• Alexis Capobianco*

La concepción de Rodney Arismendi sobre las vías al socialismo


Imagen tomada de http://fundacionrodneyarismendi.org

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El problema de las vías al socialismo es una cuestión fundamental, ligado intrínsecamente a la cuestión del poder, la cuál ha sido soslayada por gran parte de la izquierda y el progresismo, que parecen en gran medida afiliados a la tesis sostenida por Eduard Bernstein de que “el movimiento lo es todo y el fin nada”, tesis criticada ya por Rosa Luxemburgo y Vladimir Lenin, pero que vuelve recurrentemente, a veces no como tesis explícita, sino implícita en las prácticas políticas. También gran parte de la izquierda parece haber aceptado la tesis del fin de la historia: no hay alternativas posibles al capitalismo, como en su momento planteara Margaret Thatcher, solo es posible mejorarlo dirán los defensores de terceras vías, habrá que desarrollar ciertas políticas que compensen las asimetrías creadas por una estructura y dinámica económicas percibidas como insuperables. Estas orientaciones generales están caracterizadas por un tacticismo que ha dejado de lado el pensamiento estratégico, de esta forma, el movimiento se transforma en algo aún mas absolutizado que en épocas de Bernstein, pues en este último habría, por lo menos, una esperanza utópica de llegar al socialismo por una vía evolucionista de reformas, tesis que todo el siglo XX se encargó de refutar. Otros -un poco más optimistas- se afilian a la tesis que ya en su momento planteara Karl Kautsky (se lo mencione o no): hay que esperar el desarrollo de las fuerzas productivas y el socialismo vendrá como un subproducto de ese desenvolvimiento. La consecuencia práctica es que los revolucionarios deben sentarse a esperar la revolución, es decir, deben dejar de ser revolucionarios, porque su acción política está condenada al fracaso mientras no maduren condiciones que están más allá de toda voluntad política: los seres humanos no hacen la historia es el mensaje de Kautsky, así, la ortodoxia marxista, representada por este pensador y dirigente de la socialdemocracia alemana de principios del siglo XX, llega a la negación de una de las principales tesis de Marx y de su concepción dialéctica de la historia, quien nos decía en sus “Tesis sobre Feuerbach”[1] que el ser humano es producto de sus circunstancias y educación pero que esas circunstancias y educación pueden ser modificadas, precisamente, por el ser humano.

Será el bolchevismo quien restablezca la concepción dialéctica del marxismo, probando en la teoría y en la práctica que son los seres humanos quienes hacen la historia, con la oposición de Kautsky y todos los ortodoxos de la segunda internacional, permeados fuertemente por el positivismo mecanicista predominante en aquel entonces. Los bolcheviques harán una revolución que desafiaba todos los dogmas de los ortodoxos: en un país atrasado y donde el desarrollo de las fuerzas productivas era relativamente bajo. No se sentaron a esperar a que dichas fuerzas se desarrollaran en Rusia, dentro del marco del capitalismo, hasta que ya no hubiera más desarrollo posible de las mismas y las relaciones de producción cambiaran en forma automática, estableciéndose el socialismo. Los bolcheviques interpretaron de otra forma los planteamientos de Marx, en particular los que se expresan en el “Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política”: la contradicción relaciones de producción-fuerzas productivas no supone que la “época de revolución” se abre cuando ya no puede haber más desarrollo posible de las fuerzas productivas en el marco del capitalismo, sino cuando las mismas entran en contradicción con las relaciones de producción, es decir, cuando estas últimas frenan el desarrollo de las fuerzas productivas aunque no lo impidan. Es en el marco de esta contradicción que se abren condiciones para posibles procesos revolucionarios, pero dependerá de la acción consciente de los seres humanos que las posibilidades abiertas en esa “época” se transformen en revoluciones efectivas.

Los artículos de Fernando Moyano, publicados recientemente en Hemisferio Izquierdo, plantean el problema fundamental de las vías al socialismo, que hoy está siendo dejado de lado, ya sea porque se renunció a la transformación revolucionaria de la sociedad, ya sea por un espíritu de resignación tan propio de estas épocas. Al plantear este problema, nos incita a pensar sobre estas cuestiones estratégicas, en momentos de inmediatismo y tacticismo, pero hay una serie de afirmaciones sobre el pensamiento de Rodney Arismendi y la estrategia del PCU que creemos necesario contrastar con los textos del Primer Secretario de este partido desde 1955 hasta 1987, como así también con los documentos partidarios de ese período, sin dejar de lado importantes aportes de la investigación histórica. Citaré ampliamente pasajes de obras de Arismendi de diferentes momentos, puesto que considero que esta es la mejor forma de reconstruir el pensamiento de cualquier autor, sobre todo cuando se pueden constatar profundas diferencias entre lo que un autor sostuvo y las interpretaciones posteriores que sobre el mismo se realizan, muchas de las cuales suelen transformarse a veces en verdades de sentido común aceptadas en forma acrítica. En cierta forma, aprovecho esta ocasión para exponer algunas de sus ideas, que son bastante menos conocidas de lo que muchas veces se puede suponer.

Revolución democrática y revolución socialista

La tesis defendida por Arismendi no fue la de dos etapas radicalmente diferenciadas: una primera de revolución democrática dirigida por la burguesía y una segunda etapa dirigida por el proletariado, por el contrario, para Arismendi, podría darse un proceso ininterrumpido, entre ambas etapas, si el mismo era dirigido (hegemonizado) por la clase obrera. Esta línea fue defendida desde 1955 hasta la muerte de Arismendi, y podemos encontrar una gran coherencia entre todas sus producciones a lo largo de los años.

En ese sentido se expresa la Declaración Programática de 1958 del Partido Comunista de Uruguay:

“La situación nacional reclama un cambio radical de la estructura económica y política de la República. Este cambio es la revolución agraria antimperialista que madura en el seno de la sociedad uruguaya. Ella constituye el tramo inicial del camino que recorrerá Uruguay hacia el establecimiento del régimen socialista...La clase obrera está llamada a ser la fuerza principal y dirigente del Frente Democrático de Liberación Nacional y del nuevo poder estatal. La clase obrera es la más combativa, la única consecuentemente revolucionaria y ajena a toda tendencia al compromiso con los enemigos del pueblo, la más organizada y disciplinada, la mejor pertrechada con la experiencia de todos los pueblos del mundo y con la teoría marxista-leninista que generaliza esa experiencia...El proletariado aspira, por consiguiente a la realización más radical y completa de la revolución agraria antimperialista”. [3]

Arismendi analiza esa declaración de la siguiente manera:

