"Nos encontramos en una época en donde podemos estar más allá del Estado y sus instituciones, pero no del mercado". Jaime Ortega Reyna sobre las izquierdas mexicanas

November 21, 2017

 

Hemisferio Izquierdo: En este número de HI, la izquierda al diván, queremos repensarnos como sujetos políticos. Nos interesa hacer un recorrido por el mundo de las izquierdas y que no se salve nadie de la crítica y la autocrítica. ¿Qué crítica/autocrítica se puede hacer sobre las diferentes tradiciones/espacios de izquierda que existen en México?

 

Jaime Ortega (JO): No quisiera iniciar con la clásica diferenciación entre las múltiples izquierdas, que existen tanto a nivel nacional como internacional. Creo que más allá de las minucias hay una acepción general: aquellas corrientes que se plantean los problemas de la emancipación al seno de la sociedad capitalista. La emancipación tiene distintos niveles, no es un proceso lineal, está lleno de pliegues y recovecos, las izquierdas intervienen en ellos según sus propósitos y posibilidades en la coyuntura: ganando derechos, impulsando la reforma intelectual, recuperando soberanía sobre la producción/consumo, alentando formas nuevas de sociabilidad, etc. No hay una sola actitud para una sola izquierda, menos aún en el momento de universalización de la relación de capital sobre los mundos de la vida. Respecto a la izquierda en México comenzaría por una crítica general, histórica podríamos decir, del comportamiento de la izquierda mexicana: creo que quien captó un cierto tono en su accionar ha sido Bruno Bosteels en su Marx y Freud en América Latina, en donde plantea el tono melodramático que asume el discurso de esta corriente. Me refiero a este tono discursivo que plantea la repetida derrota de los conjuntos sociales frente a un Estado todopoderoso, como fue aquel que nació de la revolución mexicana.

 

Pensemos en las fechas simbólicas de la movilización o en los momentos de recuperación de la memoria, en donde aparece una extraña fascinación por la derrota y el fracaso: la muerte de Zapata el 10 de abril, las masacres del 2 de octubre y del 10 de junio, el año 1988 o el año 2006 como los momentos en donde el fraude irrumpió. Contrastan estos símbolos con la ausencia de otros, por que la militancia de izquierda no politice una fecha como el 6 de diciembre, en donde los ejércitos de Villa y Zapata irrumpen en la ciudad burguesa, en donde las irrupciones ferrocarrileras de 1957 o de los electricistas a mediados de los setenta no tengan un referente en la memoria. Este tono de elogio de la derrota persiste hasta nuestros días. La tonalidad es la de derrota de una frágil sociedad civil frente a un Estado-ogro, un conjunto de buenos derrotados frente a los malos y perversos. El elogio de la impotencia política, que, por ejemplo, hace unos años John Holloway popularizó. Cuando se le plantea así no se pone en el orden del día las relaciones de fuerza, ni tampoco las capacidad de articulación logradas, la acumulación de experiencia o la evaluación clara de los errores cometidos. La insuficiencia de capacidad de construcción de alternativas y de concreción de hegemonías alternativas es omitida y en su lugar se construye un gran relato del Estado todopoderoso conducido por gente maligna. Esto sería por la crítica histórica del despliegue de una fuerza que socialmente ha sido débil, aunque culturalmente ha tenido relevancia a través del siglo XX.

 

Ahora bien, pensemos en nuestros días, ese momento autocrítico necesario. La principal autocrítica es que la izquierda dejó que el país se fuera por un precipicio. Fue incapaz de detener ese proceso de desgaste institucional y social que nos tiene sumergidos en la espiral de violencia sin freno y de corrupción generalizada que nos amenaza todos los días. El orden del mercado ha sido el desorden absoluto de la nación. Los órganos del cuerpo social, pero también sus poros, se encuentran saturados por la corrupción, la degradación y la violencia. Este proceso no ha sido gratuito, ha tenido como premisa la fragmentación de las izquierdas y por supuesto el cinismo de la oligarquía, pero de ella no hablaremos pues está jugando su papel, el problema es ¿cuál es el nuestro? Por un lado una izquierda institucional, que acepta las reglas del juego del poder existente, en cuyo interior se debatieron hasta hace poco las opciones socialdemócratas y nacional-revolucionarias. Esta segunda, la “soberanista” se ha quedado sola, pues la otra ha sucumbido ante el canto de las sirenas del poder, es decir los socialdemócratas han preferido quedarse con su minúscula fuerza electoral, producto del pacto con las élites, en lugar de disputarles el sentido del país. Es sabida la historia que muchos de quienes protagonizan este debate vienen de las entrañas del PRI, es decir, han sido educados políticamente en una escuela en donde la construcción de clientela suplanta la articulación hegemónica y los intentos de reforma intelectual. Por otro lado tenemos una izquierda autonomista que ha planteado problemas importantes, como la organización territorial y la capacidad del “indígena” para mostrar “la parte de los que no tienen parte”. También ha colocado el debate más allá del Estado. Sin embargo omite que nos encontramos en una época en donde podemos estar más allá del Estado y sus instituciones, pero no del mercado. Y que este último elemento nos totaliza como sociedad, es decir, nos incumbe de forma necesaria. Mientras la autonomía se reproduce molecularmente, el neoliberalismo arrasa con el resto de los espacios no convocados por ella.

