Brasil, 2016-2018: las ilusiones perdidas, el ascenso de la derecha y las dificultades de la izquierda

May 26, 2018

 

¿Cuáles son los trazos fundamentales del momento político y cuáles son las tareas principales para encararlo?

 

 

Agosto de 2016: tragedia y farsa en la historia de Brasil(1)

 

Para que se pueda entender lo que pasa en Brasil en este 2018 es necesario que volvamos a 2016. El 17 de abril de aquel año se dio inicio en la Cámara de Diputados al proceso de alejamiento (impeachment) de la presidente Dilma Roussef. El desenlace fue en el Senado Federal, el 31 de agosto.

 

El mes de agosto tiene mala fama. “Agosto, mês do desgosto”, se dice. Tenemos eventos trágicos en la historia política de Brasil: el 24 de agosto de 1954 el presidente Getulio Vragas comete un suicidio que sacudió al país. Poco después, el 25 de agosto de 1961 el presidente Jânio Quadros sorprende al pedir la renuncia del cargo pocos meses después de tomar posesión. El 22 de agosto de 1976 el ex-presidente Juscelino Kubitscheck (JK) muere en un extraño “accidente” automovilístico. Cuarenta años después, el 31 de agosto de 2016, el Senado Federal votó el proceso de impeachment que sacó a la presidente Dilma Roussef del cargo. Para quien tiene creencias o cree en supersticiones el mes de agosto ha creado efemérides. Ya para quien procura escapar de esas ilusiones, el mes sólo es el octavo del calendario gregoriano que, por casualidad, entro en la historia política de Brasil.

 

Ahora bien, sabemos que la historia es hecha también de casualidades. Sin embargo, lo que asocia el suicidio de Vargas a la renuncia de Jânio, al “accidente” de JK(2) y al impeachment de Dilma no es ni la casualidad ni la coincidencia del “siniestro” mes de agosto. Lo que los asocia es nuestra historia que nos dejó un conjunto de problemas que permite identificar en los hechos recientes el legado del pasado.

 

Todos los acontecimientos se dieron en situaciones en que la democracia fue puesta en cuestión, parcial o totalmente. Si, por un lado, fueron motivados por circunstancias particulares (si el suicidio y la renuncia fueron actos cuyo desenlace fatal dependió de una decisión individual, el “accidente” y el impeachment ocurrieron más allá de las voluntades individuales de quien las sufrió), hay un hilo que los une en la historia: sirvieron para acelerar un proceso en que la democracia es puesta en cuestión; o sirvieron para mantener una situación en que ella ya había sido recortada. En todos los casos se trata de crear (o profundizar) entre nosotros las condiciones más adecuadas para la hegemonía del gran capital. Las formas pueden ser las más variadas dependiendo de las posibilidades con que dispongan las clases dominantes. Ellas pueden ser creadas por un levantamiento militar con apoyo civil, por maniobras judiciales, por arreglos parlamentarios o mismo combinándolas. Hay un elemento más que las une: en todos los casos los ataques a la democracia contaron con el apoyo manifiesto y militante de los grandes medios de comunicación.

 

Dilma, mismo habiendo hecho un gobierno (como hicieron los gobiernos petistas desde 2003) predominantemente volcado a los intereses del gran capital y de sus socios brasileros y, a partir de 2015, habiendo adoptado un programa de gobierno muy semejante al que fue presentado (y derrotado) por el candidato de la derecha (del PSDB) en 2014) - recuérdese que ella colocó en el Ministerio de Hacienda al ultra neoliberal Joaquin Levy – fue arrancada de la Presidencia de la República porque fue considerada incapaz de permanecer al frente de los intereses capitalistas que tanto sirvió. Estos ahora precisaban de un gobierno genuinamente burgués,que fuera capaz de no ceder lo mínimo a los trabajadores, de retirarles lo poco que conquistaron y de servir enteramente, sin concesiones, al gran capital. El pacto de clases ya no servía más. Ese fue el punto central que llevó al derrumbe del gobierno petista. Los errores políticos del partido, para empezar por la estrategia conciliadora, ya no se sustentaban en la coyuntura que se agravó tras la difícil victoria electoral de Dilma en los comicios de 2014.