“Lenin desenvolvió, en la época del imperialismo, ante la revolución rusa de 1905, las ideas de Marx y Engels acerca de este tema...y nos legó un pensamiento coherente respecto a la intervención del proletariado en la revolución democrático-burguesa, al desarrollo de ésta y su transformación en revolución socialista. Estas ideas se asentaban en dos pilares estratégicos y tácticos: la intervención del proletariado como fuerza dirigente de la revolución y la alianza obrero campesina. La concepción de Lenin ha sido confirmada, continuada y enriquecida por toda la práctica contemporánea, en particular, por la experiencia de la revolución china, país semi feudal y semicolonial, donde las reivindicaciones democráticas y de liberación nacional se enlazaron de un modo en cierto sentido clásico, y en donde la dirección del proletariado garantizó la transformación de la revolución democrática y nacional liberadora en revolución socialista, de modo ininterrumpido…Las ideas de la continuidad de la revolución, del pasaje de una etapa a otra, de la interrelación dialéctica entre la etapa de liberación nacional y la socialista, constituyen, precisamente, la médula de la Declaración Programática; es lo que distingue nuestra concepción proletaria, marxista-leninista, de toda otra concepción burguesa radical o pequeño-burguesa avanzada. Esto se expresa tanto en la concepción estratégica y táctica de la dirección obrera de la revolución como en los postulados programáticos orientados a crear las premisas materiales del tránsito hacia el socialismo.” [4]​

Y cita el informe de José Luis Massera sobre el programa en ese congreso:

“Si bien la revolución agraria antimperialista no es todavía la revolución socialista, puesto que su objetivo no es expropiar todos los medios de producción que son propiedad de los explotadores, ella tampoco es una revolución capitalista burguesa. Ella no conduce al establecimiento de una dictadura de la burguesía sino de un gobierno del pueblo...Por otra parte, si bien no expropia todos los medios de producción, coloca en manos del Estado, dirigido por el proletariado no sólo las empresas que ya hoy forman parte del sector estatal de la economía, sino toda una serie de grandes empresas industriales y bancos, actualmente en poder de los imperialistas o de los grandes capitalistas antinacionales y también algunas grandes haciendas técnicamente desarrolladas. Es decir, el gobierno de Liberación Nacional, encabezado por el proletariado, pone bajo su control las posiciones claves de la economía nacional. La revolución agraria antimperialista es, pues, un profundo paso revolucionario en la dirección del socialismo, el primer tramo -como se dice en la Declaración- hacia el régimen socialista. No hay una muralla china que la separe de la revolución socialista. La experiencia internacional demuestra que el proletariado, utilizando todas las posibilidades que brinda el gobierno y el régimen democrático de liberación nacional, puede acelerar al máximo el período de transición hacia la revolución socialista.”[5]

Este proceso revolucionario implicaba una reforma agraria radical que no sería una reforma de tipo capitalista, que dividiera los grandes latifundios en parcelas de menor tamaño con carácter de propiedad privada, apuntando a un desarrollo capitalista. Arismendi planteará, como en su momento hizo el peruano José Carlos Mariátegui, que el tiempo de una reforma de ese tipo ya había pasado: “¿Puede en la actual situación uruguaya, haber un reparto de los latifundios y un desarrollo capitalista sobre la base de las múltiples haciendas campesinas? Evidentemente, ha pasado el momento histórico para que esto pueda suceder”. Lo que Arismendi y el PCU entendían por reforma agraria ya se perfila como prefigurando una solución socialista: “Esta revolución destruirá, sin duda, el latifundio, pero no supondrá una etapa de auge del capitalismo, ya que la revolución democrática de liberación nacional dirigida por el proletariado es la primera parte de la revolución socialista”[6].

Tiempo después sostendrá Arismendi:

“Si las relaciones económico-sociales de un país son propias del capitalismo dependiente, un marxista-leninista deduce que la revolución deberá librar este país del yugo imperialista, tarea inseparable de otros cambios democráticos radicales, enlazados desde el comienzo a medidas anticapitalistas. Lo que supone avanzar velozmente hacia el período de tránsito al socialismo, si tal proceso se lleva a cabo con la influencia decisiva de la clase obrera dirigida por sus partidos”.[7]

A partir de estos textos, se puede señalar que, para Arismendi y el PCU, las tareas anticapitalistas ya comienzan en esa primer etapa de carácter radical-democrático, si el proceso es dirigido por la clase trabajadora, lo cual puede conducir, en un plazo relativamente breve, a las tareas propiamente socialistas.

Ya en lo que fue uno de sus últimos artículos, vuelve a reafirmar esta línea estratégica con más claridad aún, enlazando su teoría de “avanzar en democracia” con la tesis que sostiene la renuncia de la burguesía a culminar las tareas propias de la revolución democrática. Avanzar en democracia suponía el “desarrollo de la democracia hasta sus últimas consecuencias” (expresión que Lenin plantea en “El estado y la revolución” y que, según Arismendi, es una de las fuentes de las cuales se nutre la teoría de la democracia avanzada):

“Estas últimas consecuencias debemos entenderlas como un avance hacia las fronteras marcadas por las reivindicaciones democrático-radicales, o sea aquellas que la burguesía no quiere y no puede ya realizar. Por ejemplo, una reforma agraria radical, la nacionalización de los bancos y grupos económicos, la nacionalización plena de los monopolios imperialistas; el contralor a fondo del comercio exterior; el apoyo a las formas múltiples de cooperación y cooperativización en el campo pero también en la ciudad; el control obrero, etc. Desde luego, estas enumeraciones no son taxativas...Estas reivindicaciones son teóricamente posibles sin salirse de la sociedad burguesa. Pero conducen al cuestionamiento de la sociedad capitalista y conducen en lo inmediato al socialismo. Llegar hasta estas fronteras no supone un solo acto súbito sino un desarrollo. Su ritmo es una cuestión política y metodológica, en dependencia de las correlaciones de fuerzas y de la conciencia de las masas.”[8]

Cabe aclarar, además, que el avanzar en democracia hacia el socialismo no implicaba, para Arismendi, renunciar a la tesis y a la tarea de la necesaria destrucción del aparato estatal de la burguesía, cuestión en la cual difería con Salvador Allende[9]:

“Tienen ante sí problemas de la gran historia, y andan por caminos hasta ahora inéditos, hasta ahora previstos, en parte solo teóricamente...Tal es, por ejemplo, en esa vía, el cardinal problema de la destrucción de la maquina estatal burguesa. Esto no se refiere -lo advirtió Lenin- a los instrumentos de dirección económica, ni a las formas parlamentarias...Ni a otros aspectos que pueden tener que ver con el destino del funcionariado estatal, con los sectores de la enseñanza, la técnica y la salud pública, etc. Aunque el conjunto del estado deberá cambiar cualitativamente, desburocratizándose y adecuándose a la nueva realidad económico-social y de clase...Se refiere concretamente al aparato represivo.”[10]

Como se puede ver a través de estas citas de Arismendi y de Massera, como también de los documentos partidarios, hay una continuidad esencial en los planteamientos desde la década del 50, previo a la revolución cubana, hasta 1989: la dirección del proceso revolucionario debe estar en manos de los trabajadores, lo cual implicaba la necesaria conquista del poder por parte de la clase trabajadora, asimismo, la revolución tenía tareas democráticas y socialistas que se podrían entrelazar ininterrumpidamente, ese proceso de transformaciones revolucionarias era concebido, a su vez, como un proceso ininterrumpido de avance democrático o democratización, democracia que desarrollada hasta sus últimas consecuencias se transforma en incompatible con el capitalismo.

