"El movimiento feminista incluirá en sus pautas temas que ya eran parte del repertorio del anarquismo desde el siglo XIX, y que fueron desarrollados intensamente por la organización Mujeres Libres". Entrevista a Margareth Rago*

August 10, 2018

Foto: Instituto cpfl, Café Filosófico

 

 

Hemisferio Izquierdo (HI): ¿Qué te trae a la memoria el mes de julio en relación a la historia de las mujeres y de la clase trabajadora?

 

Margareth Rago (MR): Se me ocurre inmediatamente el maravilloso libro de una mujer, la anarquista italiana Luce Fabbri -que vivió en Montevideo por setenta años, huyendo del régimen fascista italiano- publicado en 1937, titulado 19 de julio. Antologia de la Revolución Española. Con el seudónimo Luz D. Alba, Luce Fabbri procuraba preservar la memoria de los acontecimientos revolucionarios que presenciaba desde Montevideo, preocupada con el posible olvido en que podrían ser envueltos, y no sin razón. Décadas después, la Revolución española fue subsumida por la Guerra Civil española en la memoria social y las experiencias radicales allí vividas fueron silenciadas hasta, por lo menos, la década de 1980. Fuera de los medios anarquistas, poco se sabe de las impresionantes experiencias de colectivización de los campos, de ocupaciones de fábricas por los trabajadores, de autogestión de la vida social, de las realizaciones de los grupos feministas, como los anarcofeministas Mujeres Libres. Recordemos que una historia de ese grupo solo aparece en los años noventa, por la historiadora norteamericana Martha Ackelsberg, titulado Free Women of Spain, y encima fue gracias a los esfuerzos de las activistas que participaron del grupo y tuvieron la iniciativa de registrar y divulgar ese pasado silenciado.

 

En su libro, atenta al momento que se estaba viviendo, Luce acompaña paso a paso, los acontecimientos dispersos que marcan la eclosión de la Revolución Española, que considera el movimiento revolucionario más importante del siglo XX. Sin duda, a través de su mirada y narrativas, nos encontramos con un momento de profunda ruptura con el modo de vida tradicional en España, que obviamente tiene repercusiones a nivel internacional. La atención de todo el mundo se vuelca a este país, en un momento en que el tiempo parece estar suspendido y el horizonte de un nuevo mundo se abre, resistiendo a los ataques violentísimos desencadenados por las fuerzas reaccionarias internacionalmente unidas.

 

Otros modos de vida fueron construidos en aquellos años, pautados por los ideales anarquistas de libertad y de justicia social, desde el amplio proceso de colectivización de los campos, la organización autogestionada de la producción en las ciudades, la reforma educacional en las escuelas, en la área de la salud y de la asistencia social, gracias también al trabajo de médicos como el Dr. Félix Martí Ibañez y Dr. Issac Puentes, asesinado en 1936, y en el campo de la moral, donde la iglesia tenía un fuerte peso. Las experiencias de autogestión fueron conducidas a lo largo de esos tres años, de 1936 a 1939, cuando los comités de fábrica pasaron a controlar la producción, con mucho éxito, hasta la derrota por las fuerzas conservadoras lideradas por el general Francisco Franco.

 

Las mujeres, especialmente las de las clases trabajadoras y las de diferentes grupos políticos de izquierda participaron efectivamente en todos esos frentes de lucha y de creación revolucionaria. Se unieron en las diversas manifestaciones revolucionarias, atreviéndose a experimentar modos de existencia libertarios, no solo al ocupar la esfera pública, subvirtiendo y transgrediendo los procesos normalizadores impuestos a las mujeres, sino también en las transformaciones que introdujeron en las relaciones afectivas e intersubjetivas. Las mujeres se reinventaron a sí mismas en el mismo movimiento en que reinventaron la esfera pública y privada y ampliaron la noción de política, deshaciendo antiguos estigmas e interpretaciones jerárquicas y excluyentes.

