“El debate sobre el carácter de la revolución de octubre y sobre la URSS en general parte de un análisis nacional que no puede dar cuenta de su contenido mundial”. Entrevista a Juan Kornblihtt y Fernando Dachevsky*

October 23, 2017

 

Hemisferio Izquierdo (HI): Dada la importante división histórica del movimiento socialista a partir de los posicionamientos sobre la primera guerra mundial y la revolución rusa, ¿qué queda vigente y qué habría que revisar de esas divisiones contemplando las actuales circunstancias de la lucha de clases? particularmente ¿qué es lo que divide en la actualidad a reformistas y revolucionarios?

 

Juan Kornblihtt y Fernando Dachevsky (JK/FD): Enfrentarnos a la controversia entre reforma y revolución implica remitirnos a lo que ésta expresó originalmente. No se puede pensar la disputa entre reformistas y revolucionarios en abstracción del curso político que siguieron estas perspectivas. Es decir, no se puede plantear el asunto como si se tratara de una polémica intelectual sin dar cuenta del curso seguido por las expresiones políticas reformistas, la socialdemocracia europea, y de aquellos que efectivamente personificaron gobiernos revolucionarios. Es decir, los partidos comunistas.

 

El desarrollo histórico de la socialdemocracia europea y los partidos comunistas nos muestra que el debate reforma o revolución sirvió de base de experiencias radicalmente distintas, pero que conforme avanzó el siglo XX fueron virando hacia posiciones cada vez menos contrapuestas, donde los partidos comunistas fueron acercándose a posiciones reformistas y la socialdemocracia fue borrando de sus programas toda perspectiva general relativa a la superación del modo de producción capitalista.

 

El derrotero de estas experiencias demanda para la acción política un análisis crítico de las mismas que, hoy, siguen atravesando los programas políticos de las organizaciones obreras. Pero esta crítica no puede detenerse en la sencillez de identificar debilidades abstractamente subjetivas detrás de cada programa. Si nos detuviéramos en este punto parecería ser que la potencia revolucionaria de la clase obrera depende de que, producto del azar, surja una conciencia capaz de darse cuenta de la agenda correcta a seguir. La cuestión entonces es poder explicar de dónde surge la conciencia revolucionaria. Es decir, de explicar qué potencia tiene la acción de la clase obrera en el modo de producción capitalista.

 

Aunque esta acción aparezca muchas veces representada como si fuera el resultado de una intervención exterior, lo cierto es que el capital determina a la clase obrera como un sujeto que debe actuar políticamente para poder reproducirse en términos normales. En el modo de producción capitalista, la clase obrera constantemente se ve forzada a actuar políticamente para defender el valor de su fuerza de trabajo. En una sociedad donde de manera permanente se genera una masa de población obrera sobrante, la venta de trabajo por su valor demanda de una acción política que imponga sus condiciones por la fuerza.

 

En su acción política, el obrero afirma entonces una relación social enajenada al capital. No se desarrolla fuera del capital, sino que es forma concreta de su desarrollo. Sin embargo, la acción política obrera no se reduce a un mecanismo automático de regulación de la venta de la fuerza de trabajo, sino que implica un enfrentamiento en el cual ésta adquiere un contenido transformador. La lucha por la defensa del valor de la fuerza de trabajo pone a los productores frente a un orden de cosas que cuestiona su reproducción normal y por lo tanto no puede sino ser cuestionado. El problema es conocer las potencias específicas de este cuestionamiento. Aunque en determinado momento este cuestionamiento no traspase la condena moral, es síntoma de una contradicción en el modo en que se realiza la unidad de la producción social, que necesita ser superada. La necesidad de esa superación se explica porque al mismo tiempo que el capital coloca a la clase obrera en la necesidad de cuestionarse las consecuencias del modo privado con que se apropia el producto social, la desarrolla con atributos subjetivos necesarios para un modo de organización que trascienda la forma actual. Esa acción tiene como momento necesario a la eliminación de la clase capitalista y la centralización del capital por el Estado, pero su desarrollo tiene como base a la socialización y el control científico de la producción.

