Pueblo chico, Infierno grande. Reflexiones sobre la violencia machista en el interior del Uruguay

                                   Gloria Morán Mayo: Violencia de género

 

Desde el año 2015, en Mercedes (Soriano-Uruguay), así como en tantos otros rincones del país y la región, hay gente que se encuentra cada 3 de junio, bajo la consigna Ni Una Muerta Más - Ni una Mujer Menos - Vivas Nos Queremos. El efecto contagio funcionó y, al difundirse por las redes la llamada para aquel primer Ni Una Menos, en muchísimas localidades hubo gente que dijo: “¡Algo tenemos que hacer acá!”. La consigna prendió, porque la violencia machista estaba doliendo en todos lados, y sigue quemando, en cada aquí y en cada ahora. En las grandes urbes, como Buenos Aires, Rosario-Santa Fe, o Montevideo, los 3 de junio, al igual que los 8 de marzo (Día Internacional de la Mujer) o los 25 de noviembre (Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer), significan movilizaciones cada vez más masivas y cada vez más creativas. En las pequeñas ciudades del interior, la cosa tiene sus particularidades y sobre ellas trata este artículo.   

 

En los pueblos y ciudades del interior, nos conocemos todos (en un sentido casi casi literal) y eso hace que el control social del qué dirán sea mucho más efectivo para garantizar el cumplimiento de los mandatos que pesan sobre las mujeres. Los mandatos que el patriarcado impone sobre las mujeres en la sociedad capitalista y que afectan sus cuerpos, sus tiempos y los espacios que ellas ocupan, se vuelven más fuertes en las comunidades más pequeñas, donde cualquier ruptura, desacato o insubordinación queda en evidencia y es sometida a juicios que redoblan la violencia de las imposiciones que vienen a defender. Si la desobediencia femenina incomoda en cualquier parte, en los pueblos chicos mucho más.

 

¿Viste que el de en frente se consiguió mujer nueva? Parece que ella tenía marido...

 

La potencia de los estereotipos se amplifica y la cosificación de los cuerpos de las mujeres está profundamente arraigada.

 

En las exposiciones de maquinaria agrícola, en las carreras de motos o de autos, por mencionar sólo algunos eventos, es posible ver cómo los cuerpos de las mujeres son usados como adornos, para promocionar mercancías, para atraer clientes. La concepción de que los cuerpos femeninos son objetos muestra su cara más cruel en la realidad de las muchísimas mujeres que están sometidas a la trata o que sufren la explotación sexual y comercial, en las rutas de acceso a los pueblos o en alguna plaza o avenida, que todo el mundo conoce. La idea de que las mujeres tienen la obligación de formar parejas heterosexuales y de ser madres tiene un enorme peso en las ciudades del interior, pero sobre todo en el medio rural. Esto hace que el camino sea todo cuesta arriba para las mujeres que viven por fuera de esos casilleros. Las que eligen vivir solas, las lesbianas, las que deciden no ser madres, son señaladas, cuestionadas, expuestas. Pero también lo son las que se visten diferente, o las que se hacen algún corte de pelo fuera de lo común. Los cuerpos de las mujeres están, de forma permanente, en el banquillo de los acusados; como si todo el pueblo tuviera derecho a opinar sobre el modo en que las mujeres viven su sexualidad, construyen sus relaciones, andan por la vida.

 

La cosificación de las mujeres se refleja en múltiples fenómenos cotidianos. A veces, se expresa en el hecho de ser las mujeres consideradas como un mero apéndice de los varones con quienes se vinculan, sean sus padres, sus parejas, o sus hijos. En este sentido, en el medio rural, es posible encontrar situaciones muy ilustrativas: en muchos casos se contrata un empleado varón como encargado de estancia, él se va a vivir con su familia al establecimiento, la mujer que es su esposa se ocupa de mantener la casa y el jardín, de las gallinas, de la huerta, de cocinar cuando vienen los patrones, pero el único contratado y que recibe salario es el varón, como si la mujer fuera una extensión suya. Otras veces, se expresa en el hecho de ser las mujeres consideradas como propiedad de los varones con quienes se vinculan, sean sus padres, sus parejas, o sus hijos. Entre la romántica foto donde el padre entrega la mano de su hija al varón que será su esposo, y la escalofriante escena donde el varón mata a la mujer que era su pareja porque era suya, son innumerables los micro y macro machismos cómodamente instalados en la sociedad.   

 

¿Pero este alumno no tiene madre?     

 

El tiempo de las mujeres, su energía vital, es explotada por toda la sociedad, para cubrir las tareas de reproducción de la fuerza de trabajo o, como se dice en la era de los buenos modales de los sistemas nacionales, para ocuparse de los cuidados, y garantizar de ese modo la conservación del modo capitalista de producción. El capitalismo encubre la explotación a la que están sometidas las mujeres en el hogar, hace parecer como algo natural que sean ellas quienes se ocupen (sin recibir remuneración a cambio) de la comida, de la limpieza, de la huerta, de la crianza, de la atención a ancianos y personas con discapacidad, tal como explica Silvia Federici en la entrevista realizada por Manel Ros, incluida en uno de los Cuadernos de Formación que solidariamente comparte el Colectivo de Mujeres Minervas. Pero, de acuerdo con la autora, no es el hecho de hacer tareas diferentes lo que produce las diferencias de poder; el problema son los valores que se asignan a las diferentes tareas y la escala jerárquica en función de la cual se las ordena. Esa jerarquía es la que desvaloriza el trabajo dedicado a la reproducción, colocándolo en un lugar subordinado respecto del trabajo dedicado a la producción, y olvidando que la reproducción es producción de fuerza de trabajo y que la fuerza de trabajo, en el capitalismo, es una mercancía, la primera de todas. De modo que el trabajo reproductivo, realizado en general por mujeres, también produce, pero no percibe salario, sino que es un trabajo completamente apropiado por el capital que utilizará esa mercancía para producir otras.

