Pensar a Trump

 Imagen: "Las moscas" (Julio Castillo)

 

La cuestión Trump-Rusia se ha instalado fuertemente en la agenda política mundial. Resulta lógico que así sea, pues atañe ni más ni menos que a la potencia hegemónica, en su relación con uno de los poderosos actores que pretenden disputarle esta condición. Pero la importancia del tema no se ha visto reflejada en la calidad de los argumentos, y la discusión, ha sido acaparada por los lamentos de los abanderados de Hillary Clinton, que, dominados por la indignación, la frustración y el desconcierto por la derrota a manos de tan impresentable candidato, pretender evadir sus responsabilidades por el resultado electoral. La imposibilidad de explicar, en función de su conceptualización de EE.UU como la primera democracia y máximo exponente de la civilizada cultura occidental, la victoria del aborrecible empresario, es causa de estos discursos irracionales, cargados de alegatos disparatados y sin el menor sentido. Todo esto es alentado, y a su vez, constituye una nueva manifestación, por un innegable sentimiento anti ruso que resurge con fuerza desde hace ya unos años en occidente.

 

Si se logra escapar al molesto ruido que generan las rabietas y mentiras de aquellos que respaldaron a la no menos impresentable y aborrecible Hillary Clinton, quizás se pueda generar una verdadera discusión, con hipótesis y demás artilugios por el estilo, en que suelen redundar las deliberaciones cuando son bien fundamentadas. Mas ahora cuando los recientes eventos en Siria, que vienen a demostrar la continuidad de la política exterior de la administración Obama en el Gobierno de Trump, han vuelto a calmar las aguas de la polémica.

 

Se pueden establecer dos posibilidades para entender la relación Trump-Rusia. Una más compleja que la otra, y ciertamente de consecuencias incomparables.

 

 

La primera

 

Las constantes exaltaciones en la campaña electoral de Trump a la figura y el liderazgo de Putin, bien pudieron constituir una estrategia para menoscabar y fustigar la figura y el liderazgo de Obama, con el objetivo de presentar ante el electorado, una supuesta debilidad y falta de iniciativa de EE.UU en el concierto global durante la última administración demócrata. Un golpe tan directo, como infundado, a la entonces candidata Hillary Clinton. Determinación, capacidad resolutiva, son, entre otras cualidades, que se pueden englobar en lo que se entiende como correcto ejercicio de la autoridad, lo que se espera de aquellos que aspiren a liderar un país. Ahora bien, estos valores, en EE.UU se traducen en la exigencia de firmeza y rigor para con las naciones consideradas enemigas. Y es precisamente esta condición, de la que tienen que dar muestra todos los candidatos con aspiraciones reales a convertirse en presidente. Esto, ha representado un constante karma para los liberales del Partido Demócrata a lo largo de la historia, interpelándolos y obligándolos a dar muestra de que ellos también pueden ser tan duros como los republicanos.

 

En este sentido, la derrota de Carter ante Reagan en 1980 es emblemática. La crisis de los rehenes con Irán marco a fuego su administración. A las elecciones llego con una economía débil, y encima con una operación de rescate de los rehenes fallida que termino con la vida de 8 estadounidenses, a 7 meses de la votación. En la campaña los demócratas contraatacaron: el secretario de defensa Harold Brown le achaco a los republicanos haber recortado los gastos de defensa en un 35% entre 1969 y 1976, mientras que ellos los habían aumentado un 10% y pensaban elevarlo un 25% más si Carter era reelecto.

