"Es claro que durante el progresismo la dominación económica del gran capital no fue afectada en lo sustancial", con Jorge Ramada

 

Hemisferio Izquierdo: La situación política del Uruguay y la región parece complejizarse y acelerarse crecientemente, ¿Cuáles crees que son las claves del actual momento político uruguayo?

 

Jorge Ramada: Me parece que la clave del momento político está en cómo nos paramos (los trabajadores y sus aliados) ante la ofensiva del gran capital a nivel mundial y especialmente en la región. Pasado el sacudón a que se vio obligado por las contradicciones que él mismo generó, el gran capital intenta retomar la iniciativa y comienza una ofensiva para recuperar el terreno perdido en estos años, que de todos modos no significó pérdida importante de ganancias y mucho menos de “estatus”. Hay quienes dicen que se llegó al fin del ciclo progresista. ¿Es realmente así? ¿Fueron los progresismos un mero paréntesis coyuntural entre dos períodos de imposición dura de las condiciones del gran capital?

 

Es claro que durante el progresismo la dominación económica del gran capital no fue afectada en lo sustancial. Aunque sí, sus personeros políticos más notorios fueron desplazados del gobierno y se llevaron adelante políticas que mejoraron el bienestar y ampliaron derechos de los trabajadores y sectores más empobrecidos. Ahora los personeros del gran capital están volviendo, aprovechando errores y limitaciones de los gobiernos progresistas (Brasil, Argentina) o están dejando que supuestos “progresistas” les hagan los deberes (Ecuador).

¿Hacia dónde camina Uruguay? ¿Hacia la vuelta de los partidos tradicionales al gobierno (separados, juntos, o camuflados en un disfraz nuevo), hacia una derechización del partido de gobierno al estilo Ecuador, o hacia una profundización de los cambios?

 

Lo primero es conocido, aunque pueda aparecer con aspecto novedoso (Partido de la Gente). Lo segundo se está perfilando, por ejemplo en el intento de crear una “agenda socialdemócrata” por parte de sectores del Frente Amplio con figuras de los partidos tradicionales y el Partido Independiente. Lo tercero va a depender de la capacidad de movilización y propuesta de los trabajadores y sectores populares.

 

Una novedad aparecida este año es la muy "propagandeada" movilización del campo. Sin dejar de reconocer que en “Un Solo Uruguay” se mezclan intereses y aspiraciones de varios sectores no tengo dudas que es funcional a la “ofensiva de la derecha”. Claro que reducir su caracterización a ponerle esa etiqueta, es saltearse el análisis de los intereses de clase que se expresan dentro del movimiento. El rechazo plano o la ridiculización de esa movida no ayudan a comprender la situación; por el contrario, favorecen la confusión, de la que se sirven los que la promueven.

 

Sin duda estas movidas se hacen con un horizonte electoral. Los titiriteros de “los del campo” se juegan a que un cambio en el partido de gobierno va a facilitar tomar las medidas de ajuste que ya se están intentando en nuestros países vecinos. Para eso necesitan entusiasmar a algunos sectores que han sido parte de la base de sustentación del gobierno actual. Pero el objetivo no es solucionarles los problemas, sino generar base de apoyo para que los personeros del gran capital vuelvan a tomar las riendas del gobierno. Y los gobernantes juegan a mantenerse. A esta altura, pareciera que no tanto para seguir aplicando un supuesto programa “progresista” (que lenta pero firmemente ha entrado en “regresión”), sino para mantener el aparato que ha creado y que representa puestos de trabajo y prebendas para sus seguidores.

 

Creo que los trabajadores no deben plantearse pelear con el horizonte de una instancia electoral, aunque lo que se defina en ésta condicione la forma en que va a seguir la lucha. Si hablamos de una agenda de cambios, es para levantarla desde ya y para seguir peleando por ella una vez pasadas las elecciones. Según quien gane, podrá cambiar la táctica, la forma de llevar la lucha, pero no las propuestas.

 

 

HI: En la mayor parte de nuestros países, la iniciativa política parece estar en el campo de la derecha; ¿Cuáles crees que son las tareas principales para encarar el momento político y la construcción de una agenda capaz de operar en clave de ofensiva política?

 

JR: La iniciativa política de la derecha es expresión de la ofensiva del capital que mencionaba antes. Prefiero referirme en términos de clases y sectores de clase, ya que los términos “izquierda” y “derecha” son de por sí relativos. Así como está esa iniciativa, también está la iniciativa de la derecha del progresismo por imponerle su rumbo (más bien por mantener el rumbo que ya ha impuesto o avanzar en ese sentido). Y aquí no se trata del gran capital o de los sectores más fuertes del capital nacional, sino de capitalistas medianos o pequeños, junto con otros sectores de capas medias que, golpeados por las recetas neoliberales, habían fortalecido una alianza con los trabajadores y apoyado algunas de sus propuestas. Hay que tener en cuenta que muchos propietarios (de tierra, de empresas, de bienes inmobiliarios), así como profesionales, técnicos y burócratas del aparato estatal han acompañado al progresismo, pero no están dispuestos a perder pie si hay menos para repartir. Se puede decir que se fortalecen propuestas “de centro”, pero los supuestos centros son siempre reacios a grandes cambios y, por tanto, funcionales al mantenimiento del statu quo (aquí un recuerdo para mi padre, que decía que en Uruguay, el único centro que realmente existe es “el centro a la olla”).

