Deconstruir desigualdades

May 21, 2019

 Ilustración: Laura Becerra, 2018.

 

 

En muchas ocasiones nos hemos encontrado en los medios de comunicación y redes sociales con parte de la sociedad que cuestiona la existencia de discriminación laboral por género solamente a partir de comparar las diferencias salariales para un mismo puesto de trabajo con igual jornada dentro de una misma empresa.

 

Gracias a las conquistas históricas de los movimientos feministas y de mujeres bajo la consigna de “igual pago por igual trabajo” y el rol jugado por instituciones como los Consejos de salarios, las diferencias salariales en un mismo puesto de trabajo se han reducido fuertemente, siendo casi inexistentes. Sin embargo, el ingreso percibido por las mujeres en el mercado laboral en 2017 es en promedio 75% de lo que reciben los varones(1).

 

¿Tiene sentido centrar la atención únicamente en la diferencia salarial existente para un mismo puesto de trabajo cuando gran parte del problema es justamente que las mujeres no accedemos a los mismos empleos?

 

Las diferencias salariales por género asociadas a niveles educativos se han ido cerrado en gran parte del mundo, debido a que las mujeres alcanzan en promedio niveles educativos más elevados. Asimismo, las brechas por género en experiencia se han disminuido fuertemente a medida que las mujeres han logrado trayectorias laborales más continuas. Sin embargo, aún persisten importantes brechas y el proceso de convergencia salarial parece haberse estancado en las últimas décadas. Si no son las características productivas las responsables de la brecha salarial. ¿Qué es lo que explica esta peor inserción de las mujeres en el mercado laboral?

 

La discriminación explícita por razones de género todavía existe en nuestro país y seguimos encontrándonos con ejemplos de ello, desde trabajos donde se solicitan varones para tareas que pueden ser llevadas a cabo por mujeres, hasta pruebas de embarazo para poder acceder a un empleo. Sin embargo, en esta nota me voy a centrar en discutir diferentes causas de la brecha salarial por género que tienen sus raíces en múltiples formas de discriminación de carácter implícito, naturalizadas en nuestras relaciones sociales y por lo tanto más difíciles de visibilizar.

 

 

Desigual distribución del trabajo

 

Mientras los mercados laborales han sido la cara visible en donde se evidencian las desigualdades salariales por género, su contracara es la desigual distribución del trabajo de cuidados al interior de los hogares. A partir de datos de la Encuesta de Uso del Tiempo, de 2013, es posible saber que dos tercios del tiempo de trabajo de las mujeres son dedicados al trabajo no remunerado (65%), mientras que en el caso de los varones la relación es inversa: sólo dedican un tercio del tiempo al trabajo no remunerado (32%). Las mujeres realizan una jornada laboral por semana que dura diez horas menos en promedio que la de los varones, pero su dedicación al trabajo no remunerado es 20 horas superior, lo que lleva a que la carga global de trabajo de las ocupadas sea en promedio diez horas semanales más que la de los varones. Esta división sexual del trabajo, en la cual las mujeres tienen un rol predominante en la esfera reproductiva y no remunerada y su invisibilización como actividad creadora de valor, es clave para comprender las desigualdades de género existentes en diversos planos, en particular en el mercado laboral. 

 

La mayor carga de trabajo no remunerado explica no sólo que las mujeres se inserten en menor medida al mercado laboral, sino que muchas de ellas lo hacen en jornadas a tiempo parcial. Por la forma en que se estructuran las diferentes ocupaciones, en los empleos disponibles a medio tiempo, cada hora trabajada se remunera peor que en un trabajo a tiempo completo. El hecho de que las mujeres trabajen menos horas en el mercado laboral lleva a que reciban menos ingresos totales por mes y a lo largo de su vida, y por tanto también recibirán menos ingresos por concepto de jubilaciones. Así, las brechas por género en los ingresos se extienden incluso más allá de su vida laboral. Estas desigualdades en el mercado laboral se reproducen además en otros ámbitos como el acceso a recursos productivos, mayores niveles de pobreza en los hogares con jefatura femenina, entre otros.

