El Capital en Uruguay: lectura, estudio e investigación

October 2, 2017

 Ilustración: "En tránsito" (Ramiro Alonso)

 

Presentación

 

Haremos una breve y panorámica reseña del tema, más algunos comentarios finales, con base principalmente en experiencias y comunicaciones personales. La historia de cómo se abordó en el país la obra clásica de Carlos Marx, así como de los diversos trabajos de otros pensadores (y militantes) básicos para la izquierda, sigue pendiente.

 

Desconocemos desde cuándo El Capital estuvo aquí disponible y a la venta; en todo caso, la primera y más difundida edición en español del segundo libro más vendido en la historia después de la Biblia, es la del Fondo de Cultura Económica, de 1946, traducción de Wenceslao Roces en España. Años después (en 1976), Siglo XXI edita la excelente traducción de Pedro Scaron; uruguayo, quien estudió alemán con el propósito de realizar esta tarea.

 

Parecería lógico asumir “un antes y un después” de la dictadura cívico-militar (1973 – 1984). Sin embargo, al repasar hechos y características del estudio de la obra, encontramos que no hubo diferencias relevantes, por lo cual no haremos diferencia de etapas, más allá de señalar la interrupción de actividades públicas y colectivas al respecto.

 

Hasta donde tenemos conocimiento, el estudio del texto completo no se realizó enmarcado como un trabajo colectivo, programado y sistemático, tanto a nivel gremial como partidario o académico. Es obvio que hubo innumerables estudios individuales que, eventualmente, incorporaron en la acción gremial y política la metodología y categorías conceptuales sistematizadas por Marx, y en publicaciones.

 

A partir de los años 60, y en lo posible abarcando diversas áreas, veamos algunos hitos que ayuden a visualizar cómo se dio el proceso. Al final, junto a algunas conclusiones, explicitemos brevemente las razones por las cuales entendemos que es fundamental el estudio sistemático de El Capital.

 

Antes de la dictadura cívico-militar

 

Anotemos, quizás como precursores en el estudio, a los obreros inmigrantes de Europa, especialmente Italia, Francia y Alemania (con fuerte peso anarquista en los primeros), veteranos militantes sindicales que insistían siempre en la necesidad de estudiar, debatir, formar bibliotecas. Asimismo, mencionemos a Francisco Pintos, iniciador de estudios históricos desde la izquierda, y donde aplicaba el materialismo histórico; por ejemplo en una publicación sobre Batlle y Ordóñez en 1938, hasta una Historia del Movimiento Obrero en 1960.

 

Ya a partir de los ’60 se abre en parte el abanico con base en las inquietudes y movilizaciones sociales de la época; un ambiente con gran efervescencia e impulsor de estudios, investigaciones, publicaciones y debates.

 

Continuando en el área de historia, con la fundación de la Facultad de Humanidades y Ciencias se crean varios departamentos de historia. Inicialmente con gran influencia del estructuralismo de la Escuela de los Annales (desde 1929, en Francia, L. Febre y M. Bloch) aunque posteriormente la escuela de Cambridge, con señeros historiadores marxistas como Edward Palmer Thompson, Eric Hobsbawm y Perry Anderson, tuvo un peso mayor.

 

Allí, los historiadores Lucía Sala, Nelson de la Torre y Julio Rodríguez desarrollan una sólida y documentada tarea sobre diversos aspectos del Uruguay con base en el materialismo histórico, publicando sus trabajos a partir de la segunda mitad de los sesenta. Sin duda, en ellos se dio un estudio sistemático de El Capital, aunque desconocemos hasta qué punto fue fruto de esfuerzos individuales (que creemos lo más probable) o con un programa de estudio en un equipo ampliado.

 

Es interesante señalar su estrecho vínculo con el Partido Comunista. Eran esencialmente investigadores y, si bien mantenían un intercambio permanente de ideas y posturas con este partido, sus investigaciones no estaban orientadas hacia la acción política. Quizás lo estuvo su trabajo sobre la “Revolución Agraria Artiguista” de 1815, cuyo ejemplo histórico fue retomado por la Convención Nacional de Trabajadores y, luego, por el Frente Amplio.