 

 

Del impeachment de Dilma (2016) a la prisión de Lula (2018)

 

Desde abril de 2016, cuando la putrefacta Cámara de Diputados votó por el derrumbe de Dilma hasta la criminal prisión de Lula hemos vivido un torbellino de acontecimientos que ni los más pesimistas de los más pesimistas analistas pudieron ver. Ni siquiera los sectores más izquierdistas en Brasil imaginaban que, en poco tiempo, todo se desmantelaría en el aire con tamaña rapidez con la que se deshizo el pacto de clases que había en el país desde el 2002. Inclusive, ni el más insano derechista pudo haber soñado que, en dos años, una coyuntura tan reaccionaria pudiese emerger aceleradamente. Dicen que la política es como las nubes: cada vez que se las mira ya no están de la misma forma. En Brasil desde 2016 a 2018 fue difícil pronosticar escenarios políticos que han sido muy inconstantes. Pero hay una cuestión que está absolutamente clara, como un cielo despejado: estamos viviendo una tempestad descargada sobre la clase trabajadora arrastrando consigo empleos, derechos y hasta lo poco de democracia que quedaba.

 

En el fondo, desde el “golpe” de 2016 hasta la prisión de Lula, se realizó por completo, y al mismo tiempo, un golpe en las ilusiones democráticas, una derrota de la conciliación de clases y una hipoteca histórica que compromete el futuro inmediato de toda la izquierda brasilera. En Brasil, el PT fue y todavía es hegemónico entre los operadores políticos más densos. Analizar las consecuencias de eso es urgente para pensar en alternativas futuras. Volveré a eso al final de texto. Por ahora, tenemos que hablar un poco de las cuestiones que fueron determinantes para la giro violento en la historia política reciente del Brasil. El punto de partida fue el impeachment en 2016.

 

El gobierno de Dilma, antes incluso del golpe forjado por una farsa parlamentaria - judicial(3) que usurpó su mandato, ya agonizaba desde 2015, inclusive por incompetencias y errores. Fue sangrado hasta el último suspiro por sus verdugos atrincherados en el Congreso Nacional y en amplios sectores del Poder Judicial (con el consentimiento del erudito STF(4)) que contaron con las armas de una Policía Federal completamente partidaria y, sobretodo, con las poderosas armas ideológicas del gran poder mediático burgués. Se creó una situación, deliberada e irresponsablemente, que hundió no solo a Dilma y su gobierno, sino también el propio país fue llevado a una crisis monumental que más allá de sus principales determinantes económicos, fue empeorada conscientemente por las clases dominantes para que alcanzasen a cualquier costo, sus objetivos políticos.

 

Una vez Lenin dijo algo que la realidad le dio toda la razón: “El parlamento es una fábrica de cretinos”. Vimos en Brasil, sin disfraces, hasta donde puede ir el cretinismo parlamentario. En el caso brasilero, tal cretinismo se asoció a una forma de cretinismo judicial que se prolongó a los días actuales con la actuación orquestada de los miembros del Poder Judicial en el montaje de una farsa que llevó a la escandalosa prisión de Lula. Un juez de primera instancia, muy aplaudido en los EUA, llevó a las últimas consecuencias un proceso contra el ex-presidente sin pruebas judiciales. Sergio Moro, el juez que cometió el crimen al divulgar un audio de conversaciones entre Lula y Dilma en 2016, se transformó en el héroe de la derecha brasilera y el “amorcito” de los oligopolios de los medios de comunicación, especialmente de la Rede Globo. Se desnudó al pueblo brasilero, en vivo y a color en la pantalla de la Globo, la llamada “imparcialidad” del Poder Judicial que mostró a todos su carácter de clase que se resume en lo siguiente: “A los ricos: el favor de la ley. A los pobres: el rigor de la ley!”.

