La lucha de clases en Uruguay: problemas no resueltos (parte 2)

May 26, 2018

Ilustración: Sebastián Santana

 

La primera parte del artículo se puede encontrar aquí.

 

 

5. La producción de los intelectuales

 

"Este veto a la necesidad de iniciar la difícil tarea

de una producción ideológica contra-hegemónica

no ha sido precisamente bienhechor".

G.C. Spivak(1)

 

Intelectuales y artistas tuvieron históricamente un rol importante en la política de izquierda en Uruguay, especialmente en el tercer cuarto del siglo XX. El teatro independiente, El proceso económico del Uruguay, Marcha, la generación crítica, la Universidad de la República autónoma y cogobernada, el canto popular y el lugar que tuvieron el marxismo, la izquierda nacional y la teoría de la dependencia en el campo intelectual, son hasta hoy la imagen que una parte de la sociedad tiene sobre los intelectuales. Por eso hay quienes dicen que la izquierda tiene hegemonía sobre la cultura.

 

Pero la realidad actual es muy otra. Existe un importante avance empresarial sobre el campo cultural, en todas las áreas. En algunos campos, se trata de un avance en términos de contenidos: se enseña emprendedurismo, se busca orientar a la producción artística y de conocimiento al mercado, se enseña y se investiga en corrientes y doctrinas liberales, capitalistas o amistosas con las empresas del sector. En otros, el avance se da en términos de formas: se hace a artistas e investigadores competir permanentemente por fondos; se los rankea y estimula a subir en los rankings, que cuantifican su éxito y su incorporación a los circuitos globales; se transforma por la vía de los hechos a los trabajadores intelectuales y artísticos en empresarios de sí, y se los gobierna a través de cambios más o menos sutiles en las bases, las formas y los estímulos de estas competencias, en sistemas que en lugar de censurar lo que no colabora con la hegemonía neoliberal, lo ignoran y lo privan de los jugosos premios otorgados a quienes aprenden a jugar el juego.

 

Esto no quiere decir que no exista la izquierda en el campo intelectual. Muchos investigadores y artistas con posturas críticas se hacen muy buenos en el juego de las competencias, siendo una de las mejores estrategias acoplarse a los sectores críticos de la intelectualidad del primer mundo, capaz de dar valiosos apoyos en la competencia por los financiamientos y los rankings. Si bien esto tiene una dimensión colonial, también ayuda a la circulación global de ideas. Ideas que suelen tener muchas dificultades y poco interés de permear hacia la disputa política, en parte porque en la competencia por recursos existen muy pocos estímulos para la divulgación y el intercambio con la sociedad, y en parte por razones ideológicas: a menudo las corrientes críticas en la intelectualidad contemporánea tienen problemas para dialogar con sectores no intelectuales (que ven como simplificación o populismo), por sostener posturas ético-epistemológicas contrarias a la representación (lo cual puede paralizar cuando llega el momento de hablar de o con otros) y por centrarse en discusiones herméticas sobre conceptos y problemas que solo existen al interior de pequeños nichos. Los sectores de la intelectualidad crítica que tienen más éxito en los mundos globales de la academia y el arte suelen, por esto, tener poco interés y poca capacidad para disputar hegemonía cultural o para intentar expandir ideas, valores o prácticas en la ancha sociedad. El elitismo y el aislamiento parecieran ser la consecuencia necesaria de la crítica de la arrogancia de los grandes intelectuales clásicos, que no sentían vergüenza de arrogarse el derecho a hablar en nombre de otros. Y esto es una pena para ideas e investigaciones que, de circular, podrían tener una enorme potencia política.

 

Otra parte de la intelectualidad de izquierda, la heredera de la CIDE y el dependentismo, que históricamente ha oscilado entre la tecnocracia, el nacionalismo y la crítica al neoliberalismo, ha formado una robusta corriente neodesarrollista, que se ha dedicado a pensar desde los conceptos de desarrollo y derechos, con un fuerte anclaje en la CEPAL, el sistema Naciones Unidas y otros organismos internacionales, y una más fuerte aún vocación de construcción de estado. Han sido en buena medida artífices y justificadores del estado progresista, y de la aceptación por parte de la izquierda (cultural, política y en alguna medida sindical) de consensos neoliberales y tecnocráticos, al mismo tiempo que pusieron el hombro en la construcción de los sistemas de protección social que se montaron en estos años. Se trata de intelectuales con una relación compleja con la política: si bien tampoco piensan sus intervenciones en términos de hegemonía, y aunque no suelen admitir la politicidad de su trabajo técnico y científico, no suelen tener problemas en adherir (políticamente) a una visión progresista de la democracia y el desarrollo, un desarrollo que necesita “cultura del trabajo”, industrias culturales y mucho I+D.

 

Si pensamos el campo intelectual en términos de disputa hegemónica, es claro que el capital está avanzando, pero quizás lo más importante no es lo que ocurre en esos términos, sino una transformación más profunda y más silenciosa en la relación entre capital, trabajo intelectual y conocimiento, en la que el centro no son los intelectuales en tanto que miembros de corrientes, disciplinas o escuelas, sino como trabajadores, y en la que lo central no es el avance de la ideología capitalista, sino del capital mismo, expropiando, privatizando, explotando y reorganizando el conocimiento y a aquellos lo producen.

 

Estos conocimientos, significados, afectos y relaciones a veces son producidos por trabajadores intelectuales (transformando radicalmente lo que se entiende por “un intelectual”), y muchas otras por un trabajo no reconocido como tal, en el que permanentemente la sociedad entera crea cultura en común, que el capital intenta expropiar a través de la mercantilización, la propiedad intelectual y las plataformas digitales que permiten transformar las interacciones y los significados sociales en renta. Todo un mundo de trabajo intelectual (cognitivo, informacional, etc.) toma relevancia en la administración y la producción de estas formas de gestión de lo social, y de apropiación de conocimiento sobre el mundo (y no solo el mundo social, existen geología, psicología, biología capitalistas). Este no es un problema superestructural, sino que está en el centro de la producción, que es, como vimos antes, producción de vida. La educación, como posible espacio de producción de personas aptas para trabajar y consumir en el capitalismo del futuro, es central para el proyecto del capital, y por eso los sectores capitalistas y tecnocráticos apuestan tanto por su reforma.

