"El feminismo también se amplifica para escapar de una parcialidad aparente, porque es éste quien pretende cambiarlo todo", con Estefanía Pagano Artigas y Mariana Matto*

 

Ilustración: Natalia Comesaña

 

Hemisferio Izquierdo (HI): ¿Cómo caracterizan el momento actual del feminismo en nuestro país?

 

Estefanía Pagano Artigas/ Mariana Matto (EPA/MM): No podemos pensar el feminismo abstraído del momento histórico y político, fuera de la materialidad que como sujeto expresa. El fin de ciclo progresista que implica el fin de sus bases materiales así como una consiguiente “restauración” conservadora muestra el avance de una sensibilidad política de derecha también en nuestro país, que ya ha pasado por Brasil y Argentina y que estructuralmente significa reformas laborales y el desmantelamiento de planes sociales tendientes a descargar el ajuste exigido por el propio ciclo del capital. La insistencia regresiva sobre las agendas de derechos promovidas por el progresismo, da cuenta también del avance conservador sobre uno de los pilares en los que se erige la imbricación del capitalismo y el patriarcado: el cuerpo de las mujeres y de todas aquellas identidades y cuerpos feminizados, ya que sobre nosotras cae la opresión más fuerte en el seno de la propia clase, pues somos el sujeto más explotado y oprimido en la estructura de desigualdad pautada por el trabajo y el género.

 

La feminización de la pobreza y precarización de la vida en general, colocan a las mujeres como el sujeto más fragilizado en su forma de producir y reproducir la vida. La fuerza restauradora viene a “fragilizar” los derechos, como plantea Rostagnol (1) respecto a la aplicación de la ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo en nuestro país. Entre lo orgánico y lo coyuntural, cabría preguntarse en qué lugar se encuentra el feminismo y de qué manera éste también constituye en sí mismo un antagonista a la restauración conservadora.

 

Con el progresismo al gobierno, la construcción de la agenda de derechos y la bonanza que posibilitó estos nuevos consensos también dio lugar a una generación más joven que compone una izquierda social en la que el feminismo emerge con mucha potencia. Ya no son las feministas del 80, representantes del feminismo que deviene de las propias organizaciones de izquierda como analiza Ana Laura de Giorgi (2). Se trata de otro feminismo, más joven y posiblemente escindido desde su comienzo de su variante mixta (aunque no necesariamente).

 

El movimiento feminista uruguayo se destaca quizás por su heterogeneidad y dispersión, aspectos con los que cualquier movimiento con una masificación reciente debe lidiar, y quizás por ello no ha podido establecer un marco de acuerdos claro para la acción. Ha sido muy difícil poder congeniar posturas entre un feminismo más “institucional” y ligado al oficialismo, organizado en torno a la Intersocial Feminista, y un feminismo más “autónomo” en relación al gobierno y a las estructuras tradicionales de participación política organizadas alrededor de la Coordinadora de Feminismos. Dicha particularidad le ha permitido a esta última expresar nuevas maneras de comunicar políticamente y masificarse desde esta impronta que conforma no sólo una simbología y semánticas propias, sino un modo distinto de concebir la política, un claro ejemplo de política en femenino: la ausencia de estrados, el mirar a la otra, abrazarla y poner el cuerpo mientras se lee al unísono la proclama y así crear un ritual colectivo de elaboración de las pérdidas, entre otras acciones. También la denuncia sistemática a los feminicidios a través de la movilización callejera: las Alertas Feministas

 

Las Alertas ponen sobre la mesa los feminicidios y la violencia contra las mujeres en todas sus expresiones, y esto que en principio empezó con poquitas compañeras en la calle, hoy se masifica y se han expandido más allá de la capital, promovidas por distintas agrupaciones feministas que han ido surgiendo en los últimos tiempos en el interior de nuestro país.