 

 

Roles de género socialmente asignados

 

Nuestro país ha estado a la vanguardia en el contexto latinoamericano en temas de acceso a derechos para las mujeres. Por ejemplo, Uruguay fue uno de los primeros países de América Latina donde se revertió la brecha educativa: ya a partir de las cohortes nacidas en 1940 las mujeres presentan más años de educación en promedio que los varones.(2) Además, Uruguay fue el primer país en Latinoamérica que concedió el divorcio por sola voluntad de la mujer y las tendencias de fertilidad a largo plazo de Uruguay muestran una caída muy temprana en el número de hijos por mujer, a diferencia de la mayoría de los países de América Latina.(3) Asimismo, es el país con el mayor porcentaje de adultos sin afiliación religiosa en Latinoamérica (37%).(4)

 

Esto podría llevarnos a pensar que nuestro país exhibe ideas menos tradicionales en lo que refiere a los roles de género. Sin embargo, de acuerdo con datos de la Encuesta Mundial de Valores, 26.4% de los encuestados en 2011 respondió estar de acuerdo con la afirmación “Si una mujer gana más dinero que su esposo, es casi seguro que causará problemas”, lo que busca captar la prevalencia de la norma social de hombre proveedor. En el mismo sentido, un 37% respondió estar de acuerdo o muy de acuerdo con la afirmación “Cuando la madre tiene un trabajo remunerado los hijos sufren”, dando cuenta de la prevalencia que aún tiene en nuestra sociedad la idea de que el lugar de una madre es exclusivamente en el hogar.

Una literatura reciente en economía laboral ha aportado evidencia empírica acerca de la importancia de la reproducción social de las normas de género en la familia y la sociedad como elemento clave para entender los peores resultados obtenidos por las mujeres en el mercado laboral, los cuales no han podido ser explicados con modelos económicos más tradicionales (capital humano).(5) Si bien la evidencia es novedosa, las ideas de fondo no son nuevas. La Economía Feminista viene analizando desde hace tiempo cómo los patrones de género dominantes trasmitidos a través del proceso de socialización inciden sobre la formación de expectativas y prácticas sociales, de cómo las sociedades se han apoyado históricamente en las mujeres para resolver el trabajo de cuidados (algunos de estos aportes desde la Economía Feminista son discutidos en una nota anterior de HI).(6) Sin embargo, esta literatura empírica es relevante porque nos aporta evidencia causal que muestra como muchas de las diferentes “decisiones” laborales, educativas y de organización de los cuidados, que muchas se argumentan como diferencias en “preferencias” tienen fuertes raíces culturales y están atravesadas por normas y estereotipos de género.

 

 

Más educadas, pero más segregadas

 

Mientras que las diferencias en nivel educativo se han revertido en favor de las mujeres, siguen existiendo diferencias muy relevantes en lo que refiere a las áreas de conocimiento elegidas, y las industrias y ocupaciones en las que se emplean varones y mujeres, lo que en economía se conoce como segregación laboral. Por ejemplo, en 2017 el número de ingresos a la Universidad de la República se compone de 63% mujeres y 37% varones. Sin embargo, cuando analizamos los ingresos según área de conocimiento, encontramos que las mujeres representan sólo 21% de los ingresos en Ingeniería y 14% en Ingeniería en computación, mientras que representan 78% de los ingresos en Enfermería (7).

 

Este es un fenómeno que se verifica no sólo en Uruguay sino a nivel mundial. En un trabajo publicado recientemente,(8) Francine Blau y Lawrence Kahn analizan los factores explicativos de la persistente brecha salarial por género, y encuentran que la industria y la ocupación en las que se ubican las mujeres explican más del 50 por ciento de la brecha salarial por género en Estados Unidos en 2010. Las diferencias en educación y experiencia, por el contrario, han venido reduciendo su relevancia como factores explicativos a sólo 8 por ciento.

 

En el caso uruguayo, las actividades mayormente feminizadas son la enseñanza (74,0% de mujeres), los servicios sociales y de salud (77,3%) y trabajo doméstico para terceros (90,2%).(9) Esta concentración desproporcionada de las mujeres en ciertas ramas de actividad o tipos de ocupación consideradas femeninas, y estrechamente vinculadas a las tareas domésticas y de cuidado, aparece como un fenómeno persistente y ha sido empíricamente identificada como una de las principales fuentes de las diferencias salariales por género.

