El lugar de las clases sociales en la producción intelectual uruguaya

July 12, 2017

Ilustración: "Los Simuladores" por Julio Castillo

 

Existen términos que suelen ser usados con frecuencia en la vida cotidiana y que parecen tener un significado compartido, pero, ¿es realmente común su contenido? Cuando los utilizamos, ¿hacemos referencia al mismo fenómeno? El concepto de clase social es uno de esos términos que se usan frecuentemente, y que aunque nos parezca que su significado es evidente, no lo es. Si bien puede parecer un término transparente, si hacemos un esfuerzo por definirlo, encontraremos que tiene múltiples connotaciones.

 

El de clase social parece ser un concepto que no ha sido lo suficientemente problematizado en el mundo académico de nuestro país. Como sabemos, la producción intelectual no es un proceso aislado, sino que es fruto de su tiempo. Es por ello que para analizar la producción intelectual sobre el tema clases sociales en Uruguay, no debemos perder de vista el contexto en el que esta se origina y desarrolla.

 

En su libro “Las clases sociales en el Uruguay” (1989), el sociólogo Alfredo Errandonea (hijo) ya se había planteado una pregunta similar a la nuestra. Observó la necesidad de desarrollar un trabajo conceptual preciso sobre el tema y analizó el desarrollo de la producción sociológica del mismo de nuestro país, en base a una serie de etapas. Utilizaremos sus etapas para introducir los principales autores de cada época, y la actualizaremos hasta nuestros días. Es necesario aclarar que a continuación se hará referencia a aquellos estudios que han aportado en la construcción teórico-metodológica del concepto de clase social principalmente desde la sociología. No podemos pretender resumir aquí toda la variada gama de acercamientos al tema que se han logrado desde distintas disciplinas.

 

En primer lugar, Errandonea identifica una “larga preetapa”, que abarca desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la primera del siglo XX, en la que el concepto clase social no fue ignorado por los círculos cultos, aunque no se le dio un tratamiento nacional. Entre la década del cincuenta y sesenta del siglo XX deviene lo que denomina como una “prolífera etapa fundacional”, signada por una abundante producción científica. A diferencia de la etapa anterior, se producen una serie importante de datos nacionales, focalizados principalmente en lo morfológico y descriptivo de la estructura de clases. En este período prevaleció la tesis del predominio de las clases medias. Era la etapa del Uruguay feliz, de las vacas gordas, y todo eso que hacía referencia a que Uruguay era un país único, armonioso y lleno de consensos.

 

 

La época dorada de los estudios de clase en Uruguay

 

En esta segunda etapa, signada por importantes estudios de carácter nacional, encontramos importantes aportes de Carlos Real de Azúa, Carlos M. Rama, Aldo Solari, Juan Pablo Terra y Alfredo Errandonea (padre).

 

Abogado de origen, pero preocupado por la política, la problemática del desarrollo y la sociedad rural, entre otros temas, entre los años cincuenta y setenta Aldo Solari escribió sobre las clases sociales en la estructura política y social, élites y desarrollo en América Latina. Su análisis de clase se constituyó en uno de los primeros estudios analíticos de la estructura de clases en Uruguay. Junto a Jean Labbens, a comienzos de los sesenta realizó el primer trabajo sobre la movilidad social en Montevideo, que años después sería retomado para continuar los estudios de movilidad social en el Departamento de Sociología, a cargo del profesor Marcelo Boado. También sistematizó y analizó información estadística de gran valor para el conocimiento de la realidad uruguaya en ese momento.

 

Con igual formación de origen, Carlos Real de Azúa también se interesó por temas vinculados a la política y la economía de Uruguay y América Latina. Uno de los fundadores de la ciencia política en Uruguay, en 1961 publica “El patriciado uruguayo” y en 1969 “La clase dirigente”, ambas obras de influencia en el pensamiento intelectual sobre las clases sociales en Uruguay.

 

Carlos M. Rama desarrolló un importante estudio de las clases sociales de nuestro país en una obra que tituló “Las clases sociales en el Uruguay” (1960). Para el autor, el grupo ocupacional es el punto de conexión entre la estructura económica y la estratificación social. De esta manera, la clase social se compone por un número variable de grupos ocupacionales, lo que la transforma en un objeto de existencia sociológica real. Propiedad, renta y poder son tres factores que definen la estructura de clases. Como factores secundarios, en el caso de Uruguay, se agregan la educación y el prestigio. Rama prefiere tipologías que demuestren conocimiento de las circunstancias históricas, sociales y económicas de una sociedad.

 

El arquitecto y político uruguayo Juan Pablo Terra tuvo un papel muy importante en el ámbito empírico en lo referente al estudio de la estructura social. En el ámbito de la sociología, se dedicó al diseño y dirección de múltiples investigaciones sociales sobre el ámbito rural, la vivienda, la distribución del ingreso, las clases sociales y la integración latinoamericana. En 1963 finaliza un estudio sobre la situación económica y social del Uruguay Rural, de gran importancia para el conocimiento de la estructura rural del Uruguay.

