El cuento de la criada: entre feminismo, vacío político y restauración conservadora

October 22, 2018

                  Imagen: El cuento de la criada, HBO

 

 

El cuento de la criada (1) es la novela que Margaret Atwood publicó en 1985 para narrar un futuro distópico que tiene como escenario la República de Gilead, régimen autoritario surgido ante la crisis ambiental, la necesidad de conquista sobre territorios vitales y la infertilidad generalizada que pone en riesgo el futuro de la especie. La República de Gilead está dividida en castas fundamentadas en el retorno de una religiosidad conservadora y el sostenimiento de un régimen disciplinar donde las mujeres se encuentran sometidas a la absoluta autoridad de los patriarcas. Aquellas con capacidad reproductiva son reclutadas como criadas, esclavas sexuales en los hogares de los Comandantes, la casta de gobernantes “estériles” que encabezan el triángulo jerárquico. Las criadas son una categoría de mujeres en el entramado social de la República de Gilead, éstas son violadas sistemáticamente por los Comandantes y una vez que dan a luz, son distribuidas en las casas de otros Comandantes para renovar el ciclo de su fecundidad, mientras que sus hijos son apropiados por esposas y Comandantes de la casta dirigente como si fueran propios. El personaje central de esta ficción se llama June, es también una criada y su única misión es traer hijos al mundo. Luego del golpe de Estado que instauró la República de Gilead fue despojada de su propia familia, y a través de sus ojos y su voz esta distopía se narra.

 

En Argentina, la figura de las criadas fue utilizada como metáfora y símbolo en la campaña por la despenalización del aborto, desfilando frente al Congreso con sus túnicas rojo escarlata y sus sombreros blancos, apiladas o caminando en fila, con su marcha característica que la serie de HBO cultivó como emblema. Lo cierto es que la novela en sí misma parece desatar metáforas de nuestra época, en algunos casos soslayadas y en otros bastante más elocuentes. Las escenas que Margaret Atwood escribía en los 80 no son tan distantes a las realidades sociales y políticas de nuestro continente, y la distopía se vuelve espejo monstruoso de la actualidad.

 

En nuestras sociedades el contrato sexual (Pateman, 1995) subyace al contrato social y sella un pacto entre hombres que pone a su disposición el acceso, siempre violento, al cuerpo de las mujeres. Por lo tanto, el ordenamiento desigual de las relaciones entre hombres y mujeres determina la forma en que se conforma el sujeto que tiene derecho a la sexualidad. El control sobre la capacidad reproductiva y el ejercicio de una sexualidad tutelada para las mujeres representa la continuidad de la familia liberal (Sabsay, 2009) como unidad productiva-reproductiva. Por ello la violación del mandato tiene a toda la casta política implicada en decidir si las mujeres podemos o no abortar, y en qué condiciones. Contravenir el mandato, tanto de forma individual o como sujeto colectivo (como lo hace el feminismo) genera una contraparte reactiva y violenta, y en medio de la vorágine por la aprobación de la Ley del aborto, en Argentina golpean y abusan de una una niña por llevar un pañuelo verde atado a su mochila, violentan y amenazan a innumerables compañeras y apresan a otras tantas.

 

El aborto es el mejor ejemplo de cómo las mujeres y su cuerpo son parte de una disputa pública y política, sobre todo cuando se subvierte en el plano simbólico el mandato de la “naturaleza” femenina. Leticia Sabsay se pregunta “¿Cómo ha tenido que transformarse la idea que tenemos de la sexualidad para que la sexualidad misma se haya convertido en un derecho?”(Sabsay, en Viteri y Castellanos, 2013), y pone en discusión la conformación histórica las mujeres y disidencias como un sujeto del cual se decide prácticamente todo: la biopolítica es fundamentalmente el control social del cuerpo de la mujer.