 

En Brasil el Poder Judicial es una caja negra cuyo funcionamiento se da con base en sistemas jerárquicos en los cuales los que ocupan los puestos más importantes no son electos por el pueblo (a lo sumo son escogidos entre sus pares). Las corporaciones que forman el sistema judicial en nuestro país consumen buena parte de nuestra riqueza. Datos muestran que la Justicia le cuesta a Brasil 1,2% del PIB (3 veces el Programa Bolsa Familia). En comparación con otros países, se ve el tamaño de la diferencia: 0,34% Venezuela; 0,32% Alemania; 0,28% Portugal; 0,22% Chile; 0,14% Inglaterra e EUA; 0,13% Argentina. Tenemos un costo alto para servicios de poca calidad y muy lentos.

 

Hay un debate entorno a si el impeachment de Dilma se configuró en un golpe. Unos creen que es un golpe blanco, otros que es un golpe institucional – una mezcla del modelo hondureño (que depuso a Zelaya en 2009 con aval de la Suprema Corte) y paraguayo (que depuso a Lugo en 2012 con aval del Legislativo). En Brasil la disposición de la Presidente adicionó más ingredientes: contó con aval de la Suprema Corte, de la parte activa del Poder Judicial, de la PF y con apoyo militante de la nata del empresariado nativo y, especialmente, de los oligopolios de los medios de comunicación que actuaron como un “Cuarto Poder”, pero como si fuesen el Primer Poder pautando todo a los otros. Lo mismo vale para la prisión de Lula cuyo objetivo mayor es invisibilizar su candidatura ya que, mismo com todos los ataques, lidera las investigaciones de intención de voto. Algunos llaman a la prisión arbitraria y a la probable exclusión de Lula de las elecciones de octubre de “golpe dentro del golpe”.

 

No creemos que estamos viviendo un golpe clásico, una vez que se desarrolla sin rupturas institucionales significativas y, al contrario de eso, ocurre dentro del funcionamiento regular de las instituciones democráticas burguesas, o sea, ocurre con el aval de la Justicia y del Legislativo, instituciones que el propio PT y Lula están, disciplinadamente, recurriendo con frecuencia e insistencia. El impeachment viene constituyéndose recientemente, especialmente en América Latina, en una forma “democrática” de los gobiernos que, aunque ya hayan servido a los intereses del gran capital, deponen gobiernos que, aunque hayan servido a los intereses do grande capital, ya no sirven o los contradicen de alguna forma. Las deposiciones de gobiernos latino-americanos “inconvenientes” no han culminado en la instalación de dictaduras apoyadas por las fuerzas militares y son hechas con desgarrados discursos que apelan al “republicanismo” y, claro, a la democracia.

 

Un desacreditado diputado de la derecha brasilera (Heráclito Fortes) nos dio una contribución insólita. Cuando se le preguntó si hubo un golpe, salió con una perla de cretinismo parlamentario: dijo que “si hubo un golpe, fue un golpe democrático”. Sin querer, nos dio quizás una expresión paradojal que en su contradicción revela lo contradictorio. El impeachment fue un “golpe democrático” operado en el ámbito de la democracia burguesa en funcionamiento. Fue, así, un golpe en las ilusiones democráticas generadas por los límites propios del orden burgués (y de su democracia) cuya condición crea sus propias ilusiones. Especialistas y organismos de diversas tendencias (como el secretario general de la OEA) afirmaron con alguna sinceridad que si las “instituciones de la democracia brasilera” estuviesen funcionando no tendríamos el impeachment. Al contrario: exactamente porque ellas funcionaron es que fue posible deponer un gobierno electo porque ya no interesaba que el continuase. Dilma fue hasta el último round en el Senado para salvar su mandato. Lula viene usando todos los medios jurídicos (que ya le mostraron que nada los hará cambiar de posición) para probar que es inocente. El día en que se entregó a la prisión, para decepción de los que lo apoyaban que se nuclearon entorno al Sindicato de los Metalúrgicos en San Bernardo del Campo (San Pablo), se esperaba que no aceptase la prisión y resistiese. Al contrario, negoció cómo se entregaría a la Policía Federal frustrando a todos. Antes de eso, realizó un discurso en que criticó a sus detractores, pero todavía parecía creer en la “justicia brasilera”, pues inclusive habiendo criticado al juez Moro y a los jueces que desencadenaron su proceso jurídico, prefirió acatar al STF sin dirigir ninguna crítica a los ministros de la Corte, cuya mayoría apoyó la prisión a la cual se entregó.