 

Federica Montseny se convierte en Ministra de Sanidad y Asistencia Social en el gobierno liderado por Largo Caballero y, dentro de sus iniciativas, legaliza el aborto a fines de 1936, lo que no hubiese sido posible sin la existencia de un movimiento de base que se consolidaba con el apoyo de las mujeres, incluyendo a aquellas que no se llamaban feministas, pero que luchaban por esa causa, entre muchas otras ligadas a la idea de la autonomía femenina. Desde 1930, la revista Estudios, por ejemplo, dedicaba una serie de artículos al tema de las prácticas anticonceptivas, además de la defensa del amor libre y la crítica a la moral burguesa, publicando inclusive artículos de la anarquista brasilera Maria Lacerda de Moura, autora de libros polémicos como Han Ryner e o Amor Plural, A mulher é uma degenerada?, Amai e não vos multipliquéis, todavía de difícil acceso en Brasil.

 

Vale notar que hasta hoy, en que pesa el enorme crecimiento y expansión de los feminismos, la despenalización del aborto es uno de los más difíciles frentes de lucha del movimiento, en Brasil y en otros países, y que, considerando a América Latina, solo en Cuba y en Uruguay el aborto es legal. Vemos, por ejemplo, la lucha que las feministas argentinas están dando en el presente, llevando multitudes de mujeres a las calles, enfrentando fieramente a  las fuerzas conservadoras y religiosas en defensa del derecho al propio cuerpo, inclusive en los casos de interrupción del embarazo.

 

 

HI: ¿Qué significó la Federación de Mujeres Libres en la España revolucionaria del 36?

 

MR: Investigué la historia del Grupo Mujeres Libres en archivos públicos y particulares en Madrid, en Barcelona y en Buenos Aires, y también tuve la oportunidad de conocer personalmente a algunas de ellas, como Sara Berenguer, que la visité en Marsella y Pepita Pons, que la encontré en la Federación Libertaria Argentina, en Buenos Aires. Mantuve un contacto más estrecho con la militante española Antonia Fontanillas, ya en sus ochenta, que me abrió su archivo privado, en su casa en Dreux, próximo de París, más allá de compartir las memorias de sus vivencias en su país de origen, y de su exilio, en aquellos años turbulentos.

 

La conclusión a la que llego, a partir de esos contactos, diálogos, investigaciones e intercambios intensos es que la formación del grupo Mujeres Libres, en 1936, a partir de la iniciativa de tres militantes anarquistas ligadas a la CNT, y, más tarde, su organización en una Federación Nacional de Mujeres Libres produjo grandes rupturas en la vida de las mujeres españolas, además de los cuestionamientos decisivos en las formas de organización de las izquierdas, de promover un importante viraje en el movimiento anarquista y de potencializar el sentimiento de que el mundo podría ser otro, más libre, justo e filógino (opuesto de misógino).

 

Aunque no se definiesen como feministas, ya que consideraban feminismo exclusivamente a la lucha por el derecho al voto, el Grupo, creado por la poetisa Lucía Sanchez Saornil, por la médica Amparo Poch y Gascón y por la abogada Mercedes Comaposada, un poco antes de la eclosión del movimiento revolucionario, en 1936, consiguió articularse y expandirse por numerosas ciudades españolas, llegando a reunir cerca de treinta mil mujeres, creando la Federación Nacional de Mujeres Libres, más allá de la revista del mismo nombre. Realizaron una extensa obra en favor de la autonomía femenina, hoy documentada en libros como los de Martha Ackelsberg, Mary Nash y Antonina Rodrigo y el que publiqué con la historiadora Maria Clara Biajoli, Mujeres Libres da Espanha: documentos da Revolução Espanhola. Se dedicaron a la capacitación profesional de las mujeres, ofreciendo cursos, talleres y seminarios, entendiendo que ellas precisaban instruirse para salir de la dependencia emocional y financiera en que vivían en una España muy conservadora; crearon “liberatorios de la prostitución”, destinados a acoger a las prostitutas que deseaban buscar otras alternativas de vida, lo que ciertamente fue una actitud bastante rara, si se considera que hasta hoy los movimientos feministas excluyen a las prostitutas por considerar que ellas optaron por formas degradantes de ser y de vivir.