Los planteos de Arismendi y el PCU se encuentran muy lejos de la reconstrucción que de los mismos hace Fernando Moyano:

“En Uruguay el XVI Congreso del PCU de 1955 reformula la política de “frentes populares”, la moderniza sin romper lo fundamental de la herencia burocrática, plantea una amplia política de alianzas de la clase obrera en base a un programa de transformaciones dentro de los límites del capitalismo. Surge un nuevo líder, Rodney Arismendi. Pese al renombre nunca fue un verdadero teórico, más bien un hábil pragmático que buscaba la intermediación entre el dogma oficial y la realidad en la que estaba inserta la izquierda. Uruguay es “semifeudal, semicapitalista”, desarrollo capitalista incompleto, sin haber llegado al nivel de los países centrales (industria desarrollada, autonomía productiva, estado burgués soberano, etc.), que sería el desarrollo capitalista “normal” según las leyes del modo de producción, que la burguesía impulsa por su naturaleza, históricamente progresiva. La clase obrera debe apoyarla para crear condiciones para el socialismo. Era la concepción menchevique, se debía apoyar en Rusia un régimen burgués liberal moderno que sustituyese al zarismo. El estalinismo asumió el corazón de esta concepción. No quiere decir que no haya sido también un abordaje “leninista”, el leninismo que se abandona en las “Tesis de abril”. Esa caracterización “semifeudal” del Uruguay ya estaba en contradicción con investigaciones de historiadores pertenecientes al PC, será abandonada a partir de la “Declaración Programática” de 1958”[11]

Es precisamente la concepción menchevique (que Moyano le atribuye a Arismendi), como hemos podido ver en todas las citas que abarcan desde la década del 50 a la del 80, lo que siempre combatió Arismendi. A esto se suma que el dirigente comunista uruguayo no consideraba ni a Uruguay ni América Latina semifeudal, sino capitalista y dependiente (lo cual analizaremos más adelante) con algunas reminiscencias feudales, semifeudales o precapitalistas, visión muy extendida, dicho sea de paso, a nivel de los marxistas revolucionarios latinoamericanos.

Más adelante plantea Moyano:

“En este esquema se apoya la estrategia de Arismendi y su utilidad pragmática. Su idea es la alianza de la clase obrera con un sector de la burguesía (“burguesía nacional, constituida en lo fundamental por la burguesía media”), contra el sector pro-imperialista, con un programa democrático de modernización capitalista: industrialización, protección estatal de la producción capitalista nacional, reformas moderadas a través de las instituciones. La clase obrera limitaría su política buscando ese aliado, pero la funcionalidad es justificar el encarrilamiento que completaría la revolución burguesa removiendo obstáculos para el desarrollo “normal” -la burguesía o parte es imprescindible en esto- previa al socialismo.”[12]

Hay sustantivas diferencias entre el planteo de Arismendi según Moyano y lo que efectivamente planteaba Arismendi, para quien la clase trabajadora debería dirigir el proceso de revolución democrática que nos pondría en los umbrales del socialismo, y que tomaría, desde el principio, medidas de carácter anticapitalista. En la descripción de Moyano, no se mencionan las propuestas programáticas centrales que planteaba Arismendi y el PCU: reforma agraria de carácter no capitalista, nacionalización de la banca y expropiación de los monopolios imperialistas entre otras, y parece confundirse, además, vía democrática con mantener las estructuras políticas existentes, pero en Arismendi este camino no significaba conservar las instituciones actuales, sino emprender un camino de transformaciones democráticas, que debería, necesariamente, acabar con el aparato estatal de la burguesía. Todo esto contrasta, fuertemente, con los cambios que enumera Moyano, a los cuáles supuestamente aspiraba Arismendi: “industrialización, protección estatal de la producción capitalista nacional, reformas moderadas a través de las instituciones”.

Para Moyano, además, la actual política del gobierno es continuadora de la línea de Arismendi pero adaptada al nuevo contexto: “Esta estrategia traza nuevos límites a la política de la izquierda y el movimiento obrero, más rebajados pero con la misma lógica: subordinación de los trabajadores a la burguesía, y el Estado promoviendo el desarrollo capitalista.”[13]

Arismendi planteaba exactamente lo contrario: dirección por parte de la clase trabajadora, destrucción del aparato represivo del estado y un proceso de revolución ininterrumpido que uniera las tareas democrático radicales con las socialistas. El pasaje de la etapa democrático-radical a la socialista dependería de la correlación de fuerzas y del grado de conciencia, transición que se podía producir “velozmente”, como de hecho se produjo en Cuba, si la dirección política de la misma expresaba los intereses de la clase trabajadora.

Entre un etapismo a lo mechevique que se subordina a la burguesía, y un inmediatismo que parece no tomar en cuenta las correlaciones de fuerza y el grado de conciencia existente, Arismendi, y gran parte de la izquierda Latinoamericana, plantearon un posible proceso revolucionario ininterrumpido (se utilizara la terminología leninista o no), que pudiera pasar de tareas democráticas a tareas socialistas, lo cual implicaba la toma del poder por parte de la clase trabajadora. La transformación del proceso revolucionario democrático-radical en socialista podía ser en plazos menores o mayores (la referencia cubana atestiguaba que este proceso se podía dar rápidamente), dependiendo de cuanto se pudieran ir cambiando las correlaciones de fuerzas y el grado de avance ideológico. No era un simple camino evolutivo, puesto que este proceso implicaba saltos de carácter cualitativo.

Evolución o revolución

Las transformaciones propuestas por Arismendi no eran reformas menores, sino cambios profundos que, como él señala, nos ponían en los umbrales del socialismo, eran transformaciones radicales que están hoy muy lejos de la actual agenda política. Lo que promovía Arismendi no era un camino “desarrollista” de carácter evolutivo[14], sino un proceso de transformaciones revolucionarias que implicaba, entre otros grandes cambios, una reforma agraria radical que no sería de tipo capitalista, sino que ya prefiguraba una solución socialista, la nacionalización de gran parte de los fundamentales medios de producción y la banca, promoviendo en estos el control obrero, y la hegemonía político ideológica de la clase trabajadora, lo cual implicaba también, para Arismendi, la destrucción del aparato represivo del estado.[15]

Comentando datos de la CEPAL, sostendrá sobre el desarrollismo:

“El simple manejo de todos estos guarismos demuestra que la falla afecta a la misma concepción teórica de todo el planteamiento: la posibilidad de modificar el rango de los países ‘subdesarrollados’ en la tabla de la economía mundial, sin romper las relaciones de producción que generan el atraso, y con ‘ayuda’ -nada menos- que de los imperialistas que se benefician de nuestro destiempo económico-social.”[16]

Y esas transformaciones profundas solo serían posibles si los procesos revolucionarios son dirigidos por la clase trabajadora:

