Entrevista a Soledad Platero*: "...la idea de que debemos crecer y apostar al desarrollo (siempre entendido como crecimiento de la renta, del capital, de los bienes y servicios de mercado) es hegemónica."

September 28, 2018

 

 

Hemisferio Izquierdo (HI): Desde hace mucho la izquierda sabe que el desafío de la superación del capitalismo trasciende la disputa de poder a (con) las clases dominantes y la transformación de las relaciones sociales de producción. Supone también la disputa por la construcción de una nueva subjetividad, de una concepción alternativa de la convivencia social que jerarquice lo común por sobre lo individual. En otras palabras, cambiar nuestras cabezas y nuestros hábitos. ¿Cuáles son las claves de esa disputa en el capitalismo contemporáneo?


Soledad Platero (SP): Mucho me temo que es precisamente esa la batalla que el capitalismo viene ganando por goleada desde hace por lo menos un par de décadas. La idea de que el destino personal es un proyecto individual se ha ido imponiendo primero en nombre de una cierta libertad (Fido Dido haciendo la suya y resistiéndose a las aburridas obligaciones de "lo normal") y luego directamente como apelación a la realización personal como forma del éxito. En los años de la crisis que acá conocemos como "del 2002" se lanzaron numerosos programas, impulsados por los organismos multilaterales y financiados por la cooperación internacional, que tenían como objetivo instruir en el camino del emprendedurismo a los trabajadores que quedaban desocupados (y hubo un especial énfasis en las mujeres desocupadas, que se alineó convenientemente con la idea de "empoderarlas" mediante microcréditos y apoyo para la creación de empresas). Es decir: no se construyó un discurso de recuperación de las fuentes de trabajo (podría haberse intentado reconvertirlas en formato cooperativo, por ejemplo, o haberse buscado un salvataje similar al que se implementó para los bancos) ni de reflexión en torno a la precariedad del vínculo laboral. No se apuntó a la construcción colectiva para hacer frente a una crisis especialmente dura: se impuso, en forma totalmente aproblemática, la idea de que si cada uno hacía un esfuerzo personal por rescatarse a sí mismo, el costo para el conjunto sería menor. En suma, la sociedad asumió colectivamente las pérdidas de la banca y de los grandes capitales, y se liberó de la responsabilidad por los trabajadores, que quedaron, en un número muy alto, aislados e interpelados en autores únicos de su propio éxito o fracaso.

 

Por supuesto, estas cosas funcionan porque todo el sistema opera en el mismo sentido: así como la necesidad empujó a miles a un cuentapropismo que los dejaba en la más absoluta intemperie social, la cultura fabricó una épica, un heroísmo de la supervivencia en una escena posapocalíptica: el mundo es una jungla y los que sobreviven son fuertes, y astutos y se merecen un reallity show, un narcocorrido, un relato que dé cuenta de sus habilidades y que sirva de modelo para el resto. Con la popularización de la televisión por cable hemos tenido acceso a la apasionante vida de un empresario del rubro gastronómico o de la venta de flores, al intenso día a día de un domador de caballos o a incontables programas de competencia en los que expertos en la confección de tortas o en la soldadura con autógena muestran sus habilidades y dejan bien claro que para ser un héroe no hace falta tener aspiraciones demasiado trascendentes. Cada uno construye su destino, y eso debe entenderse en forma literal: cada uno tendrá las comodidades y los placeres que pueda pagar vendiendo lo que pueda vender.

 

En algún momento pudimos haber pensado que la represión y la explotación nos reducirían a una masa obediente y sumisa que no podría resistir a un poder que se manifestaba en forma autoritaria y controladora, pero la triste verdad es que la forma de tenernos callados y quietos fue, precisamente, convencernos de que si queríamos tenerlo todo, debíamos intentarlo con nuestro esfuerzo. Eso -sumado a una oportuna invasión de artículos de consumo a bajo costo y al aumento de los créditos a sola firma- consolidó la ficción de que el capitalismo tiene, efectivamente, espacio para todo el mundo, así que si nos caemos de ese tren es porque no sabemos sujetarnos.

 

Así, a la obligación de generar nuestro propio trabajo y sustentar en forma individual lo que antes llamábamos nuestros gastos sociales se suma el deber de disfrutar y exhibir el disfrute, que es lo que da la medida cabal de nuestro éxito. Ya no tenemos un trabajo alienante del que queremos liberarnos: en su lugar tenemos un proyecto que depende por completo de nuestra capacidad de autoexigencia.


