De náuseas y broncas

October 22, 2018

 Ilustración: Julio Castillo, "La tortura"

 

 

Del Estados Unidos de Donald Trump al Brasil de Jair Bolsonaro, de la Hungría de Víktor Orbán a la Italia de Matteo Salvini, la extrema derecha hace planear su fantasma sobre el conjunto del planeta. En Europa, es gobierno en cinco países, gobernó hasta hace poco en otros dos, condiciona las decisiones del Ejecutivo en tres y estuvo relativamente cerca de llegar al gobierno en otro, y de los clave en la UE (Francia). En la gran mayoría de los países del continente, especialmente en los que pertenecían al bloque soviético, ha aumentado su peso político. “Hemos llegado para quedarnos. El tiempo en que éramos grupos marginales se ha terminado”, dijo en enero de 2017 Marine Le Pen, líder de la histórica y transformada formación ultra francesa Agrupación Nacional (ex Frente Nacional). Donald Trump acababa de comenzar su gestión en Estados Unidos y las fuerzas europeas que encontraban en el magnate “un impulso, una fe” (Le Pen dixit) habían decidido aprovechar un encuentro en la ciudad alemana de Coblenza para festejarlo y dar el puntapié inicial a una “nueva era”. “Ayer un nuevo Estados Unidos, hoy Coblenza, mañana una nueva Europa”, clamó entonces uno de los principales referentes de la “nueva derecha” regional, el líder del Partido por la Libertad de Holanda, Geert Wilders. Unos meses después, Wilders y Le Pen fracasarían en su intento de “asaltar el poder por las urnas”, según la fórmula utilizada por el holandés, pero sus partidos se convertirían en la segunda fuerza política en sus respectivos países. Otro motivo de alegría para los ultras europeos fue que los Demócratas Suecos (DS) confirmaron, en las elecciones generales de setiembre, que están entre los principales partidos del país nórdico por tanto tiempo dominado electoral y culturalmente por la socialdemocracia: obtuvieron 17,5 por ciento de los votos, cinco puntos más que en 2014. Hasta 2010, los DS eran una fuerza marginal, como marginales eran hasta 2011 los Verdaderos Finlandeses, hoy poseedores de una fuerte bancada parlamentaria en ese otro país escandinavo. El triunfo más reciente de la extrema derecha en Europa se dio en Alemania, en las elecciones regionales de Baviera, donde este 14 de octubre los socialcristianos de la CSU, versión bávara de la CDU de la primera ministra Angela Merkel, perdieron su tradicional mayoría absoluta ante el auge de unos muy moderados “verdes” y la xenófoba Alternativa por Alemania (AfD). En los meses previos a l elección la CSU había derechizado a tal punto su discurso que se lo confundió con el de la AfD. “Fueron muchos los electores que prefirieron votar por el original que por la copia”, ironizó la dirigente de la AfD Alice Weidel. El gran tema de propaganda de los ultras fue la seguridad y la crítica a Merkel por haber permitido que Alemania fuera “invadida por hordas de inmigrantes musulmanes”. En caso de que hubiera elecciones generales anticipadas hoy, algo que reclama la AfD ante las derrotas sucesivas a nivel local del partido de Merkel y el fracaso constante de su principal socio en el plano nacional, los socialdemócratas del SPD, la ultraderecha superaría el 15 por ciento de los votos, dos puntos menos que verdes y SPD.

 

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No se trata de fuerzas homogéneas. Una investigación de setiembre pasado del portal de izquierda francés Médiapart dividió a los partidos, movimientos, grupos y grupúsculos de la galaxia ultra europea en seis ramas (las nombró así: tradicional, soberanista, nacionalista o identitaria, neofascista o neonazi, independentista, autoritaria), según países, tradiciones políticas y culturales o sistemas electorales. Reconociendo la imposibilidad en muchos casos de fijarles fronteras claras, el informe apuntó que se trata en realidad de una gran familia ampliada, constituida a partir de referentes ideológicos más o menos comunes pero que ha sumado parientes y agregado referencias, chupando aquí y allá.

 

Hay rasgos distintivos comunes a todas estas familias: la xenofobia, el racismo, el rechazo al multiculturalismo, el desprecio por las libertades públicas, el proponerse como representantes de los “sectores populares avasallados por las élites” y al mismo tiempo la defensa de posturas económicamente ultraliberales que favorecen a esas mismas élites (empresariales, sobre todo) que dicen combatir. En todos lados, las fuerzas de esta derecha dura, extrema, crecen sobre las ruinas dejadas por partidos de izquierda o socialdemócratas en regiones industriales en decadencia, zonas empobrecidas, barrios populares, y, en el otro extremo, tejiendo alianzas con sectores de la élite económica más rancia.