“América Latina ha conocido cuatro reformas agrarias que pueden denominarse tales: la guatemalteca, cortada en su inicio por la revolución yanqui, la mejicana, la boliviana, y, ahora, la de Cuba. Sin hablar de la guatemalteca, las dos siguientes llevaban en sí las premisas de irresolución plena de los problemas cardinales sociales y económicos que genera el latifundio. Fueron reformas empujadas por la insurrección de las masas agrarias, pero controladas en el marco de la dirección burguesa.”[17]

La dirección debe estar en manos de la clase trabajadora aliada al campesinado, sino no se podrán llevar adelante las transformaciones revolucionarias en forma consecuente. La revolución mejicana y boliviana, dirigidas por las burguesías nacionales, eran prueba de ello. Solo si el proceso es dirigido por los trabajadores, se podrán realizar hasta sus últimas consecuencias las transformaciones democráticas que abrirán los caminos al socialismo, que es la única alternativa al capitalismo, y la única solución real -no utópica, como es el desarrollismo para Arismendi- a los problemas del subdesarrollo: “El socialismo es, sin duda, la sola receta radical ante los problemas del subdesarrollo.”[18]

Pero la diferencia fundamental no es sólo que Arismendi desarrolló una crítica radical del desarrollismo, ni que proponía un programa radical cuya reforma agraria no era de tipo capitalista como las cepalinas, ni la nacionalización de la banca o los monopolios imperialistas, sino que su teoría y su acción política estaban enmarcadas en una concepción con un horizonte estratégico socialista, que solo podía ser realizado si los procesos de cambios eran dirigidos por la clase obrera y si el aparato estatal de la burguesía era destruido, cuestión que se encontraba en las antípodas de la concepción desarrollista, que apostaba a una modernización capitalista, a la conservación y reforma del estado, y la perpetuación del poder de la burguesía. En esta concepción estratégica, Arismendi planteó como cuestión central el tema del poder de la clase trabajadora[19], el cuál era soslayado por otros sectores de la izquierda en el contexto anterior al 55 y también a posteriori (ni que hablar por el desarrollismo, que no se planteaba ni superar el capitalismo ni desplazar a la burguesía del poder), cuestión que será planteada también por el Che Guevara como problema central de la revolución, quién, además, en su discurso de 1961 en el Paraninfo de la Universidad de la República, coincide con la línea defendida por Arismendi que para el caso específico de Uruguay, había que aprovechar las condiciones para avanzar , hasta donde se pudiera, por la vía democrática:

“Ustedes tienen algo que hay que cuidar, que es precisamente la posibilidad de expresar sus ideas; la posibilidad de avanzar por cauces democráticos hasta donde se pueda ir; la posibilidad, en fin, de ir creando esas condiciones que todos esperamos que hicieron todo lo posible por llevarlo a la práctica, en el caso de Arismendi fue el desarrollo de una estrategia que apuntó a la consolidación de un bloque de fuerzas algún día se logren en América, para que podamos ser todos hermanos, para que no haya la explotación del hombre por el hombre ni siga la explotación del hombre por el hombre…”[20]

Y Arismendi, como el Che, no solo platearon a nivel teórico el problema del poder de la clase trabajadora, sino que a nivel práctico intentaron realizarlo. En Uruguay, Arismendi y el PCU, conjuntamente con otras fuerzas de izquierda, apuntaron a la constitución de un bloque contrahegemónico, en el cual la unificación sindical y la conformación del Frente Amplio ocuparon un lugar fundamental, cuyo objetivo era la conquista del poder para la clase trabajadora.

Lenin, la cuestión de la hegemonía y la revolución ininterrumpida

Lo que plantea Arismendi se encuentra en una relación de continuidad con lo que Lenin defendió en “La actitud de la socialdemocracia ante los campesinos”, la posibilidad de un tránsito ininterrumpido hacia el socialismo: “...de la revolución democrática comenzaremos a pasar enseguida, y precisamente en la medida de nuestras fuerzas, de las fuerzas del proletariado consciente y organizado, a la revolución socialista. Somos partidarios de la revolución ininterrumpida. No nos quedaremos a mitad de camino”.[21]

Esto se completa y complementa con los planteamientos realizados en “Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática”, entre ellos el fundamental es que la hegemonía del proletariado, en la revolución democrática, es necesaria para llevar hasta el fin las tareas democráticas que la burguesía no llevará a cabo:

“La clase obrera y sus representantes conscientes van hacia adelante e impulsan hacia adelante esta lucha, no sólo sin temor a llevarla hasta el fin, sino tratando de ir mucho más allá de los límites más extremos de la revolución democrática... la burguesía, colocada entre dos fuegos (la autocracia y el proletariado), es capaz, por mil caminos y medios, de cambiar su posición, adaptándose un poco a la derecha y otro poco a la izquierda...”[22]

Lenin realiza este análisis en polémica con la corriente menchevique, la cual cede “totalmente la hegemonía a las clases burguesas”, transformando “al proletariado en un miserable apéndice de la burguesía” que, a juicio de Lenin, terminaría pactando con el zarismo y no instauraría la república democrática.[23]

Tanto Arismendi como Lenin se sitúan en las antípodas de la estrategia menchevique: es la clase trabajadora quien debe dirigir el proceso revolucionario democrático, llevándolo hasta sus últimas consecuencias, lo cual abrirá los caminos para un proceso revolucionario socialista. No considero que Lenin haya modificado en las “Tesis de Abril” fundamentalmente su concepción y, por tanto, sus diferencias con respecto a los mencheviques, con quienes dividía una cuestión fundamental: la cuestión del poder y de que clase debe asumir la dirección del proceso de transformaciones democráticas. Lo que si hay es un contexto diferente, donde la revolución democrática ya se había producido, aunque no dirigida por el proletariado como aspiraban los bolcheviques, la única clase capaz de llevar hasta sus consecuencias más profundas este proceso. En este nuevo contexto, el proletariado debía prepararse para tomar el poder, para transformar la revolución democrática en revolución socialista.