 

En la medida que el conocimiento es útil para la producción y la administración de lo social, y que ese conocimiento es puesto en práctica por un gran mundo de trabajadores (gestores, investigadores, profesores, diseñadores, influencers, programadores, trabajadores de servicios, artistas), que dominan unas técnicas que son de una enorme utilidad para la organización política, es posible pensar que allí podría estar una de las claves para una sociedad en la que el trabajo sea capaz de autoorganizarse, ya que el conocimiento de como fluye el capital, como funcionan las oficinas, que está pasando en las partes de la sociedad a las que llegan los aparatos comunicacionales y educativos está (por lo menos en parte) en manos de los trabajadores que los operan.

 

El conocimiento no es solo un factor de producción, es también una capacidad política en disputa. Aún en los sectores donde el capital parece haber colonizado más totalmente al conocimiento y la técnica (como el diseño o la informática), existen resistencias, politizaciones e intentos de redireccionar esa potencia. Y en los espacios más atacados y desprestigiados por la ideología y los medios capitalistas (como la educación pública) existen sujetos (docentes, estudiantes, funcionarios) con enormes capacidades de movilización, llegada territorial y conocimientos fundamentales para la lucha de clases, de los que pueden surgir ideas creativas y ambiciosas de reforma y contraataque contra el avance capitalista.

 

Y mientras tanto, algo sobrevive de la vieja intelectualidad crítica y el arte comprometido en bolsones universitarios, teatrales, de prensa y en organizaciones sociales, y mucho crece en los mundos de los colectivos culturales y la cultura libre. Las corrientes, las estéticas y las formas de disputa intelectual y cultural del futuro no van a verse iguales a las del pasado, y por eso es muy importante no tachar de burgués o posmoderna a la cultura que no se parece a lo que solemos entender por intelectualidad crítica o cultura popular, porque la crítica y el pueblo, si bien tienen historia (y les sirve conocerla), no son estáticos.

 

Así, lo central es entender que el trabajo intelectual es trabajo (aunque no necesariamente asalariado, y no producido solamente por profesionales), y que si en la lucha de clases estamos a favor del trabajo, la lucha es por su liberación, la socialización de los medios de su producción y por la distribución de sus frutos.

 

 

6. La lucha por la tierra

 

"Definir el terreno para un enfoque socialista de la política ambiental-ecológica

se ha demostrado como un problema peculiarmente difícil.

Esto tiene en parte que ver con la forma como el movimiento marxista-socialista

heredó del capitalismo una ética fuertemente productivista

y una relación instrumental a un mundo natural supuestamente distinguible (...)".

David Harvey(2)

 

La lucha por la tierra es el frente definitorio de la lucha de clases en Uruguay. Eso se debe a que, casi que desde los primeros momentos de su inserción en la economía-mundo capitalista, el lugar asignado a este territorio fue el de producir materias primas extraídas casi directamente de la tierra. Por eso, el problema de la propiedad de la tierra, la “pacificación de la campaña” y la distribución de la renta agraria(3) han sido centrales a todos los proyectos político-económicos en esta parte del mundo. Podría decirse que la historia del Uruguay es la historia de las formas de apropiación de la renta del suelo.

 

En los últimos años, la explotación de la tierra se ha transformado de manera dramática. Mientras entre 2000 y 2011 la superficie de hectáreas para la ganadería de carne, leche y lana pasó 92% a 80% del total, se expandió la superficie utilizada para agricultura (principalemente sojera) que pasó de 4% a 10%, y la utilizada para la “forestación” (asociada a las fábricas de pasta de celulosa) que pasó de 4% a 7%(4).

 

Estos han sido años excelentes para quienes hicieron negocios con la tierra. En un marco en el que exportaciones de bienes en general alcanzan en 2017 un valor 2,5 veces mayor que en 2005, las exportaciones de productos primarios pasaron de ser el 43% del total en 2005 a ser el 60% en 2012, proporción que se mantiene hasta 2017(5). Mientras tanto, el precio de venta de la tierra se multiplicó por 7 desde el año 2000, y el precio de arrendamiento por 4(6). Al mismo tiempo, la propiedad y el uso de la tierra se encuentran crecientemente extranjerizadas, especialmente por parte de grandes empresas, y la renta agraria apropiada por los propietarios de la tierra se calcula en 1500 millones de dólares anuales(7).

 

Esto se dio paralelamente a un proceso de desposesión a pequeños productores y despoblamiento del campo. Según el censo agropecuario de 2011(8), entre 2000 y 2011 la cantidad de explotaciones se redujo de 57.000 a 45.000, y la población agrícola de 190.000 a 107.000. La concentración llega hasta tal punto que el 2,6% de las explotaciones más grandes (más de 2.500 hectáreas) concentran el 33,8% de la tierra, mientras el 9,2% concentra el 61,4%. Entre la reducción de la cantidad de tierra utilizada para la lechería y la agricultura intensiva, el aumento del precio de la tierra y la tremenda reducción de la población rural, no es difícil darse cuenta por que los pequeños productores se encuentran en crisis (lo que no significa en modo alguno que las demandas de ajuste de los “autoconvocados” sean razonables). Al mismo tiempo, se dio una importante transformación en las relaciones laborales en el medio rural, instaurándose consejos de salarios para el sector, avanzando la sindicalización, y limitándose la jornada laboral. Estas importantes conquistas no han hecho que este deje de ser de los sectores donde el trabajo se encuentra más explotado, ya que tratándose de uno de los sectores más dinámicos de la economía, cuenta con salarios todavía muy bajos y condiciones durísimas. La importancia de estas transformaciones en la economía, el paisaje, el medio ambiente y la forma de vida del Uruguay es enorme e irreversible, y sus consecuencias recién comienzan a verse.