 

Si bien la actuación de las mujeres activistas de ese entonces estaba mucho más marcada por la colaboración con los hombres, ellas llevaban adelante iniciativas dirigidas a las cuestiones femeninas, con el objetivo de cuestionar las jerarquías de género, ocupándose de temas que se referían a las mujeres más que a los hombres, discutiendo las formas de la opresión que se ejercían contra ellas, trayendo la discusión de lo que hoy llamamos violencia de género, violencia doméstica, cuerpo, maternidad, sexualidad, prostitución, aborto, acoso, entre otros temas. O sea, será recién en la década de 1970 que, al reestructurarse en diversos países del mundo occidental, el movimiento feminista incluirá en sus pautas, temas que ya eran parte del repertorio del anarquismo desde el siglo XIX, y que fueron desarrollados intensamente por la organización Mujeres Libres. Podemos  decir que ese grupo anarcofeminista, en España, trajo para el seno de las izquierdas las discusiones feministas sobre el lugar social de las mujeres, el cuerpo, la sexualidad, la subjetividad, forzando a los propios compañeros a que se repensasen y transformasen las relaciones de género. Es claro que muchos de esos temas ya venían siendo colocados en otros contextos, como durante la Revolución Rusa, o incluso en las luchas obreras de las primeras décadas del siglo XX, en varios países, pero el proceso revolucionario español y el intenso enfrentamiento con las fuerzas conservadoras exacerbó este proceso.

 

 

HI: Federica Montseny y Lucía Sánchez Saornil… dos caras de una misma experiencia. ¿Qué tan distintas, qué tan parecidas?

 

MR: Federica y Lucía son dos anarquistas muy cercanas por ser militantes de izquierda, españolas, anarquistas muy activas, escritoras, cercanas generacionalmente, pues Lucía nace en 1895 y Federica en 1905. Son dos mujeres absolutamente dedicadas a la lucha por la transformación social y por la emancipación femenina. No obstante, son al mismo tiempo personas muy diferentes, traen consigo otras historias de vida, diferentes herencias familiares y, por encima de todo, demuestran concepciones de la revolución social, interpretaciones del cuerpo, del género y de la sexualidad distintas.

 

Veo a Lucía como una mujer mucho más cercana a nosotras, por su radicalidad: en un primer momento, por el rechazo a cualquier negociación con el Estado. Al contrario de Federica Montseny, que acepta ocupar el cargo de Ministra de Salud en el gobierno de Largo Caballero, lo que también significa importantes conquistas, aunque temporarias, Lucía se mantiene en los  movimientos autónomos de base, ligados a la CNT y a la FAI. Al mismo tiempo, produce una ruptura fundamental, al fundar la organización Mujeres Libres con Mercedes Comaposada y Amparo Poch y Gascón, incluso mientras sigue formando parte de esas organizaciones anarquistas. Lo que quiero destacar es el discurso feminista que promueven en esos medios libertarios, instando a los compañeros a que se pensasen, a que pensasen sus prácticas, a que reconocieran las dimensiones conservadoras y machistas en sus maneras de ser y actuar, lo que no es nada fácil.

 

Al mismo tiempo, destaco su radicalidad tanto por criticar incisivamente los patrones femeninos de su época y lo que hoy llamamos de “heterosexualidad normativa”, como por optar prácticamente por otros caminos de vida, sin casarse, sin tener hijos, huyendo de los lugares tradicionalmente destinados a las mujeres, inclusive en los medios de izquierda, lo que era una aberración en su época. No quiero decir con eso que una anarcofeminista no se deba casar ni tener hijos, obviamente. Las personas deben ser libres para decidir cómo vivir sus vidas. Sólo quiero destacar que colocarse del otro lado de los lugares naturalizados y definidos para las mujeres y sobre todo para las mujeres de las clases trabajadoras, asumirse como lesbiana en una época tan conservadora de rígidos patrones morales, en que los regímenes totalitarios aliados a los discursos religiosos más tradicionales se estaban imponiendo internacionalmente, no es poca cosa. Fue necesaria mucha desobediencia, coraje y una actitud ética muy comprometida.

