"Creo que todos los procesos revolucionarios, los triunfantes como los que no alcanzaron la toma del poder, ratifican que pensar la revolución implica resolver el problema del poder". Entrevista a Valeria Ianni*

October 23, 2017

 

 

Hemisferio Izquierdo (HI): Dada la importante división histórica del movimiento socialista a partir de los posicionamientos sobre la primera guerra mundial y la revolución rusa, ¿qué queda vigente y qué habría que revisar de esas divisiones contemplando las actuales circunstancias de la lucha de clases? particularmente ¿qué es lo que divide en la actualidad a reformistas y revolucionarios?

 

Valeria Ianni (VI): En primer lugar, me gustaría agradecer la iniciativa de este intercambio y la invitación a la participación en debates que sin duda nos atraviesan a todos y todas las que estamos convencidas de la necesidad de una transformación de raíz de esta sociedad.

 

Yendo a la pregunta, me parece que sería importante clarificar algunas dimensiones que sin duda están relacionadas en ella, pero que a mi juicio requieren cierta delimitación. ¿A qué me refiero? En un sentido conceptual, la división entre “reformistas” y “revolucionarios” remite a un posicionamiento fundamental ante el sistema capitalista. El uso polémico y peyorativo de “reformismo”, o la auto-atribución del concepto de revolucionario ha llevado a banalizar o a enturbiar las diferencias de fondo que subyacen entre ambas concepciones y estrategias: reforma o revolución. La cuestión que marca la divisoria es el proyecto estratégico, inescindible de determinada concepción crítica del orden social capitalista. En este punto (gracias a los estudios de Marx en El Capital y a tantos otros que los continuaron y continúan y gracias también al propio despliegue del capitalismo a nivel planetario), está claro que el capital es necesariamente un modo de producción basado en la explotación creciente de las más amplias masas, en la alienación de las mayorías y en el uso destructivo del medio ambiente. Enfatizo el “necesariamente” porque allí radica el clivaje entre reforma y revolución. Si consideramos que hay un capitalismo que puede ser “racional”, “ordenado” e incluso “humano”, el camino que nos trazamos se orienta en un sentido de posibles reformas, de cambio gradual. Si por el contrario, partimos de reconocer que es la esencia misma del capitalismo generar los niveles de desigualdad y violencia que provoca a escala ampliada, el camino es sustancialmente diferente. Desde esa acepción más general y abstracta de la divisoria, la vigencia de la distinción retiene toda su actualidad.

 

No obstante, creo que si algo caracterizó al “siglo corto” que nació con la propia revolución Soviética y que se intensificó en la segunda posguerra (muy claramente en Nuestra América desde la revolución cubana), es que la cuestión de la revolución era un problema no sólo teóricamente vigente, sino políticamente actual. La resolución por parte del capitalismo y el imperialismo de la aguda lucha de clases en el marco de la crisis del capital a mediados de los ’70, consiguió infligir una derrota muy importante; a través del genocidio, del terrorismo, de la aniquilación consiguieron desarticular una larga experiencia revolucionaria y sobre todo, correr del horizonte inmediato la confrontación por el poder. Esta situación, objetiva y subjetiva, hace que la distinción actual entre quienes apuestan a reformar el capitalismo y quienes peleamos por destruirlo no tenga la nitidez que adoptó (y adoptará) en momentos agudos de confrontación. Desde esa perspectiva, no está de más recordar algunos principios fundamentales del materialismo histórico. Como somos materialistas, sabemos que el peligro de caer en la adaptación, en el posibilismo, en la elección del mal menor son presiones que existen y que son potenciadas por las propias circunstancias de debilidad de las fuerzas revolucionarias a nivel mundial.


Sin embargo, todo lo que existe se mueve, y mientras haya clases, habrá lucha. Por tanto, es parte de nuestra tarea construir ese sujeto colectivo capaz de tomar la vida y la historia como tarea humana, como praxis. Pero así como la fuerza de lo que existe empuja a no superar el reformismo, una orientación verdaderamente revolucionaria sólo puede ser aquella que logra incidir en la lucha de clases y que no se contenta con la pureza del pensamiento “revolucionario” a salvo de las contradicciones… y de las masas. El dogma para autoconsumo de pequeñas sectas es la contracara y no la superación de las inmensas dificultades que supone plantearse un objetivo socialista en este siglo XXI.

 

 

HI: La revolución rusa desplegó en todas sus contradicciones el problema del poder para la izquierda. Desde esa perspectiva ¿qué enseñanzas dejó la gesta soviética? ¿cómo debería una estrategia socialista lidiar con el problema del poder?