 

Pero antes de Reagan y Carter, fue Lyndon Johnson, Nixon y el fango de la guerra de Vietnam. En realidad fue Hubert Humphrey, su vicepresidente, ya que el otrora vicepresidente de Kennedy renuncio a presentarse a la reelección. Johnson, no era precisamente alguien al que se le pudiera tachar de débil. Partidario de eliminar de raíz al comunismo en Vietnam, su administración reprimió sin contemplación las manifestaciones antibelicistas y las protestas de la comunidad negra. Los republicanos jugaron entonces la carta de la anarquía y la sedición, y valiéndose de “la mayoría silenciosa”, Nixon aposto a perfilarse como el candidato que venía a restablecer el orden, tanto interno, como externo, ya que insistía en que tenía un plan secreto (nunca divulgo detalle alguno) para poner fin a la guerra en Asia. A un mes de las elecciones los demócratas trataron de salvar la situación y Johnson ordeno reanudar las conversaciones de paz, pero a menos de una semana de los comicios los representantes de Vietnam del Sur se retiraron. Antes, pero no lo suficiente, Humphrey se había desmarcado de las posiciones de su jefe, sin embargo, su “política de la alegría” perdió por un mentiroso estrecho margen, ya que el 13% del segregacionista de extrema derecha George Wallace, presumiblemente le quito votos a la formula Republicana.

 

Pero también Kennedy adopto el duro lenguaje de las posturas más belicistas, en la campaña presidencial de 1960 que lo llevo a la presidencia. Bogó por un aumento del gasto en Defensa y denuncio a los que se oponían de poner en riesgo la supervivencia de la nación. En este sentido, fustigo nada menos que a la administración de Eisenhower de anteponer la seguridad fiscal a la seguridad nacional. Avivo el miedo de la supremacía militar soviética, y mientras admitía que no creía que esta (falaz) ventaja seria usada para atacar al país, decía que no quería correr ningún riesgo.

 

En 1992 fue Bill Clinton el que no se olvido de mencionar que reforzaría el ejercito, en una campaña que lo emparejaría con un Bush padre que venía de una apabullante victoria contra el Irak de Saddam Hussein.

 

El 2 de octubre de 2002 el senado voto a favor de autorizar el uso de la fuerza contra Irak. Hábilmente, la administración de George W. Bush fijo la votación para antes de las elecciones que renovarían un tercio de la cámara, y acuso de antipatriotas y cobardes a todos los que se le opusieran. El único senador republicano que voto en contra, Lincoln Chafee, mas tarde se refirió a las importantes figuras demócratas que flaquearon ante la arremetida de Bush: “Temían que los republicanos los llamasen blandos para el mundo posterior al 11 de septiembre”. Entre los que dieron su voto se encontraban Hillary Clinton y John Kerry.

 

Y si Obama critico la guerra de Irak, para fustigar en primera instancia a Hillary en las primarias demócratas, y posteriormente a los republicanos en 2008, prometió acabar con esa contienda para volcar más recursos a la de Afganistán, la cual entendía como fundamental para acabar con Al Qaeda. Reivindicaba así, mientras que se comprometía con su continuidad, la guerra contra el terrorismo proclamada por los halcones republicanos.

 

Y así llegamos a la última elección. Hillary, al igual que Johnson, no necesitaba dar pruebas de su carácter, sus 4 años como Secretaria de Estado hablaban por si solos. A la destrucción de Libia y Siria, hay que agregar sus posiciones temerarias en Afganistán (el envió de más tropas, lo cual termino sucediendo) cuando Obama dudaba y se debatía por una salida; y sus constantes provocaciones a China, entre las cuales se encuentra un artículo en la revista Foreign Policy de 2011, titulado “América: el siglo del pacifico”, en total consonancia de su compromiso con el liderazgo estadounidense del siglo XXI, del cual dijo, puede, debe y lo hará.

 

Y así podríamos seguir. La lista es grande. La dinámica de los demócratas siendo interpelados en su capacidad para lidiar con las amenazas al poderío estadounidense por los halcones republicanos, es casi una constante de las contiendas electorales. Los demócratas han sabido recoger el guante y no se han limitado a la retórica, han dado muestras de que pueden ser tan o más guerreristas que los republicanos. Pero siguen peleando con el imaginario colectivo que persiste en situar la autoridad y firmeza en el bando opuesto.