 

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A Steve Bannon le seduce el modelo montado por Jeremy Corbyn para volver a las raíces populares del laborismo británico, destrozar a los viejos aparatchiks de saco y corbata paridos por la “tercera vía” de Tony Blair, renovar la alianza histórica del viejo partido socialdemócrata con los sindicatos y conectar con jóvenes desencantados de la política. Corbyn lo hizo a partir de una estructura informal, “Momentum”, que tiene permanentemente movilizadas a miles de personas y conecta con los distintos movimientos sociales emergentes. A Steve Bannon -factótum de la alt-right (la derecha alternativa) estadounidense, cerebro del ascenso de Trump, asesor directo del ministro del Interior y líder de La Liga italiana Matteo Salvini, consultor de confianza de Marine Le Pen, fuertemente ligado a los Demócratas Suecos y al húngaro Orbán, hoy radicado temporalmente en Brasil para “aconsejar” a Bolsonaro- le seduce también George Soros, el multimillonario de origen húngaro que financia con sus dólares think tanks y asociaciones más bien progres en todo el planeta. (En su edición del 26 de julio pasado el diario español El Mundo asegura que la fundación Open Society de Soros “desvió 28.000 millones de dólares para causas liberales en las tres últimas décadas”). “Soros actúa para hacer el mal, pero es un tipo brillante, y Corbyn es el prototipo del enemigo por su filosofía, por sus objetivos socialistas, pero ha mostrado el camino de cómo se hace para conectar con el pueblo a partir de pequeñas estructuras”, dijo. Bannon, inventor de la maquinaria de difusión de fake news que fue -es, ahora sin él- la publicación Breitbart y asesor en esas mismas técnicas de la campaña de Jair Bolsonaro, proclama sin tapujos que sueña con convertirse en el articulador de una internacional que reúna a todas las sensibilidades de la extrema derecha planetaria y que tenga -dice- “su pata social y su pata financiera”. Con ese fin, y para comenzar por algo, instaló en Bruselas hace unos meses una oficina y parió una organización a la que llamó “El Movimiento”, concebido como punta de lanza de los “partidos y grupos hermanos de Europa” en la perspectiva de las elecciones al Parlamento Europeo de mayo de 2019. El objetivo inmediato -dice- es que todas estas formaciones políticas tomen conciencia de que deben unirse y formar una sola bancada. Hoy los eurodiputados ultras están desperdigados: algunos, como los del Fidesz húngaro, pertenecen al Partido Popular Europeo, otros (los Verdaderos Finlandeses entre ellos) a la Alianza de los Conservadores y Reformistas Europeos, otros a Europa de las Naciones y las Libertades (ahí están los de la RN francesa, La Liga italiana de Salvini, el Partido de la Libertad austríaco), un cuarto conglomerado adhiere al Grupo Europa por la Libertad y la Democracia Directa (la AfD alemana, el UKIP británico, el italiano Movimiento Cinco Estrellas, los Demócratas Suecos), y hay también varios (los neonazis griegos de Amanecer Dorado y los húngaros de Jobbik, por ejemplo) que no pertenecen a ninguna bancada.

 

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Bannon no parece estar cerca de ganar su apuesta. Olvidó el americano, dice el editorialista del Guardian británico Cas Muddle, que en Europa entre las distintas ramas de “la familia” y al interior de ellas hay competencias y disputas a menudo muy viejas y ancladas en la historia y que las tradiciones de la derecha europea son distintas. Más intervencionistas en algunos casos, como el de la RN de Le Pen, que no está dispuesta a privatizar el Estado sino a usarlo para asegurar ciertas redes de protección a los “franceses de pura cepa”. “Su visión moral del capitalismo como vehículo de los valores judeocristianos no concuerda con esos puntos de vista. Sin mencionar su visión de política exterior centrada en Estados Unidos. Pocos en Europa creen, por ejemplo, que ‘estamos en guerra con China’, como proclama Trump. De hecho, uno de los supuestos aliados de Bannon, Orbán, ve a China como uno de los modelos de su Estado antiliberal”, escribe Muddle.

