"Sobrevivir, resistir, imaginar", entrevista a Natalia Uval*

 

 

 

Como a los/as demás entrevistados/as de la sección "La vuelta al Hemisferio", convocamos a Natalia a responder dos preguntas:
1) ¿Cuál es el papel que juegan los medios de comunicación hegemónicos y las corporaciones mediáticas en un contexto regional de restauración conservadora?
2) ¿De qué manera podemos elaborar estrategias comunicacionales para enfrentar el avance de las derechas y su construcción de un sentido común reaccionario?

Ambas respuestas se articularon en el texto que transcribimos a continuación:

 

 

“Hago falta, yo siento que la vida se agita nerviosa si no comparezco, si no estoy”

Alfredo Zitarrosa, Guitarra Negra

 

La tan comentada crisis de los medios de comunicación tradicionales es más vieja que la era de la posverdad, preexiste a los autoritarismos de nuevo cuño, es más anciana que los fracasos de los progresismos. La crisis tiene al menos dos vertientes: el debilitamiento de la confianza en los medios como intermediarios privilegiados entre los acontecimientos y los públicos -a raíz de la multiplicación de los emisores y de otros fenómenos sobre los que no me explayaré aquí-, y el colapso de los viejos modelos de financiamiento. En este escenario, y ante las debilidades estructurales del sistema de medios, el capitalismo hace lo que mejor sabe hacer: concentrar el poder y la riqueza. Las grandes corporaciones mediáticas absorben medios a escala transnacional y los nuevos actores del campo comunicacional, las plataformas tecnológicas, incrementan sus ingresos y su dominio día a día. Utilizando las posibilidades tecnológicas, las propuestas de comunicación alternativas florecen, pero en general son flores de pocos días, marchitas por la falta de un financiamiento que las vuelva sustentables, o en los mejores casos subsisten de manera precaria, dependientes de la cooperación internacional.   

 

Las corporaciones mediáticas en algunos casos han conspirado abiertamente contra los procesos progresistas de la región. En la mayoría de los casos, sin embargo, su posicionamiento surge más bien de su papel tradicional de voceros de las élites, y su rol es la producción de discursos conservadores. A largo plazo, este rol es mucho más efectivo que las conspiraciones puntuales a la hora de garantizar la consolidación de los discursos autoritarios y reaccionarios en la sociedad. 

 

Hay que apuntar, no obstante, el papel interesante que han adoptado algunos medios tradicionales ante la diseminación de información falsa: se han erigido de alguna forma en garantes de “la verdad” -al menos en su sentido clásico aristotélico: correspondencia con los hechos-, haciendo honor a la utopía más noble del periodismo. 

 

No son buenos tiempos para las ideas progresistas, y tampoco lo son para los medios de comunicación alternativos. Sin embargo, antes de proponer algunas acciones para enfrentar “la construcción de sentido común reaccionario”, que es la consigna de esta columna, me gustaría alertar sobre dos tentaciones que los medios alternativos y con una posición editorial de izquierda podemos tener en esta coyuntura, y a las que no deberíamos ceder, a riesgo de parecer ingenuos en la disputa política:

 

1. La tentación de contribuir a un esquema de polarización. Día tras día observamos en Uruguay a periodistas que devienen operadores políticos confesos. Que olvidan su rol primordial de informar en aras de opinar permanentemente sobre los hechos y sobre las personas, con discursos monolíticos en los que no hay lugar para la duda, esa “llama sagrada del periodismo”, al decir de Tomás Eloy Martínez. Los grupos económicos que controlan los canales de televisión privados asumieron recientemente en forma explícita su rol de actores políticos, sumándose a la proclama de Un Solo Uruguay, con reclamos que trascendían su estricto interés corporativo.

 

En este escenario, los medios de izquierda o contrahegemónicos pueden caer en la tentación de colocarse “del otro lado” de la disputa, embanderándose con reivindicaciones político-partidarias o convirtiéndose en instrumentos de propaganda de un partido o sector político. Ceder a esta tentación implica abandonar su verdadera trinchera (a la que me referiré más adelante) y dejarle a otros el espacio del pensamiento crítico, de la reflexión, del diálogo, de la comprensión. Supondría también debilitar la ya minada confianza que las personas tienen en los medios como fuentes de información, obligando a los públicos a alinearse de manera automática con la visión del mundo que ese medio promueve. Y nadie puede convencer a los convencidos.

 

2. La tentación de utilizar las mismas prácticas que cuestionamos. Muchas personas que se dicen de izquierda suelen cuestionar en forma permanente a los medios que tienen una línea editorial de derecha, acusándolos de manipular, de sesgar, de no ser plurales, de omitir, o directamente de mentir. Sin embargo, reclaman a los medios de izquierda que actúen exactamente de la misma forma, pero en sentido ideológico inverso. Y si esos medios no lo hacen, se los acusa de ser ingenuos, de no entender la gravedad de la hora, de no conocer su lugar en la disputa política, o de no tomar partido. Considero en cambio que son estos críticos quienes no comprenden la importancia de consolidar medios de comunicación de izquierda creíbles, que trasciendan la marginalidad y que se posicionen en un lugar que les permita hablar para amplios sectores de la población.   