 

Pero esta hipótesis no parece poder explicar los supuestos contactos sostenidos entre importantes miembros del círculo de Trump con representantes del gobierno ruso, revelados por la inteligencia norteamericana. A todo esto ¿Cómo supieron de estos encuentros? Si a las acusaciones de espionaje de Tump, han respondido con negativas. Y lo que es más preocupante ¿Cómo se puede siquiera seguir creyendo en lo que declaran estas agencias? Parece que el mundo se ha olvidado ya de las revelaciones de Snowden y del profuso historial de espionaje político del FBI en particular.

 

 

La segunda

 

Aquí se hace necesario escapar de la extendida caracterización de Trump como un demente hombre de las cavernas. No se trata de exculpar a nadie. Simplemente entender en él a un fascista, que posee un marco de referencia ético-ideológico que alimenta sus razonamientos y conductas. Tal como Hillary Clinton.

 

El complejo industrial-militar estadounidense ha elegido ya a su próximo enemigo, indispensable para darle sentido a su existencia. Después de España, fue Japón y Alemania, le siguió la URSS, tras el fin de la guerra fría, la oportuna aparición de Al Qaeda, muerto Bin Laden, resulta que son los capitalistas rusos la nueva amenaza a los EE.UU. El corrimiento de la OTAN hasta la frontera misma de Rusia y la guerra económica, sanciones y la baja operada del precio del petróleo, constituyen la ofensiva. Esto ha empujado a Rusia a una integración económica con China, en una alianza que nada tiene de natural. Ahora bien, ¿Es Rusia una amenaza a la hegemonía norteamericana? De todas maneras, desde el punto de vista de los intereses estadounidenses ¿A qué lógica responde un escenario que los enfrente a una alianza Pekín-Moscú? Hay que aclarar que estos países no representan una amenaza militar para EE.UU. En el 2015, según el Instituto de Estudios para la Paz de Estocolmo, el presupuesto de defensa de la potencia del norte ascendía a 596.024 millones de dólares, el de Rusia a 66.421 y el de China 214.787. El despliegue geoestratégico norteamericano incluye al menos 800 bases desplegadas por todo el mundo; frente a 18 de Rusia, de las cuales, salvo 2 en Siria y una en Vietnam, todas se encuentran en países que fueron parte de la Unión Soviética; mientras que el gigante asiático solo tiene una, en el sensible cuerno de África, en la Republica de Djibouti, al igual que Francia, Japón, y EE.UU. A lo que hay que agregar los 11 portaviones estadounidenses, frente a los dos con que cuentan rusos y chinos juntos (http://www.publico.es/internacional/amenaza-bases-militares-rusas-extranjero.html). El desafío es más bien de carácter económico comercial, y no es precisamente de parte de Rusia, sino del país asiático.

 

De acuerdo a datos del World Integrated Trade Solution (WITS), perteneciente al Banco Mundial, el país asiático posee el mayor PIB (PPA) mundial y es el principal exportador, desde que en 2013 relego en ambos rubros a EE.UU al segundo lugar. Mientras que Rusia se encuentra en el sexto (quinto antes de las sanciones económicas occidentales) y decimotercer puesto (onceavo antes de las sanciones), respectivamente. A su vez, Rusia exporta preferentemente materias primas y bienes intermedios, China y EE.UU venden mayoritariamente bienes de consumo y de capital. Rubros en los cuales los asiáticos no solo venden más, sino que tienen una balanza comercial favorable, mientras que las importaciones de los norteamericanos superan sus exportaciones. De hecho, EE.UU es el principal destino de las exportaciones chinas, que a su vez es el tercer destino de las exportaciones norteamericanas. Todo lo cual se traduce en una balanza comercial entre ambos países, desfavorable para EE.UU en 386.446 millones de dólares, que redunda en el desorbitante déficit de la balanza comercial estadounidense de 531,3 mil millones, lo cual contrasta, nuevamente, con los 595 mil millones de superávit de la nación asiática. Sin embargo China se encuentra lejos de poder desbancar a EE.UU en el comercio de servicios, aquí son los primeros los que muestran números rojos, y los segundos azules. Las exportaciones norteamericanas superan en este subrubro en casi 400 mil millones de dólares a las chinas. Por otro lado ambos compiten como consumidores en el mercado de las materias primas, a diferencia de Rusia que se autoabastece mayormente de sus ricos recursos naturales.