 

Finalmente diría que el sistema político, a pesar de todo, sigue siendo deudor de cierta impronta construida en los años treinta. Para decirlo claro, este país sólo se mueve sexenalmente. Los “soberanistas” con López Obrador a la cabeza o los autonomistas bajo la hegemonía del EZLN dentro del CNI sólo pueden convocar a sus fuerzas para intervenir en el periodo electoral. Esto nos coloca también en la posibilidad de la emergencia de una tercera fuerza, que desestabilice esta dualidad que viene jugando desde el año 2000. Nos referimos a la emergencia de una fuerza que logre aceptar la necesidad de la democracia y de la construcción hegemónica sin necesidad de recurrir a las viejas estructuras y figuras del priísmo. Esa tercera fuerza ha tenido atisbos de surgimiento, particularmente entre los jóvenes, sin embargo ha sido incapaz de aprovechar el sedimento organizativo previo y no ha logrado construir sus instrumentos políticos: es esta una autocrítica que tenemos que hacernos para encarar el 2018. Ello en parte porque el binomio (soberanistas y autonomistas) siguen generando un polo de atracción muy fuerte, es necesario destrabar esta situación para poder avanzar. En tanto nuestro tablero siga organizado de la misma manera, como decía José Gandarilla, nuestra “reforma o revolución” seguirán siendo tan solo dos grandes y congestionadas avenidas.

 

Desde la revista Memoria, pretendemos contribuir a la formulación de esta opción que permita destrabar el tablero. Por supuesto que Memoria es apenas un susurro que sugiere algunos caminos o posibilidades, en medio de un gran coro que busca construir opciones políticas de avanzada. El 2018 será importante para el grupo que articula la revista Memoria, hoy con la compañera Elvira Concheiro a la cabeza, pues se juega la posibilidad de crear una corriente de opinión que salga de los dos “posibilismos” en los que estamos enfrascados.

 

 

HI: Parece que actualmente la izquierda regional en sus orgánicas políticas, o bien es la pata subalterna de una alianza policlasista que empieza a tensionarse con el fin de la bonanza económica de la última década, o bien ocupa un espacio marginal del tablero político (la llamada “izquierda radical”), configurando un escenario nada prometedor. ¿Comparte este diagnóstico? ¿De qué forma se puede destrabar esta situación?

 

JO: Lo comparto, pero lo matizaría. Creo que distinguiendo los casos podríamos ver como la izquierda no fue siempre subalterna, sino también ocupó espacio de centralidad. Me refiero a las experiencias de Ecuador, Bolivia o Venezuela. Creo que la izquierda ahí es o fue central. Su intervención en la esfera de la redistribución creó un efecto paradójico: ensanchó la esfera del consumo hacia sectores antes vedados de eél, lo cual con el desgaste de los años ha transformado a sectores en un polo opositor. En otras experiencias efectivamente ha sido subalterna y ha cedido demasiado de su programa y de las expectativas.

 

El diagnóstico regional no es halagador, efectivamente. La ola de una nueva derecha en el poder, fuera del tiempo histórico del mundo, es la muestra de las insuficiencias del programa progresista, aún ahí donde la izquierda ha dirigido la alianza a la que se refieren y con mayor razón donde ha sido subalterna. La esperanza para recomponer la situación regional se encuentra en los dos principales enclaves del conservadurismo: México y Colombia. En ambos casos la izquierda tiene posibilidad de triunfar, pero a costa de ser nuevamente esa “pata izquierda” de proyectos de modernización, solo que en este caso de acuerdo con el tiempo histórico: un poco de soberanía, un poco de intervención estatal, etc.