 

Las criadas de Atwood son representaciones actuales del lugar de las mujeres, el control de su cuerpo y su sexualidad, pero también son símbolo de resistencia. Cuando la mujer aborta, encarna el lugar simbólico aún más degradado, viola el mandato en su totalidad e insinúa la posibilidad del control reproductivo que se encuentra en los cimientos del patriarcado, "Este es el monstruo, la que no quiere ser madre. El crimen consiste en pretender atravesar los límites de lo humano. La humanidad de la mujer está permanentemente puesta en cuestión, entonces ella adquiere el estatuto "humano" cuando se hace madre." (Cháneton y Oberti, en Rostagnol)

 

En El cuento de la criada de Atwood, y en la vida no ficcionada de estas latitudes también, el poder se ejerce sobre la centralidad de la cuestión de género. No es casual que la deconstrucción del mismo se configure en enemigo de las castas políticas conservadoras, las iglesias neopentecostales, el “sentido común” todo y el funcionamiento del propio capitalismo. El útero de las mujeres y su capacidad reproductiva, la posesión “patrimonial” del cuerpo femenino en un mundo donde la diferencia sexual erige un cúmulo de desigualdades y la subversión de este mandato sigue siendo territorio de fuertes disputas políticas.

 

Política y religión: de los templos al parlamento

 

En una sociedad como la nuestra, con una tradición de secularización y laicización aparentemente marcada con autonomía de lo político respecto a otras esferas como la religiosa, nadie podría pensar que una bancada evangélica fuera tomando forma dentro del Partido Nacional. El evangelismo político aparece en escena y cumple un rol significativo de captación de adhesiones a Bolsonaro en Brasil y parece valerse de la infraestructura de la derecha para ocupar un lugar cada vez más importante en los procesos de restauración conservadora, teniendo como centro de su actuación política la agenda de derechos y la guerra santa contra la "ideología de género" (2).

 

Las mujeres y disidencias constituimos el otro obliterado, y no es casual que la religión sea una vía de mucha efectividad para desarticular todo aquello que representa los procesos de reconocimiento de estos sectores. Meses atrás, dos periodistas de Brecha se hacían pasar por embarazadas para infiltrarse en Cam Uruguay, organización que capta mujeres a través de la manipulación psicológica para evitar que estas interrumpan su embarazo (3). Quien se encargaba de “disuadir” a las confusas mujeres era la secretaria ejecutiva de la Comisión Nacional para la Pastoral Familiar y la Vida de la Iglesia Católica (4) y da cuenta de la llegada solapada a nuestro país de la conocida red antiabortista Cams Latinoamérica, la voz del “niño por nacer”. Todo indica que este fenómeno es parte de una red organizada de grupos pro vida, la Iglesia Católica y el Opus Dei, junto a grupos empresariales y políticos de derecha que sostienen económicamente el proyecto a nivel latinoamericano.

 

La política y la religión dejan de presentarse como campos autónomos con la aparición de redes internacionales de grupos político-religiosos ultraconservadores (5) (6), el traslado de “los templos a la política” se operativiza desde redes que no siempre pueden identificarse con sectores políticos concretos pero que se encuentran innegablemente ligados a la restauración conservadora como fenómeno mundial. El crecimiento y la incidencia de las iglesias en nuestros barrios es abrumador, sin ir más lejos se entregaron casi 40 mil firmas contra la aprobación de la Ley Trans por parte de organizaciones de claro tinte evangelista. Restituir un orden simbólico que ni siquiera es compatible con la etapa y las necesidades concretas de nuestro capitalismo hoy es un rasgo curioso, pero tantos reaccionarios con miedo a no haber nacido dejan entrever la persistencia de un sujeto cada vez más potente que está al borde de pedir criadas y mano dura.

 

Lo que es indiscutible es que nuestra derecha débil y bruta, así como la izquierda más comprometida, no ha podido hacer lo que estas iglesias en los barrios hicieron, ocupar el espacio vacío que décadas de políticas y políticos frente a la descomposición social dejaron, y generar prácticas y discursos encarnados en un proyecto político liberador que tengan algún sentido para la comunidad.

 

El lugar del mito y el significante vacío parece ser ahora un tipo de escenificación que proyecta sentidos de comunidad que colocan la consecución rápida (efectividad religiosa) entre medios y fines o “milagros cotidianos”, y que a la vez restablecen el lazo o solidaridad barrial. Las comunidades de fe en tiempos de extremo individualismo son una lección aterradora sobre cómo se ocupan progresivamente los vacíos políticos capitalizando malestar social.