 

Dejando a un lado las tentaciones, entonces, mencionaré algunos elementos estratégicos como forma de contribuir a la discusión sobre los caminos de los medios de izquierda o alternativos para enfrentar el avance del sentido común reaccionario: 

 

 

Sobre los públicos

 

1. Es necesario aspirar a ampliar cada vez más nuestros públicos, a disputar la centralidad del espacio mediático y no quedarse en los márgenes. Hay personas, colectivos y medios de comunicación con voluntad transformadora pero que no se autocalifican de izquierda. Es necesario dialogar e incluso tejer alianzas con esas personas y colectivos para enfrentar el sentido común reaccionario.  

 

2. Construir comunidades más amplias que los propios medios, que tengan un sentido de pertenencia al proyecto comunicacional. La diaria es un buen ejemplo en este sentido: convoca a sus suscriptores a actividades diversas, como co-crear agendas periodísticas, co-crear contenidos, asistir a talleres sobre temas ambientales, participar en una proyección de escrutinio de las elecciones, entre otras acciones que permiten un acercamiento del medio con sus públicos y que promueven el aprendizaje mutuo y el sentido de comunidad. 

 

3. Contribuir a mantener la confianza de las personas en los medios. Si bien es saludable que las personas conozcan y sepan descifrar los mecanismos de manipulación de la información y los intereses corporativos que muchas veces subyacen en las prácticas informativas -y para esto, la educación para los medios es central-, no es bueno para las democracias que la confianza en los medios -como en tantas otras instituciones- se debilite. Y no es bueno porque los medios son una tribuna de debate público, que tiene normas acordadas, como por ejemplo, no mentir. Esto no quiere decir que los medios no mientan, quiere decir que está mal visto que lo hagan. En este marco, los medios son un posible lugar de encuentro de visiones distintas, y estos lugares públicos de encuentro para el debate son cada vez más escasos. Y son necesarios, porque si bien en algunas áreas de la vida pública el conflicto es inevitable, en otras el diálogo y la generación de consensos es posible y deseable. Tenemos que tener cuidado de que el cuestionamiento sistemático y enfervorizado de los medios tradicionales no acerque nuestro discurso al del presidente estadounidense Donald Trump, por poner sólo un ejemplo.    

 

 

Sobre los mensajes

 

1. Es necesario atacar al sentido común conservador con evidencia empírica y con argumentos. En ese terreno, una visión transformadora de la sociedad siempre debería llevar las de ganar, porque es difícil sostener con argumentos el sistema actual, basado en la desigualdad y en la injusticia. La izquierda predomina en el campo intelectual, amplifiquemos las voces de los mejores exponentes de las visiones transformadoras, pongamos en debate los “no se puede”, minemos la defensa del statu quo con evidencia y razones.

 

2. En forma complementaria al punto anterior, los medios de izquierda o alternativos deben contribuir a construir, consolidar o a hacer visibles discursos transformadores sobre la economía, la producción, el trabajo, la educación, las políticas sociales, que habiliten la posibilidad de imaginar una sociedad con más justicia social, con más igualdad y con más libertad. Sin horizonte utópico no hay camino hacia la transformación, pero tampoco lo hay sin analizar a fondo y sin condicionamientos las experiencias fallidas de la izquierda y de los progresismos en todo el mundo.

 

3. Rita Segato dijo recientemente en Montevideo que prefería evitar el concepto de “crímenes de odio”, porque este atribuía una cualidad emocional a una acción política. Teniendo presente esta anotación, estamos asistiendo cada vez en mayor medida a la circulación de discursos de odio que apuntan sus baterías contra diferentes colectivos, en general minoritarios o subalternos. Estos discursos -que paradójicamente se presentan en algunos casos como rupturistas o “políticamente incorrectos”- no son más que otra manifestación de sectores reaccionarios que se oponen a los cambios registrados en las últimas décadas en beneficio de estos colectivos. Ante los discursos de odio, construyamos relatos esperanzadores, contemos experiencias que nos muestren el lado luminoso de las personas y de las comunidades. Desnaturalicemos los privilegios de los privilegiados y mostrémoslos como lo que son: construcciones o imposiciones arbitrarias, culturales, elementos pasibles de modificarse.

 

 

Apelaciones finales

 

Juntémonos. El poder de hoy es transnacional, y trasnacional debe ser la resistencia. Pero la resistencia con la vista puesta en el mañana, imaginando futuros posibles. Los reaccionarios en general carecen de imaginación: sus propuestas se limitan a aplicar en nuevos moldes viejas recetas, o a defender con uñas y dientes lo ya existente. La imaginación está del lado de los que creemos que otro mundo es posible.

 

Y por fin, sobrevivamos. No bajemos los brazos. Como decía el gran Alfredo, que no falte nuestra cara en la gráfica del pueblo, nuestra lengua en el idioma de todos, nuestros ojos en la contemplación del mañana.  

  

 

 

* Doctora en Comunicación por la Universidad Nacional de la Plata; Máster en Comunicación, Cultura y Educación por la Universidad Autónoma de Barcelona; Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de la República (Udelar).  Es coordinadora de la sección académica Periodismo de la Facultad de Información y Comunicación de la Udelar y docente de Periodismo en esa institución. Ha sido periodista y editora de la diaria desde su fundación, en 2006, e integra la cooperativa la diaria. Actualmente es editora de la sección Posturas de la diaria y coordinadora periodística del proyecto Río Abierto. Ha trabajado como consultora en comunicación y editora para distintos organismos internacionales y redes regionales, como el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, la Organización Internacional del Trabajo y la Red Sudamericana de Economía Aplicada.





 

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