"tenemos organizaciones muy dogmáticas y radicales en el discurso y la estética, pero con escaso o nulo trabajo real y concreto"

November 21, 2017

 

 

Hemisferio Izquierdo (HI): ¿Qué crítica/autocrítica se puede hacer sobre las diferentes tradiciones/espacios de izquierda que existen en Chile?

 

Patricio Hernández (PH): Partamos considerando que situaremos en la izquierda a todas aquellas a fuerzas que se proponen algún tipo de transformación político-social que apunte hacia un horizonte de justicia social que supere al modelo neoliberal (considerando como izquierda “revolucionaria” a aquellas que apuestan por el fin del capitalismo y no sólo del neoliberalismo). Lo anterior implica que no consideraremos como izquierda a la Nueva Mayoría (coalición gobernante, ex Concertación de Partidos Por la Democracia), a pesar de que formalmente se la sitúe ahí, pues su actuar desde el retorno a la “democracia” ha estado enfocado a la defensa del neoliberalismo y, ahora, a palear sus efectos sociales manteniendo intactos sus pilares. En este sentido, Chile ha estado gobernado los últimos 27 años por dos derechas: la de origen pinochetista y aquella que negoció para sí la Transición. 

 

Realizada esta consideración inicial, nos quedamos con un campo muy diverso, fragmentado y contradictorio que es la izquierda chilena. Una izquierda que ha logrado mantenerse viva tras la Dictadura y la cooptación, represión e, incluso, las políticas de aniquilamiento (como en los casos del FPMR, MIR-EGP y MAPU-Lautaro) implementadas por la ex Concertación. Y que presenta una serie de falencias sobre las cuales podemos hacer críticas y autocríticas.

 

Si hacemos un mapeo muy general (y quizás un poco injusto) podríamos decir que la izquierda chilena tiene cuatro coordenadas en donde apunta la política y el actuar de las organizaciones que la componen. En primer lugar, tenemos organizaciones (muchas) muy dogmáticas y radicales en el discurso y la estética, pero con escaso o nulo trabajo real y concreto. Son sectas de izquierda, de una cantidad reducida de militantes, que subsisten en el papel o en las redes sociales completamente alejadas del pueblo, llegando en el mejor de los casos a establecer coordinaciones con otras organizaciones de similares características.

 

Por otro lado, tenemos organizaciones similares a las anteriores pero que sí logran cierto crecimiento (sobretodo en los espacios estudiantiles) y están insertas en algún sector o lucha social. Esta izquierda intenta llegar al pueblo pero juega en su contra la carencia de propuestas y el privilegio de las formas por sobre los contenidos, lo que lleva a que prevalezca una política de autoconsumo, es decir, planteamientos, lenguaje, estética, miradas, sólo entendibles y asimilables por el resto de la izquierda ideologizada pero no por los sujetos a los que interesa sumar a la lucha. Se habla de poder popular, de socialismo, movimiento popular, etc. pero como consigna, sin que detrás de eso haya nada concreto en términos de contenido. Esta izquierda ha tenido aciertos e inserción de importancia cuando logra romper la política de autoconsumo, pero la tendencia ha sido la contraria, manteniéndose en los márgenes de la política.

 

En tercer lugar, existe una izquierda inserta en sectores o luchas sociales concretas, especialmente en las luchas por la vivienda, conflictos socioambientales y ciertos sindicatos. Esta izquierda, que sí logra llegar y movilizar a gente de carne y hueso, ha dejado a un costado la política de autoconsumo y la sobreideologización, sin embargo, en ella se vuelven más visibles otros problemas. Dos de los principales son el caudillismo y el clientelismo, sobretodo en las organizaciones territoriales. El clientelismo no construye sujetos conscientes, construye rebaños y, en algunos casos, grandes movilizaciones o numerosas asistencias a ciertas actividades esconden detrás una política clientelar donde se le exige al pueblo lealtad política a cambio de la promesa de resolver alguna carencia social. Esto se acrecienta cuando los caudillos de dichas organizaciones se transforman en candidatos para alguna elección. “Vote por mí para que yo pueda seguir luchando para usted” es la lógica.

 

Por último, tenemos a una izquierda que apuesta por transformar el descontento social existente en alternativa electoral para la realización de cambios desde la institucionalidad, en algunos casos combinándolo con lucha social y en otros no. Esta izquierda (donde hay organizaciones que dicen no ser de izquierda) es hegemonizada por organizaciones y partidos surgidos desde el sector estudiantil universitario, conviviendo con algunas referencias surgidas desde espacios populares. Su discurso enfocado a la “ciudadanía” logra abrirse espacio dentro de los oligopolios comunicacionales, sin embargo, su presencia mediática es mucho mayor a su presencia territorial, la cual es débil y sigue principalmente centrada en las universidades. Es aquí donde situamos al Frente Amplio, el cual es hegemonizado por orgánicas de raíz universitaria y componentes de sectores medios y altos, muchos de las cuales sólo esperan la oportunidad para ser parte de la élite política dominante.

 

Así, tenemos que parte de la constelación de la izquierda tiene un marcado carácter de secta, con políticas de autoconsumo y aislada del pueblo; otra logra tener llegada en ciertos sectores sociales pero tiene la tendencia a caer en el caudillismo y el clientelismo; y otra que, enfocada a lo electoral, logra tener visibilidad mediática pero con una débil construcción en la base; existiendo un sin número de situaciones intermedias o entremezcladas.

 

 

HI: ¿Por qué ejes-problemas transita hoy el debate político estratégico de la izquierda chilena?