 

Pero la restauración conservadora arremete también desde otros frentes: la incorrección política de ciertos intelectuales locales, el poder médico moralizante que objeta su conciencia corporativamente dejando departamentos enteros sin posibilidades de asistencia IVE. La reacción al feminismo se reconfigura incluso en nuestra propia izquierda: la burla y banalización de un uso no sexista del lenguaje, la tolerancia de cierto feminismo mixto, institucional y amigable como lo único aceptable, y el desprecio por los espacios específicos de mujeres y el feminismo autónomo y radicalizado.

 

¿No es acaso el feminismo, una forma progresiva de procesar el malestar y el descontento social por izquierda? Un discurso que coloca la “ideología de género” en el centro del ataque habla también de todo aquello que el feminismo impugna, jaquear al feminismo es socavar lo poco de hegemonía izquierdista que pudimos construir.

 

Quemarse vivos


“Nada cambia en un instante: en una bañera en la que el agua se calienta poco a poco, uno podría morir hervido sin tiempo de darse cuenta siquiera” (7) se pregunta June, protagonista de El cuento de la criada, luego de haber sido violada sistemáticamente por el Comandante a quien le pertenece. La frase se enuncia y a través de su memoria, comienza la sucesión de escenas minadas de señales de otra época donde la República de Gilead parecía imposible de representarse.

 

Mientras June recuerda y resignifica cada señal que no supo decodificar a tiempo, pasan uno a uno los presagios que anticipaban el devenir monstruoso. Una sumatoria de desenlaces violentos, fanatismos religiosos, atentados contra las libertades individuales, ahorcamientos de gays y una abierta caza de brujas. La particularidad de estas escenas está colmada por la sorpresa y el pavor con que June descubre que todo aquello siempre estuvo ahí, de forma latente, nadando en un caldo de cultivo signado por la indiferencia y la incredulidad. ¿Les suena?

 

La gradualidad de los cambios, cada uno mucho más regresivo y violento que el anterior, tiene como objeto el cuerpo de la mujeres y su capacidad reproductiva, la normalización social a través de castigos ejemplarizantes. Las ejecuciones públicas de los “traidores de género” y las de todos aquellos que osen desafiar el régimen remiten también a una gestión del miedo social desde la violencia explícita y expresiva. La complementariedad entre dispositivos disciplinarios junto a la violencia más descarnada, parecen ser partes de un binomio que se inclina a uno u otro lado dependiendo de las necesidades del capital y su avance sobre cuerpos y territorios.

 

En la ficción de Margaret Atwood apremia una crisis de fertilidad que dejará a la humanidad sin descendencia, en la actualidad no ficcionada (pero siempre tan cercana a la ficción) el capitalismo se apropia del cuerpo de las mujeres y la acumulación originaria pauta el control y disciplinamiento de nuestra sexualidad, otra vez erigida desde la diferencia biológica y la capacidad reproductiva de la especie como tesoros, pero esta particular imbricación constituye el basamento para el ordenamiento social del propio capitalismo (Federici, 2010). ¿O acaso no estamos en un momento donde patriarcado y capitalismo determinan para nosotras la explotación sexual y la trata, la mano de obra más barata, la mano de obra esclava en las maquilas, los miles de feminicidios que sólo pueden justificarse desde el odio y la cosificación más profunda hacia las mujeres?

La escritura en el cuerpo de las mujeres es una de las manifestaciones de la violencia expresiva como mensaje, “mediante este tipo de violencia el poder se expresa, se exhibe y se consolida de forma truculenta ante la mirada pública, por lo tanto representando un tipo de violencia expresiva y no instrumental.” (Segato, 2016)  “Olla no” escriben los fachos con un punzón en la panza de Corina, una docente que organizaba una olla popular en Moreno como forma de garantizar el alimento en tiempos de crisis, remanente de la resistencia piquetera y la organización barrial de principios de 2000. En Brasil asesinan a Marielle Franco a sangre fría, y días atrás dibujaban una esvástica en la espalda a una muchacha. Al grito de “Bolsonaro” asesinaron a puñaladas a una mujer trans en plena víspera electoral, mientras tanto, milicias de soldados del nuevo orden desfilan por las calles de Río. Ya no son precisos los intermediarios, la ciudadanía militarizada en ejércitos de fe para un aniquilamiento hecho por usted mismo.

