"Estos años no hemos lidiado solamente con la búsqueda de la verdad y el señalamiento de los responsables de esos crímenes, sino con toda la parafernalia estatal que decidió en el año 86 seguir amparándolos. Esos obstáculos, a pesar de los muchos avances en otras áreas, continúan." Entrevista a Elena Zaffaroni*

August 16, 2017

 

 

Hemisferio Izquierdo (HI): Desde el fin de la dictadura al presente se han atravesado diferentes momentos y coyunturas en torno a las pugnas por la memoria y la significación del pasado reciente de terrorismo de estado en el Uruguay. ¿Cuáles crees que son los principales relatos en pugna que se disputan hegemonía en la actualidad de nuestro país? ¿Qué escenario político plantean para las organizaciones de DD.HH y para la sociedad en su conjunto?

 

Elena Zaffaroni (EZ): El tema de Memoria, no es un  concepto que manejáramos desde el inicio desde Madres y Familiares de Detenidos-Desaparecidos. Queríamos verdad y queríamos justicia, las seguimos buscando ahora a 40 años,  convencidos que además esto tiene una proyección mayor. Los crímenes del estado no pueden quedar impunes pues rompen una regla de oro de la convivencia: el deber del Estado de proteger los derechos de los ciudadanos y en especial el derecho a la vida.

 

Tal vez las consignas que levantamos los Familiares de desaparecidos durante todos estos años, marquen esas pugnas aún sin haber tenido el conocimiento o la conciencia que hoy tenemos sobre ese tema:  la Memoria es  un territorio en permanente disputa, hoy lo sabemos. Y sabemos también cómo ese pasado integra y explica este presente e interpela a su proyección: el futuro.

Pero estos conceptos básicos, no los manejamos por años. Nuestras consignas eran mucho más descarnadas, una mezcla de grito de dolor y principios que salía de nuestras entrañas: “¿Dónde están?”, “¡Vivos los llevaron, vivos los queremos!”. Banderas que mantuvimos por años, aún en el período post dictatorial.

 

La lucha desigual que enfrentamos era justamente contra un relato que negaba la misma existencia de los desaparecidos. Sin conciencia plena del hecho, peleamos por la memoria contra la negación, la mentira, el miedo, la tergiversación. Contra el olvido.

Retornar a la institucionalidad democrática debió significar, entre otras cosas, que se recogieran nuestros reclamos. No fue así. Y desde entonces una interrogante busca respuesta: ¿cuándo terminó la dictadura? El pacto del Club Naval dejaba una nebulosa sobre ese fin y la duda persiste. Formalmente terminó, pero, ¿quedamos libres de sus efectos?; ¿hasta cuándo nos condicionará?; ¿qué elementos subyacen y complican nuestro presente?

 

¡Fue una fiesta el retorno a la institucionalidad democrática! Por un momento los avances logrados con la amnistía a los presos políticos (excluyendo explícitamente a los militares), las comisiones parlamentarias para el estudio de los asesinatos de Zelmar y el Toba, de los casos de desaparición forzada, el pasaje a la justicia de varias denuncias y los primeros llamados a los militares implicados a declarar ante ésta, auguraron que teníamos una posibilidad. Pero junto con estos avances fueron creciendo entre la mayoría parlamentaria dos miedos. Aquel que nos caló en dictadura, que los militares y sus secuaces civiles bien agitaron y evocaron, y aquel otro más antiguo y profundo, el miedo a un pueblo movilizado y consciente. La suma de ambos los convirtió en cómplices al votar la impunidad que consagraba la ley de caducidad. El chantaje del miedo terminó ganando la batalla. Resultado final silencio, mentira: impunidad.

 

Esa “impunidad legalizada” complicaba todo. Con la derrota del voto verde, parecía que todo se acababa. Cuánto tendremos que reconocerle a aquel puñadito de madres que en la casi total orfandad, persistieron en mantener la llama encendida. ¡Cuánta dignidad, cuánta entereza, cuánto amor! Gracias a ellas, a su inclaudicable determinación, conseguimos continuar la batalla contra la negación y el olvido. Hoy podemos anotarnos una victoria. Los  crímenes cometidos  son inocultables. La sociedad reconoce la lista de los desaparecidos, de los niños secuestrados, sabe del Plan Cóndor, existe una  sentencia internacional que obligó al reconocimiento público por parte del Estado de esos crímenes, y mucho más a enumerar.  Hay una parte de esta lucha por la memoria que se ganó.