 

VI: Creo que hay una enseñanza fundamental de la gesta soviética que décadas de prédica contrarrevolucionaria han llegado a transformar en un problema difícil de visualizar incluso para muchos sectores revolucionarios. Esa enseñanza es la necesidad imperiosa de la organización, y no cualquier tipo de organización, sino de “partido” como elemento irremplazable para que el “arte” de combinar el elemento disciplinado, consciente, cohesionado con las más amplias masas de explotados/as y oprimidos/as pueda desplegarse. La metáfora del “ferrocarril a vapor” de Trotsky acerca de esta relación entre partido, clase y masas en una situación de revolución, retiene toda su vigencia. Como parte de esa experiencia, creo que otra enseñanza fundamental a extraer es la necesidad de apropiarnos de esa verdadera arma revolucionaria que es la teoría revolucionaria en movimiento, en particular, el método dialéctico para pensar los problemas de manera concreta, para reconocer matices, para crear oportunidades. Esa combinación de claridad estratégica y flexibilidad táctica, que evita tanto la autocomplacencia como el oportunismo; la confianza en el pueblo, en el rol creativo de los y las trabajadoras puestas en revolución, son enseñanzas que pueden rastrearse en los múltiples momentos de la revolución. El desarme organizativo y el desarme ideológico han sido verdaderos obstáculos (conscientemente promovidos por el enemigo, por otra parte) para poder plantearnos el camino de una acumulación de fuerza revolucionaria.

 

Pero además de la fase heroica, hay que extraer enseñanzas de toda la evolución posterior del proceso. Las fases de auge y repliegue de la actividad política por parte de las masas como dinámica que sigue presente luego de la toma del poder, la complejidad de la construcción de un Estado de nuevo tipo, el enorme desafío de avanzar en la transición hacia formas de socialismo, las dificultades de la construcción de una nueva subjetividad capaz de ir prefigurando la sociedad comunista, así como el desarrollo desacompasado de la lucha de clases a nivel internacional, son elementos que sólo la experiencia histórica de la primera revolución socialista triunfante pudo sacar a la luz. Y por supuesto, también, el problema de la burocratización de la herramienta partidaria como una tensión real que debemos asumir a la hora de plantearnos una estrategia de poder. El carácter colectivo de las direcciones, una política sistemática de formación de cuadros, así como la práctica vívida de la democracia y del centralismo, son acumulados de la clase trabajadora sobre los que debemos apoyarnos para avanzar.

 

Siendo fundamental, el balance y la experiencia de la revolución de octubre no agotan en absoluto todas las contradicciones del problema del poder. Básicamente, porque la lucha de clases no se detuvo. Debemos nutrirnos de todas las revoluciones, sin hacer un recorte a la medida de nuestras propias afinidades políticas. Y esto significa estudiar de forma no sectaria la revolución china, coreana, vietnamita, argelina y todo el crisol de experiencias revolucionarias en particular de Nuestra América.

 

Finalmente, pero no menos importante, me parece que ninguna organización se puede plantear seriamente la cuestión de la revolución y el poder sin caracterizar a fondo y con sutileza el tiempo y el espacio en el que actúa. Y esto significa no sólo estudiar las fuerzas propias, sino conocer al enemigo. El hecho de que este punto sea uno de los menos abordados por la izquierda y por los y las marxistas es un índice de las dificultades que tenemos para emprender un camino de construcción de poder para tomar el poder. Que al decir de Fidel no es más que conquistar el derecho a empezar la revolución.

 

Retomo entonces la pregunta, para cerrar. Creo que todos los procesos revolucionarios, los triunfantes como los que no alcanzaron la toma del poder, ratifican que pensar la revolución implica resolver el problema del poder. Poder económico pero también político, militar, ideológico. Este es un problema histórico que no se soluciona de una vez y para siempre, porque el enemigo también aprende y busca evitar que situaciones que le fueron desfavorables se repitan. Si bien la reflexión teórica es una pata ineludible, no resuelve por sí sola la cuestión de la fuerza material y moral sin la cual la revolución no es más que una expresión de deseo. En esta etapa del capitalismo, donde la tendencia a la fragmentación y a la dispersión se ven exacerbadas, creo que la identificación del problema y la concentración de los esfuerzos militantes por resolverlo es un buen comienzo. En definitiva, de lo que se trata es de volver enriquecidas/os de la amplia experiencia histórica a pensar como sujeto colectivo ese trabajo, específicamente humano como el que más, de reapropiarnos de nuestras propias fuerzas, de construir un futuro que eche al basurero de la historia estos largos milenios de explotación y opresión.

 

 

* Valeria Ianni es historiadora, militante del Frente Único Izquierda Revolucionaria - O. P. Hombre Nuevo (Argentina).

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