barcelona. Profesor Adjunto del Instituto de Psicología Social, Co-fundador del Laboratorio de Experimentación e Innovación Compositiva (LExICo) y Director de la Maestría en Psicología Social, UdelaR.

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