 

Esto recién parece consolidado en 2011 y es mérito de la sociedad. Pero tiene en su corazón a las madres que se plantaron en esta búsqueda y que no se movieron de ese lugar en plena adversidad. Pero el reconocimiento de los hechos no se ha traducido en el fin de la impunidad, que estuvo abroquelada todo ese tiempo. Ni por la consecución de la verdad y la justicia donde seguimos perdiendo por goleada. El perdonar y ocultar estos crímenes en un estado democrático renaciente tuvo un efecto devastador  sobre la institucionalización recién reconquistada, efecto tanto o más grave que  los crímenes mismos cometidos por el estado terrorista.

El Uruguay “democrático” los legitimó. Al no investigar, al no recibir tanto que teníamos que denunciar, y  darles  lugar a los militares y civiles acusados de estos crímenes en nuestra convivencia, se les otorgó nuevamente el respaldo institucional de un estado ahora con un gobierno democráticamente electo.

 

Estos años no hemos lidiado solamente con la búsqueda de la verdad y el señalamiento de los responsables de esos crímenes, sino con toda la parafernalia estatal que decidió en el año 86 seguir amparándolos. Esos obstáculos, a pesar de los muchos avances en otras áreas,  continúan.

 

Las consignas van teniendo pequeñas variantes a lo largo del tiempo. A Verdad y Justicia se le sumó Nunca más terrorismo de estado, cuando integramos que nuestra lucha debía generar “garantías de no repetición”. Estas garantías no se alcanzan con la obtención de Justicia, pero  sin justicia estas garantías son imposibles. Hoy tenemos conciencia muy clara sobre  la responsabilidad del Estado al imponer esa impunidad ayer y su responsabilidad en combatirla hoy si quiere afirmar la democracia conquistada. Nuestras preguntas iniciales: ¿dónde están? ¿cuándo? ¿cómo? ¿dónde? ¿quién? y ¿por qué? siguen vigentes.

 

 

HI: ¿Cuál ha sido el papel de Familiares de Detenidos-Desaparecidos en la pugna de sentido por la memoria?

 

EZ: Familiares fue una voz persistente contra el olvido,  la desinformación y  la tergiversación. También luchó y lucha para contrarrestar la idea de que la verdad sobre los hechos es un imposible. No lo es. Pero no puede ser condicionada, y esa verdad debe sostenerse en una ética: no hay trato posible con los  golpistas ni con los represores de antaño.

 

El camino no es intercambiar verdad por justicia porque la verdad con impunidad, sólo refuerza la impunidad y ésta no tiene límites que la circunscriban a un hecho puntual o un momento histórico, sino que es un flagelo del poder, que coexiste con él y si se lo avala, se extiende pues esa es su naturaleza. El Estado tiene grandes dificultades para “auto examinarse”, es complaciente e ineficiente en ese sentido. Prima el amiguismo y el sentido del “bien mayor”  que autodefine y ahí lentamente se vuelve cómplice de tantas cosas, desde los favores menores hasta la impunidad total.

 

El trabajo por la memoria va dejando claro todas estas complicidades y errores, intrínsecos a la naturaleza del Estado.

Por eso hay otra condición en este afianzamiento de nuestras libertades y es la de generar acciones que  transformen las instituciones del Estado, comenzando por las que fueron especialmente activas en la aplicación del Terrorismo de Estado (las represivas, las diplomáticas, las de control de la educación y la justicia). Estas instituciones no debieron pasar intocadas del autoritarismo a la democracia como si fuera lo mismo.