 

Hoy sabemos cómo la teoría de la degeneración, formulada en el siglo XIX, con nociones como la de “perversión sexual”, elaborada por el psiquiatra austríaco Richard von Krafft-Ebing, o las teorías del criminólogo italiano Cesar Lombroso, pesaban en la cabeza de las personas, moldeando sus ideas sobre la sexualidad y el género, especialmente en lo que se refiere a la mujer, siempre vista como potencialmente desestabilizadora y amenazadora. En aquella época y hasta la década de los setenta, por lo menos, hasta la llamada “segunda ola” del feminismo, “mujer pública” era sinónimo de prostituta y la homosexualidad era fuertemente patologizada y castigada. No había términos como “gay”, “homoafectividad”, ni se imaginaba el casamiento entre personas del mismo sexo; Foucault todavía no nos había explicado lo que era el “dispositivo de la sexualidad”, como aparece en el primer volumen de la Historia de la Sexualidad. La voluntad de saber, publicado en 1976.

 

Ser de izquierda, anarquista, feminista, viviendo en los medios obreros, esto es, lejos de los espacios protegidos de la elite, y ser homosexual, masculino o femenino, en aquel momento, no era una experiencia fácil, como se sabe. En los años treinta, las élites, entre médicos, juristas y gobernantes entendían que los pobres ya tenían una tendencia innata a ser irracionales y que deberían ser gobernados por los racionales, esto es, los más ricos. En el caso de las mujeres y de las mujeres pobres, ese estigma era mucho más violento. De ahí la noción de que deberían aprender a obedecer a los superiores, esto es, a los patrones, a los padres, a los superiores jerárquicos y a los más ricos. Los anarquistas siempre atacaron fuertemente la idea de disciplina, de obediencia, de servidumbre, rebelándose contra las imposiciones morales, políticas, sociales, religiosas más que cualquier otro grupo contestatario. Herederos de los antiguos cínicos, como muestra Foucault, los anarquistas invertían tiempo en el cuidado de si, esto es, en la formación y en la autoformación de jóvenes éticos, íntegros, valientes, capaces de practicar la parresia, o sea, el coraje de la verdad, de manera a poder estar aptos para cuidar de la ciudad y de los otros.


 

HI: ¿Qué papel jugaron en la solidaridad internacional con la Revolución Española las mujeres sudamericanas? ¿Qué papel jugó Luce Fabbri en la solidaridad internacional con la Revolución Española?

 

MR: En todo el mundo, y especialmente en países de lengua española, muy ligados a la propia historia de España, como Argentina y Uruguay, hubo una movilización muy grande en defensa de los revolucionarios españoles, especialmente cuando fueron derrotados por el general Franco y partieron en masa para el exilio, o fueron arrestados y perseguidos. Las mujeres tuvieron intensa participación en esos movimientos también en los países sudamericanos. Luce Fabbri nos cuenta que, al lado de sus compañeros y compañeras, estuvieron muy ligados y acompañaron de cerca los acontecimientos de la Revolución Española, desde Uruguay y Argentina, ayudando en la organización de una amplia red de apoyo, recogiendo medicamentos y ropa para las milicias, apoyando a la organización Solidaridad Internacional Antifascista, de Montevideo, en apoyo a la CNT. Según ella, las mujeres crearon talleres de costura, organizaban fiestas y festivales para recaudar fondos, en lo que eran apoyadas por los movimientos femeninos que se adhirieron a la lucha, especialmente a partir de la derrota de los anarquistas. Al mismo tiempo, Luce Fabbri también dirigió la revista Studi Sociali, publicada en Montevideo, entre 1935 y 1946, donde se encuentran innumerables artículos sobre la Revolución española, la lucha antifascista, el fascismo italiano, el exilio, entre otros temas políticos y sociales, como viene estudiando la historiadora italiana Elena Schrembi.