 

No olvidemos nuestra incorporación a la movilización internacional del paro el 8 de marzo. El Paro Internacional de Mujeres lleva en Uruguay una existencia de dos años y esto revela no sólo una unión internacionalista de mujeres, sino la necesidad de efectivizar un paro masivo que nos tuvo movilizadas en asambleas, tanto en nuestros sindicatos como en los barrios y centros de estudio, y permitió discutir entre muchas los problemas que hoy organiza la lucha concreta del feminismo: la violencia basada en género y sus múltiples manifestaciones (abuso sexual, violencia psicológica y física, acoso callejero, feminicidio); las formas y estrategias de despatriarcalizar el arte, la ciencia, la academia, la filosofía, el lenguaje; la participación política de las mujeres como el vínculo entre el feminismo y militancia político-social; el trabajo productivo como feminización de la pobreza, la brecha salarial, la segregación horizontal, la relación trabajo productivo-reproductivo; la alianza género/raza/clase y sus principales debates en torno a la interseccionalidad.

 

El paro del 8M habilitó movimientos en el orden de la política y la micropolítica sobre la que insistimos las feministas, y evidenció cuestiones sobre “táctica” y estrategia como movimiento, pues aunque no sea un movimiento homogéneo, podemos al menos establecer algunas necesidades urgentes: nos están matando y la precarización de nuestra vida es cada vez mayor.

 

Se han aprobado leyes como las ya conocidas del aborto, la ley integral de violencia basada en género y el derecho a la identidad de género y cambio de nombre. También está en discusión la ley de trata y explotación (3) que aún cuenta con media sanción, y resta la aprobación de la ley integral para las personas trans. Esta agenda de derechos, (proveniente de lucha "legal" para la adquisición de derechos en el plano "formal") coloca en el plano legal los nudos problemáticos que el feminismo visibiliza y denuncia en su lucha cotidiana, pero constituye también un conjunto de “normas” legales sin presupuesto para su implementación, lo cual equivale a decir que sólo son tinta en un papel. Pero la lucha feminista no se agota en las reformas legales que sus demandas a veces encarnan, nosotras vamos por todo. Es fundamental trascender las agendas y militar fuertemente en un feminismo popular y clasista. Un feminismo de todas y para todas las mujeres (en todas su expresiones y manifestaciones) que viven la opresión capital-patriarcado todos los días.

 

Este resurgir feminista en nuestro país atraviesa un momento de expansión-masificación que posibilitó el reconocimiento de la violencia contra las mujeres. Las Alertas plantaron el feminicidio en la agenda política, y las denuncias reiteradas (como por ejemplo el reciente Yo te creo, hermana resultado de las múltiples denuncias en las redes hacia los abusos y acosos del Gucci) también son un correlato local de lo que en otras partes del mundo sucede, particularmente con el #Metoo, y actualmente en Chile con la ocupación de centros universitarios denunciando las terribles situaciones de acoso perpetradas en los centros educativos. Esto deja entrever dos cuestiones. En primer lugar que los casos de violencia contra las mujeres, sobre todo aquellos que suponen abuso y acoso, ya no cuentan con el manto de silencio en el que se amparaban, poniendo en evidencia la carencia de herramientas institucionales para “juzgarlos” así como la impunidad con la que gozan los varones (más aún si cuentan con algún prestigio derivado de poseer capital cultural y un lugar preponderante en la academia). En segundo lugar, y sobre todo, enuncia un momento político distintivo, en que las mujeres hemos dicho: ¡BASTA! La denuncia pública de abusadores y violentos es la mejor escenificación de la premisa fundante del feminismo: lo personal es político. Además, es una de las maneras más eficaces de visibilizar el corporativismo institucional-patriarcal y el agruparnos también en torno a nuestro cuidado y el de nuestras compañeras.

 

Pero a esta expansión-masificación se le antepone una reacción conservadora que tiene un anclaje muy fuerte en el advenimiento de una racionalidad de derecha, pero que también tiene sus manifestaciones específicas en la propia izquierda. Amigos, parejas, compañeros de trabajo ven cómo se desgasta y se cuestiona su lugar de privilegios: las feministas venimos a cuestionar el uso de la palabra, la masculinización de la política, lo personal en lo político y lo político en lo personal. Ya no relegamos nuestro placer, ya no bancamos la violencia ni en su variante más sutil como puede ser el lenguaje, y eso genera una reacción no sólo en los sectores más conservadores sino entre nuestros propios compañeros. Comenzar a denunciar a compañeros violentos, acosadores, que no pasan la pensión a sus hijos/as, etc. supuso también una inevitable escisión de las mujeres hacia espacios autónomos de militancia feminista.