 

¿Por qué las mujeres seguimos eligiendo emplearnos en cierto tipo de ocupaciones y áreas de conocimiento? La evidencia empírica ha demostrado que estas preferencias no son innatas sino socialmente construidas. Ciertos estereotipos de género, como la idea de que las mujeres tienen menos habilidades en matemáticas que los varones, están arraigados en muchas sociedades, y es una de las causas de la menor representación de las mujeres en carreras vinculadas a las ciencias, tecnología e ingeniería.

 

Estos preconceptos y estereotipos de género son transmitidos durante la niñez. Por ejemplo, una investigación reciente analiza las diferencias en el rendimiento de un grupo de escolares en escuelas italianas, según sean o no asignados a maestros con estereotipos de género y encuentra que la brecha de género en los resultados de las pruebas en matemáticas aumenta significativamente cuando los estudiantes son asignados a profesores de matemáticas con estereotipos de género más fuertes.(10) Los estereotipos de los maestros inducen a las niñas a tener menos confianza acerca de sus capacidades en matemática, lo que las lleva a reducir sus rendimientos y también a elegir carreras por fuera de las ciencias duras, la ingeniería y la matemática.

 

Sin embargo, no sólo el sistema educativo es responsable de ello, sino que las familias juegan un rol muy importante en la transmisión intergeneracional de creencias y normas de género. En este sentido, una investigación realizada por Natalia Nollenberger y dos coautoras(11) encuentra que en una muestra de niños y niñas segunda generación de inmigrantes en doce países diferentes, cuanto menor índice de igualdad de género hay en la sociedad de la que provienen sus progenitores, más bajo es el rendimiento de las niñas en matemáticas.

 

En un contexto en que las nuevas tecnologías, ingenierías de datos y algoritmos adquieren relevancia en la matriz productiva y la organización del trabajo, el hecho de que las mujeres estén subrepresentadas entre quienes dominan estos conocimientos debe verse como una alerta hacia una posible profundización de las desigualdades.  

 

 

Diferencias salariales al interior de las ocupaciones

 

No sólo varones y mujeres se emplean en distintas industrias y ocupaciones, sino que también lo hacen a diferentes niveles de jerarquía, lo que se traduce en importantes brechas salariales por género al interior de las ocupaciones. Es decir, los puestos de dirección en las empresas, gerenciales, altos cargos de gobierno, entre otros suelen estar ocupados en mayor medida por varones, lo que se ha denominado segregación vertical o “techos de cristal”.

 

Esto sucede incluso en cargos a los que se accede en base a concursos. Por ejemplo, entre los grados más bajos de la escala docente de la Universidad, grados 1 y 2, las mujeres representan 55% y 58% respectivamente, mientras que, en el extremo superior de la escala, solo un tercio de los grados 5 son mujeres.(12)

 

Un trabajo de la economista Claudia Goldin, de la Universidad de Harvard, analizó las características asociadas a ocupaciones que requieren alta calificación y reciben elevada remuneración en Estados Unidos, encontrando que para ascender en algunas ocupaciones (bufetes de abogados, negocios y finanzas) se requieren jornadas largas u horarios irregulares con disponibilidad full-time. En estas actividades, aquellos que trabajan 50 o más horas semanales reciben en promedio una remuneración desproporcionadamente más grande que aquellos que lo hacen por 40 horas semanales, y las diferencias salariales por género son muy elevadas.

 

Por otra parte, sectores como la industria farmacéutica tienen menores brechas salariales y jornadas laborales más flexibles. La evidencia presentada en este trabajo sugiere que mientras una parte de estas fuertes diferencias dentro de las ocupaciones puede ser resultado de las características del trabajo en sí (la labor realizada por diferentes empleados no es sustituible), también juegan un rol importante las convenciones sociales e institucionales de cómo se organiza el trabajo. La autora concluye entonces que las condiciones para la equidad salarial de género pasan por generar los cambios tecnológicos e institucionales que reduzcan los costos de la flexibilidad temporal.

 

Sin embargo, aunque se plantea que la solución pasaría por reducir los costos de la flexibilidad laboral, para reducir la penalización que reciben las mujeres, nuevamente nos encontramos con que el problema de fondo parecería ser la desigual distribución del trabajo de cuidado en los hogares.