 

 

HI: A lo largo de tu carrera has manifestado un especial interés por el anarquismo, y por las anarquistas en particular. ¿Qué claves consideras que aporta este movimiento a la emancipación femenina? ¿Por qué traer a la actualidad las trayectorias militantes de anarquistas brasileñas, españolas, uruguayas?


MR: Descubrí el anarquismo a principios de los años ochenta, en el momento en que se anticipaba el final de la violenta dictadura militar y en que se iniciaba el proceso de redemocratización de la sociedad brasileña y en que buscaba personalmente nuevos rumbos. También leía a Michel Foucault, desde mediados de los 70, después de que me recibí en Historia fui a hacer Filosofía, también en la Universidad de São Paulo, y quedé muy fascinada con su crítica a los micropoderes, a las disciplinas, al biopoder, con la idea del "dispositivo de la sexualidad", con su crítica a la prisión en la sociedad disciplinaria. En esa época, el sentimiento de que entrábamos en otro momento histórico nos llenaba de energía y de alegría. Y fue, entonces, a partir de una investigación realizada con los periódicos obreros anarquistas de principios del siglo XX, como La Linterna, La Plebe, Tierra Libre, reunidos en ese momento en el Archivo Edgard Leuenroth de la UNICAMP - Universidad Estadual de Campinas, que encontré al movimiento anarquista del pasado. Y me enamoré.

 

En aquella época, yo desconocía a los grupos libertarios que actuaban en el presente, pues se decía que el movimiento anarquista se había terminado para siempre con la derrota impuesta por las fuerzas de Franco. En ese momento, me fasciné con las discusiones sobre la sexualidad, el cuerpo, la emancipación sexual de las mujeres, conocí a Emma Goldman y a la brasilera Maria Lacerda de Moura, cuyas obras también se encontraban en aquel archivo, y también por su biografía publicada en 1984, por  la ya fallecida Miriam Moreira Leite. La publicación de mi libro Do Cabaré ao Lar. Utopia da cidade disciplinar, en 1985, al que pude añadir el complemento del título "y la resistencia anarquista" sólo en 2014, en la cuarta edición, propició el contacto con grupos militantes anarquistas, reunidos en el barrio obrero de Brás, en São Paulo, que me invitaron a conocerlos e iniciar algunos trabajos juntos. Jaime Cubero, viejo militante anarquista, me llamó a conversar con su grupo, en el Centro de Cultura Social, situado, en aquella época, en el barrio de Brás, en São Paulo. El encuentro fue obviamente muy sorprendente y emocionante.
 

Años después, en 1992, el profesor de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo - PUCSP, Edson Passetti, uno de los nombres más importantes del anarquismo brasileño hasta hoy, realizó un evento titulado “Outros Quinhentos. Pensamento Libertario Internacional”, y fui invitada. Allí tuve la increíble oportunidad de conocer a Luce Fabbri, al lado de los uruguayos Débora Céspedes, Ruben Prieto y otros anarquistas de varias partes del mundo, además de acercarme a los anarquistas brasileños con Mauríco Tragtenberg, famoso profesor y su esposa y actriz de teatro, Beatriz Tragtenberg.

