Bienes comunes y naturaleza con derechos ¿en qué momento la dicotomía humano-naturaleza se materializó en el despojo?

July 26, 2018

Imagen: Nuncio Pazi 

 

En nuestra sociedad actual, desde una visión occidental, la diferencia entre ser humano y naturaleza pocas veces suele cuestionarse, tampoco se cuestiona mucho la propiedad privada ni la mercancía dinero, y no se diga la existencia del patriarcado. Para hallar respuestas históricas que den cuenta del por qué de tal situación, en principio, tendríamos que remontarnos a la época de la Grecia Antigua, y otro tanto al prematuro nacimiento de las relaciones de producción capitalistas europeas desde la segunda mitad del siglo XIV cuando, refiriéndonos a Karl Marx, surgió la clase de los asalariados.[1]

 

John Bellamy Foster, retomando ciertos pasajes de la tesis doctoral de Marx, hace un recuento del pensamiento de Epicuro contrapuesto al pensamiento de Aristóteles en la antigua Grecia. Epicuro contaba con una visión del mundo alejada de la concepción de un poder divino creador; rechazaba el reduccionismo filosófico, como el de Aristóteles, que fomentaba la idea de un poder divino de la naturaleza. El pensamiento epicúreo reconocería a la naturaleza como un terreno en el que la humanidad, como parte de la misma naturaleza, actuaría para realizarse a sí misma. Haciendo a un lado las nociones dicotómicas, dicho pensamiento esbozaría una concepción que permite entender a los seres humanos en lucha permanente con la naturaleza por su libertad y evolución, comprendiendo que no  cambian lo ‘natural’ sin cambiarse a ellos mismos, como un movimiento reflexivo y dialéctico en donde se reconoce la necesidad de la naturaleza y de la sociedad, relación sujeto-objeto, arte y ciencia, y vida.[2]

 

No obstante, el pensamiento platónico-aristotélico sería el hegemónico tanto en la tradición griega como en la historia subsecuente; no es de extrañar que el nombre de Aristóteles sea mucho más sonado y reconocido hasta nuestros días a diferencia del nombre Epicuro. Más adelante en la historia occidental, el pensamiento aristotélico se promovería por el cristianismo y la escolástica, fomentando conceptos estáticos y muchas veces acríticos y mecanicistas,[3] los cuales han mermado dentro de las ciencias sociales y sobre todo en la política. El pensamiento metafísico y, al mismo tiempo, mecanicista, se opone al pensamiento crítico que, por su esencia, siempre atenta contra el orden establecido, por lo mismo suele ser evitado, muchas veces, incluso, de manera poco consciente.

 

De tal forma, se podría decir que la disputa entre el pensamiento mecanicista y el pensamiento crítico se fue generando desde aquellos tiempos, donde diversos pensadores reflexionarían sobre su papel en el mundo y su forma de entrelazarse con él y entre ellos mismos. Eugenio Raúl Zaffaroni también afirma que el camino para la separación entre humano y naturaleza se fue dando desde el platonismo donde se formuló la idea de la separación entre cuerpo y alma así como el desprecio al cuerpo humano. Según el autor, dichas concepciones “prepararon el capitalismo y al mismo tiempo relegaron al animal a la condición de puro cuerpo y al humano atento al cuerpo a una condición cercana al animal”.[4] Siglos más tarde René Descartes coronaría al ser humano, y en específico al hombre, como el señor y poseedor de todo lo demás,[5] incluidas las mujeres y las tierras. La actual y moderna dicotomía ser humano-naturaleza es, pues, un factor esencial en el pensamiento moderno (y posmoderno) que encubre determinadas relaciones de explotación y opresión en nuestro mundo actual, el despojo en forma de propiedad privada, las diversas formas de colonialismo y el patriarcado son algunas de ellas.

 

La cuestión de la propiedad privada, el dinero y el despojo de los bienes comunes tal y como lo conocemos ahora, culmina en los siglos XVIII y XIX en Europa, dentro del naciente capitalismo. Decir lo anterior no exime el hecho de que anteriormente existiera propiedad privada sobre seres humanos, en forma de esclavismo, o despojo de tierras y bienes comunes en forma de colonialismo, sin embargo, lo que importa en este breve artículo es entender el proceso moderno que nos ha llevado a una especie de consenso sobre la propiedad y sobre nuestro papel frente a la llamada ‘naturaleza’.