 

 

Deconstruir lo establecido

 

Una parte importante de la reducción de las desigualdades por género pasa por resolver las restricciones que enfrentan las mujeres en su inserción al mercado laboral, en particular en lo que refiere compatibilizar la vida familiar con el trabajo. Sin embargo, debemos tener presente que las políticas y propuestas no son neutrales al género. En este sentido, algunas iniciativas que se plantean como soluciones para esta conciliación, especialmente aquellas asociadas al teletrabajo, y nuevas formas de flexibilización que ofrecen las tecnologías y aplicaciones, podrían contribuir a consolidar roles tradicionales de género y una inserción más precaria en el mercado laboral.

 

Eliminar las desigualdades que las mujeres enfrentan en el mercado laboral conlleva un profundo cambio que implica desarmar los estereotipos de género, así como la división sexual del trabajo que los mismos conllevan. Parte de este cambio comienza por poner las actividades de cuidado en el centro del debate, visibilizándolas y reconociendo su importancia para el sostenimiento de la vida y la reproducción social. Reconocer el cuidado de la vida humana como una responsabilidad colectiva y política, y no como una carga con la cual deben lidiar las mujeres.

 

La evidencia empírica ha demostrado que los roles tradicionales de género no son innatos sino culturales, y en tanto construcciones sociales basados en creencias y estereotipos son pasibles de ser deconstruidos y modificados. Sin embargo, este recorrido no es fácil. No debemos olvidar que las relaciones de género son esencialmente relaciones de poder, y por lo tanto jerárquicas y desiguales, y muchos no están dispuestos a abandonar su situación de privilegio en favor de las mujeres y otros géneros feminizados.

 

Es por eso por lo que este camino requiere de más y mejor Estado, de un Estado que garantice derechos y se ponga del lado de las más vulneradas. Porque cuando el Estado cede espacios, el mercado desregula, gana el capital y pierden las más desprotegidas, las mujeres pobres, afro, rurales, las trabajadoras domésticas, las niñas, las mujeres trans, con discapacidad, migrantes, privadas de libertad. Pero requiere fundamentalmente de más y mejor organización social, y movimientos feministas en las calles, en los barrios y los sindicatos, dispuestos a cuestionar las relaciones de poder establecidas en pro de cambios profundos.

 

 

* Estefanía Galván es Economista por la Universidad de la República y estudiante de doctorado en Economía en la Universidad de Aix-Marseille (Francia).

 

 

Notas:

(1) Datos extraídos del Sistema de Información de Género de Inmujeres-Mides. Estadísticas de Género 2017.

(2) Ñopo, Hugo, 2012 "Gender Differences in Education in Latin America and the Caribbean: Girls Outpacing Boys", The World Bank.

(3) Pellegrino, A. 2013. Uruguay: cien años de transición demográfica. Migración y desarrollo 11 (20), 186-207.

(4) Pew Research Center, 2014.

(5) Una revisión de parte de esta literatura puede encontrarse en Bertrand, M. (2011). New Perspectives on Gender, Volume 4 of Handbook of Labor Economics, pp. 1543-1590. Elsevier. Editors David Card and Orley Ashenfelter.

(6) También Mariana García ha discutido aportes desde la Economía Feminista para entender la desigual distribución del trabajo de cuidados acá.

(7) Información del Sistema de Gestión de Bedelías (SGB), Dirección General de Planeamiento.

(8) Blau, F D y Kahn, L M (2017). “The Gender Wage Gap: Extent, Trends, and Explanations”, Journal of Economic Literature.

(9) Datos extraídos del Sistema de Información de Género de Inmujeres-Mides. Estadísticas de Género 2017.

(10) Carlana, Michela. 2019. "Implicit Stereotypes: Evidence from Teachers' Gender Bias." Quarterly Journal of Economics.

(11) Nollenberger, Natalia, Núria Rodríguez-Planas and Almudena Sevilla. 2016. "The Math Gender Gap: The Role of Culture." American Economic Review, 106(5):257-61.

(12) Estadísticas Básicas de la Universidad de la República, 2017.

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