Renta agraria en Uruguay. Contradicciones de una forma específica de acumulación capitalista

Imagen: Aguarrás, 2016.

 

Pensar el capitalismo uruguayo, y el sudamericano por añadidura, es una tarea fundamental sin la cual no es posible el despliegue de una acción política con conocimiento de causa. A pesar de los relevantes aportes que a lo largo de estos años han hecho los pocos economistas de izquierda que han resistido la tentación de abrazar el paradigma neoclásico, el rezago en dicha tarea es enorme. No obstante lo anterior, entendemos que está en proceso una recomposición de la economía política con perspectiva de clase.


En lo que sigue vamos a presentar algunas hipótesis que entendemos centrales para pensar las particularidades de nuestro proceso económico. Las planteamos en base las lecturas de autores como el argentino Juan Iñigo Carrera (1), quien discute este mismo tema con foco en la realidad de su país. De más está decir que lo que aquí se plantea lo exime de cualquier responsabilidad. El conjunto de hipótesis puede agruparse en estos cuatro puntos:


1. La renta agraria que generamos por nuestras exportaciones es fundamental para la reproducción de nuestro capitalismo en tanto opera como elemento de compensación de una estructura económica estructuralmente rezagada en relación con la norma mundial de producción de mercancías.


2. Cuando el flujo de renta desciende la tendencia es hacia la necesidad de un abaratamiento del precio de la fuerza de trabajo y al incremento de la proporción de población que sobra para las necesidades del capital.


3. Esta forma de acumulación basada en el cambio de renta por mercancías importadas abaratadas, al mismo tiempo que posibilita la sobrevivencia de nuestro capitalismo, obtura e inviabiliza la posibilidad de la modificación de nuestra matriz productiva.


4. En el largo plazo existe el riesgo de un salto de calidad regresivo hacia capitalismos que profundicen la baratura de la mano de obra como mecanismo competitivo para la inserción internacional.


En lo que sigue intentaremos dar cuerpo a estas ideas que constituyen los primeros pasos de un proceso de investigación que deberá continuar.


A pesar de que el PBI de las actividades primarias en nuestro país no supera el 7% del total, este sector es el más relevante de nuestro proceso económico. Es el eje dinamizador del proceso de acumulación, y el valor de los precios de las materias primas que exportamos pauta en gran medida los ciclos económicos y políticos de nuestro país. La respuesta evidente a esto es que este sector es la fuente principal de divisas. Pero yendo a cuestiones menos aparentes, la relevancia del sector agrario no radica en la simple evidencia de ser el que más dólares aporta a la economía sino en la naturaleza de ese flujo de riqueza, es decir, lo que los padres de la economía política llamaron renta del suelo.


La renta del suelo es el ingreso recibido por el propietario de la tierra. La misma se deriva en principio del carácter monopolizable del suelo. Como la tierra es finita y apropiada privadamente, si un empresario quiere utilizar parte de ella para producir bienes primarios debe pagar un arrendamiento a su propietario que será trasladado luego al precio final del bien primario. Aquí se habla de renta absoluta. Pero como la tierra es además heterogénea en cuanto a su fertilidad y los precios de los bienes primarios, a diferencia de los industriales, no se determinan por las condiciones medias de producción sino por las peores, quienes poseen tierras más productivas se apropian además de lo que se denomina renta diferencial. Esto es, la diferencia entre el costo de producción en las mejores tierras en relación con las peores. A mejor fertilidad o ubicación del suelo mayor será la renta diferencial. En resumen, la renta agraria deriva del hecho de que está portada en mercancías para cuya producción se requieren condiciones no reproducibles por el trabajo humano. (2) Por tanto, la renta agraria corresponde a una parte del precio del bien agrícola con independencia de la ganancia del capitalista agrario y, por supuesto, con independencia del salario pagado a los trabajadores. Es por esto que podemos decir que la renta es un flujo de riqueza extraordinario proveniente de la riqueza generada en los países que importan las mercancías agrarias, que no reproduce la participación en el proceso productivo del capitalista o del trabajador y que por tanto es altamente disputable y puede ampliarse o disminuir sin que eso inviabilice al sector productivo. De ahí la condición de posibilidad para la alta volatilidad de los precios de las commodities.  