 

Pero no solamente existe una lucha por la tierra rural, también el territorio de la ciudad está en disputa. Se dio en estos años un boom de la construcción y la especulación, algunos barrios vivieron procesos de gentrificación y la ciudad se mantuvo fuertemente segregada por clase (en la periferia el 29% de la población es pobre, contra 2% en los barrios de altos ingresos)(9), con desigual acceso a los servicios públicos, largos recorridos de transporte para quienes viven en la periferia, zonas de viviendas precarias y barrios donde la violencia extrema (incluida la policial) es un asunto cotidiano. Es importante destacar que los indicadores de calidad de la vivienda (estado de conservación, hacinamiento, calidad de materiales, acceso al saneamiento y la electricidad) han mejorado(10), aunque todavía existe un importante déficit habitacional que las políticas públicas no logran resolver (menos aún las basadas en las excenciones impositivas a las empresas desarrolladoras, que no parecen haber bajado el precio de las viviendas)(11), mientras el movimiento cooperativo es un importante vector de desmercantilización y construcción de formas de vida alternativas. La ciudad es un asunto central para la lucha de clases, ya que es un área donde las necesidades humanas permanentemente entran en conflicto con la especulación del capital, y donde las desigualdades entre clases se hacen manifiestas.

 

La economía de enclave fue otra de las señas de este período. Desde 2004 se crearon cinco nuevas zonas francas (otras cuatro se habían creado en los 90 y solo una era anterior). Dos de ellas para alojar plantas de celulosa (UPM y Montes del Plata, que son además dos de los mayores terratenientes del país) y las otras tres (Aguada Park, World Trade Center y Parque de las Ciencias) se dedican principalmente a los servicios, la logística y las finanzas, con algunas actividades industriales y tecnológicas. Zonamérica, la más importante, data de 1990, y trabajan allí más de 7000 personas en 730 empresas(12). Esta última puede ser caracterizada como “maquila informacional”(13), por hacerse allí trabajos de producción y ensamblaje de la información, pero no desarrollos de nuevas fuerzas productivas que puedan cambiar el lugar del país en la división internacional del trabajo. Esto es importante ya que el valor agregado y el contenido tecnológico suelen ser argumentos a favor de estas instituciones, desde donde se exportaron 1900 de los 8300 millones de dólares que Uruguay exportó en 2016(14). Los beneficios impositivos, marcos regulatorios diferenciales y cesiones de soberanía que implican las zonas francas están preocupantemente poco discutidas, a pesar de implicar una transformación relevante en la relación entre capital, estado y territorio. El turismo y la industria logística también han transformado enormemente esta relación, nuevamente, en favor del poder del capital.

 

Es razonable decir, entonces, que en Uruguay existió un fenomenal avance del capital sobre el territorio. Esto no solo tiene consecuencias en términos de la relación entre capital y trabajo, y de apropiaciones diferenciales de la renta, sino también sobre el medio ambiente. Las fumigaciones, los fertilizantes, la erosión de los suelos, la contaminación del agua, las inundaciones, la desestabilización de los ecosistemas y la pérdida de biodiversidad tienen efectos que son cada vez más visibles, y que afectan la vida humana. El medio ambiente es también un terreno de lucha de clases: la contaminación del agua implica una privatización indirecta a través del consumo de agua embotellada, el cambio de la matriz energética hacia energías renovables se hizo a través de la privatización de la generación de energía eléctrica y, por supuesto, los ricos siempre van a tener más posibilidades de protegerse de los problemas causados por la destrucción ambiental, aunque sea escapando de la tierra en una nave de Elon Musk.

 

Pero la ecología también interpela al pensamiento sobre la lucha de clases en un sentido profundo: la privatización o degradación de bienes comunes como la tierra, la biodiversidad, el agua o el aire afecta a lo que Marx llamó la relación metabólica entre el hombre y la naturaleza. Como seres biológicos, portadores de cuerpos partícipes de la biósfera, no somos ajenos a los efectos de los golpes que estamos dando a los procesos de la tierra. Muchos teóricos y científicos postulan que estamos viviendo en el antropoceno(15), un momento en el que el impacto de las actividades humanas sobre la tierra es de tal magnitud que implica el comienzo de una nueva era geológica. Esto debería hacernos pensar que si nos cuestionamos solamente quien se apropia de la riqueza extraída de la tierra, sin pensar en las formas, la intensidad y las consecuencias ecológicas de esa extracción, estaremos cometiendo un crimen contra nosotros mismos. Se hace cada vez más difícil pensar la lucha por la tierra sin pensar en la lucha por la Tierra.

 

Las transformaciones consignadas en esta sección sucedieron en buena medida durante el progresismo, y tienen que ser incluidas en cualquier análisis crítico de su proyecto político. El modelo económico concentrador, extranjerizador y contaminador, creador de enclaves y alentador del uso especulativo de la tierra, fue no solo simultáneo, sino condición necesaria de muchas de las conquistas de estos años. La irresponsable apuesta a la búsqueda de petróleo como forma de generar divisas, en plena crisis global por el cambio climático, es un ejemplo especialmente terrible. Se agrega así una capa adicional de dramatismo al dilema progresista: el crecimiento para siempre, subordinado a lógicas capitalistas, es un camino hacia el abismo.

 

Pero siempre que hay un avance del capital, algo lo resiste: las comunidades afectadas por la contaminación, las organizaciones ecologistas, los científicos críticos, las organizaciones locales y los pequeños productores han alzado su voz contra el despojo y la destrucción, y se permiten imaginar un futuro en el que la tierra sea habitada y usada con cuidado, y no explotada por una minoría capitalista(16). La coalición que impulsa el plebiscito contra la Ley de Riego, que además de actores como estos incluye a trabajadores de las empresas públicas (en particular de OSE), puntales de la lucha contra la privatización en los '90, señala la posibilidad de nuevas alianzas de este tema, y la urgencia de la lucha por proteger al agua como bien común nos habla de la necesidad de impugnar nuestras ideas sobre el desarrollo para pensar socialismos que no repitan los problemas del capitalismo.

