• María Noel Curbelo

No es mi despedida


Ilustración: Mariana Escobar



Este artículo es parte de una investigación en curso sobre las formas de trabajo y de provisión formales e informales en un barrio popular del oeste de Montevideo. (1) Mediante una etnografía de corte tradicional, los investigadores residen allí, conociendo de primera mano la vida social del barrio.


Karina tiene 39 años. Es una mujer alta y flaca, con una espalda caída como si tuviera una cuerda que la cinchara hacia abajo y la condenara a estar encorvada. La hemos visto cortar el pasto por la cuadra y le dijimos que viniera a hacerlo en nuestra vereda. Varios hombres se habían arrimado estos días ofreciéndonos cortar el pasto pero nosotros habíamos decidido que le diríamos a ella. La habíamos visto cortar el pasto de la vereda de enfrente y habían pasado ahora varios días de lluvia por lo que suponíamos que no había podido hacer este trabajo por un este tiempo. El clima constituye un factor determinante en estos modos de conseguir dinero.


Antes de venir a cortarlo, vendría a ver las dimensiones del pasto a cortar y ahí podría poner un precio. Cerca de las 21:30 hrs siento su moto que llega a la vereda de casa y salgo. Mira el pasto y me dice que serían $400, no sólo el corte sino que también va a carpir lo que hay entre el cemento de la vereda. Queda en venir al otro día a las 10 de la mañana.


La espero a la mañana siguiente. Me levanto para ir al cajero antes así tengo efectivo para pagarle y armo una bolsa con ropa que tenía para dar: un par de remeras que no uso, un vestido de verano, un short de jean, un par de championes New Balance verdes que dejé de usar hace tiempo pero que están en buen estado y me recuerdan que los compré online hace más de tres años en uno de esos días de descuento y me habían costado un poco más de $2000. También en la bolsa pongo un par de bombachas que nunca usé. Me pregunto si Karina tendrá suficientes y pienso también en su menstruación y en la compra de productos para esos días. Hace algunos años que yo uso la copa menstrual y desde entonces no compro adherentes con frecuencia pero sé que es un gasto de todos los meses y me pregunto cómo hará Karina con eso. Mi copa salió alrededor de $1500. Casi cuatro cortes de pasto para Karina. Dejando de comer, dejando de vivir.


Yo la pude comprar enseguida que otra se me había quemado mientras la hervía. Ese tiempo entre que algo deje de funcionar y comprarlo también es un tiempo para considerar en su tono económico.

Karina además tiene una hija comenzando la adolescencia y dos niños de edad preescolar. Hace poco una vecina me había contado que ella “había cerrado la fábrica con el más chico” y que cuando lo tuvo, hace dos años, le pusieron el implante que la cubre por 5 años en el Hospital Pereyra Rossell. Como un hábito insoslayable, me pregunto internamente sobre la cantidad de hormonas que puede tener eso que dura tantos años en su cuerpo y va despidiendo elementos que evitan el embarazo durante tanto tiempo. Pero le pregunto si hubo reacciones adversas y me dice que no, que no sintió nada y que pretende seguir con eso por otros 5 años más cuando estos primeros se terminen. La medida de su tiempo protegida de embarazos, es la edad de este último hijo. Me pregunto también por la ligadura de trompas y por la posibilidad de una vasectomía en su compañero. Me lo pregunto. Internamente.


Son las 10 de la mañana y Karina no llega. La veo pasar a las 10 y 45 en la moto rumbo abajo pero ella ni siquiera mira. Llega a las 12 menos cuarto y me pide disculpas por la demora porque estaba haciendo otro corte. El sol atraviesa la tierra del mediodía como una mordida intensa que traspasa la piel. A Karina esto no le impide trabajar, ¿cómo lo haría? ¿Cómo evitaría replegarse de los rayos del sol y evitar "hacer un corte" de $400? ¿Cómo decirle a Karina que por recomendación no trabaje a deshoras de su salud dérmica?


Viste un vaquero rasgado, una remera blanca y unas crocs negras. Vino en su moto roja sin asiento acolchonado. Comienza a cortar el pasto que al desprenderse de la máquina levanta un poco de vuelo por el impacto y vuelve al piso que ahora lo ve morir. El ruido de la máquina es ensordecedor pero Karina no se cubre sus oídos con nada. Sólo se pone unos lentes transparentes que la cubren de ese pasto que vuela, y un gorro blanco y fucsia con una inscripción que resalta dos palabras que me dicen que viene de una fiesta de despedida de soltera y que lo mandaron hacer específicamente para esa ocasión: el gorro dice en grande y mayúscula ME CASO.


Me recuerda que la economía moral es aquella que da por bueno tener ciertos bienes, y tener estos bienes dan promesa de felicidad. En su interpretación utilitarista, dice Sara Ahmed, se considera que maximizar la felicidad constituye la medida del bien social.

