El trabajo y la mercancía: Ir a Marx

May 21, 2019

Ilustración: Ramiro Alonso (elmanipulador.blogspot.com)

 

 

El trabajo en términos marxistas es consitutivo de la vida humana.
 

Dice el autor:


"Como creador de valores de uso, como trabajo útil, pues, el trabajo es, independientemente de todas las formaciones sociales, condición de la existencia humana, necesidad natural y eterna de mediar el metabolismo que se da entre el hombre y la naturaleza, y, por consiguiente, de mediar la vida humana” (Marx, 2001)


Siendo un grupo social un conjunto de individuos, el problema de origen ante la cual el grupo se enfrenta es cómo asignar los trabajos individuales (es decir, la acción transformadora de cada individuo sobre el medio) que darán forma al trabajo social necesario para la reproducción de ese grupo. Es decir, cómo nos organizamos para producir lo que nos permite reproducirnos como especie, o, lo que es lo mismo, qué relaciones sociales vamos tejiendo para tal fin. Con esto es que se relaciona la idea de materialidad en Marx. Lo material no remite a lo económico ni a las cosas materiales, sino a la trama relacional que se cristaliza, o está detrás, de las cosas.


Durante gran parte de la historia, la humanidad “resolvió” este problema a partir de la sujeción personal. El modo de producción esclavista y el feudal tienen en sí diferentes modalidades para comandar trabajos individuales por medio de los vínculos de dependencia directa: el amo ordena al esclavo; el señor feudal disciplina al siervo investido de una autoridad que le da poder directo sobre éste. La unidad familiar por ejemplo, históricamente ha regulado el trabajo de cada uno de sus miembros por medio del ejercicio de la autoridad del patriarca.  


Con el proceso de generalización de los vínculos mercantiles, la asignación de los trabajos individuales ya no se hará bajo el imperio de los vínculos de dependencia personal. Liberados de toda relación de dependencia directa, ahora los individuos aplicarán su trabajo de forma privada e independiente entre sí, cada unidad en lo suyo y sin la intromisión formal de ninguna autoridad externa. Ante la carencia de relaciones personales directas para la asignación de cada trabajo individual, es decir, por el hecho de que la sociedad se reproduce a partir de lo que se produce de manera privada e independiente, los productos del trabajo asumirán la forma de la mercancía dando lugar a lo que conocemos como Mercado. La intercambiabilidad de estas mercancías por otras va a estar determinada por la cantidad de trabajo necesario para la creación de la mismas, tal ley regulará los intercambios mercantiles, y cual “fuerza gravitatoria”, va a regular además de las magnitudes de lo producido, la división social del trabajo (quién se dedicará a hacer qué tipo de actividad productiva) y el creciente proceso de diferenciación social (qué sujetos dejarán de ocupar lugares de propiedad por falta de productividad y pasarán a ser meros vendedores de fuerza de trabajo).


En su proceso de generalización, la mercancía va a disolver los vínculos de dependencia personal directa y en este sentido será una gran productora de libertad. Es impensable la noción de libertad por fuera de la afirmación de la soberanía propia del productor privado e independiente, es decir, de figuras como la del artesano, el campesino, el dueño de la fábrica o el empresario moderno, en suma, del propietario.


Dice Marx:

 

"Las relaciones de dependencia personal (en un comienzo, sobre una base totalmente natural) son las primeras formas sociales en las cuales la productividad humana se desarrolla sólo en un ámbito restringido y en puntos aislados. La independencia personal fundada en la dependencia con respecto a las cosas es la segunda forma importante en la que llega a constituirse un sistema de relaciones universales, de necesidades universales y de capacidades universales."

 

Con “la segunda forma” se refiere al modo de producción actual, donde el intercambio mercantil se encuentra generalizado.


Puestas las cosas en estos términos, vemos que tanto las relaciones violentas y autoritarias propias de los modos de producción basados en la dependencia directa, el patriarcado o la mercancía, pueden ser pensadas como una suerte de “tecnologías sociales” para la organización del trabajo de la sociedad.


El Marx más potente no es tanto el que nos habla de la lucha de clases como el motor de la historia; sino el que descubre todo lo que encierra la mercancía como entramado de relaciones sociales.   


El capitalismo es una forma desarrollada de la mercancía. La vuelta a un mundo de pequeños artesanos y campesinos es volver al germen del capital, no avanzar hacia su superación. Es una tarea política clave re-visitar el capítulo 1 de "El Capital", donde Marx presenta la mercancía y da con su contenido. En algún sentido, el libro en su totalidad, es un recorrido por el despliegue de la mercancía como forma social y sus consecuencias. Pensar el trabajo sin su subordinación a la mercancía, es pensarlo como algo abstracto, sin anclaje real, por fuera de la trama social que lo tiene capturado y lo ordena.