 

 

7. La reforma del estado

 

"Solo sería posible escribir una teoría marxista del Estado

cuando (...) el Estado y el capital coincidieran efectivamente".

M. Hardt y A. Negri(17)

 

“Privatización” fue la palabra clave de los 90, la que unificó a la izquierda y la clase trabajadora mostrandoles un enemigo común. En aquel tiempo, se entendía a la privatización como el traspaso de instituciones (sobre todo empresas públicas) del ámbito del estado al privado, enagenando riqueza social y capacidad colectiva de gestión de la producción. Si bien, como venimos viendo, la idea de privatización es un fenómeno mucho más amplio, que incluye no solo la enajenación de bienes estatales, sino también de bienes comunes como la cultura o el agua, ahora nos centraremos en el estado.

 

Los trabajadores del estado interpusieron durante el auge del neoliberalismo en los 90 una serie de plebiscitos que frenaron la privatización de las principales empresas públicas, demostrando la oposición popular al proyecto neoliberal y proponiendo argumentos fuertes en favor de la necesidad de evitar que el capital dominara los sectores estratégicos de la producción. Los trabajadores del estado fueron los verdugos del neoliberalismo uruguayo, que a su vez los reconoce como enemigos hasta el día de hoy.

 

Las sucesivas rondas de ajuste y reestructura, y la prohibición de ingreso de nuevos funcionarios que rigió hasta 2005 diezmó sus números: de los 261.000 funcionarios en 1995 se pasó a 231.000 en 2005. En el mismo período, el número de contratados por el estado en condición de no funcionarios aumentó de 8.900 a 13.400(18). El estado se estaba achicando, y el empleo precario a su interior estaba creciendo. A este proceso, que incluyó intentos de transformación de la gestión pública para que se pareciera más a la de una empresa privada según la teoría del New Public Management, se lo llamó “reforma del estado”. Este concepto fue disputado desde la intelectualidad desarrollista de izquierda, que planteó la necesidad de una reforma weberiana, que aumentara las capacidades del estado para ser partícipe activo de una política de desarrollo. Sin embargo, al comenzar la era progresista, la reforma del estado realmente existente continuó con tendencias privatizadoras y empresistas, aunque ahora matizadas y en conflicto con otras lógicas, expresando disputas internas del Frente Amplio y luchas entre diferentes sectores del trabajo y el capital, dentro y fuera del propio estado.

 

A partir de 2005 volvieron a ingresar nuevos funcionarios públicos, llegándose a 293.000 en 2016 (aumentando en 40.000 los funcionarios de ANEP y UDELAR, en 10.000 los de ASSE y 3.800 los del Ministerio del Interior). La evolución del número de no funcionarios fue errática, llegando a un pico de 17.800 en 2013 y reduciéndose hasta 12.600 en 2016(19). El Mides es un ejemplo notable, ya que siendo una institución creada de cero por los gobiernos frenteamplsitas, contaba en 2016 con 500 funcionarios y 1.600 no funcionarios, contratados sobre todo a través de ONGs. Antel, otro buque insignia, llegó a tener 4.300 funcionarios y 1.700 no funcionarios en 2013, mientras en 2016 esa cifra pasó a ser 6.400 y 90 respectivamente. La precariedad de los trabajadores del estado ha sido uno de los principales temas de la lucha al interior del estado, que muchas veces se expresó en las idas y vueltas de las reestructuras y las regularizaciones.

 

Las tercerizaciones a lo largo y ancho del estado se multiplicaron. También la creación de empresas privadas de propiedad estatal, que no están sometidas a derecho público ni tratan a sus trabajadores como funcionarios del estado: UTE, ANTEL, el Banco República y ANCAP son propietarias de más de 20 empresas que emplean a miles de trabajadores. También proliferaron las instituciones estatales de derecho privado, y algunas de las políticas más importantes desarrolladas en los últimos años se desarrollaron en zonas fronterizas entre el estado y el sector privado, destacándose entre ellas el Plan Ceibal. La participación público-pirvada (PPP), as su vez, es cada vez más el camino elegido para las inversiones “públicas”, ofreciendo excelentes condiciones a privados para gestionar (y extraer renta de) servicios públicos, incluyendo, desde hace unos meses, una cárcel.

 

¿Como mirar estos fenómenos desde la óptica de la privatización? Pareciera que durante el progresismo, allí donde se crearon nuevas instituciones estatales, eso se hizo de maneras que eludieron las formas estatales y la función pública, optando en su lugar por formas empresariales y asociaciones con capitales privados. Es decir, existe una tendencia a que el estado vaya más allá de la vieja formulación de “junta directiva de la clase dominante” (es decir una entidad relativamente autónoma respecto al capital pero estructuralmente subordinada a su poder), para devenir directamente capital, mercantilizandose, compitiendo y tranformándose a imagen y semejanza de las empresas.

 

La lógica del capital, y el capital mismo, avanzan sobre el estado. Y esto abre preguntas sobre la soberanía y sobre la democracia, ya que una empresa en competencia no es soberana, y una empresa capitalista no es democrática. También hay que preguntarse sobre el poder que ganan las empresas con las que el estado se asocia, por ejemplo, en las PPP, y que poder van a tener sus intereses sobre la formulación de políticas públicas futuras, definidas cada vez más en contratos poco controlados por instituciones políticas.