 

Resulta plausible pensar que el nuevo presidente norteamericano haya identificado en el auge de la pujante economía China la principal amenaza a la hegemonía de su país, y se dispone, tendiéndole la mano a Rusia, a acercar a esta a sus posiciones, desbaratando las potencialidades de una posible alianza Moscú-Pekín, y aislando a China en un escenario donde los EE.UU puedan concentrar todas sus capacidades y atención en un solo contendiente. La opción trumpiana, bajo estos supuestos, bien podría ser la de lidiar con un problema a la vez, dividir (o no dejar que se unan) y vencer. En la misma lógica, Nixon, en plena guerra fría, restableció las relaciones en 1972 con China (Reagan y Bush las consolidarían y ampliarían), que si bien ya estaba distanciada de la URSS, acerco de forma tal a estadounidenses y chinos, que estos terminarían contribuyendo en el derrocamiento de los gobiernos pro soviéticos de Afganistán y Camboya.

 

Algo parecido sucedía 30 años antes. A propósito de la amenaza del eje liderado por Alemania, los soviéticos pasaron a ser eventuales aliados, y en este caso, fue Roosevelt el que se encargo de acercar posiciones con el enemigo comunista. El 5 de mayo de 1941, el FBI arresto al jefe de la oficina económica y comercial de la URSS en Nueva York, a partir de información de que lo señalaba como el responsable de una red de espías en suelo norteamericano. Posteriormente se sabría que el individuo en cuestión, Haik Ovakimian, era el jefe del espionaje soviético en Nueva York, y que su red se extendía por toda norteamérica, México y Canadá; una vez de regreso en Moscú, se transformaría en el jefe de las operaciones de inteligencia soviética contra EE.UU. Pero cuando Alemania invadió la Unión Soviética, en un inequívoco gesto diplomático hacia su nuevo socio, el Departamento de Estado ordeno retirar los cargos y Ovakimian abandono norteamérica.

 

Mucho más acá en el tiempo, se sentó un precedente de lo más pertinente para lo que concierne a este artículo. Mas precisamente en el año 2011, tuvo lugar una enconada confrontación diplomática entre China y sus vecinos en torno a las disputas de soberanía en los mares de China Oriental y de China Meridional. La administración Obama salió a respaldar la posición contraria a los reclamos de Pekín de sus aliados en la zona, no solo por medio de gestos diplomáticos, sino también alentando una ampliación de las capacidades armamentísticas de sus socios, pero también reforzando sus enclaves militares en la zona. En junio de 2012 el Mando del Pacífico estadounidense, llevo a cabo importantes maniobras navales en Hawái, en las cuales China no fue invitada, como si lo fueron Rusia e India.

 

¿Quién puede acusar a Roosevelt, Nixon, Reagan u Obama de pro rusos, agentes chinos o comunistas? ¿No sería más justo reconocer que sus acciones, refieren a la opción que sostiene que a los enemigos se los enfrenta de a uno a la vez? La única razón por la que contra Trump se empiezan a escuchar acusación de complicidad con el enemigo, e incluso de traición, es porque los guerreristas del pentágono, ya han escogido a Rusia como el nuevo enemigo, y esta decisión constituye una política de estado en pleno desarrollo. Si Trump, como se plantea en esta segunda hipótesis, se dispone a romper con esta posición, casi con seguridad fracasara, y la distensión con los rusos quedara en la nada. Una muestra de esto es el bombardeo norteamericano con 59 misiles a la segunda base área mas importante de Siria en la madrugada del pasado 7 de abril.

 

 

* Licenciado en Ciencias de la Comunicación de la Udelar.

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