 

Las puertas se abrieron, ya que yo investigaba la historia de las anarquistas brasileñas, pero desconocía totalmente aquellas figuras impactantes. El contacto con Luce Fabbri, que me llevó a Montevideo durante varios años consecutivos, desde 1995 hasta su despedida, fue muy emocionante y luego le pregunté si podía escribir sus memorias. En realidad, además del interés de la historiadora feminista, quería conocer de cerca la experiencia de una figura nacida en un medio anarquista "de la crema", y luego descubrí a la escritora, literata, historiadora, poeta, más allá de la militante libertaria, con sus inmensos archivos en su casa en el barrio Unión. Fue una emoción inmensa darme cuenta de la amplitud, de la fuerza, del repertorio, de las experiencias del pensamiento y del movimiento anarquista, a través de esa señora extraordinaria, que, como todas las mujeres, traía otras miradas, necesidades, intereses, narrativas y afectos. Había encontrado a "mi abuela ideológica", si puedo decir.

 


HI: ¿De qué forma Mujeres Libres podría dialogar con el feminismo latinoamericano de hoy en día? ¿Qué del pensamiento libertario consideras esencial para una transformación radical de nuestras vidas (las de todos y todas)?

MR: Conocí a la organización "Mujeres Libres" a partir de un encuentro con la historiadora Martha Ackelsberg, cuando en su visita a la Universidad Estadual de Campinas, en 1990, presentaba su investigación inédita sobre ese grupo. No había noticias de esas anarcofeministas hasta entonces y evidentemente quedé muy impresionada con sus realizaciones, además de sorprendida con el silencio sobre esas historias. Años después, Luce Fabbri me presentó su propia experiencia de intercambio de cartas con la Dra. Amparo Poch y Gascón, que en 1936 la invitaba a integrar el grupo, lo que rechazó considerando sus limitaciones y dificultades para asumir una tarea tan grande, ya que también estaba involucrada en innumerables frentes de trabajo y militancia en Uruguay y acababa de perder a su padre, Luigi Fabbri.

 

Evidentemente, el contacto con las historias del grupo "Mujeres Libres" produce un enorme impacto aún hoy, pues nos muestra una experiencia de osadía, de creatividad incluso dentro de los propios medios anarquistas. También los hombres anarquistas tuvieron y tienen que repensarse, enfrentarse a su propio machismo, su constante disputa de poder en relación a las mujeres, sus dificultades de renovarse y de reinventarse en un mundo que ya no es el de Bakunin o el de los años 1950. Los anarquistas tuvieron que abrirse, aceptar críticas, incorporar discusiones del cuerpo, de la sexualidad, del género, como todos los demás grupos de izquierda, lo que, por otra parte, ya viene sucediendo, sólo lo reitero pues entiendo que asumirse de izquierda, como anarquista, como feminista, como vemos hoy día, no garantiza una auto-transformación inmediata. Y esa reinvención subjetiva es absolutamente necesaria, ya que vivimos en un mundo competitivo, desigual, jerárquico, excluyente, neoliberal y somos efectos de las relaciones de poder, como bien mostró Michel Foucault, creyendo que también podemos revolucionarnos a partir de las prácticas de la libertad. No es posible creer que con sólo decirse anarquista se opera un cambio mágico por el cual dejamos de tener todas las contradicciones que conocemos, todas las emociones positivas y negativas con las que cargamos; no es posible percibirse como un sujeto que está por encima del mundo, fuera de él, capaz de dictar las reglas de conductas y la verdad sobre el otro, el tal "sujeto universal" tan criticado por la filosofía de la diferencia y por los feminismos. Eso es ser pastor, es ejercer el poder pastoral, que viene del cristianismo y se extiende a todas las instituciones y dimensiones de la vida social, especialmente en el neoliberalismo, que promueve el "neosujeto", o sea, el "empresario de sí mismo", según la teoría del capital humano, que debe pensarse como una empresa e invertir para dar ganancias, así como sus relaciones afectivas, familiares, su matrimonio, sus hijos, como analizaron Gilles Deleuze y más recientemente C. Laval y P. Dardot, o en el campo feminista, Wendy Brown, Judith Butler y Johanna Oksala, entre otras.