 

Este problema nos lleva a tener que avanzar en conocer las determinaciones específicas de esta sociedad que hacen a la acción política revolucionaria. Sin embargo, tanto el programa llamado revolucionario como el reformista no avanzan en este sentido y se detienen en la apariencia de que lo que está en juego es una disputa puramente ideológica. Del lado llamado revolucionario, la cuestión se redujo a que la potencia revolucionaria de la clase obrera se deriva del hecho de que las condiciones objetivas para la revolución ya fueron alcanzadas y lo que sigue se dirime, por lo tanto, en una disputa de ideas. Se dirá que el modo de producción capitalista ya dio todo lo que podía dar en términos de progreso de las fuerzas productivas y que lo que queda es la disyuntiva entre socialismo o barbarie capitalista. ¿Pero qué es esa barbarie capitalista en un marco en el que ya no se desarrollarían las fuerzas productivas? ¿Puede el capitalismo seguir existiendo sin desarrollar la extracción de plusvalía relativa? ¿Puede desarrollarse la apropiación de plusvalor relativo sin desarrollar las fuerzas productivas? La denominada perspectiva revolucionaria se escapa a estos interrogantes refugiándose en llamamientos a una acción que no puede explicar. La subjetividad revolucionaria le aparece entonces no siendo una potencia que desarrolla la clase obrera sino algo que depende exclusivamente de la abstracta precisión que pueda tener un llamamiento exterior. Esta perspectiva tuvo distintas formas a lo largo del siglo XX, pero en todos los casos terminó llegando a un punto en el que tuvo que explicar por qué aquello que se proponía no se logró. En ese punto, el marxismo revolucionario no puede sino buscar los problemas allí donde buscaba las soluciones: en el plano de la conciencia abstractamente libre. Esto es, la falta de un programa adecuado, la falta de disposición revolucionaria de la dirección, etc. En todos los casos la falta de una conciencia revolucionaria se explica en sí misma.

 

Aunque opuestos en la lucha inmediata, el marxismo reformista reprodujo un enfoque similar donde la acción revolucionaria no es una potencia del proceso de socialización del trabajo y el control científico de la producción, sino que estos procesos son dados por supuestos como si operasen a espaldas de la acción de la clase obrera y donde ésta se termina reduciéndose a una lucha moral por mantener las instituciones democráticas. Luego, como incluso en los casos más fundamentados, la socialización de la producción no es más que un telón de fondo, estas corrientes no tardaron en directamente suprimir la perspectiva socialista de sus programas reduciendo la cuestión a una mera disputa por mantener las formas democráticas. Donde la propia organización política ya no se reconoce en la lucha de clases sino en una aparente lucha entre sujetos con mayor o menor compromiso democrático.

 

Tanto la perspectiva reformista como la revolucionaria parten de representarse a la acción política de manera exterior a la organización social de la producción y terminan vaciándola de toda potencia específica. Por lo tanto, de lo que se trata no es de regodearse en la propia capacidad de refutar programas políticos, sino de conocer las potencias con que el capital determina a la clase obrera como sujeto revolucionario. Ese conocimiento no puede ser indiferente a las formas concretas que se desplegaron en el siglo XX. Tanto el programa reformista como el revolucionario mostraron durante el siglo XX la capacidad de personificar políticamente distintas formas nacionales de acumulación de capital. En los dos casos, las organizaciones políticas llamadas reformistas como los partidos comunistas se presentaron originalmente como la vía necesaria para dirigir a la clase obrera en su desarrollo como sujeto revolucionario. Pero ambas expresiones políticas terminaron mostrando su impotencia y personificando, sobre todo desde la década de 1980, el retroceso de la clase obrera y el ataque a sus condiciones de vida.

 

El fracaso de las llamadas experiencias socialistas no quita actualidad a la perspectiva revolucionaria en tanto perspectiva que dé cuenta de la necesidad general de la clase obrera de desarrollarse como un sujeto político antagónico a la clase capitalista. Así como la acción política de la clase obrera no puede darle la espalda al Estado, debe retomar las experiencias donde dicha acción logró la centralización estatal del capital. Pero al mismo tiempo, debe superar las apariencias ideológicas que emergieron de la impotencia histórica de esas experiencias y explicar aquellas determinaciones específicas que mostró la acumulación de capital en los llamados países socialistas.

 

 

HI: La revolución rusa desplegó en todas sus contradicciones el problema del poder para la izquierda. Desde esa perspectiva ¿qué enseñanzas dejó la gesta soviética? ¿cómo debería una estrategia socialista lidiar con el problema del poder?

 

JK/FD: Más allá de las diferencias, el debate sobre el carácter de la revolución de octubre y sobre la URSS en general parte de un análisis nacional que no puede dar cuenta de su contenido mundial, como si cada país fuese un capitalismo en sí mismo yuxtapuestos uno a otro y no parte de una unidad. La acción política tendría por lo tanto la posibilidad de transformar el modo de producción en un país. Ya sea que se caracterice a la URSS como el socialismo realizado, como un Estado obrero u obrero deformado, un Estado burocrático o incluso un capitalismo de Estado, la revolución es explicada como un proceso nacional que se ve condicionado en forma externa por el resto del mundo.