 

En la década del ochenta Terra publica un profundo estudio sobre la distribución social del ingreso, las categorías socio-profesionales y las clases sociales en Uruguay alrededor de 1960 (tanto a nivel urbano como rural). Esta autor descarta cualquier concepción unifactorial de clase social, basada únicamente en el ingreso, la propiedad de los medios de producción, o la categoría profesional. A su juicio, los individuos se posicionan en la estructura de clases en función de su ubicación en las jerarquías de poder de la sociedad: jerarquías globales de poder económico, político y cultural. Las clases sociales son realidades complejas que manifiestan determinados patrones culturales y relacionales, cierto nivel de ingresos, y condiciones socio-profesionales similares.

 

Ya finalizando el período, en 1969, el sociólogo Alfredo M. Errandonea publica “Las clases sociales en el Uruguay actual”. Para Errandonea, las clases sociales son agregados humanos que presentan una relativa similitud de los elementos distribuidos desigualmente en la sociedad. Riqueza, poder, prestigio, estilos de vida, comportamiento, formas de pensar y conciencia de pertenencia a una clase son los atributos en base a los cuales las clases sociales clasifican y ordenan jerárquicamente las posiciones sociales. Este autor prefiere la perspectiva histórica y conflictual de Marx, la que complementa con algunas dimensiones de la teoría weberiana, entendiendo que la dimensión decisiva para el estudio de las clases sociales es la económica (posición en las relaciones de producción). Tomando como base la ocupación,  aplica un esquema tricotómico: una clase dominante (poseedora de medios de producción), un proletariado dominado (excluido del control sobre los medios de producción), y un conjunto de clases medias (ostentan cierto grado de poder social y de prestigio).

 

 

El declive de los estudios de clase

 

Entre 1970 y 1973, esta etapa de abundante producción académica nacional es sustituida por un “bloqueo ideológico”, signado por la fuerte controversia teórica y el descuido del empirismo que caracterizó a los estudiosos de la etapa anterior. A medida que nos adentrábamos en la crisis, la preocupación por la morfología de las clases sociales y el optimismo de gran parte de los estudios son sustituidos por un profundo clima de tensión. Surgirán en el ámbito académico las tesis marxistas-leninistas, que se confrontarán con lo que predominaba, así como con otras posturas teóricas. Althusser, Poulantzas y Gramsci conforman gran parte de la inspiración que provino desde Europa.

 

Lo que pareció ser el comienzo de una serie de estudios comparados sobre estratificación, clases y movilidad social, se fue perdiendo gradualmente en las décadas siguientes. La crisis de la industrialización en la región, sumado al ajuste estructural ocurrido en los años ochenta, produce un vuelco temático en la investigación sociológica de la región. Asimismo, tras la arremetida de las dictaduras de la derecha en la región, la preocupación por el desarrollo se sustituye por la de la vuelta a la democracia.

 

En este contexto, la pobreza pasó a ser la vedette de la disciplina, no sólo en Uruguay sino también en la región, acompañada de estudios sobre mercado laboral e informalidad. Es decir, se abandona la problemática en su generalidad, para dedicarse sólo a una parte del todo. Desde ese momento, la sociología, y también la economía, se refugiaron en los estudios de la pobreza y exclusión social, abandonando por completo la otra cara de la moneda. Se trataba de una visión parcial de la realidad, ya que comenzábamos a conocer  demasiado a los pobres y poco a los ricos. No nos cuestionábamos los mecanismos estructurales de un sistema  que reproducía la pobreza y la desigualdad como por arte de magia.

A diferencia de lo ocurrido en Europa o Estados Unidos, en América Latina primó la discontinuidad de los grandes paradigmas teóricos. En el campo de la metodología, el individualismo metodológico se superpone a las teorías de carácter más holístico. Se abandonan las teorías deterministas y estructuralistas, fundamentalmente la marxista y la funcionalista, para poner énfasis en la acción y en los individuos.

 

 

¿El regreso de las clases sociales a la academia?

 

Con la vuelta a la democracia, son pocos los trabajos que retoman el estudio de las clases sociales. Uno de ellos es publicado por Alfredo Errandonea (hijo). En su libro “Las clases sociales en el Uruguay” (1989) retoma parte del pensamiento de su padre, colocando el concepto de dominación en el centro de su teoría. Para Errandonea este concepto explica la desigualdad estructural y constituye el medio para el acceso diferencial a aquello que la sociedad distribuye desigualmente. Cada clase desempeña un rol diferencial en las relaciones de dominación, existiendo clases dominantes, clases medias, clases dominadas propiamente dichas y clases marginales. Si la relación de dominación es dinámica y se ejerce resistencia contra ella, surgirá el conflicto. El proceso y la renovación de este conflicto, constituye el motor del cambio social.