En cuanto a cuáles pueden ser las tareas principales del momento político, voy a encarar la respuesta mirando desde el lado de los trabajadores. Un poco más arriba, decía que la posibilidad de profundizar cambios va a depender de la capacidad de movilización y propuesta de los trabajadores y sectores populares. Creo que está claro que la peor respuesta de los trabajadores en la situación actual es ponerse a la defensiva.

 

La situación en la región y algunas insinuaciones en Uruguay pueden llevar a pensar -con cierta lógica si se quiere- que la pelea es por no perder las mejoras logradas en estos años de progresismo. Sin duda que es importante mantener conquistas, pero limitarse a ello es desde ya ceder iniciativa. Pienso que, por el contrario, hay que trabajar en los sindicatos y organizaciones populares para pasar a la ofensiva, planteando nuevas conquistas. Es decir, ante la propuesta del capital de incrementar su ganancia recortando derechos y conquistas laborales, debería responderse proponiendo nuevos avances en derechos y mejoras -tanto económicas como de condiciones de trabajo-, recortando ganancias, al menos de algunos sectores del capital.

 

Me refiero a levantar una propuesta de profundizar una reforma laboral, en el sentido opuesto a la que está proponiendo el capital en nuestros países vecinos. Más allá de que el salario no pierda -y en lo posible gane- poder adquisitivo, hay otra serie de temas en los que es necesario avanzar.

 

En primer lugar, mejorar la calidad del trabajo: entre otras cosas, terminar con los trabajos realizados en condiciones penosas, garantizar la protección social a los que hoy trabajan en la informalidad, eliminar la precariedad que generan las tercerizaciones y contratos unipersonales.

 

En segundo lugar, encarar la innovación tecnológica sin pérdida de fuentes de trabajo: el avance tecnológico genera aumento de la productividad y eso permite aliviar la carga de trabajo, tanto en esfuerzo como en carga horaria; ¿o solo se va a aumentar la productividad para incrementar las ganancias del capital?

 

En tercer lugar defender el trabajo nacional, lo cual implica proteger (¡palabra prohibida para algunos economistas!) ciertas actividades que pueden generar puestos de trabajo y transformación productiva de materias primas nacionales, aunque no sean “competitivas” con similares productos extranjeros. Claro que esto va en contra de la apertura indiscriminada, la que sirve a las grandes transnacionales y al comercio a todo vapor, a veces de las mercaderías más inútiles.

 

Deben ser propuestas que se promuevan en cada sindicato, en cada base, para ir creando las condiciones para generar movilización. Y esto debe acompañarse con el apoyo a reclamos de aquellos sectores con los que es preciso aliarse, a la vez que se evita que los ganen las promesas y fuegos de artificio de los sectores dominantes de la sociedad. Reclamos de pequeños y medianos productores, de pequeños empresarios y de trabajadores por su cuenta. Hay que cuestionar aspectos de la política económica que los afectan: tarifas, cargas impositivas, que seguramente deberán recargarse a otros sectores. La riqueza está (la generaron y siguen generando los trabajadores), pero está concentrada y a esa concentración hay que apuntar, si se quieren obtener recursos para los explotados y marginados de siempre, pero también para quienes están en una situación de cierta comodidad, pero en equilibrio precario. Para que la crisis no la paguen los trabajadores o los pequeños propietarios, alguien tendrá que hacerlo: o los terratenientes, o los intermediarios, o los grandes importadores, o el capital financiero... o todos ellos.

 

Asumo la definición que tiene el movimiento sindical en sus estatutos: “por una sociedad sin explotados ni explotadores”. Eso quiere decir -sin vueltas- que peleamos por superar el capitalismo, no por mejorarlo. Y aunque esto no sea una perspectiva inmediata, no puede perderse de vista como objetivo (no podemos llegar en auto de Montevideo a Bella Unión en media hora, pero se complica si agarramos por la Interbalnearia). Pienso entonces que, en contrapartida a la “agenda social-demócrata” hay que trabajar por elaborar una “agenda hacia el socialismo”, que ante todo implica levantar ideas de cooperación, solidaridad y valor del trabajo, en contra de la competencia, el individualismo y el sueño de ser capitalista. Una agenda de este tipo necesariamente va a tener que ir contra el gran capital y no en busca de su simpatía o tolerancia. Tiene que cuestionar la mercantilización de la salud, la educación y la vivienda; tiene que poner en el tapete el tema de la propiedad de la tierra; tiene que reformular el papel del sistema financiero; tiene que reforzar el papel de las actividades públicas estratégicas, pero en beneficio de la sociedad toda y no de sus gerentes. Y tiene que expresarse en consignas y propuestas de movilización que puedan entusiasmar al conjunto de los explotados para que se traduzcan en acciones de masas. Porque solo así es posible empujar los cambios.

 

En definitiva, si se quiere evitar que gane la “derecha" hay que enfrentar duramente los planes de ajuste que proponen, pero a la vez no hay que ser complaciente con políticas económicas como las del actual gobierno, sino cuestionarlas, levantando un programa que socave el verdadero poder, ese que hasta ahora se mantiene, independientemente de quien gane las elecciones.

 

* Jorge Ramada es integrante del Sindicato de Trabajadores de la Industria Química (STIQ).

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