 

Marx señala que a partir de un largo “proceso histórico de escisión entre productor y medios de producción”,[6] las relaciones de despojo, opresión y explotación maduraron hasta conformar lo que hoy conocemos como modo de producción capitalista. Para el año 1842, mucho antes de escribir El Capital y su ya citado capítulo La llamada acumulación originaria, Marx escribiría con pasión, sarcasmo y rabia, algunas críticas hacia las legislaciones en contra de los desposeídos, en particular sobre los llamados ladrones de leña.[7] A partir de textos como ese, podemos dar cuenta que resulta fundamental plantear las contradicciones que subyacen dentro del derecho liberal y que, a su vez, se hayan completamente permeadas por la dicotomía ser humano-naturaleza. Marx hablaría de un doble derecho privado, tanto el del propietario como el del no propietario, “sin tener en cuenta el hecho de que ninguna legislación abrogó los privilegios de derecho público de la propiedad, sino que simplemente los despojó de su carácter extravagante y les confirió un carácter civil.”[8] La posibilidad de monopolizar un bien común, como lo habrían sido en su tiempo los trozos de árboles caídos, las bayas salvajes y artículos naturales sin previo trabajo humano, se vuelve posible gracias a las formas violentas de despojo a partir de la coacción, pero también a partir de las legislaciones donde el Estado liberal se dedica a salvaguardar la supuesta propiedad privada.  Así pues, el derecho a la propiedad privada por encima de los bienes comunes y del derecho a la vida de millones de personas en el mundo, hoy es poco cuestionado; el proceso histórico que permitió la formación de dichas leyes sería un paso más en relación a legitimar el despojo, la explotación, la opresión y la muerte. 

 

En este artículo no se pretende hacer un recuento exhaustivo de los tipos de opresión y dominación, sin embargo, dentro del tema de bienes comunes y la dicotomía ser humano-naturaleza, es importante nombrar la opresión patriarcal y la existencia del concepto de mujer en un sentido cosificado. Así como se ha cosificado a la naturaleza por parte del ser humano moderno y occidental, las mujeres han tenido un papel inferior a los hombres en sus relaciones sociales por el mismo hecho de ser cosificadas y vistas como propiedad del sexo masculino. Silvia Federici habla de que en nuestra actual sociedad capitalista, las mujeres son tratadas como seres socialmente inferiores y explotadas de un modo similar a las formas de esclavitud. La autora plantea la redefinición de categorías históricas aceptadas para visibilizar formas ocultas de dominación y explotación de las mujeres en la modernidad, donde el racionalismo científico produjo un paradigma que legitimó la mayor explotación de las mujeres y de la naturaleza.[9] De manera parecida varias autoras han utilizado el concepto de ecofeminismo para denunciar (así como lo hacía Marx con el capitalismo y el derecho liberal) las formas de dominación y maltrato al sexo femenino que se ligan al maltrato y a la privatización del medio ambiente.[10] A fin de cuentas, las diferenciaciones mecanicistas con falta de espíritu crítico, como lo sería la dicotomía ser humano-naturaleza, también llevan a extrapolar y diferenciar los sexos con el objetivo de enarbolar la propiedad privada y el despojo. No es de extrañar, pues, que varias luchas ambientalistas en diversas partes del globo estén lideradas por mujeres que sienten un gran vínculo con su territorio y medio ambiente, que al mismo tiempo lo relacionan con su cuerpo y sus formas de ser y estar en el mundo.

 

Así, la pregunta rectora de este texto ‘¿en qué momento la dicotomía humano-naturaleza se materializó en el despojo?’, en realidad es tautológica e invita a reflexionar sobre la importancia del lenguaje, las ideas y la práctica, las cuales están ligadas con nexos dialécticos que se forman y transforman en procesos históricos específicos. En el caso del despojo y las dicotomías, el pensamiento mecanicista y acrítico va ligado a la explotación y al dominio.

 

Bajo dichas lógicas hegemónicas, que fomentan las dicotomías y un pensamiento acrítico, es que se plantean formas de solucionar problemas como la crisis ambiental y la pobreza (mayormente asociada a la explotación y al despojo aunque esto se invisibilice), sin tomar en cuenta una perspectiva dialéctica. Hay varios casos que resultan paradigmáticos en este ámbito, me gustaría referirme sólo a dos: la idea hegemónica de desarrollo sustentable ligada a la economía verde, y los derechos de la naturaleza en la Constitución de Ecuador. Si bien ambos, en apariencia, son muy contrastantes, en la realidad aluden a la misma dicotomía ser humano-naturaleza, y entienden las problemáticas sociales desde un punto de vista mecanicista.

