Una elección defensiva

October 14, 2019

Ilustración: Miran

 

 

Falta menos de un mes para las elecciones. El escenario es incierto. La derecha va con un arco amplísimo, donde conviven liberales autodenominados progresistas con la derecha cristiana, y supuestos absolutistas republicanos con un partido militar. Pero es claro que, aunque la forma concreta de la coalición dependa (en caso de que ganen) de resultados y negociaciones, el Partido Nacional, el Partido Colorado, el Partido Independiente, el Partido de la Gente y Cabildo Abierto son ya una coalición que va a votar junta en el ballotage para sacar del gobierno al Frente Amplio e imponer el ajuste que reclaman las cámaras empresariales.

 

Del otro lado, el Frente Amplio tiene como portaestandartes a Daniel Martínez y Graciela Villar, ambos representantes de sus sectores centristas. La estrategia de un cuarto gobierno del FA parece ser apostarlo todo a megaproyectos, tratados comerciales y PPPs. No asoma una agenda transformadora. La UP y el PT también están en el menú electoral, pero si bien pueden lograr algún diputado, no tienen el volumen suficiente para evitar que la elección sea entre la gran coalición de derecha y un deslucido Frente Amplio. El PERI y el PVA, como grupúsculos reaccionarios, no merecen mayor comentario.

 

Es fácil prever lo que implica un gobierno de derecha. Reducción de funcionarios públicos, debilitación de la negociación colectiva, recorte del gasto a lo largo y ancho de los servicios públicos, cuasiprivatizaciones, aumento de la represión, alineamiento total con la política exterior de Estados Unidos, una reforma educativa neoliberal, asunción por parte del estado del discurso de las cámaras empresariales y la entrada directa de los cuadros empresariales y neoliberales a funciones de gobierno.

 

Podría decirse que cosas parecidas pasan hoy en el gobierno del FA. Sería parcialmente cierto. Pero parecido no es lo mismo. Si miramos las estrategias a nivel macro, vemos que el FA apuesta al crecimiento económico para mantener el salario, los servicios públicos y las políticas sociales. Para lograr ese crecimiento hace grandes concesiones a “los inversores”, es decir al capital trasnacional.

 

Un eventual gobierno de derecha va a tener como estrategia mejorar la competitividad reduciendo el gasto y el salario (a través del tipo de cambio, la desregulación laboral y el debilitamiento de la negociación colectiva), y va a intentar transformar los mecanismos de control político de la economía que hoy existen hacia mecanismos de mercado más fácilmente influenciables por intereses capitalistas, para luego blindar esas reformas de manera de que sean impermeables a la presión popular. Y además, también va a hacer las mismas concesiones que el FA al capital trasnacional. Entonces la cuestión no es solo si estamos a favor o no de lo que hace el FA, sino de cuales son las opciones.

 

Es cierto que el FA viene hace rato aumentando penas, tercerizando, apostando a las PPPs, creando zonas francas, firmando tratados comerciales que robustecen los derechos del capital y consagrando el discurso emprendedor desde el estado. Pero también es cierto que esas tendencias encuentran disputas y trancas desde lo que queda de izquierda y representación de clase en el FA.

 

Para completar el mapa, no podemos no reconocer la militancia de quienes están adentro, peleando esos plenarios y congresos. Ni la de quienes aprovechan las mayorías parlamentarias para hacer aprobar leyes, ni la de quienes consiguen aumentos de salarios, recursos para proyectos u otras conquistas, grandes o pequeñas. Es cierto que son los movimientos y no los partidos los que mueven el cambio, pero tampoco podemos pensar que estas cosas van a seguir sucediendo con otra coalición gobernando.

 

A menudo se formula la pregunta de si este es un gobierno de izquierda o no, y dada la deriva del FA es una pregunta válida. Pero no creo que la respuesta correcta sea decir que este es un gobierno de derecha. Es un gobierno de un frente amplio que incluye a una parte de la izquierda y también a sectores conservadores, tecnocráticos y empresistas, que navega con mucha dificultad una situación en la que las presiones e influencias del capital y el neoliberalismo se meten por todos lados.