Liberado el monstruo, solo faltaba un canal para su personificación tanática: Bolsonaro. La cruzada contra la “ideología de género”, el odio de clase y el racial, el reinado de la ignorancia, finalmente encontraron un canal político y mediático para su vehiculización, las fake news. La solución al miedo mediante el orden y la amenaza constante de aniquilamiento solo puede ser posible mediante complejos procesos de demonización de una otredad, que es fundamentalmente la propia clase destruyéndose a sí misma con total ingenuidad, la “lumpenización”.

 

Bolsonaro restituye simbólicamente una masculinidad hipercuestionada por el feminismo, y su voracidad mediatizada por imágenes del arma como extensión fálica parece ser un llamamiento a la guerra contra los “parásitos de estado” de las políticas redistributivas del PT junto a aquellas minorías con algún reconocimiento. La violencia contra las mujeres y cuerpos feminizados, pobres y negros, militantes de izquierda, parece ser la reacción a un momento particular del ocaso de los progresismos donde la redistribución y el reconocimiento de sujetos sociales y minorías ya no tiene andamiaje posible. La derecha extremadamente misógina necesita escenificar la violencia contra las mujeres y la izquierda en general con total impunidad, por ello los teatros políticos son una forma de analizar también cómo el género, el racismo y el clasismo se inscriben abiertamente en el espacio social y los peligros que esto significa. 

 

En nuestro país, tras un "arresto ciudadano" un grupo de vecinos de Toledo torturaron a un hombre que robó un pequeño comercio. Qué sucede con “la gente” cuando pasan cosas aberrantes es también un buen termómetro de cómo la violencia naturalizada y repetida sistemáticamente hacia el otro es tolerable. Lo que Segato explica como pedagogía de la crueldad se traduce en que la reiteración de la escena violenta "produce un efecto de normalización de un pasaje de crueldad y, con esto, promueve en la gente los bajos umbrales de empatía indispensables para la empresa predadora (...) La crueldad habitual es directamente proporcional al aislamiento de los ciudadanos mediante su desensitización” (Ibid). Vivir en la precariedad y la inseguridad, determinan la continuidad de éstas violencias en la cotidianidad de las personas y hace de esto un escenario para su banalización.
 

¿Acaso todo esto no alcanza para pensar que estamos todos en una bañera que aumenta gradualmente pero sin pausa su temperatura?

 

Por si no alcanza: Bolsonaro y la distopía hecha realidad

 

En Brasil, la acelerada polarización coloca a la propia vida como riesgo constante, porque si algo quedó claro con esta campaña y desde el asesinato de Marielle, es que para la izquierda y principalmente para las mujeres, dar la lucha contra el fascismo es la posibilidad de seguir existiendo, no solo políticamente. La fuga del centro a los márgenes más reaccionarios, la fascistización de una derecha liberal acompañando la trama del propio capitalismo y su requerimiento de avanzar sobre la fuerza de trabajo, se reactualiza también en los sujetos políticos que han mostrado mayor dinamismo. El feminismo es uno de ellos, y quizás por ello estemos ante la caza de brujas del siglo XXI.

 

Ahora bien, ¿qué orden estricto impugna el feminismo para desatar tamaña reacción desde la restauración conservadora? ¿Acaso no se ven atacados los cimientos mismos del orden social sobre el control del cuerpo femenino y su capacidad reproductiva?

 

Segato sitúa al género como estructuración primaria de todo poder (Ibidem), y es preciso preguntarse si no es la amenaza de su destrucción el sustrato común de esta avanzada fascista, y si como sustrato común no establece un equivalente al lazo social de los fascismos de otrora. El miedo al otro, sea este pichi, negro, migrante, puto o feminista, parece actualizar la alianza social del sentido común y las buenas costumbres, la familia tradicional y el temor a la perversión de la propia identidad social. No cualquier discurso encuentra lugar y sentido en los sectores populares, y el lazo social hegemónico parece representarse desde la necesidad de poner orden (en expresiones de baja intensidad) o directamente aniquilar al otro amenazante.

 

La figura de Bolsonaro encarna, de forma grotesca y exacerbada, el orden y el progreso, la imagen de su arma-metralla como extensión fálica de un patriarca que parece ser la personificación monstruosa de un deseo colectivo que esperó largo tiempo la posibilidad de salir, como un perro rabioso, a hacer justicia por mano propia. Los sujetos a aniquilar adquieren la forma de la desestabilización social (¿o acaso el socialismo y la deconstrucción del género no socavan enteramente el aparato desde el que se constituye nuestra vida?). Sobra gente en nuestros capitalismos, y como otrora las guerras y el propio nazismo destruyeron capitales y poblaciones enteras para rearticular su ciclo, parecería que la explotación de la fragmentación de la propia clase social es una estrategia vigente.