 

En este sentido, gran parte de la academia, de una u otra manera estaba vinculada al PC. Éste, además, editaba la Revista Estudios, de buen nivel y reconocida en Sudamérica. Este vínculo, en buena parte explica la generalizada presencia e influencia de los materiales provenientes de la URSS, lo que llevó a una gran influencia de los manuales de su Academia de Ciencias. Incluso, algunas críticas realizadas a los tres historiadores citados señalaban su manejo algo mecánico de categorías poco aplicables al Uruguay, que ellos mismos luego en parte revisaron.

 

Importa destacar que estos debates se desarrollaron en el ya señalado escenario de efervescencia social, con buen nivel, enriquecedor y mutuo respeto, incluso con historiadores básicamente estructuralistas como José Pedro Barrán y Benjamín Nahum o el marxista perteneciente al Partido Socialista Vivian Trías.

 

En la misma Facultad, a nivel individual y en el materialismo histórico, destacaron los filósofos Juan Flo y Mario Sambarino, con análisis sobre la alienación y otros temas afines.

 

Una clara señal de la influencia alcanzada por el marxismo es que Enseñanza Secundaria, a fines de 1969 e inicios de 1970, en un nuevo Plan de Estudios (plan piloto) generalizó su estudio para las disciplinas de Historia, Sociología y Filosofía. Caso aparte lo representa Economía, ya que si bien los estudiantes tenían cursos de economía, el Instituto de Profesores Artigas no daba formación económica (y tampoco Economía Política, obvio) para los profesores, y continúa no brindándola.

 

La Facultad de Ciencias Económicas no tuvo un curso integral del enfoque marxista de la economía. Partes del mismo se daban en diversas materias, aislados. En todo caso, el conjunto se estudiaba con base en la Teoría del Desarrollo Capitalista, de Paul Sweezy, que, con su estudio de los ciclos del capital y sus crisis, complementaba los análisis del valor, la plusvalía y la ganancia de otros cursos. Las fuentes de estudio siempre fueron divulgadores (con sus aspectos positivos y negativos); nunca el texto original.

 

Se repite entonces el panorama de lecturas individuales, motivadas por inquietudes más profundas y estimuladas por la necesidad de dar respuesta y perspectivas a las movilizaciones sociales. Un trabajo importante del Instituto de Economía de esta Facultad, El proceso económico del Uruguay (1969) muestra, en parte, tales inquietudes. Si bien su objetivo fue aportar un enfoque alternativo al estructuralismo (básicamente de la CIDE, dirigida por Enrique Iglesias) centrado en la teoría de la dependencia, algunos de sus autores habían estudiado El Capital. La introducción del estudio de la renta del suelo y el manejo de los esquemas de reproducción lo ejemplifican.

 

El área de Ciencia Política no existía en la academia como tal; tangencialmente se tocaban algunos puntos en la Facultad de Derecho “y Ciencias Sociales”, como se denominó hasta años después de la dictadura cívico-militar. Su convivencia con los estudios de Derecho era incluso lógica, acorde con las características de un país fuertemente institucionalizado y legalista.

 

“La” política era cosa de los partidos políticos. Anotamos ya que en el Partido Comunista y allegados se contaba con un sólido grupo de estudiosos, que periódicamente publicaban. El panorama no era similar en el Partido Socialista; su principal exponente, Vivian Trías, aun cuando sus trabajos eran de suma utilidad para el movimiento popular, no reflejaban una profundidad teórica que los vinculara a El Capital.

 

Sea por una razón u otra, lo real es que los parlamentarios que en la época representaron a la izquierda tuvieron un muy buen nivel y rigor en sus presentaciones. En todos los casos, importa señalar que la preocupación básica era interpretar la realidad para actuar políticamente, y predominaban concepciones afines a la teoría de la dependencia. La efervescencia social era un impulso constante, relegando los estudios sistemáticos.

 

Los ámbitos militantes más amplios centraban sus lecturas teóricas de Marx primero, en el Manifiesto del Partido Comunista y, luego, en el Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política y en Salario, Precio y Ganancia, y mucho en textos provenientes de la Academia de Ciencias, para estudiar a V. I. Lenin. Matices y énfasis variaban según orientaciones vinculadas al PC o al PS. Es de notar que los estudios sistemáticos eran mínimos en el caso del Movimiento de Liberación Nacional- Tupamaros, sea por su idea predominante de la “acción concreta” o por las condiciones de clandestinidad en que operaba.