 

Esto implica una transformación en el rol del estado, que es cada vez más pensado por las élites políticas y empresariales como un optimizador de la competitividad de las empresas que se asientan en su territorio. Si para los neoliberales esta competitividad se logra con ajustes (devaluaciones, reducción de los salarios, el gasto público y la plantilla de funcionarios), para el neodesarrolismo (es decir, el progresismo), esto se logra con competitividad sistémica, lo que quiere decir que haciendo modificaciones e inversiones en diferentes terrenos (educación, investigación, infraestructura), moldeándolos para que sean útiles para la acumulación del capital, es posible llegar a niveles altos de competitividad (y por lo tanto prosperidad y disponibilidad de recursos para políticas de bienestar) sin apelar al ajuste. Esta teoría puede ser cierta o no, y se puede ejecutar de diferentes maneras, pero tiene una implicancia que es crucial en términos de lucha de clases: se apuesta a transformar al estado en un agente cuya función es poner a todo el país a trabajar como si fuera una gran empresa dedicada a captar inversiones en competencia con otros estados. El país es, así, una gran empresa, llevando al dominio de la lógica del capital más allá de lo que podría soñarlo el más noventoso de los neoliberales, pero justificado con una retórica nacionalista.

 

Al mismo tiempo, convive con el neodesarrollismo un pensamiento más clásicamente keynesiano, fundamentalmente llevado a cabo durante el gobierno de Mujica, que enfrentó la crisis global de 2008 con enormes inversiones llevadas a cabo por empresas públicas (especialmente ANTEL con la fibra óptica y el data center, y ANCAP, con resultados muy diferentes), en el marco de un pensamiento que apostó al mercado interno y la integración regional. Si bien es posible decir que esa política fue relativamente exitosa en amortiguar los efectos de esa crisis, que no impactó al Uruguay como a los vecinos de la región, dejó tras de si un importante déficit fiscal y serios problemas en las empresas públicas, que fueron paliados con un ajuste sobre éstas a principios de la segunda administración de Vázquez, y sigue causando problemas (además de acusaciones de corrupción, especialmente sobre ANCAP).

 

Los gestores podrán decir que este desorden y este avance de lógicas privatizadoras y empresariales fue necesario para lograr resultados con la flexibilidad que exigen los ritmos de la política y la gestión. Este argumento es quizás defendible: es probable que la burocracia heredada del neobatllismo y del neoliberalismo (que fue un gran creador de burocracias, controles y organismos reguladores) fuera demasiado pesada e inoperante. Pero este pragmatismo pierde de vista la fragilidad de estas estructuras precarias si un día hubiera un gobierno de otro signo político y el costo político del conflicto permanente con los funcionarios, que son los que al final del día ejecutan las políticas. Y estas discusiones obturaron una más grande, sobre que estructura institucional necesitamos, incluyendo discusiones constitucionales, teniendo en cuenta que la rigidez del texto constitucional podría haber sido y podría ser un gran protector contra futuros ajustes. La fetichización liberal y desarrollista de la flexibilidad es tan peligrosa como el conservadurismo temeroso de las reformas.

 

Convivieron así varias lógicas de transformación del estado, en conflicto entre sí y sin una aparente coherencia. El estado es un terreno de lucha entre neoliberales, neodesarrollistas y una corriente estatista ecléctica (¿postballista? ¿keynesiana? ¿desarrollista clásica? ¿protosocialista?); de una coalición de políticos y tecnócratas reformadores contra los funcionarios; entre diferentes formas de contratación, regulación y producción; de diferentes destinos para los recursos, desde apoyos a cooperativas hasta subsidios a multinacionales. Y este estado es también el garante de la propiedad privada, y una formidable máquina de despolitización y cooptación, y un aparato represivo desplegado desproporcionadamente contra los más pobres, que arrastra considerables inercias de la dictadura, al mismo tiempo que expandía su capacidad de proteger derechos civiles, laborales y sociales. El lugar del estado en la lucha de clases uruguaya, entonces, es una asunto de una extrema complejidad.

 

Los resultados de estas luchas son ambiguos, pero es indudable que el movimiento popular uruguayo muchas veces ha sido exitoso en sus intentos de moldear al estado para que sea un agente de protección social y de autogobierno colectivo. Las empresas públicas, las direcciones colectivas, la representación social (como la que existe en ASSE y el BPS), el cogobierno de las instituciones educativas, la democracia directa y la descentralización, trazan una línea que de radicalizarse podría ser parte de la construcción de un socialismo uruguayo, capaz de tomar decisiones democráticas sobre la producción y sobre aquellos asuntos que requieran de organización macro. Pero para esto es necesario combatir a los impulsos privatizadores y mercantilizadores de la élite política y tecnocrática, y tener una visión clara de universalización y desmercantilización de los servicios públicos, intentando bloquear con movilización y contrapropuestas al avance del poder del capital sobre el estado. Al mismo tiempo que se lo transforma en una institucionalidad menos represora, menos burocrática... menos estatal.

 

 

8. Imperialismo e internacionalismo

 

"[L]os efímeros sueños de emancipación

se desvanecieron ante una época de fiebre

industrial, empantanamiento moral y reacción política"

K. Marx(20)

 

El avance del capital no sucede solamente al interior de las fronteras del Uruguay. Es un fenómeno mundial, que avanza con firmeza desde el comienzo de la contrarevolución neoliberal que en los 70 comenzó en todo el mundo como respuesta de los países centrales y las clases capitalistas contra las revueltas de los 60 y el creciente poder y organización de los países del Tercer Mundo(21). Esta contrarevolución se sustenta en tres grandes poderes: el imperialismo de Estados Unidos y su sistema de alianzas económico-militares, el sistema de instituciones internacionales que impulsa a la globalización capitalista (FMI, Banco Mundial y otras instituciones regionales y globales) y la acción del propio capital, cada vez más libre de moverse y de exigir a estados y sociedades a subordinarse a sus formas y demandas.