 

PH: Hablar sobre lo estratégico es complejo, porque la mayor parte del debate y de las diferencias no versan sobre cuestiones estratégicas. Estratégico quizás sería la discusión sobre la matriz energética del país, la forma en que enfrentaremos la llegada de la Cuarta Revolución Industrial, las distintas opciones para enfrentar al narcotráfico en la fase actual y las por venir. Hoy una parte de la izquierda sigue en el debate sobre las formas de lucha, si es válida o no la lucha electoral o si es válida o no el uso de ciertas formas de violencia. Muchos espacios de confluencia se han autodestruido por estas discusiones, aun cuando las organizaciones hayan tenido más coincidencias que divergencias.

 

En el sector que descarta la lucha electoral, algunos de los debates giran en torno a la participación o no en ciertos espacios institucionales existentes en los territorios (como las Juntas de Vecinos), sobre el carácter de la lucha territorial en relación a la visión clásica de la lucha en los lugares de trabajo, la forma en cómo se aterriza la lucha antipatriarcal en los trabajos sociales, cómo sumar a la lucha a los inmigrantes, cómo levantar la lucha sindical, entre otros. En el campo que está en la arena electoral, principalmente el Frente Amplio, en este contexto de elecciones sus debates se han centrado en su definición o no como conglomerado de izquierda (considerando que dentro hay partidos, como el Liberal, que no se considera de izquierda), en la elaboración de su programa de gobierno (que produjo una serie de discusiones tanto en los contenidos como en la forma en que construyó) y en el debate sobre qué hacer en caso de que no pasen a segunda vuelta: donde se enfrentan quienes sostienen que no apoyarán a la Nueva Mayoría y quienes apuestan por la unidad de todos los factores contra Piñera, muchos de ellos con la esperanza de ser parte del nuevo gobierno en caso de triunfo.

 

Como vemos, son discusiones más bien tácticas. Quizás el caso de la Coordinadora Nacional de Trabajadores No+AFP constituye una excepción en el sentido de que casi toda la izquierda ha sido capaz de confluir (o de estar cercana) en un espacio articulado en torno a una reivindicación que apunta al corazón mismo del modelo: el fin del sistema actual de pensiones. Aquí podemos encontrar una confluencia en el diagnóstico y en las demandas (a pesar de ciertos matices), es decir, en los contenidos; existiendo diferencias en torno a las formas (mayor radicalización o no, cómo radicalizar, como seguir construyendo la Coordinadora en las bases, etc.). Aquí, al existir una demanda, una propuesta y una lucha estratégica, los debates en torno a cómo seguir adelante la pelea sí devienen en estratégicos. Pero esto es la excepción, no la regla.

 

 

HI: ¿Comienzan a haber actores emergentes y nuevos espacios de politización? ¿De qué manera impacta el recientemente creado Frente Amplio en la política chilena y qué potencia es capaz de despelgar?

 

PH: En la última década ha existido una reactivación incipiente del campo popular que ha visto surgir nuevos actores y resurgir viejos actores bajo nuevas formas. Desde el 2006 (con antecedentes importantes el 2001) el movimiento estudiantil secundario se ha posicionado como un actor relevante; las comunidades afectadas por la contaminación y el saqueo ambiental han surgido como nuevos actores (Freirina, Caimanes, Til Til, Coronel, Isla de Maipo, etc.) al igual que los movilizaciones regionales (Magallanes, Aysén, Calama, Chiloé, entre otros); la lucha sindical también está recuperando su capacidad de combate; las luchas antipatriarcales también surgen como un espacio de profundo cuestionamiento y politización; a lo que debemos sumar la lucha del pueblo-nación mapuche que cuenta con sus propias lógicas y dinámicas y que hoy en día representa en principal foco de lucha contra el Estado y el capitalismo en este país.

 

En el caso del Frente Amplio su impacto principal ha sido el de evidenciar el agotamiento de los bloques políticos existentes en el marco de una profunda crisis de legitimidad de los partidos y la política en general, poniendo en primer plano la necesidad de la construcción de referentes alternativos.

 

La potencialidad real del Frente Amplio recién se verá cuando pasen las elecciones y como quede distribuido el peso electoral y la posible bancada parlamentaria. En ese sentido, el futuro para el Frente Amplio y sobre todo para sus posiciones más a la izquierda es poco auspicioso por varios motivos. Primero, porque se demostró que ningún movimiento del Frente Amplio tiene un peso decisivo en ningún movimiento social importante. Ni siquiera el Frente Amplio en su conjunto. Segundo, la apuesta electoral está al borde de un fracaso estrepitoso pues la decisión de no pronunciarse a la espera de un proceso programático participativo hizo que mucha gente no viera claridades en el referente. Tercero, el fracaso también va por la decisión de desprenderse de la imagen tradicional de la izquierda, lo que lo llevo a acercarse a la imagen de la Nueva Mayoría y no ha sido capaz de quitarle parte importante de su piso de votos. Y Cuarto, la bancada parlamentaria pensada en un momento entre 14 y 20 diputados hoy se está pensando sólo entre 6 y 10 con posibilidades y casi todos provenientes de los sectores liberales o centroliberales.

 

En este escenario, después de las elecciones se puede producir un éxodo de los sectores de izquierda o una permanencia supeditada al poder de los sectores socialdemócratas y liberales. La potencialidad que podría tener el Frente Amplio es poder desarrollar un plan de lucha en torno al programa diseñado y poder aprovechar la masa de independientes frenteamplistas que se han acercado en torno al proceso.

 

*Patricio Hernández es politólogo chileno.

 

 

Notas

1. La entrevista fue realizada antes de las elecciones presidenciales chilenas del pasado domingo.

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