 

Desde el Empeachment hasta la prisión de Lula, se dio un verdadero acuerdo general entre el Poder Legislativo y Judicial y los sectores organizados del gran capital, arreglo que encontró en la poderosa Rede Globo su voz, llevando a la emisora a actuar como un partido de derecha organizado en Brasil que consigue llegar a todo el país, alimentando un odio al Partido de los Trabajadores (PT) y a Lula. Aunque esto no alcance a las masas más empobrecidas de la población, consigue conquistar a amplios sectores de las capas medias urbanas, principalmente del sur y del sureste. No hay dudas de la actuación criminal del Poder Judicial y de la manipulación que los medios de comunicación promueven. Más allá de eso, el PT y el propio Lula son víctimas también de sus errores y de sus creencias en eso que llaman “republicanismo” (una especie de fe ciega en las instituciones burguesas, justamente en un país con un pasado y presente poco democráticos).

 

 

La radicalización de la derecha y la crisis de hegemonía de la izquierda

 

Parece que estamos delante de una radicalización de las clases dominantes que levantan el velo que cubren sus formas de dominación para atacar más explícitamente a la clase trabajadora y a sus operadores políticos (con los que antes conciliaban). Las contradicciones generadas en la actual coyuntura, nos abren la oportunidad histórica de superar las ilusiones democráticas, en dirección a las formas de organización de poder popular autónomas e independientes. Se trata de un trabajo político de medio plazo que exigirá paciencia histórica y alejamiento de cualquier tipo de triunfalismo que normalmente reposa en los sectores más izquierdistas. El velo que cayó nos puede ayudar a superar una de las formas más difundidas de la ideología dominante en Brasil que opera bajo la lógica de armonía entre clases, tan bien cultivada desde Getulio Vargas hasta Lula-Dilma. Las condiciones actuales pueden dificultar las estrategias típicas de la vieja socialdemocracia, recauchutadas por la llamada Tercera Vía que ganó popularidad en los gobiernos del PT; la estrategia del “buen capitalismo” o el “capitalismo de rostro humano”.

La derrota del PT es una hipoteca de nuestro futuro. Ella salpica en todos nosotros porque las máquinas ideológicas de la clase dominante tratan de colocar a toda la izquierda en la misma bolsa. En ese sentido es una derrota que hipoteca el futuro de todas las fuerzas progresistas del país, por lo menos a corto plazo. El retroceso democrático que vivimos y que se profundizará, tienden a colocarnos en la resistencia de los ataques que vienen por allí y nos exigirá alguna unidad por lo menos táctica. Esto no será nada fácil porque hay sectores dentro de la izquierda que festejan la derrota del PT como si fuera una victoria de la clase trabajadora. Esto es una necedad, es una ilusión izquierdista que no se da cuenta que la coyuntura que se abrió con el empeachment y se profundizó con la prisión de Lula, expresa antes que nada una victoria de las fuerzas de derecha, con fuertes elementos de conservadurismo reaccionario que se acercan al neofascismo. Si debemos aprovechar el momento para superar los errores históricos, no debemos tener dudas en que esta derrota nos abarca a todos nosotros.