 

Mujeres Libres se atrevía a cuestionar no sólo el machismo de los hombres de izquierda o de derecha, sino también el comportamiento y las interpretaciones de las mujeres sobre sí mismas. Buscaba transformar el mundo, eliminar las desigualdades sociales y culturales, emancipar a las mujeres, crear formas comunitarias de vida, inventar modos libertarios de sociabilidad, pero también ponía en discusión el tema de la producción de la subjetividad, aunque no tuvieran el vocabulario especializado que tenemos hoy, especialmente después del gran giro del movimiento de 68, y de la emergencia de la filosofía de la diferencia, con Foucault, Deleuze, Derrida y las teorías críticas feministas. No sé si esas anarquistas españolas habían leído a los antiguos griegos, si sabían que el "conócete a ti mismo" de Sócrates, en realidad significaba "cuídate a ti mismo", como muestran hoy los filósofos, pero ciertamente desarrollaron sus artes libertarias del vivir, a partir del cuidado de sí, que supone actitudes filóginas, es decir, actitudes que valoran y promueven la cultura femenina, siempre tan estigmatizada e inferiorizada por el pensamiento misógino.
 

En mi opinión, todas y todos deberían conocer esa experiencia tan importante y transformadora que fue la creación del Grupo Mujeres Libres y las actividades que desarrollaron, desde los diversos frentes de capacitación femenina a los "liberatorios de la prostitución". Como también deberíamos conocer el legado de la tradición grecorromana pagana, antes de ser capturada por el cristianismo, especialmente a partir del siglo III DC. Los griegos entendían que cada uno sabía de sí mismo, que cada individuo conocía su propia verdad aunque necesitaba ayuda provisoria para poder construirse como una subjetividad ética. Estaban lejos de creer, como dirán los cristianos a ejemplo de Tertuliano y Agustín, que debemos sospechar de nosotros mismos, porque el diablo habita nuestro cuerpo y mente y dicta lo que debemos desear y hacer. De ahí se deriva la defensa de la obediencia incondicional a los representantes de Dios, únicos capaces de salvarnos. Los anarquistas del siglo XIX ya criticaban violentamente esas concepciones opresivas, denunciaban la confesión como una relación de poder, lo que va a ser discutido más detalladamente por Michel Foucault, en su último libro Les Aveux de la Chair, publicado este año.

 

Como historiadora, creo que la historia tiene muchas funciones y una de las más importantes es posibilitar la deslegitimación del presente, permitir que se muestre que nada de lo que existe es necesario o natural, que las cosas que conocemos nacieron en un determinado momento y que, por lo tanto, pueden terminar y el mundo puede ser otro. La prisión no es una necesidad, ni son naturales las desigualdades sociales, las formas de la dominación y la voluntad de poder. Podemos construir otros modos de existencia y de sociabilidad, que, además, aparecen en nuestra historia, pero en general son descalificados o silenciados. Sin embargo, podemos inventar otros modos de ser, más humanizados, verdaderos e íntegros. Al mismo tiempo, el conocimiento del pasado nos fortalece, muestra de dónde venimos, quiénes son nuestras abuelas y bisabuelas y puede así garantizar que la lucha continúe de manera más intensa, arraigada y comprometida.

 

 

* Brasileña, doctora en Historia por la UNICAMP. Cuenta con una extensa trayectoria como investigadora en temas de género, feminismos, anarquismos, pos-estruturalismo y subjetividad. Figuran entre algunas de sus obras: "Do Cabaré ao lar. A utopia da cidade disciplinar. Brasil, 1890-1930"; Entre a História e a Liberdade: Luce Fabbri e o anarquismo contemporâneo(UNESP, 2002); Feminismo e Anarquismo no Brasil. Audácia de Sonhar. (Achiamé, 2007); Mujeres Libres da Espanha: Documentos da Revolução Espanhola, con Maria Clara P. Biajoli (Achiamé,2008); Paisagens e Tramas: o gênero entre a arte e a história, con Ana Carolina Arruda de Toledo Murgel (Intermeios, 2013).

 

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