 

Al principio sólo resistimos las políticas de olvido (memoria vs. olvido). El salto se sitúa a partir del 2000 y no es casual que sea coincidente con la Comipaz. Las ex -presas políticas comienzan una movida de recuperación de lo pasado por ellas y las mujeres uruguayas en general durante la dictadura a través de la publicación de relatos colectivos de lo sucedido no sólo en  las cárceles sino también en todos los ámbitos de la sociedad. Esto, además de ser una clara reivindicación de género, intentaba contribuir a que la sociedad entera se visualizara como la víctima de la dictadura que fue y ampliar el sentido de la Memoria. No era simplemente recordar, sino que traía de la mano otros muchos conceptos: resignificar y transformar. ¿Para qué recordar lo que ya no tiene arreglo? Quedaba la impunidad imperturbable  y el meticuloso trabajo de ocultamiento de qué fue lo que sucedió en Uruguay, desde cuáles fueron los motivos reales del golpe de estado y la represión y cuál era el escenario anterior (las luchas sindicales y políticas, la resistencia estudiantil, los cuestionamientos a la democracia en la que estábamos), hasta cada caso de tortura, exilio, persecución, muerte y desaparición.

 

Eso sigue oscuro y debería ser un relato en pugna, manifiesto, entre los distintos actores de esa época y un rescate de los estudios de hoy. Qué modelos de país estaban en pugna. El modelo contra el que luchaba la izquierda organizada triunfó y sigue triunfando hoy, administrado mejor pero con la misma impronta económica que se impuso al costo de tantas vidas, tanta represión, tanta cárcel y dolor. Los desaparecidos, al quedar congelados en esas fotos evocan también esa época y esas luchas, son la punta de un iceberg que no se quiere ver ni cuestionar profundamente. Los familiares como tales no llegamos hasta ahí, por la naturaleza de nuestra organización no nos corresponde, pero simplemente esta lucha por la verdad y por el “nunca más Terrorismo de Estado” tiene que abarcarlo. Es insoslayable.

 

 

HI: ¿Qué herencia dejó el terrorismo de estado a la izquierda uruguaya y de qué modo crees que puede ser revertida?

 

EZ: Lo peor a mi modo de ver, es la destrucción del entramado social, del valor de la solidaridad, de lo colectivo. Y sus derivaciones: el miedo, la derrota política e ideológica de los sueños radicales, la naturalización de la impunidad. El autoritarismo, que parece seducir a todos los gobernantes. El temor a la rebeldía. El pensamiento único como valor, en vez de defecto. No aceptar  las diferencias. Aunque en el discurso político todos dicen valorar esas diferencias, llegado el momento, todos “disciplinan” para que no haya críticas ni “desorden”.

 

Es un presidente frenteamplista quien decreta la esencialidad en la huelga de la enseñanza y quien veta una ley mayoritaria en el parlamento que daba a la mujer el derecho a decidir sobre la continuidad de un embarazo. Eso se tolera post dictadura. No antes.

El adormecimiento político, la no resistencia a la política económica neoliberal que parece no tener alternativas. Convertimos a la inversión externa como la única solución. Confundimos inclusión con integración acrítica al consumismo generalizado.

 

El emponderamiento  paso a paso de los militares, que  aunque siguen reivindicando públicamente  lo actuado en los años de dictadura, comienzan a ser considerados como interlocutores para algunos políticos y por ejemplo,  programan “salidas” para el tema de los ni-ni (sin-sin), hacen discursos políticos, vuelven a chantajear con el canje de verdad por impunidad y no reciben, ni recibimos todos,  una clara señal de que se les pone límite. Esto es de los hechos más lamentables, dolorosamente lamentables, pues debilita los inmensos esfuerzos de tanta gente por construir y fortalecer una sociedad en valores de libertad y democracia.

 

Hay una enseñanza positiva del Terrorismo de Estado, que es cómo enfrentar a un enemigo común. La fuerza de la unidad, de sumar los esfuerzos. No se construye una convivencia sana con represión, con amordazamiento, con privilegios, con injusticias, sino con conciencia y  solidaridad. No sé quién representa la izquierda que plantea la pregunta, pero debería mantener intacta su vocación de cuestionar permanentemente a la realidad .

 

Las prácticas autoritarias, la impunidad, no se reducen a los  delitos del Terrorismo de Estado ni al pasado, están naturalizadas entre nosotros y son despiadadas con los más pobres, los más débiles, los más excluidos. Deben ser un objetivo común a desterrar de cada rincón de nuestra sociedad, eso también hoy es luchar por memoria, verdad y justicia.

 

 

* Integrante de Madres y Familiares de Detenidos-Desaparecidos.

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