Obviamente, no hay tiempo para pensar en los demás. Si todo (mis ingresos, mi bienestar, mis vacaciones, mi liquidación de impuestos) recae sobre mi propio esfuerzo, y si mi escaso tiempo libre es, también, una carrera por la obtención de millas para seguir en viaje, es comprensible que las energías para dedicar a los demás sean escasas. Estoy enchufado al sistema, conectado a sus urgencias y enganchado a sus ritmos, y no es fácil imaginar modos distintos de funcionar.

 

Tal vez las cosas deberían empezar por redefinir el propósito de la existencia personal, poniendo en consideración si, efectivamente, estamos llamados a producir y gastar sin pausa en nombre del crecimiento, esa abstracción que se dice redundantemente a sí misma para sostener el movimiento perpetuo de la máquina. Deberíamos pensar si queremos vivir así o si en realidad tendríamos que plantearnos seriamente trabajar menos y escucharnos más. Tendríamos que definir, como cuestión prioritaria y absoluta, que hay bienes de carácter social que no pueden, bajo ningún concepto, ser mercancías. Tendríamos que valorar el trabajo por su aporte al bienestar colectivo. Y si me apuran, diría que todos, en la medida de nuestras posibilidades, deberíamos dedicar tiempo al trabajo comunitario (a cortar el pasto, a barrer las calles, a limpiar las playas y construir espacios comunes) sin otra finalidad que la de sostener lo que es de todos y aprender a valorar tareas que son usualmente despreciadas.

 


HI: ¿Cómo valorás el desarrollo de esa disputa, sus avances o retrocesos, durante los sucesivos gobiernos progresistas en Uruguay?
 

No me parece que esa disputa esté tan clara como sería necesario. Al contrario, creo que sólo existe en ciertos ámbitos vinculados a la actividad política, intelectual o social, pero no existe a nivel de eso que se conoce como "opinión pública". Más allá de los discursos en tono más o menos chamánico de José Mujica en los foros internacionales, la idea de que debemos crecer y apostar al desarrollo (siempre entendido como crecimiento de la renta, del capital, de los bienes y servicios de mercado) es hegemónica. Ya sea en nombre del desarrollo del país como en nombre de la creación de puestos de trabajo, la premisa de que debemos seducir a los grandes capitales para que inviertan en el país se impone como el único relato realista. Y en ese esfuerzo de seducción hay que prometer trabajadores aggiornados y bien dispuestos, criterios flexibles y condiciones óptimas para garantizar la mayor renta en el menor tiempo posible.SP:


A pesar de eso, es innegable que hay derechos sociales que han sido impulsados por la política durante los gobiernos progresistas, y también es posible pensar que no por eso están garantizados para siempre. Hay países en los que el acceso a la salud o a la educación no se dan por sentados, y deberíamos valorar mejor la importancia de que en Uruguay sean considerados innegociables. En ese sentido, no estaría de más que los electores exigiéramos a todos los que aspiran a ocupar cargos en cualquiera de los poderes del Estado que se definieran claramente en torno a estos asuntos. Y una muestra de buena voluntad sería que, por ejemplo, toda persona que ocupa un cargo de gobierno, todo legislador, todo mando medio en el Estado se comprometiera a usar los servicios públicos.


La discusión, sin embargo, se da alrededor de otros ejes. Es notorio que lo que más enoja a la gente es la corrupción, y que por corrupción se entiende únicamente hacer uso personal de los dineros o bienes públicos. A nadie se le ocurre que hay falta moral alguna en decidir el presupuesto de la educación y, al mismo tiempo, mandar a los nenes a colegio privado, o que hay contradicciones obvias entre la búsqueda de rentabilidad y la búsqueda de justicia. Explicitar esas contradicciones y agregar la perspectiva moral a la discusión política es imprescindible para que el debate que tenemos por delante no se transforme en una gritería de hinchadas.

 

*Soledad Platero es periodista y crítica literaria. Es coeditora de la sección Cultura de La diaria y editora de la revista de ensayos Prohibido Pensar. Es colaboradora permanente de El País Cultural y trabajó en la elaboración de textos para el programa "Prohibido Pensar" de TNU. Colaboró en varios medios de prensa, pero se ha destacado como columnista de opinión en la agencia Uypress, en la revista Caras y Caretas y actualmente en La diaria, en donde también fue editora de Información Nacional y Defensora de los lectores.

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