La realidad, siempre mucho más rica que la teoría, exigía flexibilidad en la práctica política, capacidad que siempre caracterizó a Lenin, quien combinó firmeza estratégica y de principios con realismo político, para quien había que soñar pero con los pies en la tierra. Sostiene en las “Tesis de abril”:

“La peculiaridad del momento actual en Rusia consiste en el paso de la primera etapa de la revolución, que ha dado el poder a la burguesía por carecer el proletariado del grado necesario de conciencia y de organización, a su segunda etapa, que debe poner el poder en manos del proletariado y de las capas pobres del campesinado.”[24]

En este fragmento, Lenin reafirma su teoría de las etapas del proceso revolucionario y de la necesaria dirección por parte del proletariado para conducir el tránsito al socialismo. Tampoco la revolución cubana comenzó como una revolución socialista, sino como una revolución democrática, en la cual se dieron, asimismo, alianzas coyunturales con determinados sectores de la burguesía para derribar el régimen de Batista, produciéndose un tránsito ininterrumpido desde las reivindicaciones democrático/antimperialistas a las socialistas. Si bien lo que orientó la práctica del 26 de Julio desde el principio, puede haber sido un horizonte socialista, el programa propuesto en el comienzo del proceso no tenía tal carácter.[25]

A su vez, estas tesis eran solidarias con la tesis de la necesaria autonomía organizativa de la clase trabajadora, la cual no significaba el aislamiento sectario pero tampoco la subordinación a organizaciones propias de la burguesía o de la pequeñoburguesa. La clase obrera debía forjar sus propios partidos y organizaciones sindicales. Toda la actuación práctica del PCU y Arismendi a partir de 1955 apuntaron a ese objetivo, que suponía la constitución de un Frente Democrático de Liberación Nacional que disputara la hegemonía a los partidos tradicionales, donde, precisamente, hegemonizaban las clases dominantes. Ese Frente Democrático era lo que, en términos gramscianos, podríamos llamar un bloque contra hegemónico, el cual, para Arismendi, debía ser dirigido por la clase trabajadora. El otro objetivo fundamental fue la constitución de una central obrera unitaria, condición esencial para que la clase trabajadora se transformara en fuerza política real. La misma se conforma en 1964 con el nombre de Convención Nacional de Trabajadores, fue una central obrera que superó los sectarismos propios de otros países, en que nunca se unificaron vertientes diferentes del movimiento obrero como si lo hicieron en Uruguay, donde comunistas, socialistas, anarquistas y otras expresiones ideológicas de los trabajadores pudieron converger en una organización sindical única.

Capitalismo, dependencia y resabios precapitalistas

Tampoco Arismendi ni el PCU, a partir del giro estratégico de 1955[26], consideraban semifeudal a las formaciones sociales latinoamericanas, sino que las caracterizaban como capitalistas y dependientes, con algunas relaciones de carácter semifeudales o precapitalistas, o no-capitalistas (la expresión que más usa es reminiscencias semifeudales), pero subordinadas a las relaciones de carácter capitalista, en el marco de la fase imperialista, en el cual nuestros países ocupaban un lugar subordinado, constituyendo para Arismendi (como hemos visto más arriba) una utopía las tesis desarrollistas de un posible desarrollo capitalista que nos permitiera equipararnos a las potencias capitalistas centrales.

La categoría de feudal o semifeudal era de uso común en América Latina por los marxistas. No fue ajena, como vimos más arriba, a Fidel Castro por ejemplo, ni tampoco a José Carlos Mariátegui, quien caracterizaba al Perú como semifeudal. Las diferencias entre los planteos revolucionarios y reformistas, como las que tuvo Mariátegui con Haya de la Torre, no estaban en el uso o no de esa categoría, sino en quien dirigía el proceso de transformaciones democráticas y cuál era el horizonte último al cual se apuntaba, la cuestión era si dirigía la clase trabajadora o determinados sectores de la burguesía y si el horizonte era o no socialista. Arismendi efectivamente usó esas categorías, que va dejando de lado y asumiendo autocríticamente como un error teórico[27].

Pero que hablara de relaciones o reminiscencias semifeudales no significa que las sociedades tuvieran un carácter feudal, sino que ese tipo de relaciones existían en el marco de sociedades capitalistas y dependientes. Esto se expresa claramente en el debate desarrollado con el dirigente y teórico del partido Socialista Vivian Trías. Cuestionando la caracterización de Trías del primer batllismo y del radicalismo argentino como “revolucionarios” (para el político comunista eran movimientos reformistas burgueses), sostiene Arismendi sobre el Uruguay (aunque puede ser extensivo a gran parte de América Latina), que en nuestra sociedad existen “vestigios semifeudales”, para continuar luego afirmando que en nuestros países el “...capitalismo es deforme, cojitranco, que sus pulmones, según el dicho conocido enferman de congestión cuando el imperialismo estornuda por las variaciones coyunturales.”[28] Dicho de otra forma, nuestras sociedades son capitalistas y dependientes. Lo cual ya se había expresado, poco tiempo antes, en la Declaración Programática de 1958, cuando se caracterizaba la economía uruguaya:

“En las últimas décadas, el desarrollo capitalista en el Uruguay ha tenido un avance importante, pero siempre deformado y obstruido por la dependencia del país del imperialismo y por el alto grado de monopolio de la tierra, que facilita el mantenimiento de determinadas supervivencias feudales, limita el mercado interno y frena el desenvolvimiento de las fuerzas productivas. Las relaciones capitalistas de producción -extendidas a toda la República- se entrelazan con los resabios feudales. El desarrollo capitalista en el campo se procesa así sin modificar los fundamentos de la gran propiedad rural, por el camino más doloroso para los trabajadores, sobre los cuales recaen la brutalidad y el atraso de los resabios feudales, sumados a las peores formas de explotación capitalista...La industria ha tenido bastante incremento, si bien se limita principalmente a la producción de diversos tipos de artículos para el consumo. El número de fábricas ha crecido y su producción representa una porción significativa de la renta nacional. Un hecho positivo a destacar es que una parte importante del desarrollo capitalista corresponde al sector estatal...Sin embargo, la dependencia del imperialismo, la estrechez del mercado interior y la falta casi total de industria pesada, determinan la debilidad e inestabilidad del conjunto de la industria nacional.”[29]

En el siguiente texto, escrito poco después de la declaración programática, queda expresada -en forma particularmente clara- la visión de Arismendi sobre estos problemas:

“El latifundio es una forma propia de las relaciones precapitalistas que el capitalismo subordina e incorpora a su régimen de producción. Por lo mismo, el latifundio traba por diversos caminos, el desarrollo capitalista. Lo hace substrayendo de la producción el elevado tributo de la renta absoluta; lo hace, como ya hemos dicho, estrechando el mercado interior y lo hace conservando diversas reminiscencias semifeudales. A la vez se estanca en lo esencial la producción agraria, aunque en tal o cual aspecto de la ganadería o de la agricultura se produzcan adelantos”.[30]

La carácterización de resabios feudales es cuestionable, sería preferible otra terminología tal vez, y esta es una conclusión a la cual llega el propio Arismendi, pero el monopolio de la tierra por grandes terratenientes no es algo intrínseco al capitalismo argumenta el dirigente comunista, tampoco Marx consideraba a la clase terrateniente parte de la burguesía. Lo fundamental es que Arismendi consideraba a América Latina capitalista y dependiente, con un grado mayor o menor de resabios precapitalistas en diferentes países, hablar de que puedan existir relaciones precapitalistas, como semiserviles, semiesclavas o propias de la comunidad indígena, no significa negar el carácter capitalista de nuestras formaciones sociales, sino analizarlas en su complejidad, producto de un peculiar desarrollo histórico.