 

Por un lado, la idea hegemónica de desarrollo sostenible ligada a disminuir la pobreza en el mundo y a fomentar un uso de los recursos naturales de maneras resilientes y racionales, terminan por encubrir las verdaderas relaciones desiguales entre clases y entre países. Un ejemplo de ello son los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS), agenda elaborada en 2015 por las Naciones Unidas con miras al año 2030, que pretende erradicar la pobreza y disminuir las consecuencias del cambio climático.[11] El principal problema de este tipo de iniciativas es que la raíz del problema no se mira ni se ataca. Las crisis humanitarias de guerra y pobreza, así como la crisis medioambiental actual, no se generan simplemente por voluntades ajenas a la racionalidad, sino justamente por las relaciones de producción capitalistas que se erigen sobre la explotación, la propiedad privada de los medios de producción y el uso de recursos naturales, de capital constante, para generar ganancias para una clase específica, no para el beneficio de la humanidad entera. El despojo, la propiedad, el patriarcado y las relaciones sociales de producción no son cuestionadas en este tipo de iniciativas, son ignoradas y, justamente por ello, terminan siendo paliativos que no permiten una verdadera solución a los problemas reales que aquejan hoy a la humanidad y al mundo entero. En cambio, terminan por mercantilizar los bienes comunes como con los llamados Servicios Ambientales y permiten generar nuevos mercados como el financiero de bonos de carbono.

 

Por otro lado, la lucha legal en la Asamblea Constituyente de Montecristi, Ecuador, que promulgó los cuatro artículos que le otorgan derechos a la naturaleza,[12] da continuidad a la dicotomía mencionada y criticada en este texto. Sin menospreciar la lucha de varios académicos y académicas, así como de luchadores y luchadoras ambientalistas en Ecuador, el entender a la naturaleza como sujeto de derechos puede producir un vaciamiento político que termina por confundir a los actores sociales que pudieran defender su territorio, sus bienes comunes y su patrimonio natural en general. Estos artículos no resaltan la causa subyacente del problema de la crisis medioambiental ni del despojo: el sistema de producción y reproducción capitalista. El distanciamiento entre la legalidad y la realidad de las comunidades que sufren despojo, puede ser una pista para entender el por qué los Derechos de la Naturaleza en Ecuador no han podido ser del todo cumplidos, o bien, no podrán ser funcionales porque las causas subyacentes de tal crisis no forman parte de la comprensión para la redacción de la nueva legislación. El dar continuidad a las dicotomías no fomenta un pensamiento crítico que profundice en los motivos reales de la hecatombe actual.

 

Así pues, la dicotomía ser humano-naturaleza ha tenido su auge en la modernidad y se ha podido edificar de manera fuerte a partir de las relaciones sociales dentro del modo de producción capitalista. Dicha escisión transmite una noción vacía sobre la naturaleza, la cual termina por despolitizar y generar la no comprensión de las relaciones existentes entre los individuos y su entorno como un resultado histórico-político. Desde la teoría de Karl Marx, y también con ciertas autoras del ecofeminismo, podemos encontrar una noción no dicotómica entre ser humano y naturaleza al entender la praxis humana, es decir el trabajo, como aquello que media entre la naturaleza exterior y la naturaleza interior (el ser humano), logrando así una dialéctica que permite rebasar las concepciones dualistas y comprender nuestra relación con lo externo de una manera histórico social distinta.[13]

 

En la actualidad podemos ver que el discurso hegemónico habla de la naturaleza como algo separado de la humanidad, lo cual termina siendo una forma más de encubrir las relaciones de dominación y explotación. El concepto de naturaleza desde esta perspectiva es, pues, una pieza dentro del proceso de hegemonía que hoy en día se retoma desde el debate político institucional a nivel mundial frente a la actual crisis ambiental, la cual afecta negativamente la reproducción y la acumulación de capital porque implica la paulatina escasez de recursos naturales, es decir, de materias primas que son  parte fundamental del capital constante.

 

Hoy en día se vuelve fundamental, entonces, retomar el pensamiento crítico y llevarlo hasta sus últimas consecuencias, hacia la praxis por reconstruir nuevas formas de ser y estar en el mundo, cuestionando las múltiples formas de opresión y explotación. En la actualidad existen innumerables procesos comunitarios que actúan contra las políticas de despojo capitalista; según Mina Lorena Navarro “son luchas por la re-conexión de la existencia productiva humana con las condiciones naturales que ofrece la naturaleza,”[14] y por la gestión colectiva de los bienes comunes. Dichos procesos se han convertido en una gran amenaza y obstáculo para las políticas económicas que se sustentan bajo los discursos de progreso y desarrollo, es por ello que los denominados conflictos socioambientales expresan un choque entre la lógica capitalista y la lógica comunitaria y de reproducción de la vida.[15] Las luchas por lo común contextualizadas, en su mayoría, dentro de conflictos ambientales pueden de ser situadas en lo que Gramsci llama filosofía de la praxis.