 

El “pacto de poder” al que refiere Segato, restituye el control absoluto del cuerpo de las mujeres así como la neutralización de su movimiento y capacidad de politización. Bolsonaro reedita el pacto de poder desde un discurso extremadamente misógino y violento. El feminismo comienza un corrimiento de la política y sus lugares habituales y la repolitización de espacios y redes antes desconocidas. Esto solo pudo ser posible desde el sujeto que ocupaba estos espacios: las mujeres. Concertarse mediante redes sociales con una gran capacidad de respuesta (aquella que no tuvieron otros actores políticos y sociales) y de forma inmediata es admirable.

 

Pensar el vínculo entre fascismo y feminismo es pensar el vínculo entre una fase agresiva del capitalismo latinoamericano y el lugar de las mujeres en esta fase particular de su desarrollo. Es el machismo que permite el control sobre nuestros cuerpos (productivo y reproductivo), que la desocupación femenina sea exponencial respecto a la masculina y que nuestra mano de obra lleve en ocasiones el salario a la baja, que nuestros cuidados sean trabajo no pago y que tras las relaciones salariales se encubra la fragmentación de la propia clase en términos de división sexual del trabajo. 

 

Pero si el propio fascismo pretende, al menos discursivamente, volver a un pasado que ya no cuenta con condiciones materiales para su existencia, parecería que la izquierda tampoco puede recomponer el pacto redistributivo que la vio nacer y el vacío que aquellos espacios repletos de iglesias y planes de asistencia dejaron. Iglesias que vuelven a ser cines, barrios pobres desbordados de militancia territorial parecen un reverso improbable.

 

Es quizás tiempo de encontrar modos distintos de repolitizar el campo popular, porque ya quedó claro que los espacios vacíos se llenan, y generalmente con un caldo espeso donde la propia descomposición social y la precarización de la vida son el disparador del miedo al otro y la inseguridad. La materialización de un sentido común punitivo que dependiendo del lugar, ya no precisa intermediarios para que un discurso de aniquilamiento se vuelva práctica.

 

No es posible seguir contemplando tranquilamente cómo nos estamos quemando vivos como clase, sin un proyecto político que ocupe el vacío y sin los canales y estrategias de comunicación política que puedan pensar nuevas formas de repolitización para que todo esto tenga sentido. Nuestra propia República de Gilead puede estar gestándose, abrazar el feminismo y la lucha sostenida en las calles es casi que una estrategia de supervivencia.

 

 

* Integrante del consejo editor de Hemisferio Izquierdo

 

 

Notas:

 

1.  Atwood, M. El cuento de la criada. 2017

 

2. Recientemente se conformó en Uruguay una comisión investigará a los grupos anti derechos y su vínculo con el evangelismohttps://ladiaria.com.uy/articulo/2018/10/investigaran-a-grupos-antiderechos-en-uruguay/

 

3. https://brecha.com.uy/la-sombra-dios/

 

4. http://iglesiacatolica.org.uy/comision-nacional-de-pastoral-familiar-y-vida/

 

5. http://www.busqueda.com.uy/nota/redes-que-avanzan

 

6. http://www.vientosur.info/spip.php?article13858

 

7. El cuento de la criada, p. 94

 

 

Referencias bibliográficas:

 

- Castellanos, S. Viteri, M. 2013 Dilemas queer contemporáneos: ciudadanías sexuales, orientalismo y subjetividades liberales. Un diálogo con Leticia Sabsay.

- Federici, S. 2010. El calibán y la bruja

- Pateman, C. 1995 El contrato sexual

- Rostagnol, S. 2013. Aborto: territorio femenino; discurso masculino.  Dossier Mysu- Cns

- Sabsay, L. 2009. Los horizontes familiares y el paradigma liberal de la felicidad

https://www.topia.com.ar/articulos/los-horizontes-familiares-y-el-paradigma-liberal-de-la-felicidad

- Segato, R. 2016. La guerra contra las mujeres

 

 

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