Rodney Arismendi, Vivían Trías y el debate sobre la burguesía nacional

Ambos dirigentes de la izquierda uruguaya debatieron acerca de diversos aspectos teórico-estratégicos. Fernando Moyano plantea las siguientes diferencias entre Arismendi y Trías:

“Son diferencias concretas con Arismendi: 1 - Uruguay no es semipedal sino capitalista dependiente. La forma de explotación y la estructura social corresponden al modo de producción capitalista, subordinadas al imperialismo que succiona el “excedente económico”. Con el capitalismo mundializado el imperialismo impide el desarrollo capitalista autónomo. Un desarrollo como en las naciones europeas en los siglos XVI a XIX no puede repetirse. La burguesía local es socia menor del imperialismo. En vez de sectores enfrentados -industrial desarrollista contra terratenientes y financieros- se imbrican entre sí...2- Esta burguesía no puede cumplir el papel del modelo de revolución burguesa que Trías da por agotado en el ciclo del primer batllismo (1903-1915). Pero define esas “tareas históricas” según ese modelo: reforma de las estructuras agrarias, desarrollo industrial, democracia política y “realización de la nacionalidad”. Para él, éstas caen en hombros del proletariado y sus aliados cercanos; no aboga por la alianza con sectores burgueses sino un esquema tipo “revolución permanente” de inspiración maoísta y leninista de las “Tesis de Abril”. Una fase nacional y popular, antiimperialista y no capitalista, de transición. El sí puede invocar a su favor el caso cubano, partió de un programa limitado que se fue profundizando por imperio de las circunstancias y desemboca en lo que Trías y los cubanos consideran socialismo...3- Y cuando aquella izquierda hablaba de “nacional” es la llamada “Patria Grande” latinoamericana.”[31]

Por todo lo que venimos viendo hasta ahora, Arismendi no sostiene las tesis que le atribuye Moyano, asimismo, eso nos permite constatar que las diferencias entre las tesis de Arismendi y Vivian trías no eran tan grandes como plantea Moyano: ambos planteaban dos grandes etapas en el proceso revolucionario uruguayo y latinoamericano en general, aunque difieren en las características de la primer etapa en algunos aspectos, también sostenían la posibilidad de una revolución ininterrumpida y la caracterización de las formaciones sociales latinoamericanas como capitalistas y dependientes. El principal tema en debate entre Arismendi y Trías fue sobre las posibilidades de que la burguesía nacional, o parte de la burguesía nacional, acompañara o fuera neutralizada en la etapa de revolución democrática, la cual, tanto para Arismendi como para Trías, debería estar hegemonizada por la clase trabajadora.

El politólogo Jaime Yaffé considera también que son más las semejanzas que las diferencias entre los dos políticos y pensadores de izquierda, señala cuatro coincidencias fundamentales: 1) el carácter latinoamericano o continental de la revolución latinoamericana; 2) la convicción de que América Latina vivía una situación revolucionaria; 3) que la vía más probable de la revolución latinoamericana sería la violenta o armada, y 4):

“Por último, la coincidencia – a pesar de todas las discusiones que comunistas y socialistas dieron sobre esta cuestión – de que la revolución tendría en América Latina y en Uruguay – como un caso más de América Latina, que no presentaba demasiadas diferencias con otros contextos latinoamericanos – de que la revolución sería un proceso único pero tendría dos etapas: una “nacional” – aunque Arismendi prefiere hablar de una etapa “democrática y popular” y, hasta por ahí, desliza su incomodidad con el término “nacional” – y otra propiamente socialista. Pero que estas dos etapas debían ser vistas como parte de un mismo proceso en el cual – en definitiva – sólo se trataba de los momentos que tendría el tránsito al socialismo en Uruguay y en América Latina – en general – y que la clave, en definitiva, para que la revolución no se frustrara, era – justamente -asegurar que el comienzo, desde la fase 1, desde la fase que Trías prefiere llamar “nacional” y que Arismendi prefiere – explícitamente – llamar “democrática y popular” – desde el comienzo, la conducción del proceso, estuviera en manos de la vanguardia revolucionaria, de tal forma que el inicio en la fase 1 no condujera a una frustración del proceso sino que finalmente y efectivamente llevara – como parte de un mismo tránsito histórico – hacia la 2ª fase, la fase propiamente socialista.”[32]

Esto no supone que no existan diferencias entre ambos, como Yaffé plantea claramente. Además de la diferencia señalada en el texto arriba citado (Trías llama a la primer fase o etapa de la revolución “nacional” y Arismendi “democrática y popular”), Yaffé apunta la tendencia más fuerte en Arismendi a fundamentar sus afirmaciones con referencias a Vladimir Lenin, pero insiste:

“...no puedo dejar de decir que las diferencias no son tan graves como los protagonistas parecían concebirlo. Uno debería decir que el grado de crispación, el grado de radicalización de posiciones en el seno de la izquierda, tenía mucho más que ver con la competencia por espacios de poder en la sociedad y en el propio sistema político uruguayo, que por la distancia que en la teoría y en la lectura política del momento latinoamericano, de la forma en que debían darse los tránsitos revolucionarios en Uruguay y en América Latina, estos textos reflejan.”[33]

Sin embargo, Arismendi, por lo menos en los textos agrupados en “Problemas de una revolución continental”, no percibe como tan significativas las diferencias con los socialistas y con los planteamientos de Vivian Trías en particular, al respecto sostenía:

“No se trata, pues, de que nuestra discordancia gire acerca de las posibilidades de un gran papel histórico y director de la burguesía nacional en el conjunto del continente – en casos aislados quizá sea posible-; las discordancias residen en saber si el proletariado, aliado a los campesinos y agrupando a las grandes masas trabajadoras y a la intelectualidad patriótica, es capaz de aprovechar el antagonismo de la burguesía nacional con el imperialismo para llevarla en parte o en todo al combate, o para lograr de ella una neutralidad favorable.”[34]

De hecho, más allá de las diferencias teóricas sobre el papel de la burguesía nacional y otros aspectos, y de conformar dos coaliciones políticas diferentes en la década del 60 (el FIDEL, promovido por el PCU, y la Unión Popular por el Partido Socialista), finalmente, ambos serán impulsores y fundadores del Frente Amplio como la herramienta necesaria para el proceso revolucionario uruguayo según ambos políticos y pensadores, lo cual da cuenta de importantes coincidencias, más allá de las diferencias que sin duda existían. Una de las convergencias fundamentales es la autodefinición ideológica de ambos como marxistas-leninistas.

Sería imprescindible, además, analizar las características y el papel de la burguesía nacional, como siempre intentó hacer Arismendi, en el concreto histórico que es Latinoamérica, donde muchas expresiones de lo que Arismendi llamó burguesía nacional impulsaron reformas democráticas, o adoptaron muchas veces, a lo largo de la historia, posturas autonomistas con respecto al imperialismo, desde el primer Batllismo hasta el Peronismo, desde Lázaro Cárdenas a Joao Goulart, ¿qué política debe seguir un revolucionario en esas circunstancias? Subordinarse es claro que no. Arismendi apuntó a un desarrollo político-organizativo que le permitiera a la clase trabajadora transformarse en fuerza hegemónica, pudiendo utilizar, en función de sus objetivos, las contradicciones objetivas que existían entre determinados sectores de la burguesía y el imperialismo. Esto, claro está, no fue una invención de Arismendi y ya era planteado por los fundadores de la filosofía de la praxis[35].

