Fábulas de un tiempo que ya no podemos querer

March 15, 2018

 Ilustración: Natalia Comesaña

 

 

Nos miramos, éramos muchos, millones, y en esas miradas nos fuimos dando cuenta… nos dimos cuenta que nos habían marcado a cada uno de nosotros, que nuestros cuerpos habían sido formateados, ordenados, clasificados, encerrados. Algunas fuimos nombradas mujeres y otros hombres. Cuando nos mirábamos entendíamos por qué esa separación podría haber sido así, algo del orden de lo visual parecía tener sentido. Pero en la medida que avanzaban nuestras relaciones esa división, que supuestamente nos representaba como iguales o como diferentes, nos generaba un poco de confusión porque sentíamos que algo de esa segmentación no era tan así.

 

Nos habían organizado en función de una serie de tareas que correspondían a cada una de esas categorías. Me habían dicho que tenía que ser buena, comprensiva, cuidar a los demás -porque algún día tendría que cuidar a mis hijos-, ser lo más silenciosa posible, quedarme quietita, y sobre todo ser respetuosa ante la autoridad, que estaba ahí para nuestro propio bien. Ya no recuerdo cuándo fue ni quiénes, pero tengo esas premisas encarnadas en mi cuerpo. También recuerdo a un querido amigo al que le habían pedido algunas cosas distintas, que no llorara, que fuera fuerte, que aprendiera a defenderse porque pronto iba a tener que trabajar, proteger y mantener a su familia, ser firme y duro. Poco a poco esas consignas se fueron convirtiendo en nuestras formas de sentir, de pensar y de vivir.

 

Con el tiempo y con muchas resistencias se fueron dando cambios en esas asignaciones. Algunas mujeres empezaron a trabajar y lucharon para que otras también pudiéramos hacerlo, defendieron nuestro derecho a tener palabra, a protestar, a poder votar, formarnos y estudiar. Nos ayudaron a poder cuestionar el uso que se hacía de nuestros cuerpos, poder elegir con quién queríamos acostarnos, y defendieron que pudiéramos abortar cuando lo necesitáramos hacer. Estas protestas no fueron nada sencillas e implicaron mucho dolor y sangre.

 

Un día me enteré que había algunas mujeres que estaban presas. Habían inventado unos lugares oscuros, sucios, aislados, hacinados, donde quienes no cumplían con las normas que unos pocos habían determinado, tendían que pasar mucho tiempo allí, esperando la promesa de la ansiada salida. La mayoría de los que iban a parar a esos lugares eran hombres [recuerden que se les había pedido que fueran fuertes y agresivos] pero también habían algunas mujeres, eran un porcentaje muy pequeño, cerca de un seis o siete por ciento del total. Casi nadie imaginaba que podía haber mujeres allí. Porque eran muy pocas y porque costaba mucho imaginar a una mujer quebrantando la ley [recuerden que se les había pedido que fueran buenas, comprensivas, silenciosas y calmas] eran invisibles. Afuera no se hablaba de eso, se ocultaba, se avergonzaban, hacían de cuenta que eso no pasaba. Yo me enteré de esas mujeres casi de casualidad, me produjo muchísima indignación conocer esa forma de castigo.

 

Siendo tan pocas no solían pensarlas como mujeres y con sus necesidades como tales, entonces las ubicaban en los mismos lugares que habían construido para los hombres, las dejaban ahí, en ese espacio sombrío. Eran poco visitadas, casi nadie las iba a ver. Para sus visitas íntimas les exigían pareja estable [cosa que no les exigían a los hombres] y sufrían discriminación cuando sus parejas eran mujeres.

 

La mayoría de ellas había tenido muy poco apoyo en sus vidas, habían pasado reiteradas situaciones de violencia, familiar, económica, educativa, laboral, social, sexual, afectiva. Lo curioso era que muchas de ellas estaban allí por haber sido cómplices de sus parejas o esposos [recuerden que tenían que ser respetuosas ante la autoridad] o por haberlos asesinado frente a reiteradas situaciones de violencia, o por ser tratadas como mulas corriendo riesgo de vida, o por ser el eslabón más débil de la cadena del tráfico de drogas.

 

El afuera las culpabilizaba por haber sido transgresoras en lugar de portarse bien y cuidar a sus hijos, habían incumplido el papel que les tocaba. Por eso muchas de las tareas que les asignaban allí estaban dirigidas a devolverlas como “buenas esposas”. Ellas estaban muy preocupadas por sus hijos, porque no tenían noticias de ellos, porque no los veían ni sabían con quiénes estaban, si estarían enojados o qué les habrían dicho sobre ellas. Y mientras tanto cultivaban un gran sentimiento de culpa que sería muy difícil de aliviar. Algunas estaban con sus hijos pequeños en la prisión, muy poquitas, siendo una decisión muy difícil mantenerlos a su lado, no querían hacerlos pasar por esa situación, pero tampoco tenían la certeza de que afuera estuvieran mejor. Esto las obligaba a tener una actitud sumisa para que las autoridades de ese lugar les permitieran conservarlos y para que no les pusieran sanciones que les afectara.