 

Como ya vimos, este poder toma a menudo la forma de una competencia entre países, que buscan dar a los capitales móviles las mejores condiciones para su reproducción. Así, Uruguay recibió capitales sojeros argentinos cuando en el país vecino se les impusieron retenciones, Paraguay recibió inversiones que salieron de los demás países de la región, atraídas por los bajos salarios y las excelentes condiciones para la hiperexplotación, y la reforma laboral de Brasil es usada como argumento por empresarios uruguayos que reclaman medidas similares, mientras la brutal crisis venezolana sirve como ejemplo y escarmiento para quienes quieran desafiar al capital. Así, el avance del capital en un país presiona para que lo mismo ocurra en los demás, generando una espiral descendiente de ajuste, con efectos tremendos sobre la lucha de clases a nivel nacional.

 

Estos avances a veces ocurren a través de conspiraciones imperialistas e imposiciones de acreedores, pero otras veces operan de maneras más “positivas”: multinacionales que ofrecen enormes inversiones a cambio de condiciones que incluyen pérdidas de soberanía, cambios regulatorios, infraestructuras hechas a medida y excenciones impositivas (UPM es un ejemplo actual de este fenómeno); y también tratados comerciales y de inversiones que se defienden con dudosas promesas de crecimiento económico a cambio de la renuncia a regulaciones futuras, el endurecimiento de la propiedad intelectual, las restricciones al rol del estado en la economía, garantías contra las nacionalizaciones y la solución de controversias en tribunales ajenos a la soberanía nacional, entre otras medidas favorables al capital (ejemplos de esto son el Tratado de Patentes, la Alianza del Pacífico, el Tratado Mercosur-Unión Europea, el TISA y otros). En una situación de desaceleración e incertidumbre económica como la actual, la tentación de ceder a estas demandas draconianas es grande, y el gobierno de Vázquez parece decidido a ir en esta dirección (aunque con importantes resistencias del Frente Amplio).

 

La integración regional puede plantearse como alternativa a la ley de la selva de los flujos internacionales de capitales. Hoy esta posibilidad se encuentra en un rápido retroceso, entre el avance de las fuerzas conservadoras y capitalistas de la región, la virtual disolución de UNASUR y el renovado interés estadounidense en nuestros asuntos. La gran oportunidad que se abrió con el rechazo del ALCA y el “giro a la izquierda” de América Latina parece haberse perdido, y probablemente pasen varias décadas antes de que se presente una similar. Solo queda analizar que fuerzas internas y externas frenaron la posibilidad de avances más decididos en la integración, e imaginar que desarrollo económico, que cultura y que instituciones políticas podrían haber surgido o podrían surgir en una Latinoamérica integrada. Pero hoy, pareciera que es un tiempo de resistencia y de reconsutrcción política de nuevas alianzas populares continentales.

 

Tal como el capital actúa de manera trasnacional, la lucha desde abajo debe hacerlo también, y lo hace. Las revueltas aprenden las unas de las otras, toman estéticas y consignas, los militantes intercambian. Pero la política trasnacional está llena de ambigüedades y peligros. Muchos de los intercambios trasnacionales entre espacios militantes suceden a través de una red de instituciones que van desde las Naciones Unidas (y las instituciones que están en su órbita, como la OIT y la CEPAL) a fundaciones como el Transnational Institute, la FES, la Rosa Luxemburgo, Amnistía Internacional, Human Rights Watch, la Open Society, la cooperación internacional e instituciones y redes académicas como el CLACSO, LASA o algunas grandes universidades del primer mundo. En el amplio mundo de activismo, militancia e intelectualidad trasnacional se elaboran agendas, se produce conocimiento, se hacen contactos y fluyen financiamientos que sostienen a una cantidad no menor de las actividades de las organizaciones de izquierda, de trabajadores y progresistas. Estas instituciones tienen orientaciones políticas y formas de trabajo distintas, e implican diferentes formas de intercambio sur-sur, pero también de proyección de soft power de las grandes potencias, de agendas de dudosos filántropos y del sistema interesatatal y la “comunidad internacional”. El rol de este mundo está demasiado poco politizado y problematizado, a pesar de su importancia.

 

La derecha, por cierto, también se organiza de manera trasnacional, a través de redes como la Red Atlas, vinculada al estado y la derecha estadounidenses, que tiene como socios locales al Centro de Economía, Sociedad y Empresa (ESE), el Centro de Estudios de la Realidad Económica y Social (CERES) y Centro de Estudios para el Desarrollo (CED) y el Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL)(22); también a través las iglesias evangélicas de la “teología de la prosperidad”; y las más tradicionales redes de medios de comunicación y asociaciones empresariales. Cada vez más, la lucha política tiene una escala internacional, lo que parece inevitable pero tiene como efecto negativo una tendencia a la elitización y la tecnocratización de la militancia (incluida la de izquierda) que participa de esta escala de lucha, no habiéndose creado todavía formas efectivas de lucha política trasnacional popular.

 

A partir de la crisis de 2008, en muchos lugares del mundo se dieron manifestaciones masivas y revueltas populares. Desde la primavera árabe hasta las manifestaciones de Junio de 2013 en Brasil y el movimiento estudiantil chileno, Occupy Wall St., el 15M español, las protestas griegas contra el ajuste. Esas revueltas terminaron con una brutal contrarevolución. En Egipto hay una dictadura militar, en Siria y Libia guerras civiles, en Grecia un gobierno elegido para frenar el ajuste lo está implementando después de ceder a todas las demandas de la Troika, en Brasil un gobierno ilegítimo desarrolla un ajuste y una represión tremendas, en Estados Unidos gobierna Donald Trump y en España un PP más autoritario y reaccionario que nunca. Al mismo tiempo, el sistema internacional parece estar desestabilizándose por el ascenso de China como potencia imperial (que ya es el principal socio comercial de buena parte de África y América Latina), la decadencia de la Unión Europea y el ascenso de autoritarismos nacionalistas o religiosos (por supuesto nunca cuestionadores del poder del capital) en Rusia, India, Turquía, Hungría, Polonia y muchos otros países.