Si miramos la historia de Latinoamérica, la izquierda ha cometido dos grandes errores en este aspecto: la subordinación política a las expresiones de la burguesía nacional, o una política que no tomaba en cuenta las contradicciones entre esos sectores de la burguesía y la gran burguesía y el imperialismo, terminando -muchas veces- en un alineamiento con estos últimos, como fue el caso del Partido Socialista y el Partido Comunista de Argentina en la “Revolución Libertadora” de 1955 contra el gobierno presidido por Domingo Perón.

Es por eso que considero un aporte trascendente de Arismendi la diferenciación entre distintos sectores de la burguesía, que no es una clase homogénea y en la cual pueden haber contradicciones -sobre todo en los países capitalistas y dependientes-, que la clase trabajadora debe saber utilizar para el avance de sus objetivos estratégicos, sin subordinarse ni manteniendo una postura a-crítica con los gobiernos denominados “nacional-populares”, e intentando, al mismo tiempo, construir una fuerza política real con capacidad efectiva de hegemonizar y dirigir procesos revolucionarios con un horizonte socialista, para el cual existen condiciones objetivas en América Latina desde la perspectiva del teórico comunista uruguayo.

La tesis de la posible participación o no de sectores de la burguesía nacional en procesos de revolución democrática se puede cuestionar, también se puede analizar su existencia (o inexistencia) actual, pero cuando analizamos las posturas de Arismendi -y de gran parte de la izquierda sobre esa problemática= no debemos olvidar que era un período de la historia latinoamericana diferente al actual, donde se daban fenómenos como la revolución boliviana y el proceso de transformaciones dirigido por Jacobo Arbenz en Guatemala, entre otros. Al mismo tiempo, a nivel internacional, se estaban produciendo los procesos de descolonización, con participación activa de las burguesías nacionales. Lo que siempre debe quedar claro, es lo que venimos insistiendo hasta el cansancio: el posible papel de ciertos sectores de la burguesía nacional se debía dar en un proceso dirigido por la clase trabajadora, y no subordinándose los trabajadores a la burguesía nacional como podían haber hecho algunos sectores de izquierda en otros momentos, incluyendo los comunistas, lo cual es asumido autocríticamente por Arismendi[36], si bien él, como dirigente del comunismo latinoamericano, teorizaba y actuaba en otra dirección. Esto era resultado de un análisis de lo que se entendía eran contradicciones objetivas entre determinados sectores de la burguesía y el imperialismo, era producto de un estudio de las bases materiales del concreto histórico latinoamericano en aquel momento y contexto específico. Análisis que, por supuesto, es cuestionable y debatible, de hecho, en los documentos del PCU y en los análisis de Arismendi posteriores, la expresión burguesía nacional va siendo dejada de lado, utilizándose más expresiones como ganaderos y productores medianos, industriales, etc., posiblemente porque en la dinámica histórica del capitalismo uruguayo, producto de la aplicación de políticas de liberalización que comenzaron en el 58 y de la misma concentración del capital, ese sector de la burguesía se fue debilitando, despareciendo parcialmente o uniéndose a los procesos de transnacionalización.

Sintetizando, Arismendi consideraba a América Latina capitalista y dependiente, caracterizando como una utopía un posible desarrollo capitalista como el de los países centrales. Solo la clase trabajadora podía llevar hasta sus últimas consecuencias la revolución democrática, lo cual nos colocaba a las puertas de la revolución socialista en un posible proceso ininterrumpido, como fue el caso de Cuba. En estas cuestiones, no parecía tener diferencias fundamentales con Trías, como si las tenía sobre el posible papel de la burguesía nacional y en determinadas lecturas de la historia relacionadas con el papel de la misma a principios del siglo XX.

Las vías de la revolución latinoamericana en Arismendi

La vía más probable de los procesos revolucionarios en América Latina era la armada para Arismendi, quien consideraba que había posibilidades de una vía pacífica al socialismo solo en algunos casos excepcionales como eran Chile y Uruguay, pero eso no significaba, en el análisis Arismendiano, que todo el proceso fuera pacífico, lo más probable es que no lo fuera por la resistencia violenta de las clases dominantes. Arismendi no estaba afiliado ni a una vía guerrillera o armada universal, pero tampoco a una vía pacífica universal, la cual siempre rechazó teóricamente. Si había partidos alineados con la Unión Soviética por una vía pacífica y otros con Cuba por un tránsito armado, este no era el caso del PCU ni la posición teórica defendida por Arismendi.

En una de sus principales obras escrita antes de la dictadura, “Lenin, la revolución y América Latina”[37], Arismendi analiza en profundidad el problema de las vías y desarrolla su argumentación contra las tendencias absolutizadoras de la vía pacífica o de la vía violenta, su polémica es, por tanto, doble. Tal vez, en el imaginario de muchos uruguayos, quedó instalada la idea de que Arismendi era un firme defensor de la vía pacífica como un camino cuasi-universal, porque esa era la orientación que se llevó a la práctica en nuestro país por parte del PCU, y por la polémica desarrollada con otros sectores de izquierda que eligieron la vía armada en el Uruguay. No obstante, siempre es pertinente aclarar, que, en el análisis arismendiano, ese camino era “relativamente pacífico”, por la más que probable reacción violenta de las clases dominantes, siendo la conformación de un aparato armado del PCU coherente con esta visión teórica. Para Arismendi, la determinación de la vía debía darse como producto del análisis concreto de la realidad concreta a nivel nacional, y en su análisis sobre América Latina la vía armada era la más probable tanto en los sesenta como en las décadas posteriores:

“¡Qué no diría esa lengua afilada del viejo Engels, si oyera perorar sobre la vía pacífica en tierras que sólo conocen por norma jurídica el sable y la porra de sangrientas tiranías! O si a sus manos llegaran especulaciones de ese tipo, manejadas desde países en los que el esquema del constitucionalismo burgués, la teoría de los tres poderes que un día formulara Montesquieu, se objetiva en caballería, artillería e infantería -para repetir la añeja frase- ¡y eso, si nos dejamos en el tintero a la aeronáutica!”[38]Y en otro pasaje: “Deducir de esta tesis que la “vía pacífica” en el mundo contemporáneo, es el principio general -como se ha escrito- y la revolución a través de la insurrección o de las formas de la lucha principalmente armadas, es lo particular, nos deja sin habla, atónitos.”[39]

Y unos 10 años después sostendrá:

“Creemos nosotros que, sin duda, la vía armada es la más probable en el proceso revolucionario en la mayoría de los países de América Latina. Por la injerencia del imperialismo norteamericano, sus intervenciones directas e indirectas, por la formación de fuerzas militares y policiales como estructuras de contrarrevolución preventiva y de contrainsurgencia, por la agudeza de la lucha de clases…”[40]