 

La filosofía de la praxis, entendida como una conformación de las subjetividades colectivas que emana de una confrontación histórica entre fuerzas subalternas y dominantes, es aquella que nos podría llevar del pasaje de la necesidad al de la libertad.[16] Para contrarrestar la hegemonía imperante y generar una nueva hegemonía alternativa, con el fin de superar la crisis social, ambiental y de conocimiento, es, pues, fundamental trabajar sobre el plano epistémico, sobre las nociones y entendimientos que tenemos sobre la humanidad y, en este caso, sobre la naturaleza, para conferir un aparato crítico y popular que sostenga las acciones, una nueva concepción total del mundo reflejada en una organicidad social distinta; en términos de Gramsci una sociedad regulada.[17] Esta sociedad regulada debería, entonces,  tener otras visiones alejadas del dualismo hombre-naturaleza; sólo de esta forma, a partir de la acción y organización social, es que se podría pensar en un mundo sustentable, igualitario y justo.[18]

 

* Laura Nieto Sanabria es maestra en Estudios Latinoamericanos y  licenciada en Sociología por la UNAM. Actualmente doctorante de Estudios Latinoamericanos, UNAM.

 

 

Notas 

 

[1] MARX, Karl, “La llamada acumulación originaria”, en El Capital, Tomo 1/Vol. 3, Libro Primero, el proceso de producción del capital, Siglo XXI, 2a ed. México, 1988, p. 923.

[2] BELLAMY FOSTER, John, La ecología de Marx, Materialismo y naturaleza, Editorial El viejo topo, España, 2000.

[3] Ídem.

[4] ZAFFARONI, Eugenio Raúl. “La Pachamama y el humano”, en ACOSTA, Alberto y Esperanza Martínez (compiladores). La Naturaleza con Derechos, de la filosofía a la política. Ediciones Abya Yala, Universidad Politécnica Salesiana, Quito, Ecuador, 2011. P. 35.

[5] Op. Cit. P. 37.

[6] MARX, Karl, Op. Cit. P. 893.

[7] MARX, Karl, “En defensa de los ladrones de leña”, serie de artículos en la Rheinische Zeitung, Alemania, 1842. En BENSAID, Daniel, Contra el expolio de nuestras vidas, una defensa del derecho a la soberanía energética, a la vivienda y a los bienes comunes, Ed. Errata naturale, España, 2015.

[8] Op. Cit. p. 130.

[9] FEDERICI, Silvia, El calibán y la bruja, mujeres, cuerpo y acumulación originaria, Traficantes de sueños, Madrid, 2004.

[10] Para ahondar en el tema se sugiere consultar un texto bastante elocuente y con variedad de fuentes: TARDÓN VIGIL, María, Ecofeminismo. Una reivindicación de la mujer y la naturaleza, en Revista El Futuro del Pasado, no 2, 2011, pp. 533-542.

[11] Ver http://www.un.org/sustainabledevelopment/es/objetivos-de-desarrollo-sostenible/

[12] ASAMBLEA CONSTITUYENTE, Constitución de la República del Ecuador, 2008.

[13] SCHMIDT, Alfred, El concepto de naturaleza en Marx, Siglo XXI, 2a ed. España, 1977.

[14] NAVARRO TRUJULLO, Mina Lorena. Luchas por lo común. Antagonismo social contra el despojo capitalista de los bienes naturales en México. Bajo Tierra Ediciones y BUAP, México, 2015. P. 27.

[15] Op. Cit. P. 64.

[16] OLIVER, Lucio (coord.) Gramsci: La otra política, descifrando y debatiendo los cuadernos de la cárcel, Itaca, UNAM, México, 2013. P. 26.

[17] GRAMSCI, Antonio. Cuadernos de la cárcel. Edición crítica del Instituto Gramsci a cargo de Valentino Gerratana. Ediciones Era, México, 1975. Q6, nota 65.

[18] NIETO SANABRIA, Laura, La Economía Verde y los Derechos de la Naturaleza, Lo hegemónico y lo subalterno en el ambientalismo contemporáneo, Tesis UNAM, México, 2016.

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