 

Pero la derrota de las revueltas no quiere decir que no haya quedado nada, ni que estuvieran en esencia condenadas. Esta historia sigue. Quedaron organizaciones políticas como Podemos, un nuevo mundo socialdemócrata y radical en Estados Unidos, el laborismo británico liderado por Corbyn, el Frente Amplio chileno; y nuevas experiencias, sensibilidades, formas de hacer, contactos subterráneos y memorias de lucha que van a ser cada vez más necesarios en el caótico mundo que se viene. En muchos lugares las centroizquierdas derechizadas herederas de la Tercera Vía de Tony Blair, la “vuelta en U” de Miterrand, la crisis de la deuda y el neodesarrollismo de la CEPAL están en crisis, y están siendo desafiadas política e intelectualmente, y lo que aspira a desplazarlas no son apenas otros partidos progresistas un poco menos resignadas. Por eso también este es un momento de explosión y de enorme creatividad del pensamiento, la estética y las formas militantes de la izquierda en todo el mundo.

 

El mundo está lleno de luchas de clases, y esas luchas están mucho más conectadas de lo que parece. Las conecta la propia producción organizada a nivel global, y también el hecho de que compartimos un planeta. Guerrillas marxistas pelean en Filipinas, India y Nepal, conflictos sindicales arrecian en Nigeria y Egipto, comunidades campesinas e indígenas pelean por la tierra en todo el mundo, el feminismo lucha coordinadamente y llega a plantear una Internacional Feminista, los docentes salen de a miles a la calle vestidos de rojo en Estados Unidos, permanentes huelgas desafían las reformas neoliberales de Macron en Francia, mientras Rojava y el zapatismo dan ejemplos de organización autónoma y resistencia.

 

Y hay mucho que se puede hacer desde acá para ser solidarios con todo eso. Primero que nada, enterarse, intentando ir más allá de las narraciones vendidas por los medios del capital. Pero sobre todo, no nublarse por un nacionalismo de la patria chica que piensa que podemos aislarnos y hacer de cuenta que todo va a estar bien por alguna idea liberal-romántica de excepcionalidad uruguaya. La lucha de clases en Uruguay es parte de una lucha terrible a nivel global, que muchas veces es caótica y confusa, pero que se simplifica cuando a cada situación uno le pregunta de que manera el capital intenta avanzar y aumentar su poder, y quienes se ponen en su camino, planteando formas más igualitarias, democráticas y solidarias de hacer.

 

 

9. ¿Y ahora?

 

"Existe un acuerdo entre las generaciones pasadas y la presente.

Nuestra llegada era esperada en la tierra.

Como a cada generación que nos precedió,

se nos ha otorgado un débil poder mesiánco,

un poder sobre el que el pasado puede hacer reclamos".

W. Benjamin(23)

 

¿Quién pelea la lucha de clases? ¿Quién la piensa? ¿Es necesaria, deseable o posible una vanguardia? ¿O vanguardias múltiples? ¿Hay alguna institución que sirva de columna vertebral o que tenga centralidad estratégica? ¿O la agenda va por barrios? ¿Que significa la unidad? ¿Es la unidad de la izquierda, del pueblo, de la clase trabajadora o del movimiento sindical? ¿Es la propia lógica de la lucha la que responde estas preguntas?

 

La clase, el pueblo, el partido, la comunidad, el bloque social, el movimiento, la ciudadanía y la multitud son formas de organizarse, formas de habitar el mundo, realidades o imaginaciones productivas políticamente. Cada nicho militante prefiere algunas de estas palabras y rechaza otras, y esto tiene consecuencias sobre que alianzas se hacen posibles, sobre como se percibe la realidad y sobre que formas de militancia se expanden. Se trata de construcciones políticas, y la disputa sobre cuales de ellas se legitiman y se construyen es una de las grandes cuestiones para pensar la lucha de clases.

 

Si contamos los sujetos que aparecen a lo largo de este ensayo como protagonistas de la lucha contra el capital, podemos contar, por lo menos: al movimiento sindical unificado en el Pit-Cnt, la izquierda partidaria, los trabajadores precarizados (de la economía informal y de la economía del conocimiento), las mujeres, los docentes y estudiantes, la intelectualidad crítica, los colectivos culturales, la cultura popular, los pequeños productores rurales, el ecologismo, los habitantes de la ciudad con reclamos de vivienda y transporte, las cooperativas, los militantes e intelectuales trasnacionales, y las clases trabajadoras, movimientos sociales e izquierdas políticas del resto del mundo. En cada espacio donde el capital avanza, lo que lo resiste es diferente.

 

¿Que relaciones y alianzas son posibles entre estos sujetos? ¿Existe alguna idea que los incluya a todos? ¿Algún proyecto? Es notorio que la era progresista fue ambigua para muchos de estos sujetos. El progreso de los derechos, los salarios y la organización fue simultánea al avance del capital en muchas áreas, y esa contradicción es uno de los grandes problemas no resueltos de la lucha de clases en Uruguay. La derechización del Frente Amplio en el gobierno, especialmente durante la tercera administración (apostando por los tratados comerciales, la captación de megainversiones, la moderación de los aumentos salariales y el choque contra las organizaciones de la educación, llegando a decretar la esencialidad) fue un gran factor desorganizador de lo que se había llamado “bloque social de los cambios”, pero también dio paso a un momento de gran efervescencia y creatividad en el campo de la izquierda y la lucha anticapitalista. Al mismo tiempo, la desaceleración de la economía, las demandas empresariales de ajuste y la enorme ofensiva de la derecha que coincidió con este proceso aumentó la gravedad y la urgencia de la situación.

 

Es fácil ser fatalista, decir que las contradicciones son estructurales, que las tendencias de largo plazo son claras, que el contexto regional es abrumador. Pero esto no tiene que hacernos olvidar que todos los procesos que repasamos hasta ahora son llevados adelante por personas que están vivas y que tienen márgenes de acción, que interpretan la realidad, luchan y son capaces de organizarse.