 

En cuanto se reconoce que el Estado y la nación son la forma que toma una relación social a través del valor que tiene un carácter mundial, el análisis de la revolución rusa cambia por completo. La revolución aparece en forma directa vinculada a la primera guerra mundial, es decir una forma de la competencia capitalista. El primer proceso de expropiación de capital y la reforma agraria se expresan en una fuerte intervención estatal por el comunismo de guerra. Pero terminada, la NEP pone otra vez al capital privado extranjero y el capital y terratenientes agrarios nacionales en una relación signada por la relación a través de las mercancías. La industrialización acelerada y la colectivización forzosa son respuesta a la imposibilidad de sostener a la industria por la caída de los precios agrarios y petroleros internacionales y las bajas en las exportaciones, proceso marcado por la crisis mundial del ‘30. La industrialización de la década posterior se realiza con capital extranjero (con gran peso del estadounidense) a través de concesiones directas y/o con compra de empresas llave en mano que requieren de exportaciones y divisas. Todo el aumento de productividad entonces responde a la búsqueda de sostenerse en la competencia mundial. De hecho, el sentido de la industrialización está puesto ya desde el ‘30 en perspectiva de una futura guerra con plantas adaptadas para cambiarse a la producción de armas. Por espacio, no podemos avanzar más allá de esto, pero ya el sentido de la revolución se muestra como una acción estatal regida por la unidad mundial a través de la búsqueda de aumentar la plusvalía relativa que se expresa en la necesidad de reproducirse comprando y vendiendo en el mercado mundial.

 

Visto desde la unidad mundial en esta hiper estilizada y resumida descripción vemos que no podemos pensar a la URSS desde su forma nacional perdiendo de vista el contenido mundial de la acumulación de capital. Solo viendo todos estos fenómenos como cuestiones externas que afectan el desarrollo nacional es que se puede pensar a la URSS como la negación del capital. Solo una mirada abstraída del capital como mundial puede otorgársele una supuesta mayor o menor autonomía por el hecho de haber eliminado a la burguesía. Pero incluso si avanzamos en el análisis interno de las relaciones dentro de la URSS observamos que esta determinación no se trata solo de un trabajo socializado hacia adentro que toma forma privada hacia afuera. Dentro de la URSS, el vínculo social no se da en forma directa sino a través de las mercancías y el dominio estatal. La acción política no es por una coordinación directa sino entre personificaciones de mercancías. De hecho se presenta como dictadura del proletariado en tanto se trata de vendedores de fuerza de trabajo. En los momentos de guerra, la asignación laboral aparece forzada, pero luego existe movilidad y diferencias salariales acordes al valor de las respectivas fuerzas de trabajo. El avance del Estado remite a una forma de organización de la producción que no es directa. La planificación estatal se encuentra no sólo determinada por el carácter mercantil hacia afuera del país que lo determina en su aspecto más general, sino en la imposibilidad de establecer una relación directa entre el plan estatal y la realización del mismo que termina expresándose en la necesidad de utilizar la moneda y los precios como reguladores, incluso más allá de la reproducción de la fuerza de trabajo. Hasta Stalin en su apología de la URSS como socialismo realizado reconoce que rige el valor. Este carácter hace que tanto por la determinación mundial como por la forma hacia adentro nos encontremos con que la necesidad de aumentar la productividad no está en un abstracto bien común sino regida por la búsqueda de aumentar la plusvalía relativa.

 

Frente a este carácter de la URSS aparece, por un lado, el aumento de la productividad y el avance en la universalización de la clase obrera con la conquista de educación, salud y mejora en las condiciones de vida de millones de hombres y mujeres y, por el otro, la represión y la eliminación de población sobrante. La separación en cosas buenas y malas de dos formas inseparables del desarrollo del capital sólo puede ser resultado de una conciencia incapaz de reconocerse en su propia enajenación y que, por tanto, avanza sobre la base de representarse como un individuo que elige lo bueno por sobre lo malo. Esta mirada reduce el análisis de la URSS en una tarea ideológica o peor aun en la base para una utopía. Al hacerlo pierde toda potencia para la acción actual. El marxismo durante la URSS se constituyó en una conciencia estatal portadora de la potencia revolucionaria que tomó la necesidad de avanzar en una concentración y centralización del capital y la tierra. En ese momento histórico, aunque no podía dar cuenta de su determinación en tanto atributo del capital y lo planteaba como una superación (o una transición hacia la superación) del mismo, sí tenía la potencia de realizar la expropiación de los capitalistas individuales en tanto la acumulación de capital tenía todavía la posibilidad de realizar un desarrollo industrial donde gran parte de la producción se hacía en forma nacional. Aunque como vimos, gran parte de la tecnología era importada al menos hasta la segunda guerra mundial, una vez radicada en el país el proceso de trabajo se realizaba en forma íntegra. De esa manera una conciencia que concibiera el socialismo como algo nacional podía expresar la necesidad del capital. La pregunta es si hoy esa conciencia es potente para ese fin.