 

Es posible visualizar la reacción violenta de los hombres a través del incremento de denuncias por violencia machista en el hogar, y de manera más “expresiva” (4) en el incremento significativo de feminicidios. Esta apreciación tiene también implicancias al momento de analizar la resignificación de la masculinidad en esta forma específica de acumulación del capital. La moralidad del varón proveedor en declive que hasta entonces caracterizó la masculinidad hegemónica, así como los cambios en las pautas de relacionamiento entre hombres y mujeres que el feminismo entre otras cosas desencadena, hace que el hombre se comporte violentamente y luche por restituir este lugar simbólico-material que ya no ocupa, o que está dejando de ocupar. Esto es así en el “ámbito” del hogar, donde ocurren las manifestaciones de violencia más terrible, pero también lo es en la esfera pública y los espacios de militancia. Ya no queremos ser apuntadoras y secretarias, denunciamos al acosador y también al violento en nuestras propias organizaciones, y así tejemos alianzas que contrarrestan las alianzas corporativas que los varones establecen entre sí.

 

Otras manifestaciones locales de esta “restauración” conservadora podemos verlas en la organización “Con mis hijos no te metas” que se opuso a la guía de educación sexual denunciando la “ideología de género” en el aula, y que luego financió la presencia de hombres y mujeres de barrios pobres para sostener los carteles que expresaban “Femenina sí, feminista no” y provocar reacciones en la marcha del 8M. También en la reacción que las bombitas de pintura generó en el conjunto de la población y la amenaza de iniciar acciones legales; la presencia de Paul Hruz en una actividad organizada por el Sindicato Médico del Uruguay para abordar la identidad trans como trastorno denominado “disforia de género”; el crecimiento de bancada evangélica del PN; la presencia de Agustín Laje y Nicolás Márquez al Palacio Legislativo invitados por Varones Unidos; el neofascismo rampante de Hoenir Sarthou y Salle, creador del neologismo “homolesbocomunismo” usado en varias ocasiones para denostar figuras públicas del oficialismo con un compromiso marcado con la agenda de derechos; los objetores de conciencia que dejan departamentos enteros sin posibilidades de ejercer el derecho a interrumpir voluntariamente nuestro embarazo; fetos con abogados asignados por juezas con nombre Pura Concepción Book; una diputada nacionalista que advierte que “si tuvimos mal ojo, hacernos cargo” mientras se vota la ley de violencia basada en género en el parlamento; Topolansky días antes del 8M desmarcándose con la expresión “Yo no soy feminista, no me gustan los extremos”, etc.

 

 

HI: ¿Cómo ven la articulación entre el feminismo y el resto de las luchas sociales y el tiempo político?

 

EPA/MM: Quizás debamos invertir la pregunta y pensar en por qué se desarticula el feminismo de los frentes sociales, para luego llegar a su (re) articulación con éstos. Cuál es el proceso que lleva generalmente a las feministas a abandonar los espacios de militancia compartidos, en qué momento ocurre esa escisión y cuáles son sus causas resulta para muchas el nudo gordiano de nuestras preocupaciones. Hacer un ejercicio contrario y pensar en la raíz de este “alejamiento” nos pone frente a frente a este repliegue para ver su apariencia: las feministas cambiamos la lucha de clases por la de géneros, los espacios mixtos por los autónomos de mujeres, nuestra propia liberación por la de toda la humanidad.