 

Si la renta representa un flujo de riqueza extraordinario que acaba pagando el comprador del bien primario al terrateniente, entonces tenemos que al Uruguay, al igual que a la mayoría de los países sudamericanos (también exportadores de mercancías basadas en recursos naturales) llega  sistemáticamente riqueza del exterior bajo la forma de renta agraria. Entender qué destino tiene y qué rol juega en relación con el conjunto de la economía es la clave para sopesar por qué el sector primario es el eje dinámico del proceso de acumulación capitalista en nuestros países.

En el concierto internacional Uruguay es un país “Ni-NI”, ni tiene la baratura de la mano de obra de países como China, México o regiones como Centroamérica, ni la alta productividad de los países centrales (EUA, Alemania, Japón, entre otros). Sobre la base de la renta del suelo que recibe a condición de su inserción primario -exportadora compensa una estructura económica y una magnitud determinada de población obrera empleada, que de otra manera no podría sostenerse.

 

Pero si la renta es el pago al terrateniente, ¿cuál es el mecanismo mediante el cual ésta se transforma en un elemento de compensación del conjunto de la economía? El mecanismo más claro podría ser un impuesto sobre ese flujo de riqueza, tal es el caso de las detracciones. Sin embargo, este no es el medio fundamental ya que la carga impositiva a la renta agraria en nuestro país no es relevante (ver trabajo de Oyhantçabal en este mismo número de Hemisferio Izquierdo). El mecanismo menos evidente pero quizá de mayor potencia por el cual se “desparrama” la renta al conjunto de la economía es la sobrevaluación del tipo de cambio. Un tipo de cambio sobrevaluado afecta a quien exporta en beneficio de quienes operan con mercancías importadas y quienes compran divisas para obtener poder de compra internacional. Esto facilita la acumulación interna en la medida que abarata los bienes de capital y las mercancías-salario importadas, y con esto reduce los costos del capital constante y el variable (medios de producción y fuerza de trabajo respectivamente) para el ciclo de acumulación y permite que un conjunto de capitales que operan a baja escala y productividad puedan subsistir y alcanzar una tasa de ganancia media (e incluso superior) para reproducirse. (3)   

 

No obstante, esto que parece un mecanismo virtuoso acaba obturando las posibilidades del propio desarrollo capitalista dado que lo que permite que se reproduzcan los capitales internos al mismo tiempo les impone un límite al abaratar enormemente los productos importados, dificultando de sobremanera que la producción interna pueda competir con ellos. Este movimiento encierra la existencia de un círculo vicioso. Siendo la renta agraria proveniente del mercado mundial lo que dinamiza al conjunto de la economía, fundamentalmente mediante un tipo de cambio sobrevaluado que “castiga” al sector exportador (al terrateniente) y favorece a los capitales mercado-internistas, al mismo tiempo de favorecer y permitir la reproducción de estos capitales abaratando los componentes importados de su cadena de valor, impide su desarrollo competitivo en tanto promueve las importaciones baratas. Dicho de otro modo, lo que permite la sobrevivencia de capitales alejados de los niveles de productividad de la frontera capitalista es al mismo tiempo lo que obtura la capacidad de su desarrollo competitivo.

 

Las fases de auge de nuestras economías, asociadas a altos flujos de renta agraria, que aparentan combinar crecimiento e inclusión en medio de un mecanismo virtuoso, constituyen en realidad una dinámica de acumulación que al mismo tiempo acaba obturando las posibilidades del propio desarrollo capitalista y reproduce la matriz productiva primario-exportadora. Es decir, el mecanismo que permite el crecimiento del capitalismo uruguayo al mismo tiempo es el que obtura las posibilidades de modificación de su matriz productiva.