 

Según Carlos Filgueira (2001), a partir del año 2000 se produce una proliferación de investigaciones que marca el inicio de un nuevo periodo de investigación de la estructura social. El autor considera que hay tres razones que fundamentan la necesidad de una actualización: en primer lugar la postergación que sufrió el tema en América Latina durante las últimas décadas; en segundo lugar, los efectos de las grandes transformaciones vinculadas a la globalización y los cambios técnicos; y por último la obsolescencia de los paradigmas clásicos para abordar nuevos problemas de la estructura social actual.

 

En 2003 el sociólogo uruguayo Augusto Longhi publica su trabajo “Un esquema de representación de la estructura de clases: hacia un enfoque multidimensional, relacional y sintético. Aplicación al caso uruguayo”, realizado para los años 1998 y 2002. En el mismo podemos encontrar influencias claramente marxistas, así como weberianas, ya que se basa en la concepción de que las clases sociales derivan de diferentes formas de participación en el proceso económico, ya se trate de procesos de producción o de circulación. Asimismo, agrega el concepto de dominación.

 

Siguiendo la línea de investigación del neomarxista estadounidense Erik O. Wright, Longhi distingue tres fuentes de desigualdad de la estructura de clases: 1) propiedad de los medios de producción, 2) control del proceso de producción y del trabajo, y 3) control de los bienes organizativos y  dotación de bienes de cualificación. Además de estas fuentes de desigualdad constitutivas de la estructura de clases, Longhi trabaja con cinco variables o correlatos  de dicha estructura: ingresos de los jefes de hogar, ingresos de las unidades domésticas, capital escolar de los miembros activos de las unidades domésticas, un indicador proxi del capital social de los hogares, las inserciones laborales y las consiguientes posiciones de clase individual de los miembros activos de los hogares, como forma de validar el esquema de clases construido. Los resultados obtenidos le permiten al autor validar la estructura de clases construida mediante un esquema ocupacional basado en la Encuesta Continua de Hogares.

 

El sociólogo Marcelo Boado también ha estudiado un tema estrechamente vinculado a la estructura de clases, dado que desde fines de los noventa lleva adelante estudios sobre movilidad social en Uruguay, tomando como insumo el trabajo realizado por Labbens y Solari para la ciudad de Montevideo. En 1966, estos autores llevaron a cabo el primer estudio sobre movilidad inte­rgeneracional en el país, en base a una encuesta específica llevada a cabo en las ciudades de Buenos Aires, Santiago, San Pablo y Montevideo en 1959. Boado actualiza y amplía este estudio aplicando una encuesta a los activos de ambos sexos en tres departamentos: Montevideo, Maldonado y Salto.

 

Para el estudio de la movilidad social se analizan las posiciones socio-ocupacionales de origen (ocupación del padre o jefe de hogar) y las posiciones sucesivas o desempeño de los entrevistados. En un primer acercamiento, Boado utiliza los grupos ocupacionales con los que trabaja la socióloga argentina Susana Torrado, para luego volcarse al esquema de clases que desarrolla John Goldthorpe. El objetivo de las investigaciones que ha llevado adelante es profundizar en el análisis de procesos de transformación de la estructura social uruguaya. Mientras que en la década del cincuenta se puso foco en la conformación de las clases medias, en los años recientes es la profundización de la desigualdad la que ocupa su lugar.

 

Dentro de los trabajos más recientes sobre la estructura social y de clases en el sector rural, debemos destacar también el trabajo “Estructura de clases y desigualdad en el Uruguay rural contemporáneo” (2011) de Alberto Riella, Paula Florit  y Rossana Vitelli. El mismo es un intento de continuar las líneas de investigación de Solari, Terra y Errandonea, desde la perspectiva de las relaciones sociales de producción, en base a los datos provenientes de los censos de población 1985 y 1996 y la ENHA 2006.

 

A riesgo de cometer omisiones, debemos mencionar algunos estudios que se están llevando a cabo actualmente y que son de especial relevancia para continuar y complementar el análisis de las clases sociales en Uruguay. Entre ellos debemos destacar el trabajo que lleva adelante el grupo de Desigualdad y Pobreza del Instituto de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración, sobre distribución del ingreso y concentración de la riqueza. También debemos destacar los permanentes aportes del economista Jorge Notaro, quien se ha interesado profundamente por el estudio de las clases sociales, la distribución del ingreso y la relación capital-trabajo, desde una perspectiva marxista. Finalmente, cabe mencionar el aporte a la problemática de la lucha de clases que está realizando, desde la ciencia política, Gabriel Delacoste.

 

A modo de síntesis, podemos decir que luego de un largo período de bloqueo, el estudio de las clases sociales en Uruguay parece abrirse camino nuevamente, aunque sea tímidamente. Aunque sean pocos y algo dispersos, parece haber un grupo de investigadores y académicos que creen en la continuidad de este tipo de estudios, es decir, que creen en la importancia del concepto de clase para seguir explicando la realidad en el siglo XXI. Pero aún no es suficiente. Queda un largo camino por recorrer.

 

* Valeria Regueira es  Socióloga.

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