 

En algún momento crearon una cárcel especialmente para las mujeres que estaban con sus hijos, un lugar más pequeño, en un barrio [los otros lugares estaban más bien alejados y eran bastante grandes] este era más parecido a una casa, donde algunos vecinos se habían empezado a acercar para colaborar con estas mujeres, cosa poco común en esos tiempos. No dejaba de ser una prisión pero era un lugar que comenzaba a delinear otras redes y conexiones de apoyo tanto dentro como fuera. Claro que ese sitio se terminó cerrando, y sin pensar mucho en su situación las volvieron a poner en esas grandes cárceles, alejadas, donde las podían controlar mejor, intentando reducir al máximo el número de niños que estaban con ellas [recuerden que eran mujeres consideradas malas madres].

 

La situación de sus hijos les preocupaba al punto de gritar e increpar a las autoridades, mujeres ruidosas que intentaban hacer comunicaciones sin autorización para eso, y hasta llegaban a hacer motines para que las escucharan. Entonces las medicaban, las reducían con pastillas, las adormecían, las tranquilizaban y las trataban como si fueran “nerviosas”, desconociendo en este gesto la violencia institucional propia del encierro, así como los encierros normativos que les habían impuesto al tener que ser mujeres.

 

En alguna oportunidad llevaron a esas prisiones a algunas mujeres por delitos que habían cometido sus hijos menores. Las encerraban allí por no haber cumplido su deber en el cuidado de ellos. Esto era algo que no les sucedía a los hombres. Seguramente porque en el ordenamiento y separación de tareas que se habían asignado, la paternidad no implicaba una falta ante este tipo de situaciones. Habían decidido llevarlas presas porque decían que como estos jóvenes eran muy madreros si les encerraban a las madres capaz podía cambiar algo. Las autoridades judiciales decían “podría tener un efecto preventivo, quizá otras madres se preocupen más ahora”.

 

Además de esto, lo que nos preocupaba desesperadamente era que la violencia machista recaía sobre nuestros cuerpos por el hecho de ser mujeres. Una violencia que ejercía el poder de la dominación en los distintos aspectos de nuestras vidas: laborales, psicológicos, sexuales, económicos, afectivos, patrimoniales, y un sinfín de etcéteras, la mayoría de las veces de forma sutil. Pero una violencia que en sus formas más visibles producía abusos de todo tipo, violaciones y muertes.

 

Y cuando ya no aguantamos más empezamos a juntarnos entre nosotras, a enojarnos, a ver qué nos provocaba encontrarnos como iguales, qué cosas compartíamos, qué mandatos recaían sobre nuestros cuerpos y cómo podíamos hacer para ser más fuertes, para volvernos contra la opresión, contra la fuerza que nos imponía la sumisión y el silencio. En esos encuentros nos fuimos dando cuenta que aquello que nos hacía vernos como iguales, lo que compartíamos, era también lo que nos había ordenado, clasificado y normativizado, y la construcción de esas similitudes eran tanto el producto como el proceso de nuestra identificación. Hicimos mucho ruido, nos juntamos, nos enojamos, marchamos juntas, salimos a la calle.

 

Luchamos contra la violencia machista, luchamos por ser libres, por poder hablar, por poder elegir, por poder vivir.

 

Pero hacer eso implicó una reconfiguración de las clasificaciones y de los ordenamientos que se habían producido en otros tiempos. Y llegó un momento que no sólo las mujeres nos habíamos enojado porque nuestros cuerpos habían sido diagramados, encerrados en modelos de princesas y en modelos de buenas madres [aunque algunas seguían sin notarlo y hasta se molestaban con las que lo señalábamos]. El tema es que otros cuerpos también habían sido encerrados y ordenados bajo la forma de la violencia, del abuso, de la guerra, de la opresión y del afán por dirigir y a veces hasta de matar, y esos cuerpos tampoco aguantaban más [aunque algunos no querían dejar ese modelo y estaban dispuestos a luchar por no abandonarlo].

 

Entonces empezamos a encontrarnos en los distintos espacios de resistencia cuerpos desordenados, cuerpos enojados, cuerpos que ya no queríamos ser lo que se suponía que teníamos que ser, cuerpos desorientados, cansados, violentados, pero cuerpos con la potencia del encuentro, con las ganas de cambiar, de desidentificarnos, con la alegría necesaria para ver que cuando nos encontrábamos y nos componíamos podíamos luchar contra la violencia, contra la opresión, contra los abusos, y contra la imposición de unas formas sobre otras, y de unas fuerzas sobre otras fuerzas.

 

Y nos fuimos dando cuenta que quienes nos habían ordenado, clasificado y etiquetado como tales ya no existían, recordábamos caras, palabras, gestos, sensaciones, pero no recordábamos cuándo había empezado ni cómo. Y comprendimos que sin darnos cuenta habíamos sostenido día a día, sobre todo por estar muchas veces aisladas, cansadas y tristes, el juego que habían diagramado otros sin saber que estábamos jugando, y sin saber que las reglas se mantenían al jugar. Pero sobre todo comprendimos que ese era un juego de segmentaciones, de violencia, abusos, dominaciones. Nos habíamos olvidado o no nos habíamos dado cuenta que podíamos dejar de jugar. Pero para dejar de jugar habíamos necesitado encontrarnos, reconocernos, escucharnos. Y entendimos que necesitábamos jugar a otro juego, inventar otro, y que además era imprescindible inventarnos nuevos personajes para jugar, porque los ya conocidos estaban totalmente agotados.

 

*Psicóloga, Docente de la Facultad de Psicología, Magíster en Psicología Social.Se dedica al trabajo en el campo de lo carcelario, con especial énfasis en el trabajo con mujeres privadas de libertad.

 

 

 

 

 

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