 

Lo cierto es que estas afirmaciones no cuentan con respaldo fáctico y son muchas veces síntoma del machismo solapado en la propia izquierda, ya que gran parte del feminismo ha tratado de urdir (no sin dificultades), estos dos aspectos que por momentos parecen irreconciliables: clase y género (5). Cabría entonces hacerse dos preguntas: cómo un feminismo muy cercano a los espacios partidarios de la propia izquierda (como es el caso del feminismo en nuestro país a mediados de los 80), se desagrega paulatinamente, y si esta dinámica de desagregación no es parte constitutiva de los procesos sociales por los que el feminismo atraviesa desde sus comienzos, ya no respecto a lo más reaccionario de la sociedad, sino dentro de los espacios de militancia de la propia izquierda y con los compañeros de militancia como principales interlocutores. En este sentido, nos animamos a afirmar que dicho alejamiento es más reactivo al rechazo permanente y sistemático del feminismo y sus agendas por parte de la izquierda acostumbrada a situar el debate únicamente en la clase, y también una determinación pautada por la propia imbricación entre capitalismo y patriarcado: las mujeres estamos oprimidas respecto a los hombres, y esto pauta en sí mismo la especificidad política del sujeto.

 

Por otro lado, el feminismo va tejiendo redes casi como un patrón de acumulación distintivo, y esta forma de construcción política (que muy lejos de ser inoperante, es su condición de crecimiento), interpela los consensos “patriarcales”. Las estructuras jerárquicas de organización también contribuyen en relegarnos a los márgenes políticos, ya sean éstos comisiones de género (que son necesarias, por supuesto) pero que no son decisivas en cuanto a  líneas políticas “duras” refiere. Los temas de género para las mujeres, la secretaría para las mujeres, pero las discusiones programáticas así como los espacios políticos donde estas se toman, para varones.

 

Así las cosas, es una tarea política de importancia preguntarnos cómo retornamos a los “espacios perdidos” de la militancia mixta (gremios, sindicatos y organizaciones políticas) de las que muchas huimos, o fuimos echadas por cansancio porque perdimos la batalla. ¿Será que perdimos la batalla o no tuvimos espacio para darla? ¿perdimos la batalla o en espacios super masculinizados "nos pasaban la mano por el hombro para dejarnos conformes" y en realidad nunca fue habilitada otra forma de concebir la política que integrara la militancia concreta y también los "supuestos" en los que esta se apoya?

 

Si bien una parte minoritaria de nuestro feminismo rechaza las estructuras tradicionales de participación política, otra parte proviene de estas estructuras del campo de la izquierda. Quizás este momento de especificidad de la lucha que se organiza entre mujeres, tenga que ver con el repliegue necesario luego de transitar experiencias “traumáticas” y fallidas en los espacios mixtos. “Valientes las que se quedan”, decimos algunas, mientras otras piensan en cómo permanecer, y también en cómo regresar, conscientes de la importancia de trabajar políticamente desde esos espacios y sosteniendo muchas veces una doble militancia en organizaciones “mixtas” y en espacios feministas propiamente dichos. El sindicalismo tiene poco lugar para nosotras, y nosotras ya estamos cansadas de demandar lo que nos corresponde. Compleja dialéctica aquella que materializa en formas políticas la diferenciación entre hombres y mujeres, colocando a los primeros en lugares “connaturales” a su género: el espacio público, y resignando a las segundas a la esfera doméstica.

 

Lo indiscutible es que el desarrollo del feminismo y su potencia se ha dado históricamente desde su especificidad organizativa, porque cuando hacemos entre mujeres damos respuesta más fácilmente a las múltiples violencias a las que estamos expuestas. Salimos primero a las calles, luego somos miles, el momento es propicio y la sociedad mira por debajo del rabillo del ojo. Las Alertas se sostienen, y los colectivos de mujeres se multiplican. No faltan los oportunistas que anuncian poner a disposición su cargo para dejar un espacio en la cúpula de decisión política a una compañera mujer que hasta el momento solo conformaban el secretariado ejecutivo del Pit Cnt con voz pero sin voto. De todas formas, estos movimientos (aunque sólo sean discursivos) también dan cuenta de la acción del feminismo hacia los espacios “perdidos”.