 

Sabemos que lo esencial todavía está por venir. El derrumbe de Dilma, los ataques al PT y la prisión de Lula, significan mucho más que un atentado a la democracia; significan que es la hora para la clase dominante de generar una nueva hegemonía, que cree condiciones para la reproducción de los intereses capitalistas, en un escenario nuevo que sustituya la forma hegemónica que hasta ahora funcionó. Es decir, si la forma anterior ya no es más eficaz, se trata de construir un nuevo bloque de poder para crear las condiciones ideales. Hay evidencia de una crisis de hegemonía. No es exactamente aquel momento en que las clases dominantes no pueden gobernar como antes gobernaban y tampoco la clase dominada creará condiciones para volverse clase dirigente. Pensamos en una crisis de hegemonía que, tal como nos enseñara Gramsci, en coyunturas regresivas se comporta siempre con el riesgo de impases y de vacíos que pueden llevar a un desenlace dramático acompañado por la descomposición del tejido social.

 

Exactamente es lo que pasa en Brasil. En estos momentos, como los que estamos viviendo, de transición entre formas hegemónicas, es común que formas “bonapartistas” no clásicas sean útiles. O una forma abiertamente dictatorial, pero sí una forma que conspira contra los avances democráticos y no sólo contra la democracia política, sino contra los avances conquistados por la clase trabajadora. No exactamente de una forma abiertamente fascista (debemos siempre recordar que el fascismo es el régimen político ideal para los monopolios), pero sí una forma que se valga de elementos fascistas, de una cultura política fascista que ataque las conquistas democráticas valiéndose de las propias estructuras “republicanas” que existen,

 

Lo que está en juego es la nueva construcción de hegemonía. El problema es que la propia derecha no consigue unificarse en torno a un único proyecto. Ella hace surgir de sus entrañas fuerzas que no controla, inclusive un oscuro militar reformado del ejército que hasta el momento goza de buenas intenciones de votos obtenidos a través de un discurso abiertamente fascista. Estamos asistiendo a una lucha interburguesa feroz que se está disputando el nuevo bloque de poder.

 

Pero no nos engañemos. Más allá de todas las diferencias que hay en el campo burgués, entre sus diversas fracciones, hay unidad de acción. Y esto se expresa en la necesidad de acelerar las condiciones de aplicación de políticas que destraben los obstáculos (políticos. Económicos, sociales e ideológicos) para la implementación de una agenda regresiva para la clase trabajadora en todos los niveles. Lo central aquí es que en el consenso burgués está la necesidad de acelerar contrarreformas profundas que atiendan a cuatro objetivos centrales: 1) Recolocar a Brasil (y a toda latinoamérica) en área de influencia prioritaria de EEUU, en el sentido de retomar en condiciones óptimas su dominación imperialista en nuestro subcontinente, 2) Reducir los costos y aumentar la productividad del trabajo con base en nuevas formas de combinación de plusvalía relativa (incremento tecnológico para reducir trabajo necesario y abaratar la reproducción social de la fuerza de trabajo) y plusvalía absoluta (sobre todo vía flexibilización de las relaciones laborales, con el objetivo de atacar las formas de protección social del trabajador), 3) Implementar una cruzada conservadora y reaccionaria con los avances de las “minorías” como forma de promover un retroceso cultural e ideológico en el país, 4)Readecuar las políticas sociales a un nuevo programa neoliberal más radical, de modo de crear condiciones para un ciclo profundo de políticas de austeridad fiscal que recaerán sobre los trabajadores.

 

Por todo esto, el momento es grave. Requiere de nosotros preparación, para construir una pauta de resistencia a lo que se viene. Lo que viene se desarrolla por medio de medidas, proyectos de ley y decretos que avanzan en el sentido de generar las condiciones para la implementación de una agenda regresiva para nosotros, no restricta a la economía, aunque ella sea el eje de las acciones. Los dos años de gobierno ilegítimo de Michel Temer, ya fueron suficientes para aprobar medidas que fueron terribles para los trabajadores. Entre ellas la aprobación de un proyecto de enmienda constitucional que limita los gastos públicos y genera un congelamiento en el presupuesto por 20 años, inclusive para la salud y para la educación (medida que radicaliza la austeridad). También ya fue aprobada una profunda reforma laboral, que ataca los derechos más elementales de las relaciones de trabajo, legalizando formas precarias de contratos parciales, temporarios e intermitentes. La reforma también se volvió contra la organización sindical, posibilitando negociaciones directas entre patrones y trabajadores, dejando de lado a los sindicatos. La contrarreforma de la previdencia social, no fue aprobada pero ella es otro objetivo esencial.

