Fascismo y seguridad: fragmentos ininterrumpidos

October 22, 2018

 Imagen: Julio Castillo 

 

I

En su acepción más clásica, la idea de fascismo alude a un movimiento político e ideológico de carácter totalitario y nacionalista. Detrás de las ideas de patria y raza, se desplegó un proyecto de ciudadanía militar destinado a eliminar los disensos y a imponer la disciplina y el apego a las cadenas de mando. En medio de un clima de miedos e incertidumbre propio del período de entreguerras, el fascismo articuló una totalidad anclada en el liderazgo, la autoridad y la sociedad ordenada. Nada de ello hubiera sido posible sin la definición sistemática de un enemigo común –chivo expiatorio- y de un relato de anti intelectualismo en el cual la acción domina al pensamiento. Más allá de las heterogeneidades del fascismo y de la evolución de sus versiones más recientes, el núcleo de su identificación está en los usos de la violencia y en el expansionismo guerrero.

 

Cuando se pone el foco en el fascismo italiano o en el nazismo lo primero que se advierte es la centralidad de lo militar, de las policías y las fuerzas especiales para un férreo control social y de las doctrinas y filosofías que inspiraron campos enteros de desarrollo institucional. La incidencia de estas ideas en algunas áreas de la criminología, el “derecho penal del otro” y en las políticas criminales se mantiene hasta el día de hoy.

 

En un mundo que se ha globalizado, que ha desestimado las formas de estado corporativo y que ha impuesto el reino de la democracia liberal, el fascismo nos parece un fenómeno improbable. Si bien la locura, el mal y la obsesión tienen sus síntomas en la política actual, nadie cree que puedan generalizarse. Las derechas se vuelven prudentes y los núcleos más extremos parecen controlados por la inteligencia estatal y la sensibilidad de la mayoría de las personas.

 

Para que los rasgos más extremos del fascismo europeo se reediten se tendrían que dar un conjunto complejo de combinaciones concretas. Todo indica que estamos muy lejos de esa posibilidad. Sin embargo, la evaluación de los riesgos no sólo debe tomar en cuenta los indicadores más extremos del fascismo. De hecho, éste pudo prosperar gracias a la expansión de mecanismos rutinarios y burocráticos propios de la modernidad. El conocido argumento de Bauman –desarrollado en Holocausto y Modernidad- nos dice que el fascismo no fue una demencia momentánea, una interrupción transitoria en el fluir de la civilización moderna. Fue más bien el resultado único de factores vulgares y corrientes. La barbarie se asentó en la burocracia, en el espíritu racional y en las lógicas de eficiencia.

 

Vale la pena recuperar el argumento de Bauman: “no pretendo decir que la incidencia del Holocausto fue determinada por la burocracia moderna o la cultura de la racionalidad instrumental que ésta compendia y mucho menos que la burocracia moderna produce necesariamente fenómenos parecidos al Holocausto. Lo que quiero decir es que las normas de la racionalidad instrumental están especialmente incapacitadas para evitar estos fenómenos, que no hay nada en estas normas que descalifique por incorrectos los métodos de ‘ingeniería social’ del estilo de los del Holocausto o considere irracionales las acciones las que dieron lugar. Sostengo además que el único contexto en el que se pudo concebir, desarrollar y realizar la idea del Holocausto fue en una cultura burocrática que nos incita a considerar como un objeto a administrar, como una colección de ‘problemas’ varios a resolver, como una ‘naturaleza’ que hay que ‘controlar’, ‘dominar’, ‘mejorar’ o ‘remodelar’, como legítimo objeto de la ‘ingeniería social y, en general, como un jardín que hay que diseñar y conservar a la fuerza en la forma en que fue diseñado (la teoría de la jardinería divide la vegetación en dos grupos: ‘plantas cultivadas’, que se deben cuidar, y ‘malas hierbas’, que hay que eliminar)”.

 

Bajo esta perspectiva la ponderación de riesgos cambia. La conjunción entre racionalidad y violencia en el mundo actual nos advierte sobre espacios, fragmentos y comportamientos en los cuales el fascismo anida. Los discursos de la inseguridad, los sentimientos de punitividad y los dispositivos del Estado penal pugnan por construir una totalidad que se apoya en una base social y cultural marcada por la vulnerabilidad. En esta línea, despejada de su carga adjetival más inconducente, la categoría de fascismo se muestra especialmente útil para iluminar aquellas zonas de la realidad más cerradas pero más proclives a generar condiciones de posibilidad para que la barbarie reaparezca sin resistencias.