¿Qué ocurre cuando bajan los precios de las materias primas y por tanto desciende el flujo de renta? En las fases de alto flujo de renta, el capitalismo “florece”, se dinamiza el conjunto del aparato económico local y se puede aparentar combinar crecimiento e inclusión social de forma sostenida, tal como ocurrió en los últimos 10 años. Cuando el grifo de la renta disminuye los capitales ineficientes que antes eran compensados por ella comienzan a tener problemas para su reproducción y se inicia un proceso que combina el incremento de los flujos de deuda externa (para compensar la renta que ya no llega) con una presión a la baja de los salarios y el gasto público ya que la base impositiva se ve retraída por el menor dinamismo económico. Lo que suele ocurrir es la postergación de la necesidad del ajuste a través del endeudamiento externo, pero cuando esto ya no es posible, se procesa un agudo ajuste sobre las condiciones de vida de la población y sobre la base de un nuevo piso salarial se restituyen las condiciones para la acumulación.

 

La fase de alza de renta (altos precios de las materias primas) coincide con una constante apreciación del peso. El mecanismo que ayuda a dinamizar ese proceso es la inflación, en tanto un ritmo inflacionario constante que supere la suba nominal del dólar provoca la sobrevaluación real de nuestra moneda (lo que se conoce como “atraso cambiario”).

 

En la contracara del ciclo, cuando desciende el flujo de renta, lo primero que comienza a procesarse es una tendencia depreciatoria del peso como manifestación de que ya no es posible continuar expropiando al sector terrateniente por la vía del tipo de cambio sobrevaluado. En este punto también la inflación comienza a incrementarse por el encarecimiento de la base importadora, y su papel pasa a ser la depreciación del precio de la fuerza de trabajo. Comienza a hacerse necesario un proceso inflacionario que necesariamente debe superar el crecimiento del salario nominal (de ahí que empiece a hablarse de la desindexación salarial) para procesar una caída del salario real que ajuste el poder adquisitivo interno en relación al nuevo encarecimiento de la canasta de consumo de los trabajadores producto de la depreciación del peso que, como dijimos, es la manifestación de una caída de la renta.

 

De no procesarse esta caída del salario real, lo que ocurre es que la suba del dólar empuja la inflación, que a su vez empuja el efecto contrario al sobrevaluar la moneda local, lo que vuelve a empujar la suba del dólar y se corre el riesgo de ingresar en un círculo vicioso (suba del dólar - inflación - apreciación real del peso – suba del dólar - inflación…) del cual el capitalismo uruguayo solo puede salir abaratando la fuerza de trabajo a partir de la reducción del salario directo e indirecto (gasto público social). La clave es que la devaluación supere la inflación, y para que esto sea posible la inflación debe contenerse contrayendo demanda interna, es decir, depreciando salarios y gasto público. Este último movimiento es lo que conocemos como ajustes estructurales. Usualmente es el propio Estado el que asume la tarea de la desindexación salarial como forma de evitar el freno abrupto del proceso de acumulación de capital. (4) (5)


Llegado este punto, las consecuencias sobre la clase trabajadora y sobre los sectores de pequeños y medios propietarios que no pudieron resistir el achique no son únicamente una pauperización de sus condiciones de vida, sino el incremento de la masa de éstos que pasa a sobrar para el ahora menor conjunto de capitales que la estructura económica uruguaya puede albergar dada su inserción internacional. Las variables de ajuste de nuestra formación económica ante la caída del flujo de renta son fundamentalmente el salario y el empleo, es decir, el precio de la fuerza de trabajo y la magnitud de la población obrera sobrante.  

A nuestro entender, sobre lo anterior giran las principales determinaciones del proceso económico uruguayo. Sin embargo, como todo proceso, su movimiento encierra la posibilidad de saltos cualitativos (no necesariamente en un buen sentido).


