Coordenadas

October 22, 2018

Dibujo: Laura Becerra 

 

El pensamiento es el valor de la desesperanza, observó Agamben como ruta de significación a nuestras preguntas incansables, a nuestras utopías aletargadas y amputadas, a nuestra contemporaneidad azotada y triste.

 

Sobre esta reflexión Zizek agregaba “el sueño de una alternativa es señal de cobardía teórica: funciona como un fetiche que nos impide reflexionar a fondo sobre el punto muerto de la situación en que nos encontramos”.

 

Nuestros ojos inquietos revisan las tesis de la historia de Benjamin -¿el enemigo no ha dejado de vencer? ¿el estado de excepción es la regla?-, azorados respiramos la misma ráfaga de aire que envolvió a las generaciones que nos antecedieron, a aquellos hombres y mujeres que padecieron la expansión silenciosa y escandalosa del horror, del veneno del fascismo que sabe cómo y a quien exterminar; lo sabe y no le tiembla el cuerpo.

 

Para nosotrxs, los vientos más cercanos de ese terror son un torbellino inquieto en el corazón de Sudamérica. Una imagen de un Bolsonaro gallardo en un tanque de guerra anuncia su victoria sobre los cuerpos fragilizados por el miedo y desprecio que produce.

 

Tenemos que nombrar ese miedo. El miedo a los liderazgos que seducen, que aglomeran masas.

Le temo al renacer de los nacionalismos que se extienden, que hacen visible la debilidad de las instituciones, el fracaso “in fraganti” de los instrumentos que buscaban “librarnos de todo mal”.

 

Los grupos ultranacionalistas nos refriegan sus banderas y sus pitos en nuestra cara, tallan esvásticas en nuestros cuerpos, escupen al enemigo - siempre frágil “porque la naturaleza es sabia” esbozan con aires neodarwinianos, viralizan sus mensajes de forma instantánea y masiva, redoblan las estrategias, toman las calles, hacen ocupaciones en nombre de una supuesta resistencia justiciera, nacionalista y blanca, como lo ha hecho CasaPound en Italia u Hogar Social en España. No les gustan las identidades disidentes, las mujeres “empoderadas”, los comunistas, los pobres, los musulmanes, los negros, los putos, las tortas. Pero la fuente principal de legitimidad de estos grupos es el miedo al intruso, al extranjero, los nacionalismos los conectan con una base popular cada vez más amplia y “patriótica”.

 

Asistimos a una crisis humanitaria y política caracterizada por grandes desplazamientos de seres humanos que huyen de guerras convencionales y no convencionales, peregrinan buscando un refugio, pero no son recibidos ni asimilados en ningún lugar. Se repite “como estúpida e irremediable fatalidad” aquella descripción que hacia Arendt en “Los Orígenes del Totalitarismo” sobre las migraciones que sucedieron en el período entre guerras “una vez que abandonaron su país, quedaron sin abrigo; una vez que abandonaron su estado, se tornaron apátridas; una vez que se vieron privados de sus derechos humanos, carecieron de derechos y se convirtieron en la escoria de la tierra”.

 

En diferentes partes del mundo, guardias armados se atrincheran en las fronteras para impedir la entrada de “invasores” demostrando la “abstracta desnudez” que significa ser un ser humano. La ciudadanía patrimonialista hace naufragar nuestros buques insignias sobre la “universalidad e indivisibilidad de los derechos fundamentales”. Un pasaporte de tapas verdes, azules o rojas determina qué categoría de ser humano somos.

 

Los grandes desplazamientos en los corredores migratorios regionales ponen en evidencia que en las venas de nuestra América Latina fluye el veneno de la xenofobia. Con la misma fuerza que repelen el muro de Trump en las fronteras de México o Guatemala, Colombia, Ecuador o Brasil, muchos empuñan sus armas contra nicaragüenses, hondureños, cubanos, haitianos, dominicanos, venezolanos.

 

A sus 70 años la Declaración Universal de los Derechos Humanos se doblega como barquito de papel.

Tratamos de buscar alguna respuesta acorde a nuestro tiempo. Pero los proyectos que parecían emancipadores fracasan, se ahogan las utopías con sus caudillos, relatos y paradigmas.

 

En medio de la incertidumbre, circulan memes que colocan a Uruguay como una isla, los bienintencionados pecan de ingenuos y prefieren convencerse que aquellos vientos fascistas no nos tocan, que por estos lares no se han cometido los mismos errores.

 

Ser condescendientes en estos tiempos implica ayudar a cavar la trampa propia, la derrota inexorable.

La cara más visible de resistencia ante este fascismo es la revolución feminista, una revolución viva, que revolotea, se expande, resiste, teje, siembra. Pero no es suficiente.

 

En Uruguay los desplazados del mundo ya empiezan a tocar las puertas, recorren el continente hasta la región más austral y nos ponen a prueba:

 

“Noches inenarrables, levedad del sueño vulnerado por la multitud de hombres que duermen contiguos farfullando la anomalía de sus pulmones vulnerados por la intemperie, humo, frío, calor; seres aplastados por el recortado horizonte de este encarcelamiento de servicio asistencial estatal” escribe un migrante triste y valiente desde un refugio del MIDES, mientras aguarda tener una cédula de identidad.

 

Estamos tristes, pero la tristeza tiene también una potencia sanadora y revolucionaria.

 

No bajamos la cabeza ni los brazos.

 

Las lágrimas inundan nuestros paisajes, pero nuestro corazón late fuerte.

 

 

* Valeria España es abogada por la Universidad Nacional Autónoma de México, realizó sus estudios de Maestría en Derechos Humanos y Políticas Públicas en la Universidad Nacional de Lanús en Buenos Aires, Argentina y es Doctoranda en la misma universidad. Es Socia Fundadora del Centro de Promoción y Defensa de Derechos Humano y docente e investigadora de FLACSO Uruguay.

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