 

En tiempos de ajuste como los actuales, donde el capital avanza sobre el trabajo, para las mujeres la explotación se profundiza aún más. Naturalizada la idea de que ellas son las responsables de los hijos y de la casa, hacen todo tipo de malabares para parar la olla. Además del empleo, si logran conservarlo, empiezan a hacer otras changas, en la informalidad total, para traer algún otro ingreso al hogar: cosen para afuera, cocinan empanadas o tortas y salen a vender, cuidan niños ajenos mientras hacen las cosas de su casa, y un largo y vasto etcétera. Naturalizada la idea de que las tareas del hogar no son pagas, las mujeres salen al mundo del trabajo a realizar tareas domésticas empleándose en casas de familia, por muy poco dinero. Asociadas las mujeres a los trabajos menos valorados por la sociedad, ellas mismas resultan desvalorizadas, y perciben remuneraciones inferiores a las de los varones, aún en aquellos casos en que realicen el mismo tipo de tareas.

 

La contra-cara, también violenta de la desvalorización de las mujeres, es la sobre-valoración de los varones, aún cuando realicen una tarea de las miles que cotidianamente hacen las mujeres sin ningún reconocimiento. No es raro escuchar comentarios elogiosos respecto de los padres que llevan a sus hijos al médico o que van a las reuniones de la Escuela. En los varones esas tareas son consideradas meritorias; en las mujeres, en cambio, son consideradas obligaciones que naturalmente les corresponden y deben asumir, para no convertirse en malas madres y, claro está, para el modelo que asocia de forma lineal el ser mujer con ser madre, malas mujeres. No es raro que las mujeres vayan a trabajar, llevando a sus hijos con ellas, pero no es tan frecuente que los varones los lleven. Las instituciones, en general, atribuyen a las mujeres las responsabilidades por los hijos, por los familiares con discapacidad, o por los ancianos. Llaman a la madre, piden a la hija, cargan a la hermana; las juzgan a todas.

 

¿Por qué vas a la marcha esa? Van a decir que yo te pego...

 

Así como hay una división sexual del trabajo, hay una división sexual del espacio social. Hay lugares de incidencia, de decisión, de participación política, que son mayoritariamente ocupados por varones y donde las mujeres resultan sub-representadas, y el problema no puede reducirse al tema de las cuotas ni las luchas pueden quedar pegadas a la mistificación o victimización de las mujeres a las que hay que dar un lugar por el hecho de ser mujeres, como lo explica María Galindo en su libro Feminismo Urgente. ¡A despatriarcar!. La cuestión es mucho más rica y compleja, la cuestión tiene que ver con las formas de encuentro, organización y transformación genuina que se logran construir desde las bases.

 

En el interior, el tema de la violencia machista está fuertemente institucionalizado en el marco de las políticas de género, aún cuando estas llegan al interior con baja intensidad. En este sentido, el Estado despliega una doble cara. Por una parte, las políticas específicamente dedicadas a dar respuestas a las mujeres que viven alguna situación de violencia machista muy explícita por parte de sus parejas, ex-parejas, u otros varones de su entorno, resultan insuficientes (por ejemplo: casi no hay refugios para mujeres en el interior del Uruguay) y el acceso de las mujeres a estos recursos también resulta condicionado por esa familiaridad que todo lo atraviesa (cualquier pedido de ayuda o denuncia queda mucho más expuesto porque en el pueblo todo se sabe y, a medida que se reduce el tamaño de la localidad, aumentan las posibilidades de que el funcionario que deba intervenir tenga relación de vecindad o amistad con el varón implicado). Por el otro lado, pareciera que el Estado está presente en todas partes y resulta muy difícil generar organización y movilización, por fuera de su enorme paraguas.

 

Las dificultades de organización son, algunas, muy prácticas y operativas, como las grandes distancias que deben recorrer las mujeres del interior para encontrarse (sobre todo las del medio rural) y los casi inexistentes medios de transporte colectivo que conectan los pequeños barrios rurales entre sí, y con las ciudades o pueblos más cercanos. Otras, en cambio, son más complejas y constituyen en sí mismas expresiones del carácter patriarcal de la sociedad, y su división según la cual el ámbito de las mujeres es el doméstico y el de la participación pública es para los varones. Si la participación y organización resulta más difícil para las mujeres, en términos generales, lo es más todavía cuando el eje temático es la violencia machista, porque es peligroso para el orden establecido que se cuestionen sus estructuras.

 

Otro 3 de junio … y van 3

 

A pesar de todo, en estos pueblos chicos, la idea de que hay que moverse, desde abajo, se va encendiendo, de a poquito. El desafío es alimentar ese fuego para que crezca, y para trascender lo triste y necesario del Ni Una Menos – Vivas Nos Queremos, para luchar con nuestros cuerpos, en todo tiempo y en todo espacio, por lo potente y ambicioso del Libres Nos Queremos.  

 

 

Bibliografía consultada durante la elaboración de este artículo:

 

- Cuadernos de Formación I, II, III y IV Colectivo de Mujeres Minervas. Uruguay. 2016.

- Feminismo Urgente ¡A despatriarcar! María Galindo. Lavaca. Argentina. 2013.

- Ni Una Menos desde los primeros años Cecilia Merchán y Nadia Fink (Compiladoras) Las Juanas Editora y Chirimbote. Argentina. 2017.

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