A medida que se incrementa la escala de la acumulación global (los tratados de liberalización comercial expresan ese proceso) y al mismo tiempo se incrementan los diferenciales de productividad entre nuestro país y las potencias exportadoras, la tendencia es a requerir un flujo de renta cada vez mayor para seguir sosteniendo en marcha nuestro proceso económico. A falta de este flujo se incrementa la necesidad de una mayor depreciación de la fuerza de trabajo y un incremento del porcentaje de población que pasa a encontrarse en condición de sobrante respecto a las necesidades de nuestro capitalismo. No está descartada la posibilidad de que en América del Sur se inicie una fase de competencia “espúrea” entre los Estados por quién abarata más su fuerza de trabajo. De hecho, los ajustes que se vienen procesando en la región ponen de manifiesto esta tendencia. A quienes piensan la historia económica uruguaya y las tendencias de largo plazo los guía una pregunta: ¿por qué no somos Finlandia? Por nuestra parte parece más pertinente preguntarnos si no vamos rumbo a ser un capitalismo al estilo mexicano, que combina recursos naturales con “exportación” de baratura de mano de obra en medio de una situación socio-política fuera de control, más que a ser un capitalismo escandinavo. Las posibilidades de un salto cualitativo regresivo están abiertas.


Recapitulando. La renta agraria, y su uso en la actual configuración de las relaciones sociales de propiedad, es al mismo tiempo la condición de sostenibilidad de nuestro capitalismo y el mecanismo que obtura las posibilidades de salto productivo. La misma fuerza que empuja la acumulación es la que la traba. El resultado de esas fuerzas contrapuestas es una trayectoria orbital en torno a los países centrales del proceso de acumulación capitalista mundial, es decir, la reproducción de la dependencia o, como señalaba el pensamiento económico marxista latinoamericano en respuesta al nacional-desarrollismo de inspiración cepalina de los 50s-60s, el “desarrollo del subdesarrollo”.

Parados en este punto, parece que para que los países sudamericanos sean viables no les queda otra alternativa que dejar de despilfarrar renta en la reproducción de un capitalismo ineficiente, y concentrar esa riqueza en manos del Estado para con ella, y en clave de agregación continental, lograr fondos de inversión que nos permitan una mejora de nuestra inserción en el proceso económico internacional y evitar de esta forma las tendencias estructurales que nos empujan a una economía a la que cada vez le sobrarán más uruguayos. Aún en ese caso, en el marco de la nueva división del trabajo mundial, el proceso de acumulación global sigue planteando enormes dificultades para el proceso económico sudamericano, entre ellas, la de continuar reproduciendo en el mediano plazo una matriz primaria y extractiva y seguir con el ingreso de su población como variable de ajuste.

 

Un manejo de la renta del suelo centrado en las necesidades nacionales, si bien resultaría un enorme avance en materia de bienestar social, no resolverá los problemas de fondo. La acción política internacional por transcender la lógica del capital continúa siendo ineludible.

 

*Economista

**Economista. Integrante del Consejo Editorial de Hemisferio Izquierdo.

 

1. Por más información sobre este autor se puede ver http://cicpint.org/. También se pueden consultar los trabajos de Juan Kornblihtt, quien desarrolla la misma perspectiva para el caso venezolano. 

2. Por un mayor desarrollo, aún sintético, ver Economía de la Sociedad Capitalista y sus Crisis Recurrentes. Foladori-Melazzi

3. La renta que recibimos del mercado mundial también luego tiene canales de “devolución”, tal es el caso por ejemplo de los pagos de intereses de deuda o la remisión de utilidades por parte de las multinacionales con un tipo de cambio sobrevaluado.

4. El desarrollo expuesto en este párrafo nos permite avanzar en una caracterización de la inflación como un fenómeno que cumple un papel clave en el movimiento del conjunto del proceso de acumulación en su ciclicidad. Esto nos permite salir de una reflexión que piensa a la inflación como la mera puja distributiva o como una simple respuesta al exceso de demanda o suba salarial.

5. Otro mecanismo para que opere este proceso sería la disminución abierta de los salarios nominales, pero como esto es políticamente inaplicable y existe un andamiaje normativo que lo dificulta, es el proceso inflacionario en medio de la desindexación salarial el que logra la depreciación del salario real. 

 

 

 

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