Editorial, la democracia más allá del mito liberal.

Dibujo de tapa: Federico Murro.

 

A mediados del siglo pasado, en plena vigencia del relato de la Suiza de América, Mario Benedetti impugnó con “El país de la cola de paja” a la mitología democrática nacional. Visualizó sus dobleces, corrupciones y complicidades, y la llamó ”cascarodemocracia” sostenida por “la solidaridad de los cola de paja”. La generación de izquierdas revolucionarias que surgió en nuestro país algunos años después, sostuvo que capitalismo y (verdadera) democracia eran dos pares irreconciliables, y la democracia era algo a conquistar ya sea contra la pseudodemocracia, o por vía de conquistas progresivas desde las instituciones de la democracia. Lo que pasó luego lo sabemos: las (heroicas) luchas contra la dictadura se articularon como luchas por la democracia, y luego las luchas por la democracia se sintetizaron como luchas por la reinstalación de las instituciones de la democracia liberal. La democracia como conquista se instaló como nuevo sentido dominante en el pensamiento de la izquierda, y progresivamente dicho sentido fue hegemonizado de acuerdo al pensamiento liberal.

 

Desde entonces, el credo del buen demócrata (expresado en la prédica sanguinettista) sustituyó a las cartas de fe democrática de la dictadura, continuando simbólicamente aquel papel policial: demarcar un adentro y un afuera de lo político. Así, en su proceso de ascenso al gobierno, la izquierda progresista fue incorporando el credo democrático liberal hasta asumirlo como propio. La caída del muro de Berlín y la sucesión de derrotas históricas de las izquierdas del siglo XX hicieron lo suyo. El imperialismo norteamericano desplegó su estrategia intervencionista en torno al discurso de “defensa de la democracia”. Y la racionalidad tecnocrática neoliberal redujo a la democracia a una serie de procedimientos administrativos donde el poder está siempre en otra parte, configurando una era que Slavoj Zizek llamó “pospolítica”. Desde entonces, “democracia” ha quedado ideológicamente definida en nuestro país como lo opuesto de “dictadura”, y pragmáticamente reducida a votar cada cinco años en elecciones (la “fiesta de la democracia”) cada vez más concebidas y realizadas como campañas de mercadeo.

 

Así las cosas, reflexionar críticamente en torno a “la democracia uruguaya más allá del mito liberal” puede parecer un anacronismo. Tanto más en plena era progresista de indudable avance en materia de derechos sociales. Sin embargo, en momentos en que en todo el continente las empresas de comunicación de masas tienen cada vez mayor influencia fáctica en decisiones (y cambios) de gobiernos, y en nuestro país se perpetúa un oligopolio mediático. Cuando la impunidad muestra sus ribetes más cínicos en las cómodas prisiones domiciliarias del puñado de militares torturadores procesados, contrastando con el hacinamiento infernal de los presos “comunes”. Cuando se nos presenta a la inclusión financiera como un avance democrático y a la macroeconomía como una externidad inalcanzable para la política. En momentos en que los avances en legislación consagratoria de nuevos derechos se combinan con el avance de la sociedad de control hipervigilante, la política del miedo y la criminalización de la pobreza. En momentos en que la economía (la desigualdad, las clases, la propiedad) aparece como el gran ausente en la reflexión democrática. En momentos como los actuales, entonces, vale la pena volver a impugnar, como Benedetti hace medio siglo, a nuestra “cascarodemocracia”. Mostrar sus sótanos inconfesables, sus impensados y sus impensables.

 

Es que preguntarse por la democracia tiene sentido siempre que se interrogue por los otros de la democracia. Siempre que se convoque a los expulsados y a los convidados de piedra del “gobierno del pueblo”. Siempre que se enuncie (politice) a los impensados y a los impensables del discurso democrático, y se busque con ello la re-politizacion democratizante de la democracia. Se trata de relanzar el problema de la democracia como un problema de izquierda anticapitalista. Sin omitir el registro estratégico del problema: ¿cómo orientar una acción política de izquierda transformadora (en, ante, desde, por fuera de) los escenarios y reglas de juego de la democracia liberal realmente existente? Sobre estos temas convocamos a reflexionar al hemisferio de las izquierdas.

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