 

En términos generales, es posible afirmar entonces que salvo cortos períodos positivos relativamente aislados, y algunas excepciones personales, las referencias al enfoque marxista no fueron sistemáticas e integrales. Los conceptos más utilizados señalaban poco más que la centralidad de la ganancia; su origen en el plusvalor, y el ciclo del capital (para explicar empleo, inversión y tecnología).

 

 

Luego de la dictadura cívico-militar

 

En 1984 al inicio de la recuperación de la legalidad y las libertades conculcadas, el país vivió una explosión de entusiasmo y actividad política. La liberación de los presos políticos, el retorno de los exiliados, y el regreso sin limitaciones al ámbito público de quienes combatieron la dictadura en el país abrieron y estimularon las posibilidades de reuniones gremiales, divulgación de publicaciones, estudios, debates, alimentado además por una juventud ansiosa de “enterarse y participar”.

 

Esta situación no se mantuvo en el tiempo, fue en ascenso y tuvo su hito más importante en la movilización por el plebiscito para anular la “Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado”, rebuscado lenguaje para no decir lo que el movimiento popular correctamente llamó la impunidad de los militares. En 1989 el plebiscito fue derrotado, y constituyó un parte aguas en el escenario político nacional, una frustración generalizada, y fue como “el canto del cisne” de la movilización luego de la dictadura.

 

A partir de allí, difícil fue recrear inquietudes y una disposición a “involucrarse”, momentáneamente motivada por las elecciones nacionales de 2004. Lejos quedamos de aquellas movilizaciones sociales a que antes nos referimos desde mediados de los ’60 hasta la dictadura, que motivara debates, publicaciones, y similares.

 

En lo ideológico, e incluso a nivel internacional, el entorno indicaba una fuerte ofensiva de posturas conservadoras, en lo político y, especialmente, en lo económico, donde el enfoque neoclásico en su variante neoliberal, pasó a ser dominante. Las propuestas políticas “alternativas” básicamente buscaban limitar los efectos más perversos del sistema capitalista, y preservando las libertades recuperadas. En ese contexto, y donde la reconstrucción de gremios y partidos políticos de izquierda era primordial, las preocupaciones por los estudios de autores clásicos fue postergada. En especial Carlos Marx, sistemáticamente vituperado y acusado como provocador de los peores males.

 

Resulta llamativo contrastar estas postergaciones y (llamémosla así) timidez para impulsar estas lecturas con la permanente, frontal y nada seria campaña de la derecha contra las interpretaciones y propuestas de izquierda. Confrontemos la tenaz empresa con centro original en la sociedad de Mont Pèllerin, desde posiciones minoritarias hasta triunfar, con un panorama que ni siquiera “abre puertas” al conocimiento de posturas diferentes.

 

Fueron escasos los impulsos de los partidos de izquierda a estudiar, investigar, publicar y debatir desde los clásicos. Son excepcionales los sindicatos que se preocupen por la capacitación, por estudios serios, y mucho de esto se relega y/o considera una tarea partidaria.

 

El panorama académico participa de las mismas tendencias. En parte se mantiene el respeto en Historia por la mencionada escuela de Cambridge, pero en Ciencias Económicas se da un abierto rechazo a considerar alternativas frente a lo que se considera la única teoría económica valedera, la neoclásica.

 

Durante los primeros años post dictadura, el Instituto de Ciencias Sociales (luego Facultad), aunque con pocas excepciones individuales, mantuvo un abierto rechazo al enfoque marxista. Luego, al desarrollarse como Facultad de Ciencias Sociales, marca una tendencia a “abrir puertas” y convalidar con libertad diversos enfoques.

 

En todos los casos, los esfuerzos individuales son determinantes. Condicionados, además, por una política generalizada (y fomentada internacionalmente) de investigaciones de corto plazo, lo que dificulta al máximo abordajes profundos y estudios acordes a ellos.

 

Un contrapeso a este escenario, en parte, se da a partir del regreso del exilio de intelectuales de países (sobre todo latinoamericanos) donde desarrollaron estudios sistemáticos de materialismo histórico y, especialmente, de los textos de Marx. Además, en términos puntuales, habían participado de diversos talleres y conferencias en el mismo sentido.