 

Tener la mitad de mujeres en el secretariado del Pit Cnt no lo hace ni más clasista, ni más feminista. Tener un secretariado con la mitad de sus integrantes mujeres quizás lo vuelva más justo respecto a su composición por género (que hasta ahora ha sido enteramente masculino), teniendo en cuenta que esta diferenciación en la ocupación de lugares de decisión es parte del modo en que se estructuran las relaciones sociales en términos de jerarquía, pero no contiene necesariamente a las demandas de la clase (ser feminista no nos hace en sí más clasistas), y cuando de avanzar sobre la fuerza de trabajo y las condiciones de vida de la población se trata, es bien claro que las mujeres (fundamentalmente jóvenes), se llevan la peor parte.

 

Por su cualidad de transversalizar, el feminismo dota de enorme potencia en todos los espacios que habita pues contiene en sí mismo una nueva racionalidad política, un hacer política en femenino, una ruptura con las formas tradicionales de hacer política compuesto por nuevas maneras de vincularnos, de comunicar políticamente (una nueva semántica), la insistencia en la preocupación prefigurativa y una ética liberadora tanto para hombres y mujeres, pues los preceptos de la masculinidad dominante que hoy nos matan, también constriñen a los varones. Esto nos lleva a discutir también el lugar que le otorgamos a los hombres y la necesidad de que ellos también amplifiquen sus postulados en otros espacios.

 

La política en femenino parece anunciar una nueva racionalidad política donde lo vincular y afectivo juega un rol preponderante. Las lógicas estrictamente instrumentales de postular tal o cual referente político ya no son admitidas por consenso, porque se vuelve indisociable la persona en su “vida personal” y el líder político. Esto nos cuesta muchas veces la fractura de orgánicas políticas, o el mote de que fragmentamos la clase, como si nosotras y no el capitalismo imprimiera esta fragmentación. Cabe preguntarse entonces cómo seguimos desmontando los discursos y dispositivos de violencia contra las mujeres sin que esto signifique una ruptura con los espacios que habitamos; cómo establecemos prácticas de cuidados entre nosotras en espacios que son realmente hostiles y qué sucede cuando dos semánticas-modos de concebir lo político y la política, en apariencia inconmensurables, se ponen en diálogo.

 

Sin embargo, lo que parece ser potencia puede volverse fragmentación si no se atiende la articulación con otras luchas, y eso nos lleva a pensar desde la totalidad que las unifica. ¿Cómo contrarrestamos la fragmentación y contribuimos, también desde el feminismo, a un pienso colectivo como sujetas de transformación social?

 

Deberíamos preguntarnos sobre qué consensos descansa hoy el feminismo local y si es posible elaborar síntesis políticas que nos permitan reagruparnos como movimiento, así como también mediante la integración de las demandas de otras luchas. Nuestro feminismo se ha manifestado en repudio al decreto antipiquete y la reforma de la caja previsional en Argentina, el asesinato de Marielle en Brasil, etc. El feminismo también se amplifica para escapar de una parcialidad aparente, porque es éste quien pretende cambiarlo todo.  

 

La forma en la que se estructura el trabajo en la sociedad capitalista hace de la clase un punto central sobre el que situar al feminismo. El modo de organización social basado en la explotación del trabajo, hace que el mismo estructure la propia diferenciación social convirtiéndola en trabajo productivo/trabajo reproductivo. La fragmentación, entonces, es propia de la clase social y cada una de sus expresiones de lucha son también parte del lugar específico que cada sujeto ocupa en las relaciones sociales. Cada sujeto lucha en función de su lugar y preocupaciones específicas.

 

Como feministas y militantes de izquierda, estamos acostumbradas a que nos exijan trascender la fragmentación o la parcialidad de nuestras luchas, como si todas las luchas no fueran en sí mismas expresión de la parcialidad del sujeto que enuncian y sus necesidades y preocupaciones concretas (lucha sindical, estudiantil, indígena, campesina, etc), y como si a todas las luchas se les exigiera lo mismo, porque no hay nada más reformista que la actuación política de la propia clase para poder reproducir su vida en base al sostenimiento de la fuerza de trabajo. Sin embargo, no vemos a nadie indignado con la lucha sindical. Parece una obviedad decir que la lucha sindical es sumamente necesaria, porque si bien plantea la pelea por una mejor distribución salarial sobre la base de la explotación de nuestra propia fuerza de trabajo, también permite el juego dialéctico y su potencia transformadora, la de cuestionar al capitalismo en su conjunto. Entonces, ¿por qué no pensar que el feminismo también es una posibilidad de escenificar la lucha de clases en otros terrenos, con formas propias y novedosas, y que allí también se transita por esta dialéctica entre reforma y revolución?