Es en estos intercambios donde se instauran lazos sociales y los objetos fluyen, con ello la promesa de que un objeto puede hacerte feliz. Pero estos dones son bienes heteronormativos, blancos y con privilegios de clase: el gorro de la despedida de soltera fue usado por una y precisa noche (o día, he visto cómo ese festejo cada vez se llena de elementos que parecen prometer felicidad, también se hace de día alquilando casas afuera y mostrando fotos de todas las invitadas en piscina). Al llegar a las manos de Karina luego de que quede inhabilitado como elemento con valor sólo en esa fiesta, en ella se transforma en un objeto valioso para su cuidado y un elemento de su trabajo: un bien que no promete felicidad, sino que ayuda a que pueda seguir trabajando, promete estado saludable para seguir cortando el pasto al sol a horas en que hacerlo no estaría permitido. En la fiesta el gorro tenía valor por su inscripción, en Karina tiene valor como gorro.


Se va un rato y vuelve. Ella vive a la vuelta de casa y viene ahora con sus dos niños chiquitos que juntan el pasto con una pala y con las manitos en modo de juego. Estar con ellos, traerlos a su trabajo, es una forma de cuidarlos también. Luego de eso, me cuenta que el más chiquito tiene fonoaudiólogo y el otro psicólogo. Había ido a darle de comer a su abuela que vive con ella. “Soy sola” me dice. Y yo no le pregunto nada al respecto pero ambas sabemos a qué se refiere con eso: a que no tiene pareja, compañero o marido. La soledad es referida al estado de sus vínculos amorosos y no a la compañía o convivencia con otras personas: tiene tres hijos y además, su abuela vive con ella.


Me cuenta que “hace feria”, además de cortar el pasto. La máquina es de ella y la compró con una de las pensiones de su marido. “Soy viuda” me cuenta ahora. Como reafirmando la soledad de su estado anterior dicho con un estado civil, con una formalidad. Está sola porque es viuda. Me dice que la plata no le alcanza y que consigue los trabajos porque la gente la conoce y sabe que ella los hace “como pasó con tu marido” reafirma, refiriéndose a mi compañero de investigación. Y a mí no me quedan muchas palabras porque lo que me dice me hace considerar mientras leo a Ahmed, que sí, que aún en este mundo “Uno de los principales indicadores de felicidad es el matrimonio” y el gorro del momento feliz que le perteneció a otra persona, lo promociona de esa forma, como una manera de causar felicidad, en un momento donde la propia felicidad parece volverse un deber para uno y para los demás: “que sean muy felices” o “tu felicidad es la mía” es casi una exigencia moral en este momento donde parece difícil complejizar la felicidad.


El valor que se le da a esos bienes varían para las personas, dependiendo del momento de la “vida social” del objeto tal como señala Appadurai. El gorro de la despedida de soltera que ahora usa Karina para cortar el pasto, así como los championes y la ropa que le di, tienen como vimos, un valor económico pero también una vida social. La situación de estos objetos varía en sus intercambios, se vuelven bienes con implicancias diversas en las formas de uso y del momento de vida que acompañan, como uniéndose a una trayectoria variando su valor, entendiendo que lo que nosotros podemos asimilar con determinado uso, valor económico y/o significado, varía al llegar a otras manos y más aún en sectores precarizados donde el universo de las cosas se vuelve objeto de trabajo, valor, mercancía, feria, comida.


El lazo social se conforma por la estructura de desigualdades que rigen estos intercambios de bienes, pero también rigen la economía moral que les atraviesa, más aún siendo mujeres. En la vida de Karina, las máquinas como su moto y la cortadora de pasto, son esenciales para trasladar a sus niños, llevar sus herramientas, ir de un lado a otro: cuidar, trabajar, proveer, cumplir con sus exigencias maternales y vecinales de la mejor forma posible dejando su propio cuerpo en un plano secundario.


Noches después voy al almacén de la vuelta de casa y pasa Karina en la moto con un cigarro en la mano y pienso que quizás ahí esté su momento feliz que explicita el cansancio ante un mundo que le exige maternar, trabajar y cuidar en la soledad de una viudez cuando se quita el gorro de su cabeza porque no es su despedida de soltera ni su casamiento.


Ante las exigencias de ser feliz de determinada forma, Karina ejerce una práctica de libertad individual en una moto sin asiento, desteñida, sin luces ni hijos ni abuela y quizás sea esa la soledad que le guste, y no la que la obliga a justificar que está sola porque su marido falleció aunque su cabeza al sol diga que se casa.



Notas


1. La investigación se está llevando adelante por los antropólogos María Noel Curbelo y Gonzalo Gutiérrez, bajo la coordinación de Marcelo Rossal. El presente texto fue escrito por María Noel Curbelo, doctoranda en Antropología por la Universidad de la República.


2. Los nombres de los interlocutores fueron cambiados para preservar su anonimato.