 

 

La reacción conservadora y sus límites

 

Esta línea conservadora expresa la actual agenda política y económica del imperialismo para América Latina, teniendo en los EEUU el principal puesto de comando, teniendo en varios de nuestros países comandos burgueses que le facilitaran apoyo militante por todos los medios posibles, legales e ilegales. Entre las grandes burguesías financieras actuantes en el subcontinente y entre otras facciones burguesas a ellas asociadas y subordinadas, se consolidó un consenso burgués en torno de la necesidad de la aceleración de las condiciones ideales para la consolidación del capital. Tal aceleración está determinada por la crisis que se arrastran en las potencias capitalistas y por los cambios geopolíticos causados por los movimientos de China, así como por las dificultades que el imperialismo encuentra (dificultades creadas por él mismo) , de las guerras en los países de Asia y Medio Oriente. Es ese escenario internacional que coloca a América Latina dentro de las prioridades imperialistas. El proceso de retomar en condiciones óptimas esa basta zona de influencia imperialista tiene en Brasil un punto estratégico fundamental. En Argentina (ya retornada a la órbita de influencia), en Venezuela (víctima de ataques desestabilizadores frecuentes, que sobrevive a duras penas), mucho menos en Bolivia y Ecuador, tiene peso la economía brasilera.

 

El ilegítimo gobierno de Michel Temer tiene todavía algunos meses más de vida para satisfacer los deseos de aquellos que lo colocaron en el poder. A pesar de eso tiene tres problemas que le aparecen por delante, difícilmente superable. El primero de ellos refiere a su ilegitimidad. Es genéticamente un gobierno ilegítimo, sin voto, profundamente antipopular, fruto de un fraude. Eso lo lleva a actuar sin respaldo popular y al mismo tiempo eso lo torna rehén de acuerdos políticos y judiciales para mantenerse en el poder. Además, en pocos meses se mostró un gobierno corrupto, que coloca todavía más en las garras de las aves de rapiña que habitan Brasilia.

 

La derecha que emergió en 2016 representa un bloque bastante diverso, repartido entre parlamentarios, medios de comunicación, sectores empresariales, jueces y parte de sectores medios de las mayores ciudades. Se unirán y se moverán por el odio al PT y a Lula y por la necesidad de una nueva hegemonía que ya muestra dificultades de edificarse, debido a la disputa por el liderazgo del bloque. Es evidente que el comando lo tiene el capital financiero, pero una nueva fuerza política precisa ser encontrada para sustituir la que existía. Por eso, este bloque tien dificultades de cargar con el antipopular y corrupto de Michel Temer , aunque tampoco encuentra una alternativa. La evidencia mayor de esa falta de unidad de las fuerzas de derecha está clara en el proceso electoral que se avecina. Todavía no encontraron un nombre viable electoralmente y desesperados comienzan a generar acercamientos con el fascista Bolsonaro, pero ninguno de ellos cree en él. Más allá de esto, tienen por delante una brutal crisis provocada por la criminal política económica neoliberal, que llevó a la economía al fondo del pozo, generó la quiebra generalizada de las empresas y a un desempleo galopante.

