Mínima poética para la resistencia. La universidad a 100 años de Córdoba

Ilustración: Silvia Gutiérrez González**
 

Hay poéticas que recorren la universidad en estos 100 años de Córdoba. Se amplifican. Se comparten. Vuelven a significar horizontes posibles. Son portales que permiten acceder, desde la producción y difusión de narrativas insubordinadas, a las historias de los pueblos latinoamericanos y de los seres que aquí hemos habitado, en todos los tiempos y lugares.

 

La presencia de estas poéticas tiene como hogar un espejismo hegemónico, salvaje y dominante. La democracia. Un sistema/idea que ha sido capturado, hecho prisionero, sometido a torturas, desapariciones y dictaduras, para después retornarlo al escenario de lo público/privado, ya inoculado con su ADN neoliberal. Latinoamérica ha sido y seguirá siendo un continente apto para este tipo de experimentos. No somos los únicos. El miedo ha sido el vergel para las experiencias de odio que los gobiernos y su clase dominante van sembrando y haciendo proliferar en nuestras calles, poblaciones, barrios, campos, escuelas y universidades. La codicia siempre aspirará a la totalidad. Y lo hace, por supuesto, dividiéndonos, haciéndonos desconfiar los unos de los otros.

 

Sobrevolemos nuestros países para testificar lo que es hoy la democracia y quienes la personifican. “Tengo una visión bastante escéptica de lo que llamamos democracia. En realidad, vivimos en una plutocracia, bajo el gobierno de los ricos. Con el neoliberalismo económico, prácticamente han desaparecido ciertas palancas que el Estado poseía para actuar en función de la sociedad. Hoy la democracia no se discute con seriedad. Se han impuesto tantos límites a la democracia, que se impide el desarrollo de otras áreas de la vida humana. Vea el ejemplo del Fondo Monetario Internacional. Se trata de un organismo que no fue elegido por la población, pero que controla buena parte de la economía internacional”, explicaría José Saramago en Sao Paulo un 29 de octubre de 2005.

 

El lugar de las universidades públicas es, en primer término, un territorio en disputa y confrontación permanente, puesto que “su operador”, el Estado y los gobiernos de turno, han sucumbido ante la tentación de la superficialidad, la riqueza, la modernidad vacía y carente de toda cualidad humana y filosófica. Esa primera constatación la contextualizo desde universidades públicas como las chilenas, que de “públicas”, en sus últimas décadas, han tenido sólo la denominación. Son instituciones, todavía, con casi nula participación de todos los sectores que la conforman, con un sistema de financiamiento todavía precario, pero que los tecnócratas justifican con el aumento de la cobertura que ha tenido la matrícula, omitiendo, por supuesto, que este fenómeno ha operado así producto de la desregulación “del mercado de la educación superior” (dicho en esos términos), facilitado por el crecimiento de las universidades privadas y por la irrupción de las casas bancarias al financiar/endeudar con créditos usureros a miles de estudiantes y familias. Un ejemplo es el Crédito con Aval del Estado (búsquelo en google y entérese), impulsado por el gobierno del socialista, Ricardo Lagos Escobar (a propósito de las reconversiones).

 

El peligro, como es de suponer, no es sólo de las universidades públicas chilenas. Es y será un flanco abierto para las demás universidades públicas del continente que, independiente del camino, los avances obtenidos, a propósito de la poética que en sí mismo contiene el Manifiesto Liminar, siempre querrán ser reconvertidas kafkianamente siguiendo el experimento chileno. Las palabras de la Gobernadora de la Provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, son cualquier cosa menos inocentes. Habita allí el germen de una idea política presente en parte importante de los gobiernos de nuestro continente. Tomar el ejemplo de Chile, para propagarlo como idea/praxis que se puede imponer, naturalizar y aceptar como moderna y necesaria para el bienestar de los pueblos. Así me lo enrostró, algo exaltado, un colega argentino que había estudiado su postgrado en una universidad relativamente acomodada de mi país, cuando finalizamos una exposición en Santa Fe, en el marco del centenario de Córdoba. Le molestó mi crítica al modelo elitista, clasista y sexista que durante años ha primado.

 

Los 100 años de Córdoba y todos los contenidos y símbolos son una gesta innegable, que hay que visitar y revisitar como ejercicio crítico fundamentalmente actual. Presente y cotidiano. No petrificado. Menos habitando una caverna de aquel pasado heroico que es imposible de recuperar idénticamente. No necesitamos regresar al pasado para aplaudirnos entre nosotros, repitiéndonos lo bonitos, sabios e inteligentes que hemos sido. Que somos. Esa poética está allí y la podemos volver a confrontar, para tomar de ella todos aquellos recursos que tiene para enriquecernos. Para fortalecer nuestras luchas. Pero sin condescendencias.