 

¿Cómo destrabar esta situación? Me atrevería a decir que ello no depende ni de la centralidad de la izquierda ni de su posición subalterna. Recordando un frase de Luis Hernández Navarro que invoco con frecuencia: el tiempo es de los pueblos pero el reloj es el del poder. En otras palabras, el problema se sigue jugando en el reloj del poder, es decir, en los resortes de la economía-mundo. Me temo que ahí la izquierda no juega papel relevante o al menos no un amenaza real. Ni los tan celebrados Nuit debout, o antes Occupy Wall Street, o los indignados en su momento son una posibilidad política real. La celebración que de ellos hacen los intelectuales del norte global que leemos ávidamente (Zizek o Buck-Morss), contrasta mucho con su escasa efectividad política, es como si las izquierdas europeas sólo pudieran aspirar a lo lúdico y festivo. Todo ello nos condiciona de manera férrea. Lo que pienso es que la izquierda latinoamericana tiene que entender esta situación para repensar su programa: el “soberanismo” del progresismo es necesario, pero insuficiente y no lo dejará de ser hasta que rompamos con el reloj del poder. Y si el “soberanismo” o el progresismo es insuficiente, entonces lo mejor que podemos hacer es llevarlo hasta sus últimas consecuencias.

 

 

HI: ¿Visualiza un proceso de agotamiento en la actual configuración política en las izquierdas? De la mano de esto, ¿comienzan a haber actores emergentes y nuevos espacios de politización?

 

JO: Desde mi punto de vista –y esto lo estamos tratando de sistematizar con el compañero Victor Hugo Pacheco- en América Latina se han configurado en las primeras dos décadas del siglo XXI dos tendencias que han comenzado a agotarse. Por un lado la “populista” y por el otro la autonomista. El trazo de ambas es más o menos conocida: la “populista” convoca a la conformación de un sujeto policlasista, que logra articular sus múltiples demandas específicas a partir de algunas que logran construir cierta hegemonía social, deviniendo por distintas vetas experiencia de administración y gobierno, promoviendo una profunda reforma intelectual de la sociedad por la vía de la conquista plena de ciudadanía. La segunda es la tiene su corazón en torno a la experiencia zapatista, la asamblearia pos-2001 en Argentina y que ha insistido mucho en el tema del despojo capitalista, aún en controversia con los gobiernos que se asumen de izquierda y progresistas. Está claro también que la primera apostó en gran medida a los formatos democráticos pre-existentes e intento operar desde las esferas de la estatalidad y los gobiernos una revolución cultural; en tanto que la segunda renunció o nunca optó por las formas hegemónicas y rechazó siempre cualquier vinculación tanto con los formas democráticas existentes como con aventuras de aprendizaje y error en la administración del Estado y la función de gobierno.

 

Con el ya mencionado Victor Hugo Pacheco queremos comprender los límites de ambas experiencias. Pensamos que por el lado del “populismo” se gesta una experiencia que se centra en lo político, en el devenir hegemónico y en la capacidad de articulación. El Estado y el gobierno juegan papeles centrales. Uno de sus límites –el que nosotros al menos señalamos- es su incapacidad para reordenar el mecanismo mercantil que gobierna gran parte de la vida social. La economía es vista aún como una variable independiente, sobre la cual no se puede intervenir. Ahí el fracaso de la reforma intelectual del progresismo contemporáneo: no lograr desmercantilizar los mundos de la vida o hacerlo débilmente. El autonomismo apela más bien a la construcción “desde abajo”, es decir desde la reproducción de la vida. Su límite es evidente: en tiempos neoliberales y de despojo su acción ha sido limitada. Si existen experiencias de desmercantilización es importante potenciarlas y es a partir del Estado donde se puede hacer, tema que el autonomismo reduce siempre a una maquinaria dispuesta ahí para la represión, obviando la dinámica relacional de la estatalidad moderna. Aquí sugiero siempre recordar a Aníbal Quijano, quien en un texto publicado a finales de los años ochenta insiste en que la opción debe construirse no a través de la dicotomía Estado-mercado, sino a través de la de “público no-estatal” y “privado-social”. Creo que parte de las posibilidades de un cambio en los espacios de politización con respecto a los ya agotados, es que logremos virar en el campo de la teoría. Aquí, como escribió Althusser, las palabras no son banales, ellas pueden ser explosivos o calmantes en la lucha política.

 

 

* Jaime Ortega Reyna es integrante del comité de la revista Memoria y fundador del podcast Tiempos equívocos: la teoría crítica desde los márgenes.

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