 

 

II

La seguridad es una gran maquinaria productora de discursos. Los hay de corte doméstico, más asociados con el delito y la droga. Pero también están los discursos globales sobre las amenazas transnacionales, el terrorismo y la propia inmigración. Si asumimos el problema simplemente como un conjunto denso de relatos exagerados a partir del miedo, corremos el riesgo de perder de vista el rol que la seguridad cumple para imponer un orden social. Hay una pretensión de totalidad en la cual fenómenos como el delito o el terrorismo –extendidos por todos los pliegues de la vida social- exigen respuestas ejemplares. Entre la inercia y la innovación, el aparato del soberano se han reinventado durante los últimos lustros. El listado de asuntos es largo: el derecho penal ha expandido su capacidad sancionatoria, las policías han incursionado en nuevas formas de racionalidad, el factor militar se ha adaptado a roles inéditos, los dispositivos de videovigilancia han construido una red de control inimaginable, el encarcelamiento masivo ha adquirido proporciones descomunales. A este listado habría que agregarle la privatización de la seguridad, la verdadera “revolución silenciosa” según muchas miradas expertas. Aunque lo privado ha reconfigurado el campo de la seguridad, el Estado soberano ha recuperado su potencia para el ejercicio de la autoridad, es decir, para la clasificación, la segregación, la incapacitación y la materialización  de todo tipo de tecnologías para “la solución de problemas”.

 

Las instituciones de seguridad conforman una suerte de “violencia organizada”  que se legitima cuando la violencia está autorizada, cuando las acciones ocurren dentro de una rutina procedimental y cuando las victimas de esa violencia consagrada –los delincuentes, los terroristas, los drogadictos, los marginales- están deshumanizados. El ejercicio de la violencia legal pasa por el filtro de los objetivos burocráticos y, por lo tanto, asume un lugar de neutralidad. El delito, la desviación y la violencia terrorista sólo pueden ser enfrentados (y derrotados) por instituciones especializadas en el control, la represión y el castigo. Pero esta guerra no tiene fin, y su lógica de expansión se apoya en la “necesidad”. ¿Cuál es el límite sistémico para la seguridad? ¿Cuál es la variable de ajuste? ¿La libertad, la intimidad, la autonomía, la socialidad plena?

 

 

III

Los discursos de la inseguridad caen con facilidad en aquella distinción, elaborada por Carl Schmitt, de amigo-enemigo. Los sujetos peligrosos son más o menos los de siempre, pero también en el casillero de los enemigos pueden caber aquellos que los justifican o lo apañan mediante discursos blandos o románticos. Los enfoques sociales y los relatos de los derechos humanos merecen condena porque trabajan para erosionar un orden sagrado, el de la vida, la propiedad y el de las relaciones sociales sobre bases naturales. Así, pues, el arco de enemigos y sus cadenas de equivalencias adquieren una especial relevancia ideológica.

 

Cuando la realidad queda definida por el dilema son “ellos o nosotros”, la vigilancia total se acepta sin reparos, los excesos o la violencia institucional se asumen como inevitables, el principio de la legítima defensa se usa para justificar las respuestas violentas, los empeños para aumentar la discrecionalidad de la acción policial se transforman en plataformas políticas y las explosiones de venganza se escuchan por doquier.

 

Hannah Arendt afirmaba que el totalitarismo engendró una forma de violencia y terror sin precedentes. Es muy posible que esas formas persistan en los espacios carcelarios, sobre todo en estas partes del mundo. La cárcel como racionalidad de gobierno se funde con su pretensión de depósito incapacitante. Las cárceles de nuestros países han transitado hacia una autorregulación deshumanizante basada en la desidia y la indiferencia moral. La tortura y las variadas formas de crueldad en los espacios de encierro han sido rasgos salientes de esta modernidad tardía.

 

 

IV

Desde siempre, el fascismo intentó ser comprendido desde su base humana. Los conocidos trabajos de Erich Fromm buscaron desentrañar el carácter de los seguidores del fascismo y los rasgos psicológicos más destacados de la ideología. Allí descubrió que el movimiento obrero no era inmune a la seducción del autoritarismo emergente. También las clases medias, sometidas al cansancio y la resignación, necesitaban formas sustitutivas de identificación con la autoridad. Pero los más entusiastas por los nazis fueron las capas inferiores de la clase media: entre la escasez, el resentimiento y la indignación, la crisis económica debilitó aún más su sustento material y la frustración social tuvo una canalización dramática.