 

Porque hoy tenemos este invitado. La democracia neoliberal, que hace que en las universidades la ambigüedad, el cinismo y la hipocresía campeen por campus, facultades, departamentos y carreras. Decir una cosa, Hacer otra. El examen interior de quienes trabajamos entre esas fronteras es inevitable. Pregúnteselo: ¿Cuánto, efectivamente, de todo ese ideal que suponemos es la Universidad, lo experimentamos realmente? ¿O cuánto de impacto real tienen esos planes operativos, indicadores, procesos de acreditación modelados desde el extranjero, en la formación de nuestros estudiantes, en nuestra propia formación o en el trabajo que hacemos con las comunidades? Podrán responder apelando a miles de ejemplos: el proyecto de extensión X, la investigación I, la cátedra M, mientras el mundo sigue encaminado hacia el precipicio. Sin vuelta. Con tiempo calculado.

 

En Chile, por ejemplo, si tenemos una tradición bien conocida es la de protestar, a pesar que los resultados tangibles de esas movilizaciones sean relativos o derechamente modestos. Pero hoy, como no fue en la revolución pingüina de 2006 ni tampoco en las masivas protestas de 2011, son las mujeres, los colectivos feministas, quienes llevan adelante una poética heterogénea que denuncia, visibiliza y proyecta otra universidad y sociedad posible, que ponga fin al sesgo y la dominación machista y patriarcal. ¿Estamos pensando en eso cuando conmemoramos los 100 años de Córdoba? ¿O nos resulta más cómodo continuar apelando a las poéticas tradicionales para seguir entre abrazos, lógicas y tristes chistes masculinos? Hay allí una poética brotando con fuerza, que no vendré a explicar porque si algo he aprendido es que ellas están mucho más preparadas para librar sus batallas y enriquecer los espacios colectivos donde convivimos. No necesitan que sigamos hablando en su nombre.

 

Salvador Allende, en un fragmento de su último discurso, dijo que “más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas, por donde pase el hombre libre, en busca de una sociedad mejor”. Esta cita se conoce y comparte en todo el mundo. Estructuró una poética de la nostalgia, mientras La Moneda ardía para inaugurar 17 años de dictadura cívico militar que aún hoy son un actor político vigente, a pesar de los discursos futuristas que cada tanto expone parte importante de la clase política. Pinochet sigue vivo, compañeros. Su cuerpo terminó siendo polvo, pero sus ideas encarnaron y se fortalecieron al amparo de una modernidad comercial victoriosa. Todo se transa. Todo se vende. Todo se permuta: la vejez, la niñez, el agua, la educación, la salud. No hay derecho que no haya sido encapsulado, vuelto producto y expuesto a la transacción del mercado. Hasta la violencia tiene un mercado prolífero.

 

Por eso, más importante que se abran las grandes alamedas, como dijo el Chicho, es que las calles, los pasajes, las plazas y los vecindarios retomen sus vidas. Nos sanemos unos con otros. Hombres y mujeres, o el amplio trayecto identitario entre unos y otras, retomando su poder constituyente local, encontrando soluciones y saberes fuera de la lógica del Estado. Articulando procesos cooperativos, entramados de confianzas sociales, economías sociales y solidarias, experiencias de educación popular y vecinal, que vayan desactivando progresivamente la lógica vertical y cuasi monárquica en que se ha convertido esta democracia. Y es urgente que las universidades públicas comiencen un viraje progresivo, que equipare la cancha entre nuestra preocupación por las “políticas públicas” y su grandilocuencia, y esa gran experiencia que se está articulando desde el norte hasta el sur en muchos lugares, territorios y liberaciones que van ocurriendo sigilosamente por toda Latinoamérica. Somos Estado, me dirán. Claro, pero tenemos autonomía para no seguir siendo cómplices del nuevo cóndor que asola a nuestros países. Sin la brutalidad explícita que hubo en las dictaduras. Ya tienen a la democracia de su lado para continuar el trabajo.

 

Mi mínima poética para la resistencia es esperanzadora. El optimismo no habita en la estructura. Está en los contenidos y procesos que van alimentando de flujos sanguíneos y energías vitales procesos y actores, conscientes que los marcos institucionales y establecidos han profundizado la desigualdad y la violencia. Habitemos otros territorios geográficos e imaginarios. Hagamos de la creatividad y la resistencia intelectual y práctica los motores de nuestro trabajo cotidiano. De lo que hacemos todos los días. Es lo que tenemos y es mucho. Observémonos con amor y respeto, porque somos los herederos de cientos de historias y seres que han transitado todas las épocas.

 

No hay mayor sabiduría que la síntesis que habita en nosotros. Volvamos a cantarla.

 

 

* Boris González López es comunicador social, académico e investigador del Observatorio de Participación Social y Territorio de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Playa Ancha, ubicado en Valparaíso, Chile.

 

** Silvia Gutiérrez González se desempeña como periodista, radialista, escritora  e ilustradora. Trabaja actualmente en Talca en la Editorial Hermana, microeditorial feminista y colaborativa.Y se organiza desde hace años en el proyecto de libre comunicación La Radioneta y el Observatorio Mujeres y Medios de Valparaíso, Chile.

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