 

Una manera de pensar un feminismo anticapitalista es pensándonos como parte de esta totalidad que nos vincula, aunque no de la misma manera, al avance del propio capital. Decimos que no de la misma manera pues no somos explotadas igual (feminización de la pobreza, doble jornada laboral- trabajo reproductivo o doméstico como forma específica de relación social construida por el capitalismo-), ni que hablar si somos negras o indias, trans-travas, etc. Cada diferenciación se intersecta en otras dimensiones estructurales y estructurantes de la propia opresión.


En este sentido, creemos que el paro de mujeres es un ejemplo paradigmático de articulación con otras luchas en tanto posibilidad para articular y pensarnos, entre nosotras y para con otros, en los lugares donde este paro nos interpela directamente. El paro ofició como rescate/recuperación de experiencias pasadas de luchas de mujeres, como momento de reflexión y apertura de nuevos problemas políticos que nos permitieron redimensionar el sentido de la propia huelga y el paro.

 

La huelga no sólo detiene y atiende aquellas tareas correspondientes al trabajo productivo, sino también aquellas tareas invisibles del trabajo reproductivo que hacemos fundamentalmente las mujeres. Ante la llegada del paro comenzamos a pensar cómo organizarnos y entretejemos redes de mujeres en todos los espacios que habitamos (nuestros barrios, lugares de trabajo y estudio, etc), y también cuáles son los elementos en torno a los cuales el movimiento feminista puede unificarse para fortalecer la lucha de las mujeres en su dimensión internacional porque el internacionalismo también tiene rostro de mujer.

 

Las dificultades organizativas para instrumentar un paro de mujeres son muchas (mujeres solas con niñxs a cargo, sindicatos que no garantizan el paro junto a las tensiones para comprender la huelga de mujeres), y plantean ciertas limitaciones para el movimiento de mujeres y la izquierda en general. Múltiples reflexiones se pueden extraer de esta experiencia, tanto en los modos de diversificación de la lucha para ese día, como las tensiones inherentes a la especificidad de la lucha de las mujeres en relación a la clase.

 

Si bien el feminismo debería ser esencialmente anticapitalista pues tiene como fin último acabar con todas las opresiones, la realidad nos muestra que en rigor esto no es así, y que como cualquier concepción política del sujeto y la sociedad, la gestión del capitalismo también atraviesa al feminismo en sus agendas. Pero no estuvimos hablando de ese feminismo, sino del que intenta superar la parcialidad porque pretende cambiarlo todo y es expresamente anticapitalista.

 

 

* Integrantes del consejo editorial de Hemisferio Izquierdo.

Notas:

 

1. https://www.hemisferioizquierdo.uy/single-post/2018/03/15/La-fragilidad-del-derecho-a-abortar

 

2. https://feminismos.ladiaria.com.uy/articulo/2017/3/feministas-si-pero-de-izquierda/

 

3. https://www.hemisferioizquierdo.uy/single-post/2018/05/13/Consideraciones-sobre-la-ley-de-trata-y-explotaci%C3%B3n-sexual

 

4. Rita Segato, La guerra contra las mujeres

 

5. Es preciso señalar que del feminismo negro proviene el concepto de Interseccionalidad para definir las identidades sociales solapadas o intersectadas en múltiples (e incluso simultáneos) niveles (género, etnia, clase, discapacidad, orientación sexual, religión, casta, nacionalidad, etc.) que refuerzan los sistemas de opresión y explotación. Clase, género y raza son aspectos estructurantes de relaciones sociales jerárquicas y desiguales, pero existen otras dimensiones a tener en cuenta en el “zurcido” de una estrategia general de cambio social.

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