 

Cursos de postgrado en Chile (pre-dictadura), en México, Honduras, de capacitación en Brasil (con el MST), seminarios recientes en Argentina constituyen ejemplos. En varios se estudió El Capital dedicándole incluso un semestre a cada tomo, y lo mismo ocurría en la Licenciatura en Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). A partir de estas experiencias, y con base en las inquietudes de nuevas generaciones de estudiantes, aunque sin demasiadas facilidades, se llevaron a cabo cursos y talleres para el estudio sistemático de la obra máxima Marx.

 

 

Comentarios finales

 

(i) Por supuesto: encomiables, positivos, fértiles, todos los esfuerzos realizados. Pese a sus dificultades, en no pocos aspectos constituyen mojones, rectificaciones de aspectos considerados “obvios”, abren pistas y marcan senderos al futuro.

 

(ii) Es posible percibir que es frecuente limitar el estudio de El Capital al primer tomo. Permite aprehender el concepto de valor, el plusvalor, pero también elementos del fetichismo, la cultura y la historia, entre otros. Este bagaje facilita la decisión de “no seguir” a los dos tomos siguientes.

 

Pero surgen problemas graves, porque para comprender el sistema capitalista como tal, en ellos se desarrolla el movimiento del mismo y, especialmente, se llevan los conceptos teóricos, y en conjunto, a la forma en que se presentan en la realidad. No es raro equivocarse y, del concepto de plusvalor, intentar explicar la tasa de ganancia en un proceso concreto. O referirse a la renta del suelo sin estudiar el tomo tres (¿cómo comprender el agro o el urbanismo?).

 

Para ciertos niveles de militancia y de análisis riguroso, leer la obra completa es indispensable. Para explicar la crisis actual, pero también la fortaleza del capitalismo, sus cambios (¿cómo hacerlo sin conocer sus bases?), sus categorías centrales, e incluso para comprender –en parte- el fracaso de algunos procesos de transición. En especial, para demostrar que no es un sistema “natural y eterno”. ¿Existe alguna otra teoría que explique el capitalismo?

 

“Según E. P. Thompson, el conocimiento teórico no lo es acerca de una representación conceptual estática, sino sobre conceptos apropiados para investigar los procesos”(1). Es decir, es preciso saber qué hipótesis formular, qué elementos básicos buscar, etc. En ausencia de ese conocimiento, “la ignorancia lleva a creerse cualquier cosa de ‘el asociativismo’; la ‘libertad’; el ‘solidarismo’”(2) y varias otras consignas.

 

(iii) No olvidemos que Marx comenzó sus análisis a partir de la ética, su observación y compromiso con los movimientos sociales. Pero no deberíamos permitir que en Uruguay (y también en otros países) suceda que la acción social, las urgencias, el “hacer” (como si estudiar e investigar no lo fuera), ahoguen o releguen la necesidad de estudiar. Si sucede, la realidad cobra peaje. Además de lo ya señalado, hasta para clarificar qué pilares se deben proponer para la construcción de una alternativa, incluso detalles, como qué políticas impulsar a partir de las características específicas de las relaciones de producción existentes en el agro.

 

(iv) Para concluir: parece indispensable impulsar un grupo, un centro, un área, que opere como permanente referencia para estudiar El Capital, un clásico, y también otros posteriores como Lenin, Gramsci, Hobsbawm, Thompson, Anderson, Guevara(3). Por algo son clásicos.

 

Enfrentemos el ocultamiento y las falsedades de la derecha, incluso en defensa de la libertad de pensar.

 

 

* Gustavo Melazzi es economista, integrante del MOVUS.

 

 

Notas

(1) Citado por Ellen Weiksins en Recuperar la centralidad política de la clase. Solidarity, 22/9/2013.

(2) B. Stolowicz: Los misterios del posneoliberalismo, Tomo II, Vol. 1; varios pasajes. ILSA y Espacio Crítico Ediciones. Colombia, 2016.

(3 Así como la derecha (y bajo el nombre de otros autores) reescribe permanentemente a Bohm-Bawerk y Hayek.

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