En 1983, refiriéndose al eurocomunismo, critica la universalización de la vía pacífica, a la cual caracteriza nuevamente como “relativamente pacífica”:

“Pero, a través de todo esto, comienza a derramarse una corriente que va haciendo del movimiento un fin en sí y del avance táctico un sucedáneo del objetivo final. Así se desmontan tesis teóricas identificatorias del marxismo y el leninismo, conceptos revolucionarios fundamentales acerca del poder, del contenido de clase del Estado y de la ineludibilidad de la transformación revolucionaria. La posibilidad de una vía relativamente pacífica se estatuye como certidumbre de un curso obligatorio en todo país capitalista desarrollado y se la presenta en la práctica, como un modelo de la mejor alternativa socialista y democrática. Así, se lo teorice directamente o no, el socialismo en su versión ‘democrática’ solo puede ser fruto de la sucesiva o simultánea aplicación de reformas acompañadas de la captación por dentro, política y moral, de la sociedad burguesa”.[41]

En síntesis, la postura de Arismendi es que había más de una vía posible hacia el socialismo, aunque la más probable era la armada en América Latina. Determinar cuál era la vía específica a llevar adelante en cada caso, dependía del análisis concreto de la situación concreta y también requería flexibilidad, ante condiciones que podían ser sumamente cambiantes y que podían exigir que se pasara de un tipo de lucha a otro. Esto se enlazaba con la cuestión del poder de la clase trabajadora, su dirección del movimiento revolucionario y la destrucción del aparato represivo del estado, cuestiones insoslayables para Arismendi. Recién en su último artículo escrito en vida, planteará la posibilidad de que otros procesos revolucionarios latinoamericanos pudieran transitar por la vía “relativamente pacífica”, aunque sin descartar nunca que muchos otros se dieran por la vía armada.

Algunas reflexiones finales

Hoy parecemos estar muy lejos de sociedades que se encuentren en “situaciones revolucionarias”, el socialismo no está en la “agenda política”, y para muchos una revolución socialista es un imposible absoluto. No es por ausencia de lo que habitualmente se llamaban “condiciones objetivas” (o algunas de ellas por lo menos) que nos encontramos en esta situación, que a veces parece tornarse aplastante, por el contrario, el capitalismo parece no poder salir de una crisis que es de un carácter mucho más estructural que crisis anteriores, la cual ha traído aparejado para la clase trabajadora, precarización, desempleo y crecientes niveles de explotación, no solo en las periferias capitalistas sino en su centro, a lo cual se suma, como efecto de su propio desarrollo, una crisis ecológica profunda que pone en cuestión las condiciones mismas para la vida.

Las ilusiones desarrollistas, que algunos tuvieron durante la década anterior en América Latina (recuerdo algunos cálculos de en cuantos años Uruguay se transformaría en un país del primer mundo, si seguían los niveles de crecimiento vigentes hasta hace unos años), hoy se muestran insostenibles. El mejoramiento del empleo y de los niveles de ingresos de gran parte de los trabajadores, durante la primera década del siglo XXI, hoy está en franco retroceso en América Latina, con ajustes brutales como los que aplican los gobiernos de Mauricio Macri en Argentina o Temer en Brasil, con el estancamiento en otros, o medidas y recortes un poco más moderados en países como el nuestro. La historia nos dice, nuevamente, que si no se realizan transformaciones revolucionarias, no podremos superar los grandes problemas que padecen nuestras sociedades. Pero el principal problema al que nos enfrentamos hoy pasa por lo que antes se llamaba “condiciones subjetivas”: la despolitización y desideologización, pero, sobre todo, por una resignación profunda en gran parte de la clase trabajadora y potenciales sectores revolucionarios, además de los estragos del individualismo y el consumismo que es todo un fenómeno económico-cultural. Esa resignación se expresa en un sentido común que concibe la “realidad” como si fuera algo intransformable, como si esta no fuera - en gran medida- producto de la actividad humana, y, por tanto, también transformable por el ser humano. Se ha conformado un “realismo” contemporáneo que nos dice, palabras más palabras menos, que “no hay nada para hacer” -o a lo sumo muy poca cosa-, que “las cosas siempre fueron igual” y que “seguirán siendo igual”, que “el ser humano siempre fue, es y será egoísta”, que busca el poder y la riqueza, que en la era de la globalización “tenés que adaptarte (pasivamente) o perecer”, que “los mercados indican tal o cual cosa”...dice Mariátegui que Lenin respondía a estos argumentos que apelaban a la realidad como algo intransformable: “¡Tanto peor para la realidad!”[42].

Arismendi siempre fue un crítico de esta metafísica de una realidad intransformable y alienada, lo expresó particularmente, a nivel teórico, en la crítica a posiciones que, como las kautskianas, conducían al inmovilismo. Sobre las mismas sostenía: “...si pretende que ser marxista es “esperar” sentados sobre el trasero al estilo de la socialdemocracia, que las “fuerzas productivas” hagan la revolución o que las masas espontáneamente se revolucionaricen, tampoco tiene razón.”[43]

Esto suponía un papel activo del ser humano en la historia:

“La historia no hace nada. Es obra de los hombres, repetirá muchas veces, palabras más o menos, Engels, por lo tanto, es ajena a todo automatismo, a toda simplificación y esquematismo, a toda noción fatalista... En ella gravitan las virtudes y los errores, el papel de las personalidades, los márgenes de azar, la herencia ideológica –incluida la mitología más primitiva o las posiciones religiosas menos evolucionadas, como se puede ejemplificar con tantos procesos revolucionarios actuales–, en fin, todas las manifestaciones complejas del hecho histórico social tomado concretamente”.[44]

Y a nivel práctico fue coherente con esta concepción filosófica, intentando constituir un bloque contrahegemónico que efectivamente disputara el poder con las clases dominantes y transformara radicalmente la realidad. En este sentido, se puede decir que fue un filósofo, al decir de Gramsci[45], que desarrolló, además, aportes teóricos originales que no fueron una mera adaptación pragmática de concepciones preelaboradas. Sin duda en este proceso hubo errores, pero también aciertos que deben ser analizados críticamente, como en toda la historia de la izquierda y de los procesos revolucionarios a lo largo del siglo XX, pero para que la crítica a Arismendi, o a cualquier otra figura relevante de la historia de nuestra izquierda, sea efectiva, debemos hacerlo a partir de lo que objetivamente plantearon.

La concepción del ser humano como elemento activo de la historia no era exclusiva de Arismendi, claro está, sino que era parte de las ideas generales que en aquel entonces predominaban en gran parte de la izquierda uruguaya y continental. Retomar esas ideas, líneas argumentales y planteamientos político-programáticos para pensar la realidad hoy sería fundamental. Entre Arismendi y Trías, y otros pensadores como Quijano, hubo diferencias, pero también coincidencias. Retomar los intercambios y debates protagonizados por estos autores sería fundamental para repensar el presente, para pensar hoy los caminos de transformación hacia un horizonte superador del capitalismo.