 

A partir de los ‘70, el capital avanza sobre la base de una creciente fragmentación de los procesos productivos que avanza más allá de importar maquinaria para realizar la producción dentro de un espacio nacional. Con la automatización, crece la separación de procesos productivos en diferentes países y la producción tiene un carácter mucho menos integrado a escala nacional. En este sentido, cualquier proceso de centralización del capital se choca de inmediato con que la forma nacional no resuelve la unidad de producción y consumo. Aunque como mostramos esto ya no era así en la URSS, hoy es mucho más evidente que cualquiera que afirme eso se choca con una realidad inmediatamente opuesta. Por eso, la reivindicación de la URSS sólo puede tomar una forma apologética o utópica pero no realista. Con todo, esto lejos está de significar que la crítica a la forma en que se concibe a la URSS y al marxismo implique caer en la apariencia de que los problemas vinieron del estatismo y de la burocracia. Plantear esto bajo las formas del consejismo o del autonomismo son formas de naturalizar la democracia y las relaciones mercantiles (aunque sea entre cooperativas y comunas) pero que no explican la determinación política de la clase obrera.

 

Como señalamos en la respuesta anterior, la clase obrera es un sujeto revolucionario en tanto personifica la necesidad del capital de superarse a sí mismo mediante el desarrollo de la socialización del trabajo. En este movimiento, el capital choca con la propiedad privada y se encuentra con que el capitalista es un parásito y que solo la clase obrera puede expresar ese movimiento. La forma más potente de realizar esto es mediante la acción de la clase obrera centralizando el capital en el Estado, superando el límite de las escalas nacionales actuales sobre la base de una perspectiva internacionalista. Ese proceso revolucionario aunque mundial por su contenido toma forma nacional. El punto es no detenerse en la apariencia de que la expropiación de los capitalistas implica que ya se superó el capital sino reconocer el propio movimiento como portador de la necesidad de aumentar la plusvalía relativa que lleva al capital a colocar a la clase obrera en la necesidad de destruir al propio Estado. El detenerse en la apariencia de que ya se superó el capital solo puede constituirse entonces en una apología de la forma estatizada del mismo. El marxismo en su momento jugó un rol en la centralización y concentración de capital en manos de la clase obrera pero bajo la apariencia de la superación del capital a nivel nacional, agotada esta potencia mostró su carácter de conciencia estatal tanto en su forma apologética como crítica. Reconocer nuestra acción política y la necesidad de construcción de un partido revolucionario como portador de la necesidad del capital y avanzar más allá de esta apariencia no nos evitará la forma violenta y dolorosa de la centralización del capital en manos de la clase obrera a través del Estado. Pero la naturalización de dicho proceso bajo la apariencia de que la URSS fue la superación (parcial o total) del capitalismo hoy se muestra impotente. Una conciencia que pueda reconocer su acción enajenada como portadora de la potencia del capital de superarse a si mismo se le plantea la necesidad superar el límite inmediato que tienen los recortes nacionales, así como también la apariencia de que estos puedan contener la posibilidad de superar al capitalismo.

 

 

* Argentina. Juan Kornblihtt es investigador del Conicet, ICI-UNGS y Fernando Dachevsky es investigador del Conicet, IEALC-FSOC-UBA.

Please reload

Hemisferio es una plataforma virtual que pretende fomentar el pensamiento crítico y los debates estratégicos de izquierda, con foco en la realidad nacional.
hemisferioizquierdo.uy
hemisferioizquierdo.uy@gmail.com

SECCIONES

ESPECIALES

  • White Facebook Icon
  • White Twitter Icon
  • Blanco Icono de Instagram
  • White YouTube Icon

Montevideo, Uruguay.

  • White Facebook Icon
  • White Twitter Icon
  • Blanco Icono de Instagram
  • White YouTube Icon