 

Pero el fantasma ulula y se deja ver. El sólo hecho que el arco políticamente “liberal” (incluidos en él los socialdemócratas) perciba a todos estos partidos como un peligro más o menos homogéneo les da un poder de presión enorme, por lo pronto el de marcar la agenda, subraya el británico.

 

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El problema del antídoto, de los contrafuertes al ascenso de la extrema derecha se plantea de manera tanto más acuciante que la llegada al gobierno de los partidos ultras se da, en prácticamente todos los casos, por la vía electoral. Con el camino allanado por la deriva derechoide de los partidos socialdemócrata y las dificultades que encuentra la izquierda para montar una alternativa, la derecha liberal se planta, en Europa, como la única barrera posible al ascenso de los sectores ultras. Varios de sus teóricos, de sus intelectuales orgánicos, sostienen que la dicotomía actual sería entre “democracias liberales” y “democracias iliberales”. No hay otra alternativa que esa al autoritarismo que gana los países de Europa central, golpea la puerta de los de Europa occidental, y se impone en los dos países más poblados de las Américas, Estados Unidos y Brasil, afirman. En Europa, el freno a Orbán y Salvini, al turco Erdogan, al multimillonario primer ministro checo Andrej Babis, al polaco Jaroslaw Kaczyinski, al holandés Wilders, sólo podría venir de una Angela Merkel o un Emmanuel Macron.

 

En un artículo publicado en enero pasado en Le Monde Diplomatique, unos meses antes del 50 aniversario de mayo del 68, el periodista e investigador Pierre Rimbert exhibe el escenario: “Capitalismo autoritario contra capitalismo liberal: esa sería la alternativa ideológica que nos plantea medio siglo después”.

 

Un verdadero drama, escribe, porque a no confundirse: no hay diferencias de objetivos entre unos y otros. Los defensores de la “sociedad abierta” y los ultraconservadores son “hermanos enemigos”. “Ideológicamente opuestas, a estas dos ramas de la familia capitalista las unen sin embargo los sagrados lazos del mercado”. “Por un lado, una Merkel levantada por la prensa como ‘campeona del mundo libre’ porque ‘defiende el libre comercio, el multilateralismo, la inmigración’, lleva el estandarte de un neoliberalismo basado en las clases cultivadas. Del otro, una panoplia de dirigentes de mano dura englobados en un ‘eje iliberal’ propugnan un capitalismo autoritario de base popular que mezcla gusto por los negocios y conservadurismo cultural, soberanismo y desprecio por el juego político tradicional”.

 

Meses después, en “Liberales o populistas”, un artículo escrito en dupla con el responsable editorial de Le Monde Diplomatique Serge Halimi, Rimbert abunda sobre la densidad del drama: “El morbo de una tecnocracia untuosa, deslocalizada en Nueva York o en Bruselas, imponiendo medidas impopulares en nombre de la experticia y de la modernidad, abrió la puerta a gobernantes atronadores y conservadores. De Washington a Varsovia, pasando por Budapest, Trump, Orbán y Jaroslaw Kaczynski se reclaman del capitalismo de la misma manera que lo hacen Barack Obama, Angela Merkel, Justin Trudeau o Emmanuel Macron, pero de un capitalismo vehiculizado por otra cultura, ‘iliberal’, nacional y autoritaria, que exalta el país profundo por sobre los valores de las grandes metrópolis”.

 

Esta fractura, apuntan Rimbert y Halimi, “divide a las clases dirigentes. Los medios la ponen en escena y la amplifican, reduciendo el horizonte de las opciones políticas a estos dos hermanos enemigos. Los recién llegados, sin embargo, buscan también enriquecer a los ricos pero explotando el sentimiento que inspiran el liberalismo y la socialdemocracia a una fracción a menudo mayoritaria de las clases populares: náuseas combinadas con bronca”.

 

Canalizadas por los ultraconservadores a través de sus “democracias iliberales”, explotadas, en sentido estricto, por organizaciones barbáricas del tipo del Estado Islámico, esas naúseas, esa bronca, siguen buscando su mano izquierda.

 

 

* Daniel Gatti. Exiliado en Francia, donde se licenció en historia, regresó a Uruguay en 1991-92. Ex jefe de redacción de Brecha, hoy periodista de sus páginas internacionales. Integrante de la mesa de edición latinoamericana de la agencia France Presse, colaborador de medios internacionales.

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