 

 

* * *


La clase obrera emerge en la historia como un sujeto que ha sido doblemente liberado: de su medio de producción  y de sus vínculos de sujeción personal. Somos hijos de campesinos sin tierra, esclavos libertos y artesanos quebrados. La liberación resepcto a los vínculos de dependencia personal nos ha puesto al servicio de la mercancía. El vendedor de fuerza de trabajo no tiene otra opción que valorizar sistemáticamente la única mercancía que posee y en los términos en los que el proceso de acumulación lo requiere.


La fuerza de trabajo que el capital requiere no es homogénea a la interna de un país. Contemporáneamente, para simplificar, podemos ver dos tipos de fuerzas de trabajo, una calificada, que requiere mayor preparación como tal, y una simple, que no precisa mayor trabajo social para producirla, sabiendo leer y con mínimas normas de convivencia aprendidas, ya se puede desempeñar. De esta manera, quienes integran la fuerza de trabajo de una sociedad, están determinados por el tipo de fuerza de trabajo que esa sociedad requiere para su reproducción. Dicho de otra manera, el tipo de individuo que se precisa para que personifique una profesión de alta calificación es diferente a aquel que va a personificar una función simplificada. Y en su proceso de reproducción, la sociedad produce las subjetividades y los cuerpos que realmente precisa y con los atributos que los precisa para la personificación de las mercancías fuerza de trabajo.  ¿De qué forma los produce? Fundametnalmente por medio del salario, es decir, las cosas que el obrero va a consumir para reproducirse a si mismo como potencia para trabajar. El salario es la materia orgánica donde pasta la criatura y por medio de la cual se da forma a si misma. La diferenciación salarial produce sujetos diferenciados, lo cual es lógico, porque como vimos, el capital precisa diferentes tipos de mercancía fuerza de trabajo. Esta fractura sociológica de la clase obrera, por sus implicancias, es un problema político crucial a la hora de pensar la unidad de lo que llamamos pueblo.


Es clave que como trabajadores reconozcamos que nuestro punto de partida como sujetos, es ser meros portadores de la mercancía fuerza de trabajo. De ahí que los avatares de este sujeto estén asociados con lo que pasa con esa mercancía en el devenir histórico del capital. Por esto, es necesario llegar a al debate del desempleo y los salarios desde el reconocimiento de las determinaciones que nos pesan por vivir en una sociedad mercantil. En este sentido, el desempleo lo que encubre es una situación donde parte de la población no propietaria o trabajadora no puede vender la única mercancía que porta, y el salario no es otra cosa que el precio de venta de esta mercancía determinado por la naturaleza de esa mercancía (si es simple o compleja) así como por la oferta y la demanda de fuerza de trabajo en una coyuntura determinada.  

 

La humanidad de un individuo en el mundo mercantil importa en tanto soporte viviente de la mercancía. Esto es constatable empíricamente con una breve caminata por 18 de Julio, no hace falta ir más lejos. Aquellos que ya no pueden participar del mundo de las mercancías vendiendo la suya, simplemente se deterioran física y psíquicamente sin que la sociedad oriente los recursos suficientes para que eso no suceda. Es evidente que el derecho a la vida en nuestra sociedad es en última instancia una abstracción, así como el derecho al trabajo o la vivienda. Lo que el Estado efectivamente protege con compromiso y celeridad es el mal llamado derecho a la propiedad, ya que lo que garantiza no es el acceso a la misma, sino su manutención. Lo único garantizado aquí, por la fuerza de la ley y de las armas, es la propiedad de quien ya es propietario.


Con el advenimiento de la región a la fase de baja de su ciclo económico, las perspectivas para quienes viven de su trabajo no son auspiciosas. Cada vez serán más las uruguayas/os que no podrán vender la única mercancía que tienen y el precio de la mercancía fuerza de trabajo tenderá a descender, entre otras razones, porque caerá su demanda. Es poco útil en clave estratégica hacer de cuenta que estas determinaciones no pesan sobre nosotros y solicitarle al Estado que preserve salarios y empleo cuando la estructura socioeconómica sobre la que vivimos ya no puede sostenerlo y precisa avanzar sobre los derechos de la clase trabajadora para no entrar en un escenario de desquicio económico.


El viaje histórico de la clase trabajadora consiste en pasar de mero cuerpo colectivo que pone en marcha la mercancía fuerza de trabajo a sujeto que puede dar lugar a otras relaciones sociales de producción superando la mercancía como forma enajenada de organización del trabajo humano.  


En ese largo viaje, la forma de acción política de mayor potencia sea probablemente la comprensión de las determinaciones que rigen el curso histórico.


En el Uruguay de hoy, una de las tareas políticas concretas del momento, quizá la más radical, esforzada y poco gloriosa, pero con mayor sentido estratégico, sea estudiar, debatir y entender El Capital como si nuestra vida dependiera de ello, porque así es.

 

 

* Rodrigo Alonso es economista, integrante del consejo editorial de Hemisferio Izquierdo.

 

 

Referencias

Marx, K. (2001). El Capital: Crítica a la Economía Política. Tomo I/Vol. 1. México: Siglo Veintiuno.

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