 

Con una victoria de derecha, el neoliberalismo y el capital no gobernarían ya, como hoy, a través de presiones, cooptaciones, operaciones mediáticas, dominio de sectores académicos y organismos internacionales, sino directamente a través del control del Poder Ejecutivo y el Legislativo (el judicial siempre lo tuvieron). Ya no van a haber plenarios del FA trancando acuerdos comerciales, ni declaraciones del Pit-Cnt que hagan frenar decisiones, ni ex-sindicalistas en el ejecutivo matizando los ajustes, ni organizaciones barriales o de la diversidad con aliados en los ministerios peleando la burocracia.

 

En su lugar, el Opus Dei y la derecha evangélica van a ocupar cargos clave en la educación, la salud y las políticas sociales. La seguridad social va a ser entregada a negocios financieros. Los militares van a tener sus representantes políticos en todos los niveles. Cuadros neoliberales (y no ya neodesarrollistas, parecido no es lo mismo) van a tomar las decisiones más importantes.

 

Lacalle Pou, el favorito a ganar las elecciones, anuncia para los primeros días de gobierno una misteriosa ley de urgencia, que barraría de un plumazo con todo tipo de legislaciones progresistas. Recordemos que este candidato critica la estrategia de Macri en Argentina por gradualista, y se inclina entonces por el shock. Una victoria de derecha implica prepararse, en el cortísimo plazo, para un ataque masivo desde todos los frentes, en el que la derecha tiene todas las de ganar durante su “luna de miel”, blindaje mediático incluido.

 

Una victoria del FA, en cambio, implica la continuidad de este pantano. No estoy queriendo decir que sea un pantano deseable. Tiene costos ambientales enormes, provoca el retroceso de la izquierda en la cultura y ayuda a la fortificación de largo plazo del poder del capital. Las leyes punitivas, el engorde de la policía, las entregas al capital trasnacional, los tratados comerciales que comprometen al país a no moverse hacia transformaciones económicas, la infiltración en la educación y la ciencia del discurso empresarial, entre muchas otras cosas, tienen que ser resistidas. Más allá de lo que vote o milite cada cual, la izquierda no puede subordinarse al gobierno ni darle paz a sus políticas derechistas.

 

Pero si quiero señalar que lo que propone el FA se diferencia de la trayectoria que propone la derecha en dos puntos: en primer lugar en que hace concesiones en negociación con sectores que las enlentecen, imponen transacciones y ocasionalmente trancan esa tendencia; y en segundo lugar que esto se hace atendiendo a la capacidad de consumo de la población y en alguna medida al robustecimiento de la organización sindical, avances legislativos para grupos subalternos y el mantenimiento de instancias democráticas (lavadas y débiles) en espacios como la seguridad social y la educación.

 

Entonces, esta es una elección defensiva. Se trata de evitar que el capital y el neoliberalismo ejerzan el gobierno directo, pero sabiendo prefectamente que la victoria frenteamplista no va a provocar grandes avances para la izquierda. Según como se las mire, las elecciones pueden ser fundamentales o irrelevantes. No es lo mismo quien gane, pero sabemos que lo que sea de bueno que pase después de las elecciones no va a venir del gobierno.

 

No nos tenemos que hacer ilusiones. Ante una situación así, hay quienes piensan que para que no gane la derecha hay que ocultar las cagadas del FA. Mientras, hoy otros que piensan que para combatir la derechización progresista hay que ocultar las diferencias con la derecha y las conquistas de estos quince años. Creo que lo mejor es mostrar las dos cosas. Mirar de frente a las contradicciones de la realidad. Aprovechar las oportunidades que produce la victoria electoral del FA, pero de perder, también las que produciría la derrota. Y el reverso, prepararnos para los conflictos que vienen, que serían de naturaleza distinta según el resultado, o quizás no tanto. Cada cual votará lo que le parezca, pero antes y después de la elección no podemos dejar de discutir y organizarnos para la pelea larga, que va a seguir gane quien gane.

 

 

* Gabriel Delacoste es politólogo, autor de artículos y colaboraciones en diversos medios de prensa.

 

 

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