 

El capital está ganando. Y el neoliberalismo es muy exitoso ideológicamente. Pero también es muy inestable. Su hambre de crecimiento lo fuerza a desestabilizar las que en tiempos más tranquilos eran las precondiciones de su reproducción (la familia, la tierra, el estado), haciendo que cada etapa de la lucha de clases ponga más en juego que la anterior. Estas inestabilidades dan miedo, pero también nos muestran la posibilidad del cambio. Es raro ver las noticias sin ver que en algún del mundo está sucediendo una protesta, una revolución o una contrarevolución.

 

Es común escuchar a militantes, al hablar del socialismo, decir “yo no lo voy a ver”, como si la lucha del presente fuera algo para dejar a los hijos y los nietos. Pero las cosas pasan siempre mucho más rápido de lo que pensamos. Pensemos en la magnitud de los cambios que vivió y en los que participó alguien que hoy tiene 70 años, y en todo lo que puede hacer una generación. El socialismo ya existe en la potencia del trabajo y de su lucha, y se trata de expandirlo, de rechazar las inercias y los intentos de soborno y chantaje, de buscar las alianzas y las empatías con los que pelean por lo mismo pero lejos, de desechar las ideas que bloquean nuestra creatividad, de rescatar a los muertos del olvido. Nada nuevo, en realidad.

 

 

* Politólogo. Integrante de Entre (http://entre.uy/).

 

Referencias

(1) En “¿Puede hablar el subalterno?” (el cuenco de plata, 2011), pág. 15.

(2) En “Justice, Nature and the Geography of Difference” (Blackwell, 1996), pág. 193. Traducción propia.

(3) Ver “Hijos de la renta: apuntes sobre la economía política del Uruguay” de Rodrigo Alonso y Gabriel Oyantcabal, disponible en http://entre.uy/wp-content/uploads/2018/04/Entre-ensayos-sobre-lo-que-empieza-y-lo-que-termina-4.pdf

(4) Regiones agropecuarias del Uruguay 2015, disponible en http://www2.mgap.gub.uy/DieaAnterior/regiones/Regiones2015.pdf

(5) “Informe anual de exportaciones de bienes del Uruguay”, Cámara de Industrias, disponible en http://www.ciu.com.uy/innovaportal/file/85807/1/anual_exportaciones_2017.pdf

(6) Anuario estadístico agropecuario 2017, disponible en http://www.mgap.gub.uy/sites/default/files/diea-anuario2017web01a.pdf

(7) Ver “Rentívoros” de Rodrigo Alonso, disponible en https://brecha.com.uy/rentivoros/

(8) Disponible en http://www.mgap.gub.uy/sites/default/files/multimedia/censo2011.pdf

(9) Ver “Situación de la vivienda en Uruguay”, del Observatorio Social del Mides. Disponible en http://observatoriosocial.mides.gub.uy/Nuevo_Test/midesv2/adjContenidos/adjcont499.pdf

(10) op.cit.

(11) Ver “Los efectos de la ley de promoción de vivienda de interés social” de Felipe Berruti, disponible en https://findesemana.ladiaria.com.uy/articulo/2017/6/los-efectos-de-la-ley-de-promocion-de-vivienda-de-interes-social/

(12) Ver “Exportaciones de bienes desde zonas francas” de Uruguay XXI. Disponible en http://www.uruguayxxi.gub.uy/informacion/wp-content/uploads/sites/9/2017/07/Informe-Zonas-Francas-2017.pdf

(13) Ver “Los enclaves informacionales de la periferia capitalista: el caso de Zonamérica en Uruguay” (2011, CSIC), de Alfredo Falero.

(14) Ver “Informe anual de comercio exterior” de Uruguay XXI. Disponible en http://www.uruguayxxi.gub.uy/informacion/wp-content/uploads/sites/9/2017/01/Informe-Anual-de-Comercio-Exterior-2016.pdf http://www.uruguayxxi.gub.uy/informacion/wp-content/uploads/sites/9/2017/01/Informe-Anual-de-Comercio-Exterior-2016.pdf

(15) Ver “The human condition in the Anthropocene” de Dipesh Chakrabary, disponible en https://tannerlectures.utah.edu/Chakrabarty%20manuscript.pdf

(16) Sobre resistencias a los extractivismos en América Latina, ver “Conflictos y extractiismos: conceptos, contenidos y dinámicas”, de Eduardo Gudynas. Disponible en http://extractivismo.com/wp-content/uploads/2016/07/GudynasConflictosExtractivismosConceptosDecs14.pdf

(17) En “Imperio”, disponible en http://www.infojur.ufsc.br/aires/arquivos/michael%20hardt%20-%20antonio%20negri%20-%20imperio.pdf

(18) Ver el Informe sobre vínculos laborales con el Estado 2016, de la Oficina Nacional del Servicio Civil, disponible en https://www.onsc.gub.uy/onsc1/images/observatorio/documentos/2016/Informe_vinculos_2016_14_07_2017.pdf

(19) op.cit.

(20) En el discurso inaugural de la Asociación Internacional de Trabajadores, en 1864. Traducción propia. Disponible en https://www.marxists.org/archive/marx/works/1864/10/27.htm

(21) Ver “Breve historia del neoliberalismo”, de David Harvey, disponible en https://teoriaeconomicatercersemestreri.files.wordpress.com/2012/09/breve-historia-del-neoliberalismo-de-david-harvey1.pdf

(22) Ver “Esfera de influencia. Como los libertarians estadounidenses estan reinventando la politica de América Latina”, de Lee Fang, disponible en https://lento.ladiaria.com.uy/articulo/2017/12/esfera-de-influencia-como-los-libertarians-estadounidenses-estan-reinventando-la-politica-de-america-latina/

(23) En “Tesis sobre la Historia”, disponible en http://pdfhumanidades.com/sites/default/files/apuntes/06%20-%20Benjamin%20-%20tesis%20de%20la%20filosofia%20de%20la%20historia%20-%208%20copias.pdf

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