 

La relación entre actitudes autoritarias y estructura social es un asunto difícil y que no ha perdido vigencia. A la hora de comprender los discursos de la inseguridad –como equivalentes del miedo al delito- durante mucho tiempo se los atribuyó a los sectores medios y medios altos capaces de incidir sobre la agenda pública. Sin embargo, con el apoyo de encuestas de victimización, se descubrió que los sectores más afectados por el delito eran los medios bajo y bajos, y que allí se observaban tendencias más marcadas en materia de demandas de represión y castigo. Toda esta problemática está lejos de ser zanjada, entre otras cosas porque no ha habido estudios sistemáticos capaces de articular líneas complejas de hipótesis.

 

Los desplazamientos autoritarios, el resentimiento, las referencias alterofóbicas, las demandas punitivas, el descreimiento en la legalidad democrática, la confianza creciente en instituciones de orden –las Fuerzas Armadas, por ejemplo- son rasgos cada vez más visibles en el proceso social contemporáneo. Si se concentran en mayor proporción en lugares concretos de la estructura social es algo que requiere investigaciones específicas. Más allá de esto, es posible registrar una sensibilidad colectiva que mucho tiene de retorno de lo reprimido cultural luego de un periodo de latencia.

 

Algunos creen con ingenuidad que una estrategia de combate material del delito tendría un efecto directo sobre representaciones y actitudes que regresarían al estado de latencia. Con menos delitos, las trayectorias de la gente serían más normales aún. Muchos confían en la fortaleza de la democracia para imponer la superioridad de sus presupuestos normativos, y en esa línea las tareas que implican el cumplimiento de la ley son la llave para recuperar una convivencia neutral. Sin embargo, nada parece definido, ya que la vulnerabilidad, la fragilidad social y las desigualdades persistentes empujan a los destinos individuales hacia experiencias cuyas consecuencias son imprevisibles.

 

 

V

Como bien se sabe hace tiempo, el fascismo no puede ser entendido (al menos por ahora) como un régimen político corporativo o como una estructura total que crea orden y jerarquía. Al contrario, debe ser visualizado como un conjunto de formas arraigadas y dispersas que rigen las estructuras de la vida cotidiana. El llamado microfascismo es un aspecto siempre “presente de la vida social que hace funcionar máquinas persecutorias, coágulos de autoridad, resentimientos disfrazados, que intentan obturar todas las formas de libertad y líneas de fuga que aparecen en los sistemas”.

 

Nadie puede afirmar con certeza que la inseguridad o el miedo al delito produzcan estas formas de microfascismo, pero las potencian, las multiplican, las formatean y las proyectan. Una mezcla explosiva de cercanía física con los riesgos, distancia psicológica y moral, sentimientos de frustración, elaboración cultural de figuras fantasmáticas y expansión de corrientes emocionales colectivas, ofrecen el marco para que las experiencias creen las condiciones de posibilidad para las reacciones autoritarias.

Es frecuente escuchar referencias sobre el valor de la gente sencilla y común, sobre el sacrificio de las grandes mayorías que se ve destruido por la ambición descontrolada de unos pocos que nada saben del verdadero esfuerzo. También son frecuentes las apelaciones a la acción y a las soluciones inmediatas que no se distraigan en las aguas del pensamiento. Casi siempre, todo eso viene bajo la cobertura de la “neutralidad política” (o de la apolítica), y no pocas veces muchos ostentan un impulso impaciente dispuesto a no respetar límite alguno. Aquí se esconde una de las fuentes de la destructividad social.

 

Por si fuera poco, se expande un sentimiento social de afinidad con aquellas instituciones que promueven rituales de acción, por contraposición a los rituales deliberativos más propios de las instituciones políticas. Mientras la valoración social se enfoca en la fuerza y la disciplina, los procesos internos en esas instituciones –en particular, la policía y el ejército- producen estereotipos y falsas actitudes religiosas, y glorifican el liderazgo y la actitud ritual. No faltan directores o comandantes que auguren alguna catástrofe o vaticinen un destino colectivo marcado por la miseria y la violencia.

 

Un síntoma del microfascismo es la idealización del acto de decisión, una suerte de evento milagroso que surge de repente para disolver el caos. Otra vez la figura de Carl Schmitt aparece en escena. Quienes apelan a ejercer una autoridad sin miedo interpretan ese deseo oculto y lo proyectan como una potencialidad de las instituciones. Cuando esas apelaciones están destinadas a imponerse sobre los más débiles –aunque estos puedan ser violentos o abyectos- la semilla del fascismo está plantada.

 

 

* Sociólogo. Profesor e investigador en el Departamento de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales. Ex director del Observatorio Nacional sobre Violencia y Criminalidad del Ministerio del Interior. Senador suplente por el Frente Amplio.

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