 

De todos modos, este escenario no supone una visión optimista en relación a las posibilidades políticas para las fuerzas de izquierda en el Brasil. Precisamos tener claro de que, como decimos al arranque del artículo, la coyuntura que se abrió a partir del empeachment, avanzó hasta las prisión de Lula y dio el ascenso a las fuerzas más conservadoras y reaccionarias que van a operar en todos los segmentos de la sociedad brasilera : en el Congreso Nacional, en el Poder Judicial, en las fuerzas policiales y encuentran respaldo en movimientos de derecha financiados por la burguesía nacional y extranjera que participara de las movilizaciones para derrumbar al gobierno. Esta coyuntura no creó un escenario abiertamente fascista, como ya dijimos. Pero ella se alimenta de una cultura fascista que se expresa en formas de intolerancia de las más diversas, inclusive el odio al PT que no cesó con la destitución de Dilma ni con el encarcelamiento a Lula. El ascenso más reaccionario de las fuerzas de Brasil, trae consigo un proceso de criminalización de los movimientos sociales, que ha incluido el uso de paramilitares para llevar adelante el asesinato de líderes sociales de la ciudad y el campo. El tremendo asesinato que se dio este año de Marielle Franco (militante del PSOL), mujer negra con importante liderazgo en las favelas de Río de Janeiro, fue una expresión más visible de esa escalada de violencia contra los movimientos ligados a los trabajadores de la ciudad y también en el campo, donde los líderes del Movimientos de trabajadores Sin Tierra (MST) continúan siendo perseguidos, presos y muertos.

 

 

Este escenario coloca al menos en el corto plazo, inmensas dificultades para la sustentación de pautas políticas de más avanzada entre las fuerzas de izquierda, corriendo el riesgo de navegar en un voluntarismo que será poco eficiente ante la lucha contra el poder reaccionario que enfrentamos y los ataques que se vuelven contra los intereses sociales del trabajo. Por eso, tal vez tengamos que sumar esfuerzos, en el sentido de encontrar medios que puedan construir, por lo menos en el plano táctico, un campo de unidad entre las fuerzas democráticas y progresista que no se encuentren sólo en los ámbitos de la clase sino también con sectores más amplios que dispongan una lucha conjunta contra la reacción conservadora.

 

 

Hasta Octubre mucha agua va a pasar y sabremos de las posibilidades de la izquierda. En este momento en el que escribo, no sabremos ni siquiera si tendremos elecciones. La crisis de hegemonía no fue superada y la clases dominantes todavían están en la búsqueda de un nombre que los unifique y que (éste es el problema de ellas) sea viable electoralmente. Por el momento el nombre favorito de ellas el el gobernador de San Pablo, Geraldo Alckmin (PSDB), cuyo rendimiento en las encuestas electorales no anima. Pero quien está al frente de las encuestas de la derecha, es el neofascista Jair Bolsonaro. Además de estos hay 5 candidatos más de derecha que no consiguen tener ninguna proyección. Uno de ellos es el actual presidente de la Cámara de Diputados, de la DEM que es el partido político heredero de la última dictadura cívico militar. Como prueba de la fragmentación de la clase dominante tenemos 3 candidatos que son políticos ligados al gobierno de Temer: el propio presidente que quiere continuar a su cargo, su ex ministro de Hacienda, el banquero neoliberal Enrique Meireles y un inexpresivo presidente del Banco Nacional de Desarrollo económico y Social (BNDES). Otra prueba de desesperación de las clases dominantes, fueron las tentativas frustradas de nombres extraños a la política, que se colocan mismo como apolíticos. Uno de ellos es un presentador de la Red Globo, que ya fue destituido por falta de base política y unidad en torno de su nombre. Otro fue ministro del STF, que fue conocido a partir del proceso denominado “mensalao”, hechos de corrupción del que eran acusados el PT y Lula en el 2005. También ya desistió. Existe todavía la posibilidad de candidatura del ex presidente Fernando Collor de Melo, aquel mismo que sufrió el empeachment por corrupción en 1992. Como se ve, la derecha está con dificultades.

 

La izquierda se divide en 3 candidaturas: la del PT que sostiene el nombre de Lula, la del Partido Comunista de Brasil (PC do B) con Manuela D' Avila y la del Partido Socialismo y Libertad (PSOL) que propone a Gilherme Boulos también tiene el apoyo del Partido Comunista Brasilero (PCB). Además de esto, hay un candidato de centro izquierda que puede transformarse en un candidato de centro derecha, llamado Ciro Gomes del Partido Democrático Laborista (PDT). De algún modo, todos dependen de los votos de Lula. Aquí el triunfo del PT; lo que le queda. El partido parece mantener la estrategia de ir con Lula hasta el final para el registro de nombres en el Tribunal Superior Electoral en Agosto. Después de eso es que podremos ver para donde se mueven las piezas de ajedrez de la política brasilera. E hecho es que toda la izquierda está pendiente de lo que va a pasar con Lula. Ellos le expresan solidaridad, como hicieron Boulos y D' Avila y se espera algún apoyo si Lula u otro candidato del PT estuviera fuera de la contienda electoral. En medio de todas esas indefiniciones , hay por lo menos alguna unidad en torno a la defensa de la democracia y que contempla, sin dudas la libertad de Lula y su derecho a ser candidato.

 

De todo esto, se debe observar que hay una apatía de las masas que nos desafía. Desde que irrumpió en aquellas semanas de Julio del 2013, se vio un movimiento de masas que nos dio alguna esperanza de que podemos ver más allá de las lógicas electorales . Sabemos que la lucha de clases se expresa más allá de las elecciones, aunque ellas sean también un momento de su desarrollo. Pero sólo cuando la clase trabajadora se levanta como un gigante adormecido, es que podemos pensar en escenarios mejores que los que describí aquí. Por el momento, lo que podemos decir es que aquel despertar del 2013 de un sueño profundo, parece haber sido apenas una señal de que viviríamos una pesadilla real, como de hecho estamos viviendo desde 2016.

 

 

* Profesor de la ESS/UFRJ-Brasil. Profesor colaborador de la Escuela Nacional Florestan Fernandes (Curso Marx). Investigador del NEPEM (Núcleo de Estudios e Investigaciones Marxistas) en la ESS/UFRJ. Autor de ensayos, artículos y libros, entre ellos: Economia Política: uma introdução crítica [con José Paulo Netto] (Ed. Cortez, 2006); Partido e Revolução: 1848-1989 (ed. Expressão Popular, 2011); Para a Crítica da Crise: diálogos com intelectuais e parlamentares da esquerda em Portugal (Ed. Prismas, 2017).

 

Notas:
(1) Una primera versión de este texto fue publicada en la revista virtual Práxis e Hegemonia Popular, de la IGS/Brasil (International Gramsci Society de Brasil), en setiembre de 2016. Una versión más actualizada fue publicada en 2017 en la Revista Serviço Social e Sociedade, número 128. San Pablo: Cortez. El texto que presento ahora toma como base esa última versión que actualicé con el análisis de nuevas informaciones.

 

(2) “accidente” que mato a JK hasta hoy levanta fuertes sospechas – todavía no comprobadas – de involucrar a la llamada Operación Condor. Las sospechas también pesan sobre a la muerte de Jango, en el mismo año de 1976, en diciembre. El esquema de policía política internacional, organizado en torno de la Operación Condor, asesinó muchos opositores (legales y clandestinos) de las dictaduras. Sus acciones se iniciaron, en 1975, cuando en Brasil la dictadura brasilera comenzaba con Geisel a promover una distensión política “lenta, segura y gradual”. La distensión de la dictadura fue, en verdad, vigilada y controlada. Y en su curso la dictadura promovió acciones violentas contra la oposición clandestina (PCB y PC de B). La muerte de JK es uno entre otros tantos tristes episodios que marcaron la historia de la dictadura brasilera (1964-1985).

 

(3) La farsa se evidenció en la pieza jurídica que se basó en el proceso de impedimento de la Presidente, claramente forjada para tornar “crimen de responsabilidad” algunos actos del gobierno (créditos suplementarios involucrando instituciones del Estado) practicados en la gestión. Se trató de una operación claramente política dirigida, exclusivamente, para suspender el mandato de Dilma